Oscuro linaje. Libro 2: La esfera de Emet Capítulo 17
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Capítulo 17

Althea

El frío me corta como un cuchillo.

Soy una elemental de fuego, no soporto las temperaturas bajas y tirito como una cría perdida en mitad de unas escaleras que descienden a las entrañas de la tierra.

—¿Alguien más siente que estamos bajando al mismísimo infierno? —pregunta Nell, y el eco rebota contra las paredes de piedra negra.

—El infierno sería mucho más cálido. Esto es otra cosa —responde Sabina, castañeando los dientes a mi espalda.

Las sirenas y el frío tampoco se llevan bien. Bueno, en realidad, las sirenas y cualquier cosa que no sea agua salada.

—La próxima vez que busquemos un artefacto mágico ancestral, pediré pasadizos que tengan calefacción —ironiza Nell.

Sylara cierra la marcha en silencio, con los ojos fijos en algún punto que el resto no podemos ver.

—Estamos cerca. Puedo sentirlo —gruño, esperando estar en lo cierto.

Los escalones resbalan bajo la suela de mis botas y el olor empieza a ser nauseabundo, como aire encerrado durante milenios.

La escalera termina sin previo aviso.

—Joder —susurra Nell.

Por una vez, estoy de acuerdo con ella.

La cámara en la que nos encontramos es inmensa. El techo se pierde en una oscuridad que traga toda la luz. En el centro, un altar de piedra negra sostiene algo que brilla con luz propia. A su alrededor, cuatro pilares emergen del suelo, cada uno grabado con un símbolo diferente.

Reconozco el mío al instante. Fuego. Llamas talladas en la roca que parecen moverse cuando las miro.

—Otra prueba —dice Sylara en voz baja.

—Ya se están poniendo pesaditos con esto de las pruebas. Pienso decírselo a ese Kobold viejo cuando salgamos de aquí —protesta Nell.

De pronto, una niebla oscura se arremolina a nuestros pies.

—Esto es diferente. No son reflejos. Son... algo más.

—Genial. Más versiones chungas de nosotras mismas. Justo lo que necesitaba ahora mismo —continúa la medio Fae.

La niebla se eleva. Cobra forma.

De ella salen figuras, una frente a cada una de nosotras.

La mía me mira con los ojos muertos. Reconozco mi piel, pero está agrietada como lava fría. Es mi cuerpo, pero sin vida.

—Míranos —dice la cosa con mi propia voz—. Nos consideran la bestia de carga. La que solo sirve para pelear mientras las otras piensan.

—Cállate.

—¿Crees que te respetan? —Se acerca un paso.

Huele a ceniza—. Te toleran porque eres útil, solo porque necesitan a alguien que aporte el vínculo con el fuego, pero en realidad no te quieren para nada.

Ahora que saben dónde hay más Kobolds, buscarán a otra, te descartarán igual que Kaelisar descartará a tu madre cuando el trato termine.

El fuego en mi interior se debilita.

—Eso no es verdad —protesto.

—¿No? ¿Cuántas veces has sido la pareja de Nell en las galas a las que habéis acudido para robar los objetos? ¿Cuántas veces te han asignado a ti el trabajo sucio? Eres músculo. Nada más. Y cuando Nell tenga que elegir, elegirá a la elegante elfa o a la hermosa sirena. No a la Kobold medio tonta.

Duele. Duele tanto que me destroza por dentro. Por suerte, escucho a mi derecha a Sylara.

—No hables de él —sisea.

—Murió por tu arrogancia —responde su demonio—. Creíste que podías proteger la aldea, pero fallaste. Y ahora, ¿qué haces? Te arrastras detrás de una medio Fae que no sabe ni siquiera controlar sus poderes.

Sabina llora poco más allá. Puedo escucharla incluso si no consigo verla a través de la niebla.

—No sabía... no podía...

—Mentirosa. Lo sospechaste y elegiste ignorarlo. El agua siempre escapa, ¿verdad? Cuando las cosas se pongan difíciles, huirás. Es lo que eres.

Y entonces escucho a Nell.

No escucho un grito, sino algo mucho peor: puro silencio.

Está de rodillas en el suelo. Frente a ella, su demonio tiene la forma de una niña de unos ocho años, con un vestido sucio y viejo.

—Mamá murió por tu culpa —dice la niña—. Nos dejó solas. Y luego vinieron los hogares de acogida. Y los golpes. Y el hambre.

—Para, por favor —susurra Nell—. Para.

—Kaelisar solo te eligió para robar cosas. ¿Crees que tus poderes pueden compararse a los de tus compañeras? Lo único que sabes hacer es robar. Nadie te ha querido nunca, ni siquiera nuestra propia madre, por eso selló tus poderes.

Nell deja de respirar. A través del vínculo, siento cómo su magia se apaga y algo se rompe dentro de mí.

No sé si es rabia o miedo o las dos cosas a la vez, pero de pronto ya no me importa lo que mi demonio está diciendo. Solo me interesa llegar hasta Nell.

—¡Mírame! —grito, corriendo hacia ella.

Mi demonio intenta bloquearme el paso, pero no me detengo, la atravieso. Es solo humo y mentiras.

—¡Sylara! ¡Sabina!

Caigo de rodillas junto a Nell y sacudo su cuerpo.

—Nell. Estoy aquí. Mírame —insisto.

Sus ojos están vacíos. Perdidos.

—Escúchame. Todo lo que ha dicho esa cosa es mentira. No tienen ningún poder sobre nosotras.

Sylara y la sirena aparecen poco más tarde a nuestro lado. Todas abrazamos a Nell.

—No te vamos a soltar. Nunca —murmura Sabina.

Y entonces ocurre.

El vínculo explota.

Siento a Nell, su dolor y su miedo, pero también su fuerza. Siento a Sylara, siglos de control desmoronándose en un instante de vulnerabilidad. Siento a Sabina, el océano entero contenido en un cuerpo demasiado pequeño.

Y ellas me sienten a mí. Mi fuego. Mi necesidad. Las inseguridades que escondo.

Es amor. Crudo, aterrador y real.

Los elementos se manifiestan a nuestro alrededor. Viento, llamas, pequeñas gotas de agua, cristales que emergen del suelo como si fuesen flores.

Los demonios gritan.

Se desintegran.

Y, a continuación, silencio.

Nell respira. Una bocanada de aire que me parece el sonido más hermoso del universo.

Nos quedamos así durante un tiempo que no sé medir. Las cuatro abrazadas en el suelo de piedra, respirando juntas, existiendo juntas.

Cuando nos separamos, el altar brilla con más intensidad.

—Es el Espejo —dice Sylara, señalando hacia el centro de la cámara.

Es mucho más pequeño de lo que esperaba, con un marco de plata con símbolos griegos grabados.

—¿Quién lo coge? —pregunta Sabina.

Todas miramos a Nell.

—Eh, no, ¿por qué yo? Puede ser una trampa y…

—Porque tú eres la razón por la que estamos aquí —interrumpe la elfa.

Camina hacia el altar, mirando de vez en cuando hacia atrás y en el instante en que sus dedos tocan el marco, una luz brillante la envuelve.

Y el vínculo se solidifica. Un clic. Un engranaje que encaja en su lugar.

El corazón de Nell late en mi pecho. El alivio de Sabina corre por mis venas como agua fresca. La satisfacción de Sylara me ancla como las raíces de un árbol.

Y ellas me sienten a mí. Todo lo que soy y todo lo que quiero.

Éramos cuatro. Y ahora somos una.

Nell se gira hacia nosotras.

—Puf, qué raro es todo esto, os siento —susurra—. A todas. A ver, no me quejo, está bien y eso, pero no me digáis que no es súper raro.

Nadie se mueve.

Yo soy la primera en actuar, porque soy la que no piensa demasiado y prefiere la acción, así que cruzo la distancia que nos separa y beso a Nell.

Es hambre y alivio y todo lo que no sé decir con palabras. La elfa sabría decir algo bonito y profundo, yo no. Yo solo la beso.

A través del vínculo, siento a Sylara y Sabina reaccionar. No con celos ahora. Solo con deseo. Lo están sintiendo como si también las estuviese besando a ellas.

Cuando me separo, Nell me mira con los ojos muy abiertos.

—Vale, esto se está poniendo cada vez más raro. No me digáis que no —murmura.

—¿Eso es bueno o malo?

—Es... una puta maravilla.

Sabina se ríe, acuna el rostro de Sylara entre sus manos y la besa. La elfa hace un sonido que jamás la había escuchado hacer, ni siquiera las pocas veces que nos acostamos juntas. Algo entre un gemido y un suspiro.

Y yo lo siento. Cada roce de sus labios.

—Puf, esto es... —Nell se detiene y traga saliva—. Esto es mucho, de verdad. A este paso voy a tener un orgasmo sin hacer casi nada.

—Si quieres paramos —bromea la elfa con un guiño de ojo mientras coge a Sabina de la mano y caminan hacia nosotras.

Todo ocurre como en una nebulosa. Beso a Sylara mientras siento las manos de Sabina deslizarse por mi espalda, trazando el mapa de mis tatuajes como si quisiera memorizarlos. Nell murmura algo ininteligible contra mi cuello mientras lo besa, colando una mano por debajo de mi camiseta.

Caemos juntas al suelo de piedra en un nudo de extremidades y gemidos.

A través del vínculo, cada sensación se multiplica. Cuando mis labios rozan la piel de Nell, siento el eco del placer de las otras dos. Cuando Sabina acaricia el vientre de Sylara, un escalofrío me recorre la columna, aunque no me está tocando ahí.

La sirena endurece los pezones de Nell entre sus dedos y yo siento su tacto en los míos. Siento el placer de la elfa mientras se acaricia el clítoris al mismo tiempo que Sabina la besa. Es una auténtica locura, la excitación de cada una multiplicada por cuatro.

Alguien desabrocha mis pantalones y cuela una mano entre mis piernas, pero prefiero mantener los ojos cerrados y concentrarme en las sensaciones. Cuando dos dedos se deslizan en mi interior, es Nell quien arquea la espalda y suspira como si se lo hubiesen hecho a ella.

Nos deshacemos de la ropa a tirones, dejándola esparcida por el frío suelo de piedra. Solo hay piel contra piel hasta que no podemos casi distinguir quién está haciendo qué.

Sabina traza círculos en las nalgas de Sylara con la punta de los dedos mientras la elfa lame el sexo de Nell, que estira una mano para buscar mis pechos. Y yo... yo intento tocarlas a todas. Memorizarlas a todas.

El vínculo vibra con cada caricia, con cada beso, con cada lengua. Cuatro instrumentos tocando la misma melodía.

—Más rápido —pide alguien.

El placer crece. Lo siento aumentar en cada una de nosotras, alimentándose de sí mismo. Cada gemido empuja a las otras más cerca del orgasmo.

—Joder —jadea Nell—. Joder, joder, joder...

Y el clímax nos arrasa como un maremoto.

No sé quién cae primero. Quizás todas al mismo tiempo. Solo sé que el mundo desaparece y solo quedan cuatro cuerpos temblando, cuatro corazones deteniéndose durante un instante antes de volver a latir al mismo tiempo.

Sabina se acurruca contra mi costado. Sylara apoya la cabeza en el hombro de Nell, los ojos cerrados, una sonrisa diminuta en los labios.

Y yo me quedo quieta. Sintiendo el peso de sus cuerpos contra el mío. La certeza absoluta de que esto, sea lo que sea, es exactamente lo que necesitábamos.

Cuando por fin nos levantamos, todo parece diferente. Los colores más brillantes. Hasta el aire parece más fácil de respirar.

El Espejo está seguro en el bolsillo de Nell y el vínculo late entre nosotras como un segundo corazón.

El camino de vuelta se hace mucho más corto.

—Buah, Tyronicus lo va a flipar cuando le enseñemos el Espejo —dice Nell mientras subimos las escaleras.

—Quizás deberíamos omitir algunos detalles —sugiere Sylara.

—¿Como el orgasmo en grupo? Eso fue lo más alucinante que he sentido en mi vida —continúa la medio Fae.

—Sí, especialmente eso —admite la elfa, poniendo los ojos en blanco con una sonrisa.

Acercarnos a la aldea de los Kobold debería ser un alivio.

Pero algo está mal.

El olor llega primero. Humo. Cenizas. Carne quemada.

A continuación, el silencio. El vacío donde debería haber voces, risas, el crepitar de hogueras y el sonido de las fraguas.

Echo a correr hacia la aldea, y encuentro cenizas.

Donde antes había casas, ahora hay escombros. Donde antes había vida, ahora solo hay muerte.

Los Kobolds. Mi gente.

Desaparecidos.