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Sabrina intentó ser paciente mientras su mejor amiga hacía la llamada.
Marilee consiguió comunicar enseguida, pero tuvo que esperar a que la pasaran con uno de los Lores.
Durante la espera, hizo todo lo posible por explicarle a Sabrina lo digno de confianza que era Ace, si es que resultaba ser quien decía.
Marilee, como todos los demás cambiantes que Sabrina había conocido, depositaba una gran confianza en sus llamados Lores.
Sabrina nunca lo había cuestionado en voz alta para no resultar grosera, pero si iba a poner su vida en manos de aquel hombre, quería respuestas. Sabrina le hizo varias preguntas muy directas a su amiga y empezaba a sentirse aliviada con las respuestas.
Entonces, ocurrió algo. Sintió que le sobrevenía una oleada de náuseas casi al mismo tiempo que oía algo parecido a una pequeña explosión en la calle.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Marilee, todavía aferrada al teléfono.
—No lo sé, pero no ha sonado nada bien. Hay algún tipo de magia extraña ahí fuera —le dijo Sabrina a su amiga—. Quédate aquí atrás. Voy a echar un vistazo por la ventana a ver si descubro qué está pasando.
—Ten cuidado —le advirtió Marilee mientras Sabrina se acercaba con cautela a la parte delantera de la tienda y a los grandes ventanales que daban a la calle.
Ace había salido fuera. ¿Estaba en apuros? ¿O era algún tipo de estratagema para obligarla a salir? ¿Iba Ace realmente de frente o era una trampa? Sabrina se aproximó con precaución.
Al principio no entendía lo que estaba viendo. Había un hombre con una sucia chaqueta de cuero negra al otro lado de la calle; llevaba el pelo engominado hacia atrás en lo que probablemente consideraba una declaración de estilo moderna. A Sabrina no le gustó su aspecto. En absoluto.
Y entonces, sintió otro ataque de náuseas y vio claramente una onda de poder cruzar la calle como un destello traslúcido, similar al calor que desprende una carretera en el desierto.
Solo que estaban en las Montañas Rocosas canadienses y no hacía ni de lejos el calor suficiente para provocar ese efecto visual.
Además, se desplazaba de forma vertical, no horizontal.
Había tantas cosas que no cuadraban en aquella escena que se sintió confundida por un momento. Entonces vio a Ace tambalearse bajo el impacto de la onda de poder casi invisible. ¡Eso era un ataque!
Un instante después, Ace recibió otro impacto lateral que casi lo derriba, pero se mantuvo firme. Sabrina no tenía ni idea de cuánta potencia albergaba cada una de aquellas ondas centelleantes, pero debía de ser considerable. Que Ace siguiera en pie tras dos impactos era impresionante.
Aún más impresionante fue el pecho de musculatura dura que reveló cuando, de repente, decidió desnudarse allí mismo, en medio de Main Street. ¿Qué estaba haciendo? Ah, claro. Era un cambiante. Y a los cambiantes les gustaba quedarse desnudos antes de cambiar de forma.
¿Pensaba transformarse en bicho en ese mismo instante? Mientras se quitaba los zahones y los vaqueros, tras haberse descalzado las botas ya de una patada, sospechó que así era. Que la Diosa la ayudara. El hombre estaba cachas de verdad.
Había creído ver físicos imponentes desde que llegó a aquel pueblo dominado por una Manada de hombres lobo, pero esos lobos eran poca cosa comparados con Ace.
El hombre de la chaqueta de cuero negra bajó del bordillo al otro lado de la calle.
Se estaba acercando. Sabrina escudriñó la carretera en el ángulo desde el que había venido el otro ataque y vio a otro hombre, vestido de forma similar con cuero negro, aproximándose también.
Lanzaron un ataque simultáneo justo cuando Ace se encogía de hombros y una magia brumosa se formaba a su alrededor.
Un destello de energía terrenal de color marrón y, de repente, se convirtió en un oso.
Allí mismo, en pleno centro del pueblo. Un oso grizzly de más de dos metros sacudió su pelaje.
Sabrina se quedó boquiabierta por la impresión cuando la doble descarga de magia maligna golpeó al oso y pareció resbalar sobre su pelo.
Maldita sea. Eso sí que era impresionante.
Podía ver perfectamente la ira en los rostros de los hombres que se acercaban.
Estaban furiosos. Aunque, por otra parte, Ace también lo estaba.
Se irguió sobre sus patas traseras y soltó un rugido atronador que hizo vibrar los cristales de la ventana y atravesó los sentidos de Sabrina como una onda de poder.
Era imponente cuando se enfurecía. Y, al verlo erguido, se dio cuenta de que probablemente se había quedado corta en su estatura por casi un metro.
El oso no retrocedía y los magos se dirigían directos hacia él.
Sabrina no podía permitir que recibiera otro impacto.
No por ella. Si aquellos tipos habían venido a por ella, les plantaría cara e intentaría por todos los medios mandarlos a paseo.
Sabrina no estaba segura de dónde salía aquella valentía recién descubierta, pero le resultaba lo correcto. Abrió la puerta y salió a la acera. Ace, en su forma de oso colosal, se interponía entre ella y los hombres que avanzaban. No parecieron verla. Al principio no. No hasta que invocó su poder.
Su único, solitario y estúpido pequeño poder de influir en el clima. Realmente no tenía ni idea de lo que pretendía. Solo sabía que tenía que hacer algo. Y entonces, lo liberó.
Su magia pareció reconocer a Ace como uno de los buenos, porque la ráfaga que surgió de las palmas de sus manos pareció saltar sobre él para golpear de lleno a los dos hombres. Fue una ráfaga de viento. Un viento con fuerza de huracán.
Los levantó a ambos del suelo. Observó asombrada cómo daban tumbos calle abajo. Sabrina hizo una mueca de dolor al ver que seguían golpeándose contra el pavimento. Tenía que haber huesos rotos y quizás alguna conmoción cerebral de por medio. Ay.
El oso los vio alejarse, igual que ella, hasta que se perdieron de vista.
El viento generado por su magia seguía persiguiéndolos.
Tenía la sensación de que no se disiparía hasta que estuvieran a una buena distancia.
Quedarían inconscientes mucho antes, a menos que tuvieran alguna forma de protegerse la cabeza y el resto de sus vulnerables cuerpos humanos.
Teniendo en cuenta que ambos eran magos con habilidades demostradas, no le sorprendería que pudieran generar de algún modo un campo de fuerza o algo para protegerse.
Casi deseaba que pudieran. No le gustaba pensar que podía ser responsable de causar lesiones graves, o incluso la muerte, a uno de ellos o a ambos.
Ella no era una asesina. Se defendería a sí misma y a los demás, por supuesto, pero nunca quiso ser la agresora.
No era un papel que encajara con su naturaleza pacifista.
Esa era parte de la razón por la que le había costado tanto encajar en la Manada de hombres lobo.
Los lobos eran cazadores. Veían el mundo en términos de depredador y presa.
Era algo con lo que Sabrina no se sentía cómoda, y pronto resultó evidente para los miembros de la Manada que su visión del mundo era muy distinta a la de ellos.
Después de aquello, todos menos Marilee parecieron distanciarse de ella. Injustamente, pensaba ella.
Pero eran una Manada. Estaban de acuerdo en la mayoría de las cosas y parecía que habían acordado no aceptarla entre ellos. No eran antipáticos ni amenazadores en absoluto. Sencillamente, era obvio que no la querían cerca.
Todos menos Marilee. El único punto de luz en aquel pueblo, por lo demás, difícil.
—¡Brina! ¿Estás bien? —Era Marilee, asomada a la puerta abierta de su tienda, con la preocupación grabada en cada línea de su rostro.
—Bien —le aseguró ella mientras el grizzly se giraba para mirarla.
Percibió inteligencia en sus cálidos ojos marrones.
Ace estaba ahí dentro, tal como había dicho—.
No podía dejar que te hicieran daño otra vez —intentó explicar sus actos—.
Siento si me he entrometido, mágicamente hablando.
—Se encogió de hombros, sintiéndose vulnerable y un poco tonta hablando con un oso—.
Yo… —Dio media vuelta y regresó a la tienda.
Marilee le dejó paso y cerró la puerta tras ellas. Sabrina vio que Marilee seguía con el teléfono pegado a la oreja.
—¿Sigues a la espera? —preguntó Sabrina en voz baja, por si alguien escuchaba al otro lado.
—Estoy hablando con Rafe —le dijo Marilee—.
Es uno de los Lores. Ya hemos confirmado la identidad y la misión de Ace, y a Rafe le gustaría hablar contigo.
Ya le he descrito lo que acaba de pasar.
—El tono respetuoso de Marilee y los gestos de asombro que hacía le pedían en silencio a Sabrina que se comportara de la mejor manera posible al hablar con uno de los líderes de todos los cambiantes de Norteamérica.
Como si fuera a ser grosera con una persona así. Sabrina tendió la mano para coger el teléfono.
—Hola —dijo—. Soy Sabrina.
—Hola. Soy Rafe. Siento que la misión de Ace te haya pillado por sorpresa.
Tu amiga Marilee me ha explicado un poco mejor la situación allí arriba y te pido disculpas en nombre de los míos por la falta de hospitalidad que dice que has recibido.
No solemos ser precisamente cariñosos con los extraños por norma general —soltó una risita, y su tono cálido la invitaba a ser comprensiva con sus palabras—, pero la mayoría de nuestras poblaciones conviven con Otros: magos, cambiantes de otras especies, gente sagrada, etcétera.
Suele haber algo más de tolerancia de la que has experimentado.
—No pasa nada —le aseguró Sabrina—. Agua pasada.