Capítulo 18
Sylara
El grito de Althea me desgarra antes de que pueda darme cuenta de lo que ocurre.
Cenizas. Todo son cenizas. Donde antes se alzaban las casas de los Kobolds, ahora solo quedan esqueletos de madera carbonizada. El humo se enrosca en el aire como una serpiente, pero lo peor es el olor… Carne quemada. Magia oscura y muerte.
He visto aldeas destruidas antes. La mía entre ellas.
Pero esto es diferente. Esto es culpa nuestra.
Althea corre entre los escombros, tropezando, cayendo, levantándose de nuevo. Sus gritos resuenan contra las paredes de roca que rodean lo que queda del asentamiento.
—¡Tyronicus! ¿Queda alguien?
Nadie responde. Es un silencio antinatural, absoluto. Ni siquiera el río de lava que corre por debajo de la aldea se atreve a moverse.
Nell se ha quedado paralizada a mi lado. Sus manos tiemblan. A través del vínculo, siento el shock que la atenaza.
—Mierda —susurra—. Mierda, mierda, mierda.
Sabina llora. Las lágrimas caen por sus mejillas sin que parezca darse cuenta, brillan con ese ligero tono iridiscente que delata su naturaleza de sirena.
—¿Podrían estar escondidos, quizá en...? —empieza, pero no termina la frase.
Los cuerpos que veo en el suelo son guerreros. Kobolds armados, caídos defendiendo su hogar. Ninguno es Tyronicus.
—No está. El chamán ha desaparecido.
Althea se gira hacia mí y sus ojos brillan con una furia que puedo sentir físicamente.
—¿Qué?
—Mira los cuerpos. Son guerreros. Si Kaelisar hubiese matado a Tyronicus, su cadáver estaría aquí, exhibido para que nosotras lo viésemos al llegar. No está. Se lo ha llevado.
—¿Por qué? —pregunta Nell.
—Quizá le necesita para algo, o quiere usarlo contra nosotras. Hablamos de Kaelisar, nada con él es obvio —les explico.
Althea cae de rodillas en medio de las cenizas, grita, aunque el sonido que sale de su garganta es más bien un aullido desgarrador.
Sabina corre hacia ella. La abraza por detrás y hunde el rostro en su espalda.
—Lo siento —murmura—. Lo siento, lo siento...
Algo brilla entre los escombros de lo que era la casa del chamán. Me acerco con cuidado, apartando maderas carbonizadas con el pie. Rozo con la punta de los dedos la empuñadura de una daga clavada en una roca. Hay un pergamino enrollado alrededor del mango.
El símbolo grabado en la hoja me hiela la sangre.
—Chicas —digo—. Tenéis que ver esto.
Nell es la primera en llegar. Lee por encima de mi hombro mientras desenrollo el pergamino y siento cómo todo su cuerpo se tensa.
Mis queridas ladronas,
Espero que hayáis disfrutado de vuestro pequeño paseo por las cuevas. El Espejo es encantador, ¿verdad? Lástima que no os sirva de nada sin los otros dos artefactos.
Tengo algo que os gustaría recuperar. Varias cosas, de hecho. El viejo chamán. Sus patéticos seguidores, bueno, al menos los que no he matado todavía. Una humana entrometida con ciertos poderes (Amara, creo que se llama). Y, por supuesto, el padre de nuestra querida Niletta.
Las coordenadas están en el reverso. Tenéis hasta la puesta de sol de mañana para llegar con el Espejo. Si no aparecéis... bueno, empezaré a cortar pedacitos.
Comenzando por el padre de Nell, Waylon.
Con cariño, Kaelisar.
P.D. - Traed también la Esfera de Emet. No me hagáis perder el tiempo.
Nell palidece por completo.
Althea arranca el pergamino de mis manos.
—Hijo de puta. Hijo de la gran puta.
—Es una trampa —señalo, aunque debería ser bastante obvio para cualquiera—. Quiere que vayamos corriendo sin pensar.
—¿Y qué propones? —escupe Althea, demasiado enfadada como para pensar con claridad—. ¿Quedarnos aquí debatiendo mientras descuartiza a Tyronicus? ¿Al padre de Nell? ¿A mi gente?
—No estoy sugiriendo eso. Pero necesitamos un plan —respondo con calma.
—El plan es ir. Ahora —protesta Nell—. Es mi padre. Aunque nunca le haya conocido, no voy a dejarle morir mientras debatimos estrategias —añade con una voz peligrosamente tranquila.
Sabina se limpia las lágrimas con el dorso de la mano y asiente.
Intento explicarles que no se trata de abandonar a nadie, sino de tener un plan de ataque que aumente nuestras posibilidades, que ya son bastante bajas.
De pronto, observo algo extraño a mis pies entre las cenizas.
Me agacho y encuentro algo familiar. La piedra nula.
La misma que usaron contra nosotras hace semanas, aunque ahora parece diferente.
Está opaca, fría. Como si le hubiesen drenado toda la energía.
—La usó contra la aldea —murmuro, dándole vueltas en la mano antes de guardarla en el bolsillo—. Anuló su magia para poder atacarles.
—Vale —propongo, tomando el control de la situación—. Esto es lo que vamos a hacer. Necesitamos la Esfera de Emet. Está en el apartamento. Se la daremos junto al Espejo.
—No podemos darle esos dos artefactos —protesta Nell—. Él ya tiene la Flecha. Con los tres puede abrir un portal a cualquier lugar.
—Exacto. Los llevamos, pero no se los damos —puntualizo.
—¿Y cómo evitamos que nos los quite? —se queja Sabina—. Kaelisar es más poderoso que nosotras. Incluso juntas.
—Le distraemos lo suficiente como para que podamos liberar a los prisioneros —explico.
—Puf, eso suena a plan suicida —gruñe Althea.
—Ya, bueno, pero el de la elfa es el único plan que tenemos, ¿verdad? Así que no nos queda más remedio, salvo que se os ocurra algo mejor —dice Nell, haciendo una seña para que nos pongamos en marcha.
***
Cuando llegamos, el apartamento parece extrañamente normal después de todo lo que ha pasado y eso es casi un alivio. Los platos del día anterior todavía están en el fregadero. La manta de Sabina arrugada en el sofá. Es como si nuestro mundo no se hubiese derrumbado mientras estábamos en las cuevas.
La Esfera descansa en su caja, exactamente donde la dejamos y es Nell la que se encarga de recogerla.
—Solo quiero que sepáis que si esto sale mal... —comienza.
—No va a salir mal —la interrumpo, levantando una mano—. Por cierto, me toca conducir.
***
El bosque en el que Kaelisar tiene a los prisioneros está enfermo.
Lo siento en la tierra. Ha envenenado el suelo, matando las raíces y pudriendo todo lo que toca. Los árboles se retuercen de dolor.
—Este lugar es horrible —suspira Nell.
—Hace unos días no era así. Kaelisar lo envenena todo. Es maldad pura.
Lo primero que veo es a Tyronicus encadenado, con la cabeza gacha, pero vivo. Le han dejado en un lugar bien visible. Los Kobolds supervivientes están amontonados en una jaula de hierro. Amara, inconsciente o dormida, atada a un poste.
Y en el centro, tendido en el suelo como un regalo macabro, Waylon.
Nell lo ve poco más tarde y noto cómo se tensa.
—¿Ese es mi padre?
—Sí, creo que sí. Está vivo —susurro—. Veo su pecho moverse desde aquí.
—Tiene que seguir así, o mataré a Kaelisar dos veces.
Nos agachamos detrás de un árbol caído para observar el campamento. Cuento los soldados. Casi cincuenta. El rey loco está sentado en una silla, como si esto fuese una jodida fiesta de jardín.
—Vale —murmuro—. Esto es lo que vamos a hacer.
Nell, tú vas directa a por Kaelisar. Eres a quien quiere ver.
Mantenlo distraído. Di que quieres negociar la liberación de tu padre y que el resto no te interesa.
Trata de convencerle de que realmente, nunca quisiste formar parte de todo esto.
Ofrece los artefactos a cambio de tu padre y de que te deje en paz para siempre. Hazle creer que nos has dejado tiradas.
—¿Y vosotras?
—Althea libera a los Kobolds. Sabina se encarga de Amara. Yo voy a por Waylon y Tyronicus.
—Eso nos deja separadas —señala Sabina—. Si algo sale mal...
—El vínculo nos mantiene conectadas. Sentiremos si alguna está en peligro.
—Una cosa más —digo—. Cuando dé la señal, apartaos de Kaelisar. Lo más lejos posible.
—¿Qué señal? —pregunta Nell.
—Lo sabréis cuando la veáis.
No parecen convencidas, pero no hay tiempo para dar más explicaciones.
Observo a Nell caminar hacia el campamento. Sola. Aparentemente derrotada. Los hombros hundidos, las manos alzadas en señal de rendición. Es buena mintiendo. Muy buena.
Kaelisar la ve y sonríe.
Es su primer error.