Oscuro linaje. Libro 2: La esfera de Emet Capítulo 24
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Capítulo 24

Sabina

El Yunque Oxidado está excavado en la ladera de una colina a las afueras de la ciudad de cristal de Aishfara.

La entrada es una puerta de roble reforzada con hierro, tan baja que Sylara y Althea tienen que agacharse para pasar.

Dentro, el techo gotea sobre mesas talladas en roca viva, los taburetes tienen la altura de mis rodillas, y la barra está iluminada por lámparas de aceite.

Los grabados en la piedra cuentan grandes batallas, cada centímetro está cubierto de escenas en las que los enanos ganan y los elfos pierden. Propaganda pura, según Sylara.

Nada más entrar, docenas de ojos hostiles nos observan desde la penumbra. He visto bares duros a lo largo de los años. Lugares donde las sirenas no son bienvenidas. Pero esto es diferente. Aquí el odio está enraizado desde hace milenios.

—No sois bienvenidas, Altas —gruñe una voz desde la esquina más oscura—. Largaos de aquí.

—Buscamos a Dunkle —dice Sylara.

El silencio se forma de una manera instantánea. Hasta los dados dejan de rodar en una de las mesas. Un enano junto a la barra escupe en el suelo.

—¿Y por qué coño iba Dunkle a hablar con una elfa?

Sylara se tensa. A través del vínculo, siento cómo la rabia le sube por la columna, menos mal que Nell también lo nota y le pone una mano en el brazo para calmarla.

—Quizá no quiera hablar con ella —dice Althea, adelantándose a nosotras—. Pero conmigo seguro que sí.

El enano de la barra la mira. Los tatuajes de lava, las manos fuertes.

—¿Una Kobold?

—Althea. Hija de Vesmara de las Profundidades del Sur.

El murmullo que recorre la taberna cambia de tono. Los Kobolds y los enanos comparten una rica historia, con raíces en la piedra y el fuego.

—El Clan de las Profundidades del Sur —repite el enano de la barra mientras se rasca una barba que le llega al ombligo y tiene restos de comida atrapados entre los nudos—. Mi abuelo comerciaba con tu gente. Excelente metal y mejor cerveza.

—Mi madre dice lo mismo de vosotros —confiesa Althea.

El ambiente se relaja. Un poco, no del todo. Los ojos siguen mirándonos a Sylara, a Nell y a mí con desconfianza. Pero Althea ha abierto una puerta.

—Cuatro cervezas —pide.

—La Alta no bebe nuestra cerveza —protesta uno de ellos.

—La Alta es mi invitada —gruñe Althea, dejando tres monedas en la barra—. Dile a Dunkle que una Kobold quiere hablarle.

El enano recoge las monedas, las muerde para ver su valor y las guarda.

—Esperad aquí —ordena.

Las cervezas llegan un par de minutos más tarde en jarras de piedra, aunque no se parece en casi nada a la cerveza que beben en el mundo de los humanos. Es un líquido marrón oscuro, muy espeso, con una espuma que huele a lúpulo.

—¿Esto es seguro o nos van a envenenar? —pregunta Nell, oliendo su jarra con desconfianza.

—Los enanos hacen una cerveza excelente —le aseguro.

Nell mira su jarra sin tocarla, con la espalda recta y los hombros tensos. Cada enano en la sala es un recordatorio de que en Aishfara, los Fae gobernaron durante siglos. Fue su raza la que dictó las reglas injustas. La que relegó a enanos y Kobolds a los túneles bajo la tierra.

—Bébetela —susurro—. Es un gesto de respeto.

Nell bebe un largo sorbo. No hace muecas, pero sigue sin fiarse.

Va a decir algo, pero una figura emerge del fondo de la taberna.

Es muy viejo, más que cualquier enano que yo haya visto, aunque no soy ninguna experta en esta raza.

Una enorme cicatriz corta su cara desde una oreja a la barbilla, como si alguien le hubiese pegado un hachazo hace años.

Un ojo cerrado para siempre. El otro, azul pálido, nos observa con desconfianza.

Dunkle se sienta frente a Althea. No frente a ninguna de nosotras, aunque mira a Nell con odio por el rabillo de su único ojo.

—El Clan de las Profundidades del Sur —dice con voz grave—. Hace décadas que no escucho ese nombre. Creía que los Kobolds se habían olvidado de nosotros.

—No olvidamos —le asegura, sosteniendo la mirada del ojo bueno de Dunkle—. Solo estamos ocupados sobreviviendo como podemos, supongo que igual que el resto de las razas.

—Menos los Fae y sus primos los elfos —gruñe el enano, bebiendo un largo trago de su cerveza y limpiándose la espuma con el dorso de la mano—. ¿Qué te trae por esta taberna?

—Busco información. Sabemos que Kaelisar tiene prisioneros. Una sirena. Mi compañera la quiere de vuelta.

Dunkle escupe al suelo al escuchar el nombre del rey loco y a continuación, me mira.

—¿Compañera como en...?

—Compañera como en un Quad. Las cuatro —explica Althea, señalando sin girarse—. La sirena, la elfa, la Fae y yo. Estamos vinculadas.

El ojo bueno de Dunkle se abre de par en par.

—¿Un Quad real? ¿Con vínculo?

—Con vínculo.

Dunkle mira alrededor de la taberna, donde los enanos escuchan la conversación sin disimular.

—Hace generaciones que no existe un Quad. Los últimos fueron los reyes, y esos se destruyeron entre ellos.

—Ese Quad no estaba vinculado. Nosotras sí.

Dunkle se mueve en su taburete y nos va observando una a una con su único ojo hasta detenerse en Nell.

—Tú tienes los rasgos de Waylon.

—Soy su hija.

—¿La hija perdida de Waylon y Lasara? Todo el mundo pensaba que habías muerto. ¿Tus padres siguen vivos?

—Solo mi padre —responde Nell.

—Joder, la hija de los dos linajes bebiendo cerveza en mi taberna —murmura el enano, negando con la cabeza.

—Y no tengo ninguna intención de irme hasta que me digas dónde tiene Kaelisar a la hermana de mi compañera.

Dunkle sonríe, aunque es casi una expresión horrible en esa cara destrozada. Le faltan tres dientes y los que quedan son de un color amarillo muy marcado.

—Trabajé en sus minas durante treinta años —dice más tarde—.

Treinta años picando roca para un rey loco que prometía gloria y solo nos daba cadenas y latigazos —se queja, golpeando la mesa con el puño y haciendo saltar las jarras de cerveza—.

Mis hermanos murieron en esos túneles. También mis primos y uno de mis hijos.

—Lo siento —masculla Althea.

—No necesito tu pena, Kobold. Necesito que ese cabrón pague por lo que le ha hecho a mi gente. —Dunkle se inclina hacia delante—. La Fortaleza del Norte. A medio día de marcha por las montañas. Está abandonada desde que Kaelisar dejó de poder abrir portales a Aishfara, pero dejó guardias.

—¿Cuántos?

—Quince. Quizá veinte. Elfos oscuros —escupe—. Los peores. De esos que disfrutan con el trabajo sucio.

—¿Y la prisionera?

—Está en la torre este. La más alta. Vi movimiento allí hace dos semanas cuando pasé por esa zona.

De pronto, baja la voz y se inclina más hacia Althea.

—Pero hay algo más, Kobold. La torre tiene protecciones. Magia antigua y oscura. Trampas que no verás hasta que estés dentro. Kaelisar no dejó a esa mujer ahí solo con guardias. Dejó algo más.

—¿Qué tipo de algo?

—No lo sé. Pero los guardias solo suben a la torre para darle algo de comer y se marchan corriendo. Les da miedo. Y si un elfo oscuro le tiene miedo a algo...

Dunkle saca un trozo de cuero del bolsillo. Lo despliega sobre la mesa. Es un mapa dibujado a mano, con marcas de carbón y anotaciones en la lengua enana que parecen instrucciones.

—Debéis tomar el camino del norte. Poco más de cinco horas desde aquí si vais rápido.

Hay una entrada trasera en la ladera este, un pasadizo que excavamos los enanos cuando las minas todavía estaban activas.

Kaelisar no lo selló. Es demasiado arrogante como para pensar que alguien lo usaría contra él o se marchó con mucha prisa cuando se enfrentó a Ethelon, quién sabe.

—¿Por qué nos ayudas? —pregunta Sylara—. ¿Qué ganas? Porque ayudas a una Kobold, pero también estás ayudando a una princesa Fae y a una elfa.

Dunkle la mira y sonríe. Es la primera vez que le dirige la palabra.

—Si de verdad sois un Quad vinculado y tenéis éxito, gano ver arder todo lo que el rey loco construyó. Y gano que una Kobold de las Profundidades del Sur me deba un favor. Los favores entre clanes no se olvidan.

—No se olvidan —confirma Althea, cerrando el puño y dando un par de golpes en el pecho.

***

La Fortaleza del Norte parece una cicatriz en la montaña.

Muros de piedra negra que se funden con la roca.

Torres enormes que han sido construidas para intimidar.

El estandarte de Kaelisar todavía cuelga de la más alta, rasgado y desteñido por el viento.

Todo el conjunto tiene el aspecto de algo que un día quizá fue majestuoso pero que ahora se pudre poco a poco.

Recorremos el pasadizo de los enanos, estrecho y húmedo, con el techo tan bajo que en algunos tramos Althea y Sylara deben gatear, hasta que salimos a un patio interior cubierto de maleza.

—Quince guardias —susurra Nell—. Patio exterior, cuatro. Puerta principal, dos. Torre este... no veo a nadie.

—Eso es porque no suben —le recuerdo.

—¿Plan? —pregunta Althea, chasqueando los nudillos.

—Algo rápido y limpio —propone Nell—. Nos repartimos el trabajo; Sylara, los del patio. Althea, la puerta. Sabina y yo, la torre. Sin alarmas ni gritos.

—¿Y si dan la voz?

—Entonces deja de ser limpio y pasa a ser solamente rápido —bromea, encogiéndose de hombros.

Sylara actúa primero. Se arrodilla y toca el suelo con la punta de los dedos.

Las raíces explotan desde debajo de las baldosas del patio y los cuatro guardias son cubiertos por las enredaderas que brotan de la tierra.

Les envuelven las piernas, la cintura, los brazos.

Uno de ellos intenta gritar, pero una gruesa raíz le cubre la boca.

En tres segundos, cuatro cuerpos inmovilizados contra la pared, forcejeando en silencio.

Althea se encarga de la puerta. Los dos guardias la ven llegar y desenvainan.

Mala decisión. El primer puñetazo impacta en el esternón del más grande, que colapsa contra el suelo.

Casi de inmediato, el segundo guardia recibe una patada en la rodilla que lo dobla y, a continuación, un golpe en la sien.

Sin fuego ni magia, solo la enorme fuerza de la Kobold.

—Siempre tienes que presumir, ¿verdad? —murmura Nell.

Las escaleras hacia la torre son de caracol, estrechas, con peldaños desiguales que te obligan a vigilar cada paso. El aire cambia a medida que subimos. Se vuelve más frío y algo vibra en las paredes. Quizá la magia antigua que Dunkle mencionó.

En el tercer piso, empiezan las trampas.

La primera es un hilo de oscuridad tendido entre dos piedras a la altura del tobillo. Nell lo ve un segundo antes de que yo lo pise y me sujeta por el codo para que me detenga.

—Mira dónde pones los pies —me recuerda.

La segunda trampa es peor. Un escalón se hunde bajo el peso de Nell y activa una descarga de magia oscura que le golpea el hombro. La Fae gruñe, cae contra la pared y su mano izquierda se vuelve negra. Canalizo agua hacia la herida, la oscuridad retrocede, pero deja una marca roja en su piel.

La tercera trampa la desmonto sin problemas. Es un charco de agua estancada en un escalón. Parece inofensivo, pero es agua envenenada; cualquier ser que no sea una sirena habría pisado el charco y habría muerto en cuestión de minutos.

—Ese cabrón dejó una torre que se defiende sola —gruñe Nell a mi lado—. Por eso los elfos oscuros apenas suben hasta aquí.

La puerta de la celda es de hierro forjado, con cerraduras que brillan con magia oscura y runas grabadas en el metal.

—Althea fundiría eso en tres segundos —murmuro.

—Es una mierda que Althea esté abajo —me recuerda Nell mientras estudia las cerraduras—. Por suerte, yo soy una ladrona, y de las buenas.

Saca una pequeña ganzúa del bolsillo, aunque se me escapa por qué ha traído una ganzúa a Aishfara, quizá siempre la lleva consigo. Trabaja en la cerradura mientras yo canalizo agua alrededor de las runas para neutralizar la magia.

La primera cerradura vence con un suave clic.

La segunda se resiste más, Nell maldice, pero acaba cediendo.

La puerta se abre y lo primero que siento es la ausencia de agua. Mal lugar para tener prisionera a una sirena.

Mi hermana está hecha un ovillo en un rincón de la celda. No hay cama ni ventana. Solo piedra y oscuridad y un cubo que no quiero mirar. Tiene las rodillas contra el pecho, los brazos alrededor de las piernas y la cabeza hundida. Ni siquiera nos mira al entrar.

Su piel es gris. Translúcida en algunas partes de su cuerpo, como papel mojado que se deshace. Las venas se ven debajo, azules y secas. Las sirenas necesitamos agua para existir. Sin ella, nos marchitamos.

Desi se está desvaneciendo.

—Desi, soy yo. Sabina —susurro.

—No eres real. Kaelisar me dijo que vendrías, pero que sería solamente un truco, que la única persona que me quiere de verdad es él.

El Vínculo de Sombra. Lo siento ahora, enroscado alrededor de su mente como una planta parásita. Le ha reescrito cada emoción. Le ha convencido de que Kaelisar es lo único bueno del mundo y que cualquiera que intente alejarla es un enemigo.

Mi hermana me mira y ve una amenaza.

Nell me toca el hombro.

—Déjame intentar algo.

Se arrodilla frente a Desi. Despacio, sin amenazar.

—Desi. No te conozco. Pero conozco a tu hermana, y lleva meses destrozada. Llorando por las noches, buscándote sin parar. Arrastrando entre mundos a tres mujeres que la quieren para encontrarte. Y deja que te diga que si eso no es amor, no sé qué coño lo es.

—¿Sabina... lloró?

—Cada noche —le asegura Nell—. Y si estás pensando que es mentira, pregúntate una cosa. ¿Kaelisar lloró alguna vez por ti?

El silencio que sigue dura una eternidad.

Desi me mira y por un instante veo a la niña que recogía conchas en la playa y me las ponía en el pelo. A la adolescente que se reía tan fuerte que los peces saltaban del agua.

—¿Sabina?

—Estoy aquí. Y no voy a irme.

Canalizo todo lo que tengo. Mi agua, mi magia, mi propia vida. Toda esa energía fluye de mis manos a las suyas y su piel recupera un poco del color que debería tener.

Althea aparece en la puerta. Siente lo mismo que yo, rabia pura.

Se arrodilla y levanta a Desi sin esfuerzo, cargándola al hombro.

Al bajar las escaleras, Sylara nos espera en el patio con los guardias todavía envueltos en raíces.

—Vínculo de Sombra —le explico.

—Lo sé. Lo huelo desde aquí. No puedo romperlo ahora, necesito tiempo, textos antiguos, y que tu hermana esté lo bastante fuerte para aguantar el proceso.

—¿Pero se puede? —insisto.

—Hay que llevarla a nuestro apartamento y salir de esta fortaleza de inmediato —murmura Nell—. Amara y mi padre la cuidarán mientras nosotras buscamos las Keystones.

—No podemos abrir un portal —le recuerdo.

—Pero Ethelon sí. Y me da igual lo que cueste pedírselo. Es lo que va a hacer.