Capítulo 23
Nell
Si las mentiras oliesen a algo, sería el olor exacto de este lugar.
No sé cómo describirlo, es una mezcla entre incienso y flores que no existen en mi mundo.
Todo está preparado para impresionar a cualquiera que venga a visitarlo, pero me sigue pareciendo que huele a mentiras.
El techo es altísimo, y cambia de color cada pocos minutos, como si se hubiese vuelto paranoico.
Quizá refleja la personalidad del propio Ethelon.
Docenas de altos Fae flanquean las paredes, todos muy guapos y muy bien vestidos. Todos mirándome como si fuese algún tipo de insecto muy interesante. La escoria de su raza o algo así.
Y en el centro, en su trono, está Ethelon, aunque su aspecto dista mucho de lo que yo esperaba.
Había imaginado a alguien como Kaelisar. A ver, la apariencia del rey loco no engaña, solo con mirarle ya sabes que es cruel y arrogante. Es el típico villano de los cuentos, pero multiplicado por mil. En cambio, Ethelon parece... triste. Esa es la única palabra que me viene a la mente.
Reconozco que es un tipo impresionante, incluso para alguien como yo, a quien no le gustan los hombres. Alto, con el cabello plateado cayendo sobre los hombros y ojos del color del cielo al atardecer, cuando el sol se rinde y la noche empieza a ganar la batalla.
Pero hay algo roto en él.
—Es mejor que no le provoques y que nos inclinemos en señal de respeto —susurra Sylara a mi lado.
Obedezco solo porque las otras lo hacen y no tengo ganas de causar un incidente diplomático. Todavía.
—Podéis alzaros. —La voz de Ethelon parece estar diseñada para dar órdenes que nadie cuestiona.
Se levanta de su trono y camina muy recto hacia nosotras, como si le hubiesen metido un palo de escoba por el culo.
—El velo que separa las dimensiones se está muriendo —dice sin apenas mirarnos—. Desde que Kaelisar jugó con el portal, las barreras entre reinos se han debilitado. Criaturas de las Tierras Oscuras comienzan a filtrarse. Las cosechas se marchitan. Las protecciones antiguas fallan.
—¿Qué tipo de criaturas? —pregunta Althea.
—De toda clase. Menores, por ahora. Nada contra lo que no podamos luchar de momento. Sombras, espectros. Cosas que se arrastran en la oscuridad y devoran los sueños.
—Creo que prefiero volver a mi mundo —murmuro.
—Pero si el velo sigue debilitándose... —continúa Ethelon, ignorando mi comentario.
—Vendrán cosas peores —termina Sylara.
—Mucho peores.
Pienso en las criaturas a las que nos enfrentamos en las cuevas. En todo lo que hemos visto hasta ahora.
Si eso era “menor”, no quiero saber qué es “peor”.
—¿Qué has intentado? —pregunto—. Para solucionarlo, digo, porque me imagino que has intentado arreglarlo, ¿no? Supongo que no te has quedado a mirar qué ocurre.
—Mis magos trabajan día y noche —se apresura a responder, haciendo un ligero gesto de desdén—. Hemos reforzado lo que podemos, pero es como tapar agujeros en un barco que se hunde. Cada día hay más grietas.
—¿Y los artefactos? La Flecha, la Esfera, el Espejo. ¿No pueden ayudar?
Ethelon niega con la cabeza.
—Los artefactos pueden abrir el velo o cerrarlo de manera temporal. Kaelisar los quería para traer a una criatura en particular. Pero no sirven para repararlo. Para eso...
—Se necesitan las Keystones —termina Sabina.
Ethelon le clava la mirada. No sé si es sorpresa, odio o preocupación.
—¿Qué sabes de las Keystones, sirena?
—Acabamos de descubrirlas. Waylon nos habló de ellas y encontramos más información en un libro que Kaelisar le dio a Nell.
—Un libro que habéis robado y que es de una importancia vital para los Fae —escuchamos de pronto.
Y ahí está. Maris. Tan hermosa que parece artificial. Vestida en sedas azules y plata, tratando de esconder su agresividad. Esa parte de ella la reconozco al instante, es lo que tiene haber crecido en las calles.
Y sus ojos... sus ojos no coinciden con el resto. Hay algo frío en ellos.
—El Quad vinculado está aquí para ayudar —dice Ethelon.
—Qué generoso de su parte. Después de todo el caos que han causado.
—¿Perdona? —Althea da un paso adelante y el fuego lame sus nudillos—. ¿Qué caos hemos causado?
—Empezando por robar el libro —responde, forzando una sonrisa tan falsa que me dan ganas de vomitarle en el vestido de seda—.
Y lo habéis robado no una, sino dos veces.
En la segunda de ellas, la hija de Waylon y Lasara tuvo la osadía de abrir un portal desde el mundo humano a Aishfara y de atacarme para llevárselo.
—Eh, eh, frena, yo he robado muchas cosas en mi vida, pero no ese libro —protesto.
—¿Quién te dio el conocimiento para abrir portales entre dimensiones para llegar hasta Aishfara? —insiste—. ¿Cómo sabemos que no estás poseída por algún demonio o una criatura del otro lado del velo?
—¿Tengo pinta de demonio? —pregunto, chasqueando la lengua y conteniéndome para no ir a por ella.
Por suerte, Ethelon interviene justo en ese instante.
—Basta ya —ordena—. El portal fue abierto por Waylon, lleva su firma.
Maris aprieta los labios y recupera de inmediato su sonrisa falsa.
—Claro, Waylon. —Pronuncia el nombre de mi padre con una familiaridad que me eriza la piel—. ¿Y dónde está el antiguo rey? ¿Demasiado débil para presentarse ante la corte? ¿O se cree demasiado importante como para mezclarse con nosotros?
—Demasiado listo como para perder el tiempo con alguien como tú —suelto sin pensar, causando el asombro de los cortesanos.
—Tienes el temperamento de tu madre.
—Ya, eso me han dicho, pero no tengo su paciencia. Ya te tiré al suelo de culo una vez y eso que no tenía entrenamiento, es mejor que no intentes averiguar lo que puedo hacer ahora.
—¡He dicho que es suficiente! —ordena Ethelon, elevando la voz.
Maris se queda callada, pero ahora su mirada me recuerda demasiado a la de Kaelisar.
A continuación, vuelve a sonreír.
—Por supuesto, padre, pido disculpas. Estoy segura de que vuestras... habilidades... nos serán muy útiles —añade, dirigiéndose a nosotras.
—Necesito que encontréis las Keystones antes de que Kaelisar lo haga o de que el velo colapse por completo —corta Ethelon, ahora en un tono mucho más conciliador.
—Con todo respeto, Majestad —interrumpe Sabina—, no tenemos ni idea de dónde están.
—Nadie lo sabe con certeza. Pero hay pistas.
.. leyendas. —Hace un gesto y un sirviente se acerca con un cofre pequeño, de madera oscura con grabados que no reconozco—.
Esto perteneció a Lasara. Contiene sus notas de investigación.
Ella estaba... obsesionada con las Keystones antes de que todo se derrumbase.
—¿Por qué me lo das a mí?
—Porque eres su hija y porque vuestro Quad está vinculado. No sé cómo lo habéis logrado, pero ahí está, es evidente. Tendréis acceso a los archivos reales —continúa—. Suministros, armas, soldados, lo que necesitéis.
—¿Qué quieres decir con que no sabes cómo lo hemos logrado? ¿Nos estás llamando marginales? —me quejo, aunque la elfa me da un codazo para que me calle.
—Solo quiero que sepáis que no os presto mi ayuda porque me fie de vosotras, sino porque sois la única esperanza que me queda —dice, ignorando mi comentario—.
Si falláis, nada de esto existirá —agrega, haciendo un gesto circular con el dedo índice—.
Ni Aishfara. Ni el mundo humano. Ni ningún otro reino.
El velo es lo único que mantiene la realidad separada del caos. Sin él...
—Todo se va a la mierda —termino.
—Sí, yo no utilizaría esas palabras, pero supongo que es una forma de decirlo —admite.
***
—¿Estás bien? —pregunta Sabina, cogiendo mi mano entre las suyas una vez que nos conducen a la enorme habitación en la que nos quedaremos mientras estemos en Aishfara.
—Bien, bien… diría que no del todo, pero bueno. Creo que lo importante ahora es abrir el cofre y ver si encontramos algo interesante.
Mi mirada se pierde a través de la ventana.
Es un lugar hermoso, pero a pesar de todo, se siente ajeno.
Por muy princesa Fae que digan que soy, mi hogar es un apartamento destartalado en una ciudad humana.
Mi herencia es una vida de robos y supervivencia.
Mi derecho es el que me he ganado, no el que me ha dado la sangre.
Pero quizás puedo ser ambas cosas.
La ladrona y la princesa.
La huérfana y la heredera.
La humana y la Fae.
—¿Abrimos el cofre? —la voz de Althea me saca de mis pensamientos, devolviéndome a la realidad.
Asiento y en cuanto deslizo la punta de mis dedos por las runas, el cofre me reconoce y se abre con un suave clic.
Dentro hay pergaminos. Docenas de ellos. Algunos enrollados, otros doblados. Todos en idiomas que no reconozco, pero por suerte, Sylara sí.
—Hay también una carta para ti. ¿Quieres que te dejemos sola? —pregunta la elfa.
—No, quedaos, por favor, os necesito cerca —confieso.
Mi pequeña Nell,
Si estás leyendo esto, significa que he fallado. Que no pude protegerte como prometí. Que el mundo que intenté ocultarte te ha encontrado.
Pero también significa que has sobrevivido. Que eres fuerte, que eres todo lo que sabía que un día serías.
Hay tanto que quiero contarte. Sobre quién eres. Sobre quién soy yo. Sobre el legado que te he dejado sin querer.
Las Keystones son reales. Las busqué durante años. Encontré pistas, leyendas, fragmentos de verdad enterrados entre mentiras. Todo está en estas notas.
Pero hay algo más importante que todo eso y que debes saber.
Kaelisar no es tu enemigo. Es tu...
La carta termina ahí. Alguien ha arrancado el resto.
—¿Qué coño...? —murmuro.
—¿Qué dice? —pregunta Sylara.
—Que Kaelisar no es mi enemigo. Pero no termina. Alguien arrancó lo que falta.
—¿Quién tendría acceso a las notas de Lasara? —pregunta Sabina.
—Ethelon —respondo—. O...
—Maris —termina Althea.
Miro el pergamino roto en mis manos. El secreto que mi madre quería contarme, destruido.
Y una pregunta que no puedo sacarme de la cabeza.
Si Kaelisar no es mi enemigo... ¿qué coño es?