Oscuro linaje. Libro 2: La esfera de Emet Capítulo 22
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Capítulo 22

Sabina

La mesa de la cocina desaparece bajo tazas de café, restos de pizza y tres artefactos mágicos que no deberían estar juntos bajo ninguna circunstancia.

La Flecha de Veritas brilla con una luz dorada que le da un aspecto casi inofensivo. Podría ser simplemente una pieza de joyería cara en el escaparate de una de esas tiendas en las que ni siquiera te atreverías a entrar.

El Espejo de Alétheia, en cambio, refleja cosas que no están en la habitación.

Si lo miro de reojo, juraría que veo sombras moviéndose dentro del cristal, así que prefiero no mirarlo demasiado.

Y la Esfera de Emet, dorada, cubierta de grabados hebreos que giran solos sin que nadie haga nada, es sencillamente perfecta.

Nos sentamos alrededor de la mesa. Amara en la silla del rincón, con una taza de café entre las manos y unas ojeras que me indican que no ha dormido mucho.

Waylon se ha quedado descansando en el salón, demasiado débil para unirse, pero lo suficientemente cerca para escuchar y hacer algún comentario de vez en cuando.

—Vale, tenemos los tres artefactos —resumo, señalando las piezas—. Kaelisar se cayó por el portal sin ellos. Es la primera vez que estamos por delante.

—Ni siquiera sabemos si el rey loco sigue vivo o a dónde lleva ese portal —dice Nell—. Con un poco de suerte estará encerrado en alguna dimensión de la que no podrá salir.

—Solo hemos ganado una batalla —matiza Sylara—. Kaelisar sigue vivo, de eso estoy segura, el portal lo abrió él mismo, así que conduce a algún lugar seguro, quizá a su palacio. Y sigue teniendo mucho poder.

—Así que tenemos tres trastos mágicos y un enemigo inmortal muy cabreado con nosotras —resume Nell—. Genial, ¿no?

—Hay algo más. Waylon mencionó algo antes de dormirse. Las Keystones. Dijo que eran la prioridad. Que permitirían reparar el velo o algo así.

—¿Las Keystones? —Nell frunce el ceño—. ¿Qué coño son las Keystones?

—Talismanes primordiales. Uno para cada elemento. Aire, tierra, fuego, agua. Fueron creadas por los primeros reyes Fae como una especie de mecanismo de seguridad —explica Waylon sin levantarse del sillón.

—¿Mecanismo de seguridad para qué?

—Para proteger el velo entre reinos. Si el velo se daña, las Keystones pueden repararlo. Pero también... —se detiene en una larga pausa—. También pueden destruirlo por completo, dejando entrar a las criaturas que hay al otro lado.

—Esas criaturas de las que hablas, ¿son peores que el rey loco? —pregunta Nell con cautela.

—Mucho peores —confirma su padre.

Nos quedamos en silencio. Althea tamborilea los dedos sobre la mesa. Nell se muerde el interior de la mejilla. Sylara, por su parte, piensa con los ojos cerrados.

—¿Dónde están esas Keystones? Convendría usarlas cuanto antes.

—Ahí está lo complicado —admite Waylon con un largo suspiro—. Solo se sabe que están ocultas donde los elementos son más puros. Nadie sabe lo que eso significa en realidad, nadie las ha visto en más de mil años.

—Donde los elementos son más puros, en plan… un volcán para el fuego, el fondo del océano para el agua, ¿ese tipo de cosas? —sugiere Nell.

Waylon simplemente se encoge de hombros.

—Necesitáis algo más —dice de pronto—. Necesitáis a Ethelon.

Nell se tensa y para saberlo no necesito el vínculo porque todo su cuerpo se ha puesto en alerta.

—¿Al rey que dejó que mi madre muriese sola? ¿Hablamos del mismo rey que no te ayudó? ¿El que cerró Aishfara para que no entrase Kaelisar, pero al mismo tiempo le dejó por ahí libre para que lo jodiese todo? No creo que sea el tipo de persona que necesitemos para nada. Es un puto gilipollas.

—Ethelon no es perfecto. Cometió errores.

Pero tiene recursos que vosotras no tenéis.

Tropas bien entrenadas, sus magos tienen conocimiento sobre el velo.

Sobre todo, si los antiguos reyes Fae escondieron las Keystones en un lugar seguro, apostaría la cabeza a que están en Aishfara. Necesitáis a Ethelon —insiste.

—¿Y tú confías en él? —pregunta Sylara.

—Confío en que odia a Kaelisar tanto como yo. Y confío en que al ver a Nell... —mira a su hija— se acordará de Lasara. Y eso será suficiente.

—¿Cómo llegamos? —pregunta Althea—. Porque no creo que Aishfara salga en Google Maps ni se pueda ir en avión, ¿verdad?

—Puedo abrir un portal. Conozco el camino, es mi reino al fin y al cabo —murmura Waylon, apoyándose en la mesa para ponerse en pie.

—No es por ofender, ¿eh? Pero estás medio muerto, no creo que tengas la energía necesaria para abrir un portal de esos y, sinceramente, preferiría no quedarme atrapada o que me mandases a otro lugar por equivocación, a ver si nos vas a meter en el castillo de Kaelisar —protesta Nell.

—Estoy medio vivo —corrige el rey Fae—. Es lo mismo visto desde otro lado. Pero es cierto. En estos momentos me falta energía. Para hacerlo necesitaré vuestra ayuda y la de esos tres artefactos que hay sobre la mesa.

—¿Es seguro? —pregunto con algo de miedo.

—Nada de esto es seguro, pero he abierto cientos de portales a lo largo de mi vida. Sé lo que hago. Solo necesito que me prestéis la energía.

Las cuatro nos miramos. A través del vínculo, nuestra conversación es instantánea, no necesitamos palabras.

Nell no quiere ir, ya ha estado ahí y teme que Maris no se tome bien que se haya llevado el libro delante de sus narices.

Althea, está dispuesta a meterse en el portal ya mismo.

Sylara calcula los riesgos. Yo pienso en mi hermana Desi y estoy lista para lo que haga falta con tal de rescatarla.

Waylon se coloca en el centro del salón. Le tiemblan las manos y tiene un color bastante preocupante. En cambio, va a intentar rasgar el tejido entre dos mundos y mantenerlo abierto el tiempo suficiente como para que lleguemos a Aishfara.

—Poneos en círculo a mi alrededor y canalizad cada una vuestro elemento hacia los artefactos —indica, sujetándolos entre sus manos.

Obedecemos y le rodeamos con nuestra magia. Waylon cierra los ojos, murmura en un idioma antiguo, y el espacio frente a él se rasga.

El portal es distinto a cualquier cosa que haya visto antes. A través de él, en el fondo, se pueden ver colores que no existen en este mundo. Verdes imposibles y azules que duelen de bonitos.

—Aishfara —murmura Waylon—. Rápido. No puedo sostenerlo durante mucho tiempo.

—Tú primero —dice Nell, agarrándole del brazo.

—No. Yo me quedo —dice, apartando su mano con cuidado—. Estoy demasiado débil para la corte. Si Ethelon me ve así, pensará que no merece la pena arriesgarse. Necesita veros a vosotras cuatro. Fuertes y unidas. Un Quad vinculado que nosotros nunca pudimos conseguir.

—Y menos mal —protesta Nell

—Al llegar, decidle a Ethelon que Waylon envía a su hija. Eso es todo lo que necesita saber.

Cruzamos muertas de miedo y, al llegar, lo que veo me deja sin respiración.

Torres de cristal que tocan nubes de colores imposibles.

Bosques donde los árboles cantan melodías que no tienen sentido, pero que te hacen llorar.

Ríos que fluyen hacia arriba, desafiando la ley de la gravedad.

Pájaros con plumas de fuego y hielo volando juntos.

—Es precioso —susurro.

—Y mortal. No te dejes engañar por la belleza, casi todas las cosas bellas son peligrosas.

El palacio de Ethelon se alza en el centro de la ciudad y los cortesanos se apartan a nuestro paso. Nadie nos detiene, pero escuchamos los susurros.

“...es un Quad...”

“...una Kobold, son seres inferiores...”

“...es la heredera de los dos linajes, la hija de Waylon...”

Nell mantiene la cabeza alta, pero a través del vínculo siento su incomodidad. No está acostumbrada a ser el centro de atención. Al menos no de esta manera.

Los guardias del trono nos dejan pasar sin una sola palabra.

Quizá cuatro elementales caminando juntas con un vínculo activo generan suficiente energía mágica como para que cualquier Fae con dos dedos de frente se aparte.

O suficiente curiosidad. Estoy segura de que ninguno de ellos ha visto nunca un Quad vinculado y las leyendas cuentan cosas que nosotras no somos ni remotamente capaces de hacer.

Las puertas del salón del trono son enormes. Talladas con escenas de batallas y coronaciones, de amores y traiciones. La historia de un reino grabada en madera y oro.

Se abren sin que nadie las toque.

Y allí, sentado en un trono de cristal que cambia de color, está Ethelon.

No es lo que esperaba. Los reyes en las historias son normalmente viejos, gordos y crueles. Ethelon se mantiene joven, aunque parece haberse olvidado de cómo sonreír.

—Así que tú eres la hija de Lasara —dice a modo de saludo.

—Y tú eres el hijo de puta que dejó que mi madre muriese —murmura Nell de vuelta.