Oscuro linaje. Libro 2: La esfera de Emet Capítulo 19
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Capítulo 19

Nell

El muy cabrón lleva un traje de tres piezas en medio de un bosque maldito.

Camino hacia Kaelisar con las manos alzadas y los hombros hundidos, fingiendo una derrota que no siento. Cada paso que doy me acerca más al monstruo que me ha jodido la vida desde antes incluso de nacer. Le odio tanto que dudo que pueda controlarme lo suficiente como para ganar tiempo.

A través del vínculo, siento a las otras moverse. Althea hacia la jaula de los Kobolds. Sabina en dirección a Amara. Sylara hacia mi padre. Son hilos de fuego, de agua y de tierra tirando de mi corazón mientras yo camino sola en dirección al rey loco.

—Mi querida Niletta —saluda, abriendo los brazos a la espera de un puto abrazo—. Por fin.

—Vamos al grano, ¿quieres?

Su sonrisa se ensancha. El muy cretino disfruta con esto.

—Claro, claro. ¿Traes lo que te pedí? ¿Dónde están las demás?

—¿Crees que ellas estarían de acuerdo en darte los artefactos que hemos robado? He venido sola. Quiero que liberes a todos los prisioneros y te olvides de que existo para siempre —exijo.

Kaelisar chasquea la lengua como si estuviese hablando con una niña caprichosa.

—Eso no es lo que acordamos, Niletta.

—No acordamos nada. Tú nos amenazaste. Yo te he traído dos artefactos mágicos que necesitas para destruir el mundo o lo que sea que quieras hacer con ellos. Ahora negociamos.

A través del vínculo, siento a Althea deslizándose entre las sombras. Más a la derecha, Sabina se acerca a Amara. Y Sylara... Sylara está junto a mi padre.

Solo necesito unos minutos más.

—Ah, negociar. —Kaelisar saborea la palabra como si fuera un vino caro—. Te pareces tanto a tu madre… Me gusta eso. Demuestra que has empezado a aprender. Quizá podrías serme útil. Yo podría enseñarte a controlar tu elemento de verdad, no como esas inútiles a las que intentas vincularte.

—He aprendido muchas cosas. Por ejemplo, que eres un capullo narcisista con delirios de grandeza. Y además, estás loco —agrego, alzando las cejas.

Los soldados que están a su lado se tensan. Me miran como si quisieran arrancarme la cabeza.

Kaelisar, en cambio, se ríe.

—Tu madre tenía esa misma actitud… y mira cómo acabó.

El viento a mi alrededor se agita. Respiro, tengo que controlarme. Todavía no.

—¿Para qué los quieres, por cierto? —pregunto, forzando la calma—. La elfa dice que quieres abrir un portal o algo así. Ya puedes abrir portales, ¿no? Ya tienes ese poder. Ya tienes seguidores, aunque esos que están a tu lado me parecen un poco patéticos. ¿Por qué quieres estos trastos?

—¿Poder? —Se levanta de su silla improvisada, alisándose la chaqueta—. Lo que tengo son migajas, Niletta. Vivo en el exilio. Soy un rey entre las sombras. Pero cuando abra el portal... cuando destruya el velo para siempre...

—Lo tendrás todo —termino por él—. Sí, sí. Muy típico de villano loco. Eso está muy visto, sale literalmente en todas las películas, en plan genio del mal y todo eso. ¿No tienes algo más original?

A través del vínculo, siento el calor de Althea flameando. Los barrotes de la jaula cediendo bajo sus manos. Los Kobolds susurrando mientras escapan hacia el bosque.

—Aishfara se arrodillará ante mí —gruñe Kaelisar, ajeno a todo en su locura—. El resto de razas aprenderá cuál es su lugar. Los Fae se arrodillarán ante mí y tú, querida Niletta, ocuparás el tuyo.

—¿Y mi lugar es…?

—A mi lado, por supuesto. Eres mi creación, después de todo. Mi legado, por así decirlo, aunque pienso vivir muchos siglos. Te cambiaré por la hermana de la sirena, ya no la quiero para nada.

—¿Quieres hacerme vomitar? Preferiría morir antes de estar a tu lado —protesto.

—Todo puede arreglarse. Aunque sería un desperdicio matarte —ronronea Kaelisar—. Tienes potencial. Podrías ser grande. Podrías...

La tierra tiembla bajo mis pies. Las cadenas de mi padre se convierten en polvo. Waylon abre los ojos.

Lo tengo, dice Sylara en mi mente. Pero está muy débil.

Ahora.

La sonrisa de Kaelisar se congela. Sus ojos se mueven hacia la jaula vacía. Hacia Amara, desapareciendo entre los árboles. Hacia Waylon levantándose con la ayuda de Sylara.

—Interesante. —Su voz se convierte en hielo—. Me has estado distrayendo.

—¿Yo? Qué va. No sé de qué hablas.

—Ya he tenido suficiente con tus jueguecitos —gruñe, alzando las manos y haciendo crepitar algún tipo de magia entre sus dedos.

No tengo tiempo de esquivarlo ni de levantar un escudo. No tengo tiempo de hacer nada.

Pero algo pasa volando por encima de mi hombro. Algo pequeño y brillante.

La piedra nula aterriza a los pies de Kaelisar.

Grita de pura sorpresa y rabia. Su magia se apaga como una vela con un soplo de viento.

—¿Qué has hecho? —sisea.

Sylara aparece a mi lado con una enorme sonrisa en los labios.

—La recargué —explica—. Con mi propia magia. Solo un poco, pero lo suficiente como para darte una pequeña sorpresa.

—Hija de...

—Cuidado con lo que le dices a mi novia —le interrumpo.

Los soldados atacan y lo que sigue es un caos de sangre, fuego y viento.

Althea es la primera en entrar en combate, golpea a los guardias, haciéndoles volar como muñecos de trapo.

—¡Esto es por mi gente! —ruge, y una ola de fuego dispersa a una docena de enemigos.

Sabina crea látigos de agua que cortan los escudos. Cada uno de sus movimientos es fluido. Letal y hermoso a la vez.

Sylara es la tierra alzándose en venganza. Muros de piedra que surgen para protegernos. Raíces que atrapan a los enemigos. El suelo se abre bajo sus pies y se los traga.

—Protege a tu padre —me ordena mientras hace que un árbol entero golpee con sus ramas a dos soldados.

Y yo... yo soy casi un huracán.

El viento se hace eco de mi rabia. Los soldados vuelan por los aires como las hojas en otoño. Sus gritos se pierden en el rugido de la tormenta que he desatado.

Esto es lo que soy ahora.

Elemental de Aire. Miembro de un Quad vinculado. Hija de Waylon y Lasara.

Y estoy muy, muy cabreada.

A través del vínculo, somos una. Cuatro cuerpos moviéndose con una sola mente. Cuando Althea ataca, yo defiendo. Cuando Sabina esquiva, Sylara contraataca. Es como una danza. Una danza mortal y perfecta.

Pero Kaelisar no está acabado.

La piedra nula se apaga.

Y él se alza.

La magia oscura estalla a su alrededor como una supernova negra. Los soldados que quedan retroceden. Nosotras también.

—Muy inteligente —gruñe—. Pero no lo suficiente.

Su poder es... joder. Es como enfrentarse a un tsunami.

Nos golpea con todo lo que tiene.

Althea cae de rodillas, su fuego se apaga. A Sabina la lanza contra un árbol. Sylara levanta un muro de piedra que se desmorona en segundos.

Y a continuación, me mira.

—Si no estás conmigo, estás contra mí —dice con calma, aunque hay algo roto en su voz, algo que casi suena a dolor—, me aseguraré de que no tengas nada.

Alza la mano hacia mi padre.

Waylon, demasiado débil para moverse, cierra los ojos.

Me lanzo delante de él y un rayo de magia me golpea en el pecho.

El dolor es como si me arrancasen el alma del cuerpo. Como si cada célula de mi ser gritara. Como si la nada misma me devorase desde dentro.

Caigo de rodillas y el mundo se vuelve gris.

A lo lejos, escucho gritos. Althea. Sabina. Sylara. Sus voces mezcladas con el rugido en mis oídos.

No te vayas, dice el vínculo. No te vayas, no te vayas, no te vayas.

Es como si tres manos me sujetaran mientras caigo al abismo. Tres corazones latiendo cuando el mío quiere detenerse. Tres voces anclándome a este mundo.

El fuego de Althea quema la oscuridad.

El agua de Sabina sana la herida.

La tierra de Sylara me sujeta.

Y mi aire... mi aire se alza en un último grito de desafío.

La maldición se rompe.

El contragolpe lanza a Kaelisar hacia atrás, se trastabilla y cae directamente hacia las ruinas de un portal. Las runas se encienden. El aire se rasga. Un vacío entre mundos aparece a su espalda que se traga la luz.

Y al rey loco.

Y mientras cae al abismo, algo se le escapa de las manos.

La Flecha de Veritas.

Aterriza en el suelo con un sonido metálico. Sylara es la primera en darse cuenta, la recoge antes de que el portal la absorba y se cierre con un trueno.

Los Kobolds emergen del bosque. Amara, apoyada en uno de ellos, sonríe débilmente. Tyronicus murmura algo que suena a bendición.

Pero yo solo tengo ojos para una persona.

—Papá.

La palabra me parece demasiado extraña. Es la primera vez que la pronuncio.

—Niletta. Te pareces tanto a ella.

—¿A mamá?

—A Lasara. Sí. Los mismos ojos. La misma tendencia a lanzarte de cabeza al peligro.

—Ya, bueno, lo primero que tendrás que explicarme es por qué nos abandonaste, porque quiero que sepas que he tenido una vida de mierda cuando era una niña y…

Se ríe. O lo intenta porque acaba tosiendo.

—Nunca os abandoné. Hay cosas que debo contarte. Sobre tu madre. Sobre Kaelisar. Sobre quién eres realmente.

Quiere continuar, pero cierra los ojos y queda inconsciente por el esfuerzo.

—Mierda —susurro—. No está muerto, ¿verdad?

Tyronicus se acerca cojeando. Pone una mano en mi hombro y murmura palabras en un idioma que no entiendo.

—Princesa Fae. Hija de Waylon y Lasara. Heredera de dos linajes reales —masculla entre dientes.