10
Sabrina levantó la mano y el viento empezó a arremolinarse a su alrededor.
No, mejor dicho, no a su alrededor, sino frente a ellos.
En un patrón muy cerrado que no afectaba al tráfico normal de la carretera, pero que azotaba a la media docena de coches que se habían apartado a un lado junto a la rampa de frenado para camiones.
Cuando el viento le trajo su olor, Ace tuvo dificultades para controlar un escalofrío.
Magia de sangre… y muerte. Mucha, mucha muerte.
Aquella gente no merecía piedad y él esperó, en aquel instante, que el poder de Sabrina fuera suficiente para detenerlos.
Porque, si no lo era, el pequeño grupo de cambiantes que había viajado desde Grizzly Cove para ayudar iba a pasarlo mal intentando enfrentarse a todos ellos.
—Hemos subestimado seriamente la potencia de fuego que íbamos a necesitar aquí —gritó Ezra para hacerse oír por encima del viento. Estaba al lado de Ace, justo detrás de Sabrina.
—Yo también —admitió Ace—. Pero creo que los poderes de Sabrina han crecido en apenas unas horas, así que quizá nuestros errores de cálculo se compensen entre sí.
—¿A qué te refieres? —Ezra se esforzaba por hacerse oír sobre el estruendo del viento, que iba en aumento.
—¡Limítate a mirar! —le gritó Ace.
Entonces, los coches empezaron a moverse…
hacia atrás. Algunos de los hombres saltaron, pero el viento los levantó del suelo y los lanzó contra los árboles.
Unos pocos se abrazaron a cualquier tronco donde hubieran aterrizado, intentando detener aquel movimiento imprevisto, pero el viento subió de intensidad un grado más cuando Sabrina dobló el dedo.
Y después, usó la mano entera y los coches empezaron a dar vueltas de campana, abriéndose paso a golpes entre los árboles tras la rampa de frenado y cayendo por la empinada ladera de la montaña hasta perderse de vista.
El más pesado de los vehículos —un Humvee de excedente militar— opuso resistencia.
Sabrina entrecerró los ojos y giró un dedo meñique.
Lo siguiente que Ace supo fue que aquel vehículo masivo estaba atrapado en un pequeño torbellino creado solo para él, y los hombres de dentro saltaban al exterior, arriesgándose con los vientos y la distancia hasta el suelo.
Unos pocos estaban armados, pero no lograban orientarse tras haber sido zarandeados dentro de su vehículo y haber caído al suelo.
Había algunas fracturas de huesos evidentes, pero eso no los detenía.
Siguieron intentando correr hacia Sabrina hasta que ella finalmente lanzó su vehículo por encima de las copas de los árboles para que se estrellara montaña abajo.
Entonces, centró toda su atención en los hombres.
Dio un paso adelante y les gritó:
—¡Dejadme en paz!
La fuerza de su voz parecía poseer un poder propio. Los hombres salieron despedidos hacia atrás; las armas les fueron arrebatadas de las manos para caer al suelo mientras ellos volaban hacia los árboles.
Y entonces, todo terminó. Sabrina se desplomó al liberar los vientos que había invocado en su ayuda. Ace estaba allí para sostenerla y la estrechó contra su costado, aun maravillado por lo que ella había hecho.
—No sabía que podías hacer eso —dijo él, atónito y orgulloso de sus habilidades—. No sabía que habías perfeccionado tal control.
—Yo tampoco —admitió ella.
—Bueno, maldita sea —dijo Ezra, acercándose a Sabrina—. Me alegro de que estés de nuestro lado.
Ace presentó a su amigo, Ezra, y de repente dejaron de estar solos.
El grupo de hombres que había estado tras el terraplén de la rampa de frenado salió y le dedicó miradas de todo tipo.
Algunos parecían impresionados; otros, indiferentes.
Ninguno estaba asustado, lo cual supuso un alivio para los tensos nervios de ella.
Un hombre corpulento en el centro de la acción silbó con fuerza y señaló hacia los árboles, momento en el que la mayoría de los tipos se marcharon con grandes sonrisas en la cara.
—¿Adónde van todos? —preguntó Sabrina, notando que su propia voz sonaba algo aturdida.
—A cazar —respondió el hombre corpulento con una sonrisa—. Ha hecho un trabajo excelente, señora, pero vamos a asegurarnos de que nos encargamos de cualquier rezagado. No queremos ese tipo de maldad cerca de nuestros hogares.
A Sabrina se le desencajó la mandíbula. Aquellos tipos iban realmente a buscar pelea.
Ella simplemente se alegraba de que los malos se hubieran ido; nunca se le habría ocurrido ir tras ellos.
Tampoco se le habría pasado por la cabeza enviar a nadie a recoger las armas que el último grupo de paramilitares había dejado caer del gran Hummer.
Sin embargo, eso era justo lo que estaba haciendo uno de los cambiantes de oso.
Ya había recogido un montón de equipo y regresaba con una expresión de alegría en el rostro.
—Hay un equipo estupendo aquí —les gritó al pasar de camino a donde los buenos habían aparcado sus vehículos fuera de la vista… y del viento, menos mal—. Material de lujo, vale mucho, aunque no podamos usarlo nosotros mismos. Buen trabajo, señora, logrando que lo soltaran todo.
Asintió en agradecimiento a Sabrina, y ella quiso explicarle que en aquel momento no había estado pensando realmente con tanta previsión, pero él parecía demasiado feliz.
No quería estropearle la diversión. Además, suponía demasiado esfuerzo mantener una conversación larga en ese instante.
Lo único que quería de verdad era dormir.
Perdió la noción de lo que ocurrió después, pero en algún momento Ace la levantó y la llevó en brazos.
Vio a alguien subiendo su moto a un remolque que habían colocado tras el terraplén de la rampa de frenado.
Su moto quedó sujeta junto a la Harley de Ace, que ya estaba en el remolque.
Luego vio el interior de un gran todoterreno mientras Ace la acomodaba en el asiento trasero.
Sabrina debió de quedarse traspuesta, porque era vagamente consciente de que Ace estaba fuera, junto a la puerta abierta del coche, hablando con algunos de los hombres que iban y venían.
Hubo un ajetreo de actividad que ella solo percibía de forma periférica.
Luego, pasado un tiempo, sintió que Ace subía al todoterreno junto a ella y la tomaba en sus brazos.
Empezaron a moverse; ella se acurrucó en el abrazo de Ace y no supo nada más hasta que se despertó una o dos horas después. Estaban entrando en un pintoresco pueblo costero. Grizzly Cove. Tenía que ser eso.
El todoterreno lo conducía el hombre que había estado recogiendo las armas abandonadas de los malos con tanto júbilo. Sus ojos se encontraron con los de ella en el espejo retrovisor y él sonrió.
—Bienvenida a Grizzly Cove, señora. Soy Zak. Antiguo ayudante del sheriff y actual dueño del mejor restaurante del pueblo. —Hizo el gesto de tocarse un sombrero inexistente y sonrió. Oh, aquel tipo era todo un galán, sin duda, con esos ojos oscuros brillantes y su hablar pausado.
Pero su mención a un restaurante pareció despertar a su estómago vacío. Gruñó con la fuerza suficiente para que ella lo oyera, y estaba segura de que los cambiantes del vehículo también lo habían oído. Sintió que las mejillas le ardían de vergüenza.
—No hables de comida a menos que estés preparado para darnos de comer, Zak —bromeó Ace con naturalidad con el otro hombre.
—Ya sabes que he llamado con antelación —replicó Zak—. Habrá algo esperándoos en vuestras habitaciones del hotel. Las damas saben lo que significa que alguien despliegue tanta energía mágica.
—¿Significa que podría comerme un búfalo? ¿Entero? —bromeó Sabrina, incorporándose un poco más pero sin separarse de Ace—. O un caballo. O una vaca. ¡Cualquier cosa! Me conformaría con pizza fría y patatas fritas ahora mismo. Me muero de hambre.
Ambos hombres se rieron. —Sí, eso suena bastante normal —le dijo Zak—.
Ahora tenemos unos cuantos usuarios de magia en el pueblo, y a todos les entra sueño y un hambre voraz después de ejercitar sus músculos mágicos como has hecho tú hoy.
Por cierto, por si no tengo oportunidad de hablar contigo más tarde, lo que has hecho ha sido condenadamente impresionante.
No sabíamos qué esperar, pero desde luego no era lo que has hecho.
Gracias por las armas y por el espectáculo.
—Su sonrisa era contagiosa y ella le devolvió el gesto.
—¿Le decepcionará si digo que no hice que soltaran sus armas a propósito? —preguntó ella—. Simplemente no quería que apuntaran los cañones a nadie y, en cuanto tuve ese pensamiento, de repente cayeron al suelo. No estoy segura de cómo pasó.
—No importa el cómo, la verdad —dijo Zak con magnanimidad—.
Solo importa que pasó. Tus acciones nos ahorraron un montón de molestias.
No es que no disfrutemos de una buena pelea de vez en cuando, pero a veces las mejores peleas son en las que no tienes que participar, si me entiendes.
—Le guiñó un ojo por el retrovisor mientras conducía por el pueblo—.
Me avergüenza admitirlo, pero subestimamos lamentablemente cuántos operativos enviarían a por ti, aunque tras ver lo que hiciste, supongo que fueron ellos los que te subestimaron a ti, ¿eh?