Capítulo 16
Althea
El eco de los suaves gemidos de Sylara todavía resuena en mi cabeza.
No ha sido justo. Nada de esto lo es. Pude sentir cada roce, cada jadeo, cada centímetro de la piel de Nell que la elfa recorría con la punta de sus dedos.
El vínculo del Quad puede ser una maravilla cuando te conviene…
o una absoluta tortura. Y ahora mismo, con la humedad que siento entre mis piernas, no tengo ni idea de cuál de las dos cosas es.
Presiono las manos contra mi pecho en un intento de calmar el ritmo.
Es inútil. Todavía siento a Nell, esa mezcla de confusión y deseo.
Y a Sylara, satisfecha pero también avergonzada por haberse dejado llevar.
Sabina está más lejos, un poco apartada, pero estoy casi segura de que siente algo parecido.
Todas lo sentimos.
Todas.
Esto va a acabar con nosotras.
La energía de las cuevas parece más errática que antes. Los cristales parpadean, como si algo perturbase su flujo natural. Algo ha cambiado.
—Se está moviendo —murmuro, agachándome para presionar la palma de la mano contra el suelo de piedra—. La energía de este lugar. Algo no va bien.
—¿Qué quieres decir? —pregunta Sylara, acercándose con ese paso elegante que nunca pierde, ni siquiera después de... de lo que acaba de ocurrir entre ella y Nell.
—Los cristales. Míralos.
Todas dirigen la vista hacia las paredes. Los cristales pulsan como un corazón a punto de tener un infarto. La luz se intensifica, se apaga, vuelve a brillar. El patrón está roto.
—Se nos acaba el tiempo —anuncia Sabina.
Nell se frota los ojos con el dorso de la mano.
—Genial. Perfecto. Justo lo que necesitábamos en este momento —protesta—. ¿Es que no nos van a dar un mísero descanso?
—Por aquí —indico, poniéndome en pie y señalando un túnel más oscuro, que siento en lo más profundo de mi ser que es el camino correcto.
Tras lo que parece una eternidad, el túnel se abre a una cámara circular, con las paredes cubiertas de espejos que reflejan nuestra imagen. Decenas, quizá cientos, cada uno de ellos mostrando una versión diferente de nosotras mismas.
Pero no son reflejos normales.
La Althea que me devuelve la mirada está distorsionada. Sus rasgos son los míos, pero hay algo que está mal en ellos. Sus ojos son más duros y su expresión cruel.
—¿Qué coño es todo esto...? —gruñe Nell al ver que su reflejo se mueve con voluntad propia.
Y, justo en ese instante, el mío da un paso adelante y comienza a hablar.
—La más tonta de todos los Kobold. Fuerte pero idiota.
Eso es todo lo que eres, ¿verdad, Althea?
Tienes el cerebro del tamaño de un guisante.
Solo sirves para quemar cosas. ¿De verdad crees que Nell te quiere?
Puede acostarse con una elfa y una sirena, ¿para qué te va a querer a ti?
Solo siente lástima. Cuando esté contigo, estará pensando en Sylara.
—No la escuches —susurra Nell a mi lado.
—Trabajas para un Fae exiliado que te usa como perro de presa, y aun así sigues ahí, mendigando migajas de afecto de la pequeña ladrona. Suplicando por una sonrisa. Eres patética —prosigue mi reflejo.
—Cállate —mascullo entre dientes mientras las llamas flotan entre mis dedos.
—¿O qué? ¿Me vas a quemar? Uy, qué miedo.
Ni siquiera puedes tocarme, soy tu reflejo, idiota.
Aunque, claro, eres tan limitada que ni siquiera puedes entenderlo.
Vuestra misión fracasará por culpa tuya, pero antes, te consumirás viendo cómo la ladrona elige a tus compañeras antes que a ti.
La llevarán a un orgasmo tras otro mientras tú sientes su placer y no puedes tocarla.
Quiero lanzarme contra el espejo. Romperlo. Hacerlo añicos.
—Althea. No es real. Es una prueba, como la de antes —me recuerda Sylara.
—Exacto —confirma Nell, cogiendo mi mano y entrelazando sus dedos con los míos—.
Son como las Umbriths que nos encontramos en el puente.
Solo tienen poder sobre nosotras si les permitimos que lo tengan.
Y para que conste, lo que ha dicho es mentira.
Cuando lo hagamos, estaré pensando en ti —añade con un guiño de ojo.
Los reflejos sisean, retroceden dentro de los espejos.
Desaparecen.
En el centro de la sala, donde antes no había nada, la piedra del suelo comienza a moverse. Dos grandes bloques se deslizan hacia los lados con un sonido grave, revelando una escalera que desciende hacia la oscuridad.
De la abertura emana un aire helado y los escalones son de piedra negra, tan pulidos que reflejan la tenue luz de los pocos cristales que aún funcionan.
—Hacia abajo, supongo —propone Sabina.
Nell asiente.
—Hacia abajo —repite, encogiéndose de hombros y asomándose con cautela.