Oso de la Tormenta (Cala del Oso Pardo nº 12) 5 #3
27%

5 #3

Ella miró hacia el mapa, aparentemente abatida, aunque él no alcanzaba a comprender por qué.

¿Sentía ella la misma punzada por el final de su viaje juntos que sentía él?

No. Eso era ridículo. Él ni siquiera estaba seguro de por qué sentía esa extraña ansiedad por la separación.

No había razón para que ella también la sintiera.

No, para ella, el final de su viaje significaba la protección de los Lores.

Debería estar deseando llegar allí con alivio, no con pesar.

Ace se aclaró la garganta. —Tengo mucha curiosidad por ver su pueblo —dijo, esperando sacar un tema neutral—. Es raro que tantos de nosotros nos agrupemos en un solo lugar sin estar emparentados por sangre.

—¿Qué hace que funcione? ¿Tienes alguna teoría? —Ella parecía, a todas luces, alguien que intentaba poner al mal tiempo buena cara, pero él seguía sin entender por qué. En su lugar, siguió el hilo de la conversación, con la esperanza de encontrar la forma de hacerla sonreír de nuevo.

—El núcleo duro de hombres que ideó el plan eran compañeros de trabajo de hace mucho tiempo.

Sirvieron juntos en las Fuerzas Especiales, como una sola unidad.

—Hizo una pausa un momento para reflexionar—.

Una familia, se podría decir. Aunque no son parientes de sangre, son hermanos de otro tipo, pero no menos cercanos.

E incluso aunque ni siquiera sean todos el mismo tipo de oso.

—¿Qué otros tipos de cambiapieles de oso hay? —preguntó ella, claramente curiosa—. Tú eres un grizzly. ¿Hay cambiapieles de oso negro?

Él asintió. —Más pequeños que nosotros, pero nervudos.

Y hay algunos grandes cambiapieles de oso Kodiak de Alaska.

Osos polares. Osos de Kamchatka de Siberia.

Pandas de China. Incluso koalas de Australia, aunque no son realmente osos.

Me dicen que el que se instaló en el pueblo siempre huele a caramelos para la tos por todo el eucalipto que come.

Aquello le arrancó una carcajada, y Ace se sintió como si le hubiera tocado la lotería. Menos mal. No le gustaba verla triste o preocupada, y ella había estado un poco de ambas cosas desde que se conocieron.

—Ni siquiera puedo imaginarme a los cambiapieles de panda —admitió ella.

—Solo hay dos en el pueblo, por lo que he oído. Una viuda y su hijo. Todo el mundo es muy protector con ellos, y se supone que el niño es monísimo —le contó.

—¿Como un bebé panda? —Los ojos de Sabrina se iluminaron ante la idea, y él asintió—. Debe de ser totalmente adorable.

—Eso dicen. Yo mismo nunca lo he visto, por supuesto, pero tengo la curiosidad suficiente como para querer visitarlos.

—Me pregunto si me dejarían ir a verlos. Después de que todo esto se solucione, claro. Cuando sea seguro —añadió rápidamente.

—No veo por qué no. El pueblo está montado como una parada turística.

Hay muchas galerías de arte y tiendas para los turistas que bajan por la costa.

Pero, si alguien quiere mudarse allí, tiene que recibir el permiso del consejo municipal, es decir, del grupo principal de cambiapieles de oso que fundó el pueblo.

No dejan que cualquiera se quede, pero hay algunas brujas y algunos Otros.

—No entró en demasiados detalles porque no estaba seguro de qué parte era más o menos de conocimiento público en el mundo mágico y qué parte estaba destinada solo a los cambiapieles.

Probablemente no debería haber dicho tanto como había dicho, pero el instinto le decía que podía confiar en Sabrina.

Hablaron un poco más mientras él doblaba el mapa y se lo entregaba. —Quiero que guardes esto en tus alforjas —le dijo—. No preveo que nos separemos, pero si ocurriera lo peor, quiero que estés totalmente preparada.

Su expresión era grave al aceptar el mapa. —De verdad agradezco todo lo que has hecho por mí —dijo en voz baja—. Eres muy bueno planeando las cosas. Eso es algo que yo nunca he hecho, y me ha metido en líos más de una vez. Gracias por ayudarme a seguir viva y libre de esos matones.

—Es un honor ayudarte, Sabrina —respondió él suavemente—. Además, me gusta hacer cosas heroicas de vez en cuando. —Se rió para aligerar el ambiente, y ella se le unió.

—Bueno, hoy eres definitivamente mi héroe —le dijo ella, haciendo que su oso interior se regodeara ante su elogio.

El momento se alargó un poco pero, de repente, él se despabiló. Aún quedaban cosas por hacer. Ella terminó de despejar la mesa y él la movió de nuevo hacia un lado de la habitación, dejando el espacio libre.

—Voy a asearme rápido —dijo él, sacando unos pantalones cortos de sus alforjas—.

No abras la puerta a nadie y mantente alejada de la ventana, por si acaso.

—Ya había corrido las cortinas, pero no estaba seguro de si ella entendía que era para ocultar su presencia—.

Saldré en cinco minutos, como mucho. Si me necesitas antes de eso, grita y vendré corriendo.

Ella asintió y él entró en el minúsculo cuarto de baño. Se dio una ducha rápida y salió en los cinco minutos prometidos para encontrársela sentada en el borde de la única cama, pasando los canales de la tele con el mando a distancia.