Oscuro linaje. Libro 2: La esfera de Emet Capítulo 25
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Capítulo 25

Nell

No sé cuántas horas llevamos de vuelta en Aishfara tras dejar a Desi en nuestro apartamento. Las suficientes para que el cielo haya cambiado de color tres veces y para que ninguna haya tenido ganas de hablar.

Sabina no ha dicho ni una sola palabra desde que cruzamos el portal de regreso.

Se ha sentado en el alféizar, mirando el jardín a través de la ventana sin verlo.

Ha dejado un trozo de sí misma en otro mundo.

Lo siento a través del vínculo: es un hueco frío con forma de hermana medio muerta a la que hemos tenido que dejar en una cama rodeada de barreños de agua de mar, sin ni siquiera saber si se despertará siendo ella.

A mí esto no se me da bien, lo de permanecer en silencio, lo de sentarse a sufrir en compañía. En mi mundo, cuando algo dolía te movías, robabas, corrías, hacías cualquier cosa menos quedarte quieta.

—Vale —digo más alto de lo que pretendo—. Desi está a salvo y la mejor forma de que siga estándolo es acabar con el hijo de puta que le hizo esto. Así que vamos a averiguar dónde están esas dichosas piedras.

Nadie discute. Creo que en el fondo todas agradecen que alguien rompa el silencio, aunque sea a martillazos.

El cofre que nos dio Ethelon descansa en mitad de la mesa.

Es pequeño, cabe en mis dos manos: de madera vieja y con unas runas grabadas que solo reaccionan a mi tacto.

Cuando lo abrimos por primera vez, apenas me dio tiempo a sacar la carta de mi madre con ese mensaje que se quedó a medias.

“Kaelisar no es tu enemigo. Es tu…”, y luego el papel arrancado.

Llevo desde entonces con esa frase grabada a fuego en mi mente. Gracias, mamá. Muy útil.

Ahora, toca lo demás.

Meto la mano en el cofre y empiezo a sacar pergaminos. Y sigo sacando. Y sacando. Salen muchos más de los que deberían caber ahí dentro: rollos, hojas dobladas, cuadernos atados con un cordel. Una caja del tamaño de un par de botas escupiendo el equivalente a media biblioteca.

—Es más grande por dentro que por fuera —explica Sylara al ver que cada vez estoy más confusa.

Para cuando termino de vaciarlo, los pergaminos cubren la mesa entera, una buena parte del suelo y media cama.

Mi madre escribía con prisa: hay notas en los márgenes, flechas, símbolos, varios idiomas mezclados en la misma frase, como si a mitad del pensamiento se le hubiese olvidado en cuál estaba escribiendo.

—Tu madre era un desastre organizando las cosas, en eso os parecéis bastante —murmura la elfa.

—Esto es un jodido desastre —me quejo, llevando las manos a la cabeza—. Escribía lo que pensaba cuando lo pensaba. Sin índice, sin orden, sin nada que ayude a una pobre huérfana a entender una mierda. Bienvenida a mi herencia.

Sabina ha extendido unos mapas grandes sobre la cama, están dibujados a mano en distintos colores y con una precisión que no cuadra con la letra de pollo del resto.

—Aquí —dice, señalando el primero con el dedo índice—. Las Islas del Abismo. Mi territorio.

Su dedo se detiene en un punto marcado en rojo, en lo más profundo de una fosa marina. Al lado pone “Guardián”.

—Un kraken —masculla entre dientes.

—Claro. Un kraken. ¿Por qué no? —protesto.

—Tu madre escribió debajo: “No hostil si se le muestra respeto.”

—“No hostil” —repito—. ¿Eso es lo mejor que tenemos? ¿Un calamar gigante del tamaño de un edificio que a lo mejor no nos mata si le hacemos suficientes reverencias? Pues vaya mierda.

—Es mejor que “hostil” —responde la sirena—. Y es mi elemento. Puedo hablar con las criaturas del mar.

—Ya, seguro que te sirve de mucho cuando esté a punto de comernos —gruño.

El segundo mapa muestra una montaña que escupe humo. Un volcán, con una cueva marcada cerca de la cima. La anotación, en la letra apresurada de mi madre: “Guardián: dragón ancestral”. Y debajo, más pequeño: “El dragón no duerme. Escucha”.

—Aquí no podrás entrar prendiéndole fuego a todo, que es tu plan favorito, ¿eh, Althea?

El tercer mapa es el más detallado. Una cordillera, picos sin nombre, y en el corazón de una de las montañas, una marca roja. La nota dice: “El Corazón de la Montaña que late. La Keystone de Tierra duerme donde la roca tiene pulso”.

Sylara pasa los dedos sobre la línea de las montañas, los ojos entrecerrados.

—Una montaña con latido —murmura.

—¿Y la cuarta? —pregunto, rebuscando entre los pergaminos—. Deberían ser cuatro, ¿no? Una por elemento. ¿O mi madre también se dejó esa a medias?

Sabina encuentra la nota en el fondo del cofre. Un trozo de pergamino más pequeño, doblado tres veces, con una letra distinta. Más cuidada. Como si en esa hubiese elegido cada palabra.

—La Keystone de Aire no puede encontrarse —lee—. Debe ganarse. Cuando las otras tres estén reunidas, el camino se revelará. Su guardián es el reflejo de uno mismo.

—Total, dudo que lleguemos a ese punto así que da igual. ¿Tenéis alguna preferencia por cómo queréis morir? Yo casi prefiero que me mate el dragón, porque el agua nunca me gustó mucho, no te ofendas, sirena —digo medio en broma, medio en serio.

Debajo del pergamino hay un dibujo. Cuatro piedras en los puntos cardinales, cada una con su símbolo.

En el centro, una figura que podría ser una persona o cuatro personas pegadas.

La línea que las une todavía brilla un poco en el papel, como si la tinta guardase un resto de magia que se niega a apagarse.

—¿Veis eso? Funcionan como un circuito —explica Sylara—. Cuatro piedras. Cuatro elementos. Un Quad vinculado para encenderlas. Tu madre lo sabía. Sabía que harían falta cuatro Elementales vinculadas para usarlas.

Algo frío me baja por la espalda.

—¿Me estás diciendo que mi madre me tuvo para que algún día montase un Quad y le hiciera los recados al universo?

Vaya mierda, me siento utilizada. Vale, resumiendo, sabemos dónde están tres de las piedras, el único problema es que tienen guardianes que probablemente quieran merendarnos.

Y hay una cuarta que aparecerá cuando tengamos las otras, suponiendo que sigamos vivas para entonces, cosa que dudo mucho. ¿Por cuál empezamos?

—El agua —dice Sabina sin dudar—. Es mi elemento. Conozco las historias del kraken. Y si las notas de tu madre dicen que no es hostil…

—Bueno, tampoco ha dicho que te vaya a invitar a cenar…

***

No consigo dormir.

Las otras se han repartido la cama descomunal que los Fae de la corte consideran “individual”.

Sabina respira hondo contra mi espalda. Althea ronca bajito con un brazo sobre Sylara, como un oso que ha decidido adoptar a una elfa.

Y Sylara tiene los ojos cerrados, pero a través del vínculo sé que está tan despierta como yo.

—¿Vienes a dar un paseo? —susurra.

Nos levantamos sin despertar a las otras.

Dos insomnes vagando por los pasillos de un palacio de cristal.

Los guardias nos miran, pero no nos paran.

Somos el Quad del que habla toda la corte, las que tiraron a Kaelisar por un agujero entre mundos.

Tiene sus ventajas ser la comidilla del reino: nadie se atreve a preguntarte dónde vas a las tres de la madrugada.

Los jardines de Ethelon son otra cosa de noche.

Las flores brillan en la oscuridad y cambian de color según les da la gana.

Los árboles cantan una especie de nana muy bajito cuando la elfa los toca con la punta de los dedos.

Es bonito de un modo que me pone nerviosa, porque en mi experiencia lo muy bonito suele traer problemas.

—Me cuesta volver a estar aquí —dice Sylara, deteniéndose junto a un estanque donde los peces tienen escamas de muchos colores.

—Lo imagino.

—No. No lo imaginas. Yo nací en este lugar hace muchos años —explica—. Este reino expulsó a mi raza, también a la de Althea, y ahora nos pide que lo salvemos.

Quiero decir algo, pero no se me ocurre nada. Yo no he tenido una vida fácil, pero desde que estoy en este lugar, todo el mundo me ve como una princesa Fae a pesar de que en la práctica nunca lo he sido.

—¿Sientes eso? —dice de pronto, deteniéndose en seco.

—Sí —murmuro.

—Viene de ahí. Del bosque, más allá de los jardines. Algo se mueve entre los árboles.

—¿Y por una vez en la vida podríamos despertar a las otras por si es peligroso?

—Antes quiero ver qué es.

—Eso es precisamente lo que dicen en las películas justo antes de morir —protesto.

Una figura se mueve entre los troncos con elegancia. El pelo plateado brillando bajo la extraña luna de este lugar.

Maris.

Cómo no.

Sylara me sujeta del brazo y me arrastra detrás de un gran roble. Nos pegamos a la corteza.

Por suerte, Maris camina con la seguridad de quien no espera ser seguida nunca. Es lo que tiene crecer siendo una princesa, te crees el centro del universo. Yo crecí robando carteras, así que siempre compruebo si alguien me sigue.

Entra en una pequeña cabaña, comida por el musgo, con las ventanas tapiadas con tablones. Parece abandonada desde hace décadas.

Sale por una puerta trasera al cabo de un buen rato y desaparece hacia el palacio. Esperamos tres minutos más, por si acaso, porque siempre ocurre; en el momento en que crees que se han ido, es justo cuando deciden volver a por el bolso y te pillan.

Lo que hay dentro me hiela la sangre. Estanterías de libros forrados en cuero negro. Viales con líquidos que brillan. Símbolos grabados en el suelo de madera, círculos dentro de círculos.

—Magia demoníaca —susurra Sylara—. Pactos con criaturas del otro lado del velo. Esto es justo lo que hizo Kaelisar.

—Pues parece que la princesita está haciendo los deberes —murmuro.

En una mesa hay diarios, planos, cartas con nombres que Sylara reconoce de la corte. Y en el centro, un pergamino que nos deja sin palabras.

Un contrato firmado con sangre.

“El viejo orden está podrido. Mantener el velo no es proteger el reino, es tenerlo en una prisión. Kaelisar lo sabía. Tenía razón en eso, aunque sus métodos fuesen toscos. Yo seré más sutil, mucho más elegante. Cuando el velo caiga, todo empezará de nuevo. Y yo lideraré el nuevo orden.”

—Suerte que va a soltarle un demonio al mundo, pero con clase —mascullo entre dientes.

El contrato está en un idioma que apenas puedo leer, pero algunas palabras se entienden solas. Y al final, una línea que se me queda grabada: El contrato se sellará con la sangre de la realeza.

—Va a sacrificar a Ethelon —dice Sylara—. A su propio padre.

Recogemos los papeles. Todos ellos. Las cartas, los planos, el contrato y salimos a toda prisa hacia el castillo.

***

En el palacio, Ethelon lee los documentos en silencio. La luz del amanecer entra por los ventanales de cristal y le da en la cara. Casi se puede ver cómo envejece con cada línea que lee. No es magia. Es saber que tu hija te quiere matar para traer a un poderoso demonio.

Por un momento el rey desaparece y solo queda un padre devastado.

—Esto complica mucho las cosas —dice al fin.

—Más enemigos. Justo lo que pedí en mi carta a los Reyes Magos —gruño.

—No sé qué son los Reyes Magos —murmura Ethelon.

—Nada, cosas de mi mundo. Te traen regalos si te portas bien, aunque a mí nunca me trajeron nada.

Esboza algo parecido a una sonrisa.

—Vale, resumiendo: ahora son dos enemigos en vez de uno.

Kaelisar por un lado, esté donde esté. Maris por otro, con un demonio como mascota.

Quizá nobles traidores repartidos por palacio.

Un velo que se muere. Y finalmente tres Keystones escondidas por guardianes que quieren matarnos, más una cuarta que ni siquiera sabemos dónde puede estar. Pan comido.

—Bienvenida a la política Fae —suspira el rey.