Capítulo 14
Sylara
La puerta se abre con un sonido horrible que me eriza la piel, revelando una luz azulada que parece demasiado extraña para este lugar.
—Por los dioses antiguos —mascullo entre dientes, protegiéndome los ojos con la mano mientras avanzamos hacia la cámara.
El interior es... no tengo palabras para describirlo. Hay cristales del tamaño de un brazo que crecen desde el suelo o incluso algunos desde el techo. Todos brillan con una luz que cambia de color como si estuviese respirando. Azul profundo. Verde esmeralda. Púrpura intenso.
En el centro de la cámara, se alzan cuatro pedestales de piedra negra en perfecta simetría. Cada uno tiene un símbolo tallado en su superficie: una espiral para el aire, raíces entrelazadas para la tierra, llamas que se alzan para el fuego y olas para el agua.
—Es hermoso —susurra Sabina, avanzando con cautela—. Pero hay algo... raro. Los rastros de agua en el aire están demasiado quietos.
Tiene razón. También puedo sentirlo. La energía en esta cámara es diferente, como si estuviese contenida, esperando a que algo ocurra.
Como la calma antes de una tormenta.
—¿Creéis que debemos tocar esos pedestales? —pregunta Nell, acercándose al que tiene el símbolo del aire—. Porque en las películas, tocar cosas antiguas en templos mágicos no suele acabar nunca bien y a mí estos me dan mal rollo.
—Bueno, no es una película, es nuestra realidad —le recuerdo—. Pero sí, creo que en parte tienes razón. Probablemente debamos interactuar con ellos de algún modo.
Me dirijo despacio hacia el pedestal de la tierra. Lo acaricio con la punta de los dedos. La piedra está fría, pero puedo sentir algo más allá de la superficie. Una vibración sutil, como si la propia roca estuviese viva y esperando a que hiciésemos algo en concreto.
—Todas a la vez —propongo, mirando a las demás.
Nell coloca su mano sobre el símbolo del aire. Althea sobre el fuego. Sabina sobre el agua. Y yo sobre la tierra.
—Una —cuento.
—Dos —continúa la kobold.
—Tres —termina Sabina.
—¡Ya! —grita Nell.
En el momento en que todas tocamos los pedestales de manera simultánea, el suelo bajo nuestros pies desaparece.
Aunque no caemos exactamente. Es más como... flotar en un vacío. La cámara de cristales se desvanece y es reemplazada por algo completamente diferente.
Estoy de pie sobre una plataforma de piedra suspendida en la nada. Sola. A mi alrededor, tan solo oscuridad. Excepto por un puente estrecho, muy estrecho, que se extiende hacia delante, perdiéndose entre las sombras.
—¿Chicas? ¿Estáis ahí?
—Estoy aquí —responde Nell, materializándose a mi lado—. ¿Qué coño acaba de ocurrir?
Althea y Sabina aparecen un segundo más tarde, ambas tan desorientadas como nosotras.
—Supongo que es otra de las pruebas —explico, señalando hacia el puente—. Tenemos que cruzar.
—¿Cruzar hacia dónde? —pregunta la Kobold, asomándose al borde de la plataforma—. No veo nada al otro lado, solo más oscuridad. Podríamos caminar hacia un abismo.
—¿Tú no ves nada? Joder, se supone que eres una elfa, tendrías que tener mucho mejor visión que cualquiera de nosotras —insiste Nell.
Entrecierro los ojos, hago un esfuerzo y entonces lo veo. Muy a lo lejos, un resplandor tenue. Quizá sea la salida. O quizá una trampa. Con estas pruebas antiguas, nunca se sabe.
—Solo hay un modo de averiguarlo —murmuro, dando el primer paso sobre el puente.
La piedra es resbaladiza, cubierta por una fina capa de algo que parece musgo, pero no lo es. Bajo nuestros pies, un río de lava fluye con un rugido constante, lanzando olas de calor que hacen ondular el aire.
—No tienes ni idea de cuánto odio este tipo de cosas —protesta Nell, agarrándose a mi brazo—. Odio las alturas, odio el calor, y definitivamente odio los puentes sobre lava. Son lo peor.
—Al menos no hay viento —ironizo, tratando de encontrar algo positivo.
Como si el universo hubiese esperado mi comentario para complicar las cosas, una ráfaga violenta sacude el puente. Nell grita, clava las uñas en mi brazo con tanta fuerza que estoy segura de que me dejará marcas.
—Tenías que decirlo, ¿eh? —chilla—. ¡Tenías que joder la situación más todavía! Como si no estuviésemos ya bastante mal.
—No sabía que este sitio podía escuchar —me defiendo.
El viento se intensifica, aunque no es un viento natural. Hay algo en él, algo... vivo. Puedo sentirlo, presionando contra mi piel como dedos helados.
Y entonces las veo.
Unas figuras emergen de la lava, elevándose como humo negro y denso. No tienen una forma definida; son más bien sombras retorcidas que se mueven de maneras imposibles. Sus ojos, si es que se les puede llamar de ese modo, brillan con un rojo intenso.
—Mierda —mascullo—. ¿Qué coño son esas cosas?
—Son Umbriths —explica Althea—. Siempre supuse que no existían, pensaba que eran tan solo un cuento para asustar a los niños Kobold que no se portaban bien.
—Supongo que no son amigables —insisto.
—En las leyendas prueban tu voluntad. Intentan volverte loca de algún modo. Nunca escuché que matasen a alguien por ellas mismas, pero…
No escucho más de lo que dice porque la más cercana abre algo parecido a una boca y comienza a hablar. Más que un grito o un rugido, es... risa. Una risa que me hiela hasta los huesos.
—Elfaaaaa —sisea—. ¿Sigues recordando la muerte de tu hermano?
Me quedo paralizada. ¿Cómo...? ¿Cómo sabe eso?
—Yelin murió porque tú le fallaste —continúa la criatura, deslizándose más cerca—. No le protegiste. Ni siquiera le vengaste. No pudiste vengarlo. Eres una vergüenza para tu linaje.
—No le escuches —gruñe Althea, colocándose a mi lado—. Son solo ilusiones, Sylara. Están tratando de meterse en tu cabeza.
Pero las palabras de la criatura me atraviesan como cuchillos. Porque no son mentiras. Son verdades que he estado ocultando, incluso a mí misma.
—Tu hermano gritó tu nombre mientras moría —susurra otra sombra—. Te llamó, te suplicó que le salvases. Pero no estabas ahí, ¿verdad? Estabas follando con una chica mientras mataban a tu hermano. Nunca estás ahí cuando de verdad importa.
Mis rodillas ceden. Caigo sobre la piedra del puente. Puedo verlo. Puedo ver a Yelin, sangrando, muriendo, llamándome...
—¡Sylara!
Es la voz de Nell la que me devuelve a la realidad.
—¡Sylara, mírame!
Levanto la vista. Está arrodillada frente a mí, acunando mi rostro entre las manos, obligándome a mirarla mientras acaricia mis pómulos con los pulgares.
—No son reales —susurra—. Lo que dicen... no es verdad. No fue tu culpa.
—Sí lo fue —admito—. Debería haber estado ahí. Era mi deber y en cambio, estaba en la cama con una mujer. Debería...
Nell me besa.
Es un beso desesperado, urgente, como si intentase anclarme al presente.
Y funciona.
La oscuridad retrocede. Las voces de las sombras se desvanecen hasta convertirse en un murmullo lejano. Todo lo que existe es Nell, su boca, su tacto, cómo su mano se enreda en mi cabello.
Cuando nos separamos, puedo respirar de nuevo.
—Gracias —susurro contra sus labios.
—Ahora vamos. Tenemos que cruzar este puto puente antes de que las cosas se pongan peor —me recuerda, apretando mi mano entre las suyas.
Nos ponemos en pie, aunque mis piernas siguen temblando.
Althea y Sabina luchan contra sus propias sombras.
La Kobold tiene llamas danzando en sus manos; las lanza inútilmente contra las criaturas que la acosan.
Sabina ha creado un escudo de agua alrededor de sí misma, pero puedo ver el miedo en sus ojos.
—¡Juntas! —grito—. ¡Tenemos que hacerlo juntas!
Nos cogemos de la mano y justo en ese instante puedo ver el vínculo del Quad haciéndose más fuerte.
—Patéticas —dice una de las sombras—. ¿Creéis que vuestro pequeño vínculo puede salvaros? Conocemos vuestros miedos. Conocemos cada una de vuestras debilidades.
—Pequeña ladrona. Mentirosa —sisea una de las Umbriths, acercándose a Nell.
—Sí, vale, eso es cierto —responde ella con tranquilidad—. Toda mi vida he robado y mentido.
Las sombras parecen dudar; no tengo muy claro si por la respuesta de Nell o porque el vínculo se ha hecho mucho más fuerte, formando una especie de escudo que nos protege mientras avanzamos. Los cuatro elementos funcionando al unísono.
Al fin, el puente se termina y tocamos tierra firme. Las sombras se disuelven en la nada y espero no volver a encontrármelas nunca más.
Hay otra sala. Más pequeña y más íntima. Las paredes están cubiertas de espejos que reflejan nuestra imagen una y otra vez hasta el infinito. En el centro hay una fuente de agua cristalina que brota de la roca misma.
—¿Estáis bien? —pregunto, mirando a cada una de mis compañeras.