Oso de la Tormenta (Cala del Oso Pardo nº 12) 9 #3
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Coronaron el último paso para salir de las montañas y Sabrina quiso respirar aliviada...

hasta que vio un coche que atravesaba la mediana desde el otro lado de la carretera, detrás de ellos.

Hizo un cambio de sentido totalmente ilegal y, aunque lo perdió de vista mientras bajaban por el otro lado del puerto, supo que los seguía.

Los habían encontrado.

Ace vio al coche saltarse todas las leyes para dar la vuelta y seguirlos, y supo que, tarde o temprano, los ocupantes de ese coche avisarían a cualquier aliado en la zona y la persecución empezaría de verdad.

Tal como estaban las cosas, los seguían a gran velocidad.

Tenían la gravedad a su favor, ya que la carretera presentaba una pendiente pronunciada al bajar de las últimas montañas, pero la velocidad no era la única solución en esta situación.

Ezra y algunos de los chicos de Grizzly Cove estaban en camino.

Ezra le había detallado un plan que se les había ocurrido: montar una especie de control de carretera, uno de tipo mágico que no interfiriera con los humanos corrientes que estuvieran conduciendo por allí.

Era más bien una protección temporal custodiada por un grupo de osos.

Todo lo que Ace tenía que hacer era llevar a Sabrina hasta allí de una pieza, y tendrían una escolta formidable hasta Grizzly Cove.

No estaba tan familiarizado con esta carretera como le gustaría, pero pensó que quizá el lugar del que Ezra había hablado estaba cerca.

Había dicho que era después del último paso, cerca de una rampa de frenado para camiones sin frenos.

Eran esas rampas llenas de grava que se desviaban del camino específicamente para camiones que iban demasiado rápido y no podían frenar de forma normal.

Ace solo las había visto en unos pocos lugares del país, pero había oído historias de camioneros sobre lo bien que funcionaban cuando eran necesarias.

Hoy, si todo salía según lo previsto, esa rampa de frenado marcaría el punto de un rescate totalmente diferente, este de naturaleza mágica.

Ace no quitaba ojo a los retrovisores. Era plenamente consciente del coche que maniobraba para ganar posiciones entre los demás vehículos tras ellos.

Ojalá no hubiera gente inocente conduciendo por la autopista con ellos, pero, pensándolo bien, los otros coches dificultaban que los malos se les acercaran rápidamente.

Ace se dejó rezagar para mantener a Sabrina ligeramente por delante de él.

Le hizo señas para que siguiera, esperando que entendiera que quería que fuera tan rápido como se sintiera cómoda en aquella bajada pronunciada.

Ella aceleró, superando fácilmente el límite establecido, pero a él no le importaba.

Unas cuantas patrullas de policía, justo en este momento, vendrían de perlas.

Por supuesto, cuando necesitas presencia policial, no hay ni rastro de ella. No importaba. Ace tenía un as en la manga... si lograban llegar hasta ellos.

La carretera hacía zigzag, con curvas largas que intentaban suavizar el descenso, y entonces Ace la vio: la rampa de frenado que le habían prometido. Y apostado en la entrada estaba su amigo Ezra, a horcajadas en su vieja Harley. Tuvieron el tiempo justo para frenar y desviarse a un lado.

Lamentablemente, eso significó que el coche —o mejor dicho, los coches, en plural— detrás de ellos también tuvieron tiempo de frenar.

Lo único bueno de todo este escenario era que los humanos inocentes que circulaban con ellos por la carretera podían simplemente seguir de largo y, gracias al ángulo de la rampa de frenado, lo que fuera que fuera a suceder quedaría mayormente oculto a la vista de los transeúntes.

Ezra estaba acelerando su motor cuando se reunieron con él. —Tenemos una protección fuerte cruzando la carretera y una camioneta llena de osos deseando pelea justo detrás de mí. Podemos seguir y dejar que el enfrentamiento ocurra mientras ponemos a tu chica a salvo.

A Sabrina le horrorizó el plan. ¿Se suponía que ella debía huir para salvar el pellejo mientras personas a las que ni siquiera conocía arriesgaban su vida para protegerla?

Ni hablar. Ella no era así. No permitiría que esos buenos hombres —osos— arriesgaran sus vidas por ella sin participar siquiera en su propio rescate.

—No. —Sabrina se hizo oír, bajándose de la moto y llevándola a un lugar seguro mientras echaba un vistazo por el lateral de la rampa de frenado para ver a un grupo de hombres corpulentos al acecho de lo que pudiera venir.

Les saludó con la mano y luego se volvió para ver a Ace dirigiéndose hacia ella con el rostro contraído en una línea sombría. Su amigo estaba justo detrás de él.

—¿Qué estás haciendo? —Él estaba gritando, pero ella lo entendía. La tensión era máxima y el tiempo apremiaba.

—Voy a terminar con esto. No quiero que ninguno de tus amigos salga herido por mi culpa.

Simplemente dejadme hacer lo mío y apartaos.

—Separó los pies con firmeza y observó los coches que se acercaban.

Había al menos media docena, con más de una persona visible en cada uno.

Demasiados para el puñado de cambiapieles de oso ocultos tras el terraplén—.

Dile a tus hombres que se queden donde están.

Esto podría ponerse feo —advirtió antes de conectar con el poder que se había estado acumulando a la par que su miedo.

Esta vez no había forma de contener la tempestad.