5
Sabrina le miró con los pensamientos a mil por hora. —Marilee me llama así —dijo ella. Él pareció sorprendido.
—Perdona. Para ser sincero, la verdad es que me gusta más tu nombre completo. ¿Te importa que lo use o te recordará a cuando te metías en líos de pequeña? —Se rio—. Ya sabes que algunos niños nunca oyen su nombre completo a menos que su padre o su madre les estén gritando.
Sabrina se alegró de sentir una diversión genuina por primera vez desde que se había desatado el caos aquel día.
—No. Me gusta mi nombre completo. Mucha gente lo acorta a Brina o simplemente Bri.
Una amiga atrevida incluso me llamó Sabby durante un tiempo.
—Se deleitó con el sonido alegre de la risa de Ace cuando le contó aquello—.
Pero me gusta oír mi nombre completo. Es un detalle por tu parte hacer el esfuerzo de pronunciar las tres sílabas.
—Es un nombre bonito, para una mujer bonita —la piropeó él, lo que la hizo sentirse arropada y conmovida.
Ella continuó con una pregunta, solo para quitar el foco de atención sobre sí misma. —¿Tu nombre es Ace de verdad o es el diminutivo de algo?
Él sacudió la cabeza. —No, es Ace de verdad. Nuestros padres trabajaban repartiendo cartas en Reno, Tahoe, donde sea. Tengo un hermano pequeño que se llama Jack, y el mediano se llama King. Yo soy el mayor, así que soy Ace.
—Creativo —le dijo ella, y a él le llamó la atención su punto de vista único.
La mayoría de la gente, al oír los nombres de los hermanos, soltaba algún chiste.
Casi siempre preguntaban quién era el Joker, pero había otras variantes que a la gente le parecían ingeniosas.
Los tres las habían oído todas desde muy jóvenes.
Pero nadie había dicho nunca que sus nombres fueran creativos, como elogiando el ingenio de sus padres.
—¿Crees que alguien nos ha seguido? —preguntó ella, cambiando de humor mientras miraba la carretera a sus espaldas.
—Si lo han hecho, se han quedado muy atrás —respondió él con sinceridad—. Tenemos que seguir moviéndonos, pero creo que es seguro parar por esta noche. Ellos no podrán viajar de noche mejor que cualquier otro, y hoy hemos puesto mucha distancia de por medio.
—Nunca antes había estado huyendo —susurró ella, dándose la vuelta para subir a su moto.
—No veas así nuestro viaje —le aconsejó él—. Intenta verlo como una aventura. Quiero decir, ¿a cuánta gente conoces que haya cruzado las Rocosas en moto con un grizzly a su lado? —Le sonrió, con la esperanza de animarla.
Ella le devolvió la sonrisa, negando con la cabeza. —Bueno, eh, a nadie —respondió—. Ni siquiera conocía a ningún grizzly hasta que has llegado al pueblo esta mañana. Y cuando te has transformado... —Sus ojos se agrandaron—. ¡Eras enorme!
Sí, a su oso interior le gustó oír aquello. El bastardo peludo se pavoneaba ante sus halagos dentro de la mente de Ace.
—Como probablemente habrás notado con los lobos, las formas de los cambiapieles suelen ser más grandes que sus homónimos naturales —dijo con toda la naturalidad que pudo fingir mientras su oso interior se regodeaba.
Ace montó en su moto tras asegurar las compras en sus alforjas.
Las bolsas de carga, antes casi vacías, empezaban a llenarse.
Se había asegurado de comprar unas alforjas para la moto de Sabrina en el concesionario y había guardado en ellas todos los suministros de la chica.
Si, por algún motivo, se separaban, quería que ella estuviera equipada.
Menos de una hora después, entraron en el aparcamiento de un motel.
Ace entró para hablar con el recepcionista mientras Sabrina se quedaba fuera, donde él pudiera verla, pero fuera de la vista de los demás.
Consiguió la llave de una habitación en el extremo del edificio en poco tiempo y volvió a salir a su moto.
En unos instantes, aparcaron bajo un pequeño cobertizo para clientes, a la vista de la habitación, y entraron. Era pequeña, pero serviría para pasar la noche.
—Eh... —dijo Sabrina vacilante—. Solo hay una cama.
—Y es tuya —dijo Ace rápidamente—. No estoy intentando nada raro.
Estamos aquí estrictamente para dormir. Los dos necesitaremos descansar si queremos ponernos en marcha mañana.
—Dejó las alforjas de ella sobre la cama y puso las suyas en la única silla de la esquina—.
Puedes usar el baño primero mientras pido algo para cenar.
¿Te parecen bien unas hamburguesas? —preguntó.
—Muy hecha, con queso cheddar y cebolla frita, si es posible —le dijo ella, rebuscando ya en sus alforjas—. ¡Ah! Y patatas fritas también, por favor.
Con la misión a la vista, Ace empezó a ojear la carpeta de información sobre el pequeño escritorio junto a su silla, que incluía recomendaciones de comida.
Encontró la hamburguesería que el recepcionista le había mencionado cuando preguntó y cogió el teléfono para hacer el pedido.
Mientras estaba al teléfono, Sabrina desapareció en el baño.
Oyó que la ducha se abría un momento después, e hizo todo lo posible por no pensar en el hecho de que ella estaba allí dentro... mojada... y desnuda.
Quieto, chaval.
La comida llegó antes de que ella saliera del baño, lo cual le pareció bien a Ace.
Cuanta menos gente la viera, mejor. Pagó al repartidor y le dio propina; el estómago le rugió en cuanto el aroma de las hamburguesas llegó a su sensible nariz.
Había pedido varias bolsas de comida, ya que no habían tenido tiempo de parar a comer mucho durante su viaje de todo el día.
Ace acercó la mesita al lado de la cama y preparó la cena lo mejor que pudo para que pudieran compartirla.
Ella se sentaría en el borde de su cama y él ocuparía la silla que había reclamado antes.
Estaba desempaquetando las bolsas de hamburguesas y patatas cuando la puerta del baño se abrió y una ráfaga de vapor le alcanzó, deteniéndolo en seco.
El vapor olía a mujer cálida y a algún tipo de jabón. Delicioso. Mía, insistió el oso en su interior.
Quieto ahí.
Sabrina salió, completamente vestida, con el pelo envuelto en una toalla.
Llevaba unos leggings negros y un jersey negro que había elegido en la tienda de artículos de montaña.
Parecía una ninja angelical con aquel negro riguroso que solo dejaba al descubierto sus manos, sus pies y su cabeza.
Espera. Retiro lo dicho. Vio que también llevaba calcetines negros cuando se acercó.
—Huele muy bien —dijo ella, con la mirada puesta en la hamburguesa envuelta que él aún sostenía en la mano. Dejó la ropa que llevaba antes al otro lado de la cama y se sentó en el borde, tras la mesa que él había movido.
Eso le sacó de su letargo al darse cuenta de que se la había quedado mirando en una especie de estupor congelado. Oso tonto. Estaba demasiado fascinado por la mujer que le habían enviado a rescatar. Eso no podía ser bueno. Tenía que centrarse en la misión.
En ese preciso momento, la misión era la comida. Bien. Tenía la comida y, ahora, necesitaban comer. Su estómago rugió de nuevo mientras clasificaba las hamburguesas que había pedido.
—Muy hecha con queso cheddar y cebolla frita —leyó en el tique pegado al envoltorio.
—Qué rico —dijo ella, aceptando la hamburguesa envuelta que él le tendió—. Gracias.
—No estaba seguro de qué querías beber, así que he traído una selección de refrescos y té helado —le dijo, sacando la bolsa de latas de bebida sobre la mesa—. Y han puesto todas las patatas en un recipiente grande —explicó mientras colocaba la gran caja de poliestireno sobre la mesa, entre los dos.
Vació sobres de kétchup sobre la mesa mientras ella elegía una lata de refresco y la abría.
Desenvolviendo su hamburguesa, miró bajo el pan y la colocó un poco mejor antes de dar un delicado bocado.
Ace estaba fascinado por sus modales meticulosos e intentó no ser demasiado bárbaro mientras devoraba su propia hamburguesa.
Había pedido varias para él, pero compartiría si ella quería más de una.
No estaba seguro de cuánto necesitaban comer las hembras humanas, al no haber pasado mucho tiempo rodeado de ninguna.
Ella rechazó otra hamburguesa tras terminar la suya, pero no pasaba nada.
La comida nunca se desperdiciaba cuando Ace o alguno de sus hermanos andaban cerca.
Los osos comían incluso más que otros cambiapieles, lo cual era decir mucho.
Él se comió cuatro por cada una de ella, y ambos terminaron más o menos al mismo tiempo.
Habían compartido las patatas, y Ace se había cuidado mucho de dejar que ella se comiera la mitad sin que fuera demasiado obvio.
No habían hablado mientras comían, ambos cansados por el largo día de viaje y demasiado hambrientos como para perder el tiempo charlando mientras tenían comida delante. Pero, a medida que bajaron el ritmo, demorándose con las últimas patatas fritas, Sabrina inició una conversación.
—Gracias por esto —dijo lentamente, mirando hacia la mesa—. Por lo de hoy. Por todo. —Él pudo percibir la emoción en su voz.
—No hace falta dar las gracias. No podía dejarte bajo la amenaza de esos indeseables.
—Eran horribles, ¿verdad? —preguntó ella en voz baja, todavía incapaz de sostenerle la mirada.
—Malvados —asintió él—. Su magia se sentía viscosa contra mi pelaje —admitió—. Magos de la senda de sangre. Los dos.
—¿En serio? —Eso la hizo levantar la vista. Parecía conmocionada—. ¿Estás seguro?
Ace asintió. —Completamente seguro. Lamentablemente, ya he sentido ese tipo de maldad antes.
—Obtienen poder matando a otras personas, ¿no? —preguntó ella con un hilo de voz.