Capítulo 21
Sabina
Al despertarme, el pelo de Nell me hace cosquillas en la nariz y el brazo de Althea me aplasta las costillas.
Intento no moverme, no quiero despertarlas y estar así, se siente de maravilla.
Bueno, me gustaría que el brazo de Althea no pesase tanto, pero no está nada mal, puedo fingir que el mundo exterior no existe.
Imaginar que no hay reyes locos, ni velos entre mundos que se rompen, ni ejércitos cruzando dimensiones para matarnos.
Solo somos nosotras cuatro. Respirando juntas en la misma cama. Ojalá llegue el momento en que podamos estar así cada mañana sin preocuparnos de Kaelisar.
Sylara está al otro lado de Nell, rodeando su vientre con el brazo. Supongo que está despierta. Los elfos nunca duermen del todo.
—Cinco minutos más —murmura Nell sin abrir los ojos.
Althea, todavía dormida, la atrae hacia su cuerpo como si fuese un oso de peluche.
—Tenemos cosas importantes que hacer —nos recuerda Sylara, que en cuanto la Kobold ha separado a Nell de ella, parece que ya no tiene mucha motivación para seguir en la cama.
—Tiene razón, Kaelisar no va a esperar —murmuro.
—Kaelisar puede irse a la mierda —protesta Nell.
—Y tenemos que ver cómo están Waylon y Amara —añade la elfa.
Nos levantamos a regañadientes, cada una a su ritmo, Nell quejándose todo el tiempo.
En el salón, Waylon está ya sentado en el sofá, observando con sorpresa las vistas a través de la ventana que tiene a la derecha.
—¿Cómo te encuentras? —pregunto, acercándole un vaso de agua.
—Mejor —responde tras dar un largo sorbo—. Hace mucho que no probaba magia de sirena.
—¿Conociste a muchas sirenas? Pensaba que los altos Fae no os relacionabais mucho con las razas que consideráis inferiores.
—Conocí a muchas criaturas. Eso era antes —matiza, mientras su mirada se pierde durante un par de segundos—. Los tiempos eran muy diferentes.
—Lo de anoche... lo que nos contaste sobre el Quad original.
Sobre Lasara. —Me detengo, dudo un momento porque no sé hasta dónde puedo llegar—.
El caso es que Nell necesita más que la historia política, Waylon.
Necesita saber quién era su madre. Como persona y como mujer, no como Elemental o como reina. Apenas recuerda nada de ella.
Waylon me mira durante un largo rato. Sus ojos son del mismo gris de tormenta que uno de los de Nell, un gris de cielo a punto de estallar.
—Lasara era parecida a ti en el sentido de que mantenía el Quad unido. Era la que cuidaba de los demás. Sin ella, creo que los tres nos habríamos matado entre nosotros mucho antes de que Kaelisar lo intentase por su cuenta.
Nell por fin se levanta y aparece en el salón todavía medio dormida, con el pelo hecho un desastre, con una de las camisetas de Sylara que le queda enorme. Al ver a su padre, duda un momento si acercarse a nosotros o unirse a la elfa y la Kobold en la cocina.
—Tienes las manos de tu madre —dice Waylon en voz baja.
Nell levanta la vista, sorprendida.
—¿Qué?
—Las manos. Los dedos largos, la forma de las uñas. Son iguales que tu madre. Solía decir que eran manos de pianista, aunque jamás tocó un piano —explica.
Nell se mira las manos, girándolas como si las viese por primera vez.
—Cuéntame más de ella —insiste, cogiendo una silla para sentarse frente a nosotros.
Waylon se inclina ligeramente hacia delante y esboza una sonrisa melancólica.
—Tenías un mes cuando selló tus poderes.
Solo un mes. Eras minúscula, tanto que cabías entera en mis dos manos juntas —recuerda mientras extiende las palmas, curvándolas como si todavía pudiera sentir el peso de un bebé—.
Pero ya eras un terremoto. Movías el aire de la habitación cada vez que llorabas.
Las cortinas volaban, los papeles salían disparados.
Lasara decía que ibas a ser mucho más poderosa que ella.
—¿Por eso los selló? ¿Mis poderes?
—No, claro que no. Los selló para esconderte. La magia Elemental es detectable. Kaelisar tiene rastreadores que pueden sentir a un Fae a kilómetros de distancia. Si tus poderes se hubiesen manifestado en el mundo humano...
—Me habría encontrado.
—Os habría encontrado a las dos. Y os habría matado.
—¿Cómo era? —pregunta Nell—. Mamá, no la reina ni la Elemental, ella. Cómo era por las mañanas. Qué le gustaba comer. Quiero saber todo de ella, si le daban miedo las tormentas o se reía de los chistes malos. Necesito saber esas cosas, no la historia de los tres putos reyes.
Waylon traga saliva y deja escapar una pequeña carcajada antes de responder.
—Le encantaban las tormentas. Se sentaba junto a la ventana y dejaba que el viento se enredase en su pelo. Decía que le gustaba escuchar lo que el aire quería contarle. Cocinaba fatal. Fatal de verdad, menos mal que en palacio teníamos cocineros.
Nell suelta una risa pequeña y se limpia los ojos con el dorso de la mano.
—¿Se reía de los chistes malos?
—Antes de que todo se fuese a la mierda, Kaelisar contaba los peores chistes que te puedas imaginar. Juegos de palabras espantosos. A Lasara no le gustaban, pero fingía que era divertido mientras Ethelon y yo nos tapábamos la cara de vergüenza.
—¿Cuándo fue la última vez que la viste? A mamá —insiste Nell.
—La noche que huyó contigo. El mismo día que selló tu magia.
Yo estaba demasiado débil para moverme. Kaelisar, o el demonio que lleva dentro, me había destrozado.
Ella te tenía en brazos, envuelta en una manta que Ethelon le regaló.
Recuerdo que era azul, con estrellas bordadas.
Se arrodilló junto a mí, me besó la frente y dijo que volvería a buscarme.
—Pero nunca lo hizo —suspira Nell.
—No. Era imposible. Sellar tus poderes y mantener los suyos ocultos al mismo tiempo... la consumió. Eras muy pequeña cuando murió, ¿verdad?
—Sí.
—Te mantuvo a salvo, gastó cada gota de energía para lograr que fueses invisible para Kaelisar. No me abandonó, Nell. Te salvó. Cada día que pasó contigo fue un día que le robó a la muerte para regalártelo.
Nell se queda callada un instante y se seca una lágrima con los dedos.
—Todavía tengo esa manta —susurra de pronto—. Azul. Con estrellas bordadas. Es lo único que conservo de los hogares de acogida. Siempre quise creer que era de mi madre, pero no sabía...
Waylon se acerca más, y coloca dos dedos bajo su barbilla para levantarle la cara.
—Tus ojos. El azul es de ella. El gris es mío.
—¿Por eso son diferentes?
—Eres mitad de cada uno. Lo mejor de los dos y mucho más fuerte. Sangre de dos linajes reales —responde Waylon, acariciando la mejilla de su hija.
Un estruendo en la habitación de invitados rompe el momento.
Corro hacia allí y encuentro a Amara de pie junto a la cama con los puños apretados. Las plantas que Sylara tiene por toda la casa se retuercen.
—Me atraparon como a una principiante —gruñe al verme.
—Te atrapó un antiguo rey Fae con siglos de experiencia, al parecer poseído por un demonio o algo así. Creo que te puedes perdonar a ti misma.
—¿Poseído por un demonio?
—Eso ha dicho Waylon —confirma Sylara, que ha aparecido junto a la puerta.
—¿Cuál es el plan ahora?
—Eso estamos decidiendo —respondo—. ¿Puedes caminar?