5 #2
—La tortura también los alimenta. Cualquier cosa que derrame la sangre del inocente.
Y, si ese inocente tiene magia, tanto mejor para el mago de sangre.
—Ace sacudió la cabeza. Odiaba ser él quien le contara estas cosas, pero ella realmente necesitaba saber a qué se podían enfrentar—.
Hace poco hubo un caso en el que se descubrió a un mago de la senda de sangre que trabajaba con una red de traficantes de humanos.
Secuestraban mujeres para revenderlas a compradores extranjeros con la ayuda del mago.
Una de las cosas que él obtenía a cambio era la primera elección de las mujeres.
Apartaba a las que tenían el más mínimo indicio de magia y las guardaba en su sótano.
Tenía jaulas allí abajo, y de algún modo habían logrado capturar a una mujer cambiapieles junto con varios humanos con poderes mágicos mínimos.
Las desangraba lentamente, torturándolas poco a poco hasta que las agotaba; entonces mataba a una para obtener lo que quedaba de su poder y la sustituía por otra secuestrada.
Fue algo realmente enfermizo, pero un colega mío consiguió acabar con él.
—¿Un cambiapieles de oso? —preguntó ella.
Ace asintió, pero tenía que decirle toda la verdad. —También había una mujer-lobo implicada. Es investigadora privada. Y un mago mitad fey, mitad humano estaba con ellos también.
—¿Hicieron falta tres de ellos para acabar con un solo mago? —Su tono denotaba miedo y un rastro de desesperanza.
Él estiró el brazo sobre la mesa, intentando ofrecerle consuelo, pero no se atrevió a tocarla.
No quería asustarla, y los tocamientos no autorizados no eran una buena forma de tranquilizarla cuando tenían que pasar la noche juntos solos en aquella habitación pequeña.
Era muy consciente de la falta de espacio allí, pero no había otra opción.
—Ya sabes que no todos los magos son iguales.
Además, él había pasado meses, quizá años, alimentándose de aquellas mujeres.
Había acumulado una reserva de poder considerable y era increíblemente cauteloso —le dijo, recordando los detalles que le habían llegado a través de los mentideros de los osos.
—Pero había al menos dos tras de mí. Quizá más —señaló ella.
Él negó con la cabeza. —Están a campo abierto.
Fuera de su territorio. En plena persecución.
Cometerán errores. Ellos no son como yo.
Yo sé cazar. Sé cómo evitar a los cazadores y convertirlos en mi presa si tengo la oportunidad.
Pero tu seguridad es lo primero —le prometió—.
El nombre de nuestro juego es la evasión.
Vamos a esquivar y zigzaguear para salir de Canadá tan rápido como podamos.
Luego, te entregaremos a los Lores, y tendrás a toda una montaña de cambiapieles leales entre tú y cualquier cosa que pueda amenazarte, por no mencionar el poder de las sacerdotisas que viven allí.
Se dice que la propia Diosa vigila a los Lores y a su Dama.
Si tienes su protección, estarás tan a salvo como cualquier ser puede estar en este mundo.
—Espero que tengas razón —murmuró ella, dando un último sorbo a su bebida.
—Mira, podemos estar en el cruce de la frontera en unas pocas horas. Nos acercaremos despacio y veremos si alguien vigila antes de intentarlo —le dijo, pensando que ella necesitaba conocer el plan.
Alargó la mano hacia su alforja y sacó el mapa de papel que había comprado antes.
A veces, los métodos antiguos eran mejores.
Aquí, en las montañas, las señales de GPS no siempre estaban disponibles.
Había planeado darle el mapa para que lo llevara ella después de que lo revisaran juntos esta noche.
Quería que ella supiera que estaba bien equipada para valerse por sí misma en el improbable caso de que se separaran.
Extendió el mapa mientras ella recogía los restos de la cena. Luego, empezó orientándola sobre su ubicación.
—Estamos aquí —dijo, señalando el pequeño punto del mapa justo al sur de Calgary—.
Podemos cruzar por aquí, en el paso de Piegan-Carway.
Abren a las siete de la mañana. Lo he comprobado —dijo—.
Si no parece seguro, podemos desviarnos hacia el este o el oeste.
El más cercano de los dos es el oeste, en el paso de Chief Mountain, pero solo abren en verano y el horario varía.
Además, estaríamos más al oeste de lo que necesitamos ir para llegar a los Lores.
Añadiría un poco de tiempo a nuestro viaje, pero no demasiado.
Si fuéramos hacia el este, estaríamos en Canadá mucho más tiempo, pero estaríamos mejor posicionados para llegar a los Lores tomando el paso de Sweetgrass-Coutts.
—De nuevo, señaló el lugar en el mapa y notó que ella seguía sus explicaciones con interés.
—¿Qué probabilidades hay de que, si están vigilando ese primer cruce, tengan aliados vigilando todos los demás? —preguntó ella, y su pregunta le hizo dudar. Había dado en el clavo con el único fallo que él veía en dar el rodeo largo por Canadá.
—Tienes razón, por eso me inclino por tomar la ruta directa y, si esa está vigilada, subir a las montañas para intentar el cruce más cercano al oeste.
Si ese también está vigilado, entonces hay formas en que nosotros, los cambiapieles, podemos cruzar la frontera sin problemas, pero podría ser un poco duro para ti —le dijo—.
Tener motos en lugar de un coche lo hará mucho más fácil, pero sigue habiendo cierto peligro potencial y una larga caminata a pie, empujando la moto por terreno accidentado.
—Mejor eso que esos magos —dijo ella, con resignación en el tono de voz. Él tuvo que admirar su entereza.
—Por eso insistí en que compraras un par de botas flexibles además de las botas de montar —le dijo.
Al principio, ella se había resistido a su sugerencia en la tienda, pero Sabrina acabó aceptando su petición de buscar unas botas ligeras que fueran cómodas.
También tenía las zapatillas que llevaba cuando salieron del pueblo, que ya estaban domadas y con suerte serían cómodas.
Tener varias opciones solo podía ayudar en su viaje, porque si un humano tenía los pies doloridos, no podía llegar lejos.
Los osos eran diferentes, pero él intentaba tener en cuenta la naturaleza más frágil de ella en su planificación.
—Eres bueno en esto —dijo ella, sorprendiéndole al hacerle levantar la vista de su concienzudo examen del mapa—. Quiero decir, has planeado todo esto con antelación. Como si fuera lo más normal del mundo para ti.
—No es mi primer rodeo —le dijo él, intentando quitar importancia a su cumplido, que le llegó a lo más profundo.
—Supongo que ves mucha acción trabajando para los Lores —observó ella.
—En realidad, no. —Negó con la cabeza—. Me refiero a que no trabajo para los Lores.
Solo los conocí hace unos días, aunque soy amigo de un oso que es uno de sus principales colaboradores.
Fui a Montana a visitarlo. Él me presentó a los Lores y, antes de darme cuenta, tenía una misión.
Normalmente, hoy en día me gano la vida como mecánico, y suelo trabajar con mis hermanos.
—¿Y dónde están ellos ahora? —Su tono era suave, como si temiera que algo fuera mal.
—No estoy seguro, pero todos estuvimos de acuerdo en tomarnos un pequeño descanso los unos de los otros.
La mayoría de los osos son solitarios —especialmente a nuestra edad—, pero hemos viajado juntos por la carretera durante mucho tiempo.
Recientemente, todos sentimos una llamada en una dirección diferente.
Nada sólido, pero lo suficiente como para que nuestros osos interiores quisieran marcharse por su cuenta, siguiendo ese rastro escurridizo que no era exactamente un olor, sino más bien un sentimiento.
—Se encogió de hombros, sin ser capaz de expresarlo con palabras—.
Seguimos en contacto, pero acordamos tener nuestras propias aventuras individuales.
Supongo que esta es la mía. O, al menos, es el comienzo.
No sé cuánto tiempo vamos a vagar solos, pero imagino que, en algún momento, nos volveremos a encontrar.
—Los osos son solitarios excepto por los grupos familiares, ¿verdad? —Ella había estado escuchando. Él asintió, sonriéndole.
—En su mayor parte —asintió—. Pero en los últimos dos años, un grupo de cambiapieles de oso que no son parientes han iniciado una comunidad en la costa de Washington.
Es una situación única, pero parece que les está funcionando.
Tengo un amigo allí y algunos conocidos.
Pensaba visitar a esos tíos después de llevarte con los Lores.