Oscuro linaje. Libro 2: La esfera de Emet Capítulo 13
50%

Capítulo 13

Nell

Aquí abajo el calor te aplasta como una manta de plomo y el aire huele a huevos podridos. En algunas zonas, las paredes de basalto negro brillan con un sudor mineral que gotea constantemente, creando pequeños charcos que sisean cuando se evaporan.

—Esto es peor que una sauna del infierno —protesto, tratando de crear pequeñas corrientes de aire que apenas alivian la temperatura—. ¿Cómo coño se puede vivir aquí abajo?

Althea camina delante con una sonrisa de oreja a oreja, prácticamente dando saltitos sin esfuerzo, mientras su piel oscura brilla con una ligera capa de sudor. Supongo que para ella esto debe ser como estar en casa.

—No seas quejica —responde, haciendo girar su piedra de obsidiana entre los dedos—. Algunos seres nacimos para el calor.

Sabina, en cambio, parece a punto de desmayarse. Su piel ha adquirido un tono grisáceo enfermizo y cada pocos pasos se detiene para beber de su cantimplora. Las gotas de sudor en su frente se evaporan antes de poder rodar por su cara.

—Necesito... necesito agua —jadea, apoyándose contra la pared—. Agua de verdad, no esta mierda de vapor que flota en el aire.

Sylara saca una pequeña bolsa de su cinturón y esparce algo que parece musgo sobre la piel de la sirena. De inmediato, pequeñas gotas de rocío comienzan a formarse, aliviando el calor, aunque sea un poco.

—¿Mejor así? —susurra la elfa.

A través del vínculo puedo sentir el alivio de Sabina como si fuese mío. Es una sensación extraña, como tener cuatro corazones latiendo en mi pecho, cuatro conjuntos de emociones chocando y mezclándose. Todavía no me acostumbro. No sé si algún día me acostumbraré.

—Oye —digo de pronto, tratando de distraernos del calor infernal—. ¿Os habéis dado cuenta de que ese Kobold viejo me llamó dos veces princesa? ¿Qué creéis que quiere decir? ¿Solo un apelativo cariñoso o algo así?

—Los ancianos Kobold no usan títulos a la ligera —responde Althea—. Si te llamó princesa...

—A lo mejor es porque soy tan jodidamente elegante como una princesa —bromeo, tropezando con una roca suelta.

Por suerte, Sylara me sujeta antes de que me estampe contra el suelo.

—O quizá sabe algo sobre tu linaje que nosotras no sabemos —murmura.

—Mierda, debí preguntarle —suspiro, sacudiendo la cabeza—. Si morimos aquí abajo, me quedaré con la duda para siempre. Seré como un fantasma atormentado: la tipa que nunca supo por qué la llamaban princesa.

De pronto, el túnel gira bruscamente y el calor se intensifica tanto que hasta el aire parece vibrar. Delante, la oscuridad se traga la luz de los cristales, creando un vacío extraño.

—Esperad —sisea Sabina, bajando su tono de voz hasta convertirlo en apenas un susurro—. Hay algo... el agua aquí está mal. Muy mal.

Antes de que pueda preguntar qué quiere decir, doblamos la esquina y me quedo sin aliento.

Una puerta colosal se alza ante nosotras.

Está tallada en una sola pieza de obsidiana negra que parece absorber la luz.

Tiene que medir al menos cinco metros de alto, y está cubierta de runas que pulsan con un resplandor interno, como venas de fuego líquido bajo la superficie.

El aire a su alrededor ondula con un poder puro, una energía antigua que hace que todos mis instintos griten que dé media vuelta y salga corriendo de este lugar.

—La hostia —mascullo—. ¿Eso es...?

—La entrada a las pruebas —confirma Sylara, acercándose con cautela—. Tyronicus no exageraba. Esta magia es más antigua que los propios reinos.

Me adelanto, atraída por algo que no puedo explicar. Las runas parecen llamarme, susurrando secretos en un idioma que no conozco, pero que de algún modo entiendo. Extiendo la mano y rozo los símbolos con la punta de los dedos.

El mundo explota.

No literalmente, claro, aunque por un momento lo parece. Me envuelve una ráfaga de viento muy antiguo, cargado con los ecos de mil tormentas olvidadas, y me atraviesa como si fuese papel.

Veo fragmentos de visiones: cuatro figuras de pie ante esta misma puerta hace siglos, sus rostros ocultos por capuchas. Aun así, puedo sentir su poder. Su vínculo es tan fuerte que hace que el nuestro parezca un hilo que se ha soltado de una tela de araña.

Y entonces lo entiendo.

—Esto es más que una puerta —susurro, girándome hacia las demás—. Es una prueba. La primera prueba.

—¿Qué clase de prueba? —pregunta Althea, haciendo saltar pequeñas chispas de sus dedos.

Las runas cambian, reorganizándose hasta formar palabras que sí puedo leer:

“Solo la verdad os liberará. Confesad lo que ocultáis, revelad lo que teméis, admitid lo que deseáis.”

—Mierda, nunca me gustaron los acertijos —gruño—. Tenemos que... supongo que tenemos que ser completamente honestas —explico, sintiendo un nudo en el estómago—. Entre nosotras. Sin secretos ni mentiras, sin máscaras.

—Ya somos honestas —protesta Sabina—. El vínculo...

—El vínculo nos conecta, pero no nos obliga a revelar todo —la interrumpe Sylara—. Todavía hay cosas que cada una guarda para sí misma.

Tiene razón. Incluso después del ritual, incluso sintiendo sus emociones como si fuesen mías, hay partes de mí que he mantenido cerradas. Cosas que me da demasiado miedo compartir. O demasiada vergüenza.

—¿Quién empieza? —pregunto, esperando que alguna de ellas se ofrezca voluntaria para no tener que ser la primera.

Nos miramos unas a otras, aunque ninguna se decide. Puedo sentir a través del vínculo el miedo en cada una de nosotras, esa vulnerabilidad que todas tratamos de ocultar tras nuestra fachada de fuerza.

—¿De qué nivel de confesiones estamos hablando? —pregunta Sabina.

—Creo que de algo que guardemos en lo más profundo de nuestro interior. La puerta solo se abrirá si confesamos algo que sea muy personal y que no queramos que ninguna de las demás sepa —explica la elfa.

Quiero protestar, pero no me da tiempo. Althea carraspea e inicia su confesión.

—Empiezo yo —anuncia, dando un paso adelante—.

Cuando tenía quince años, casi mato a una chica Kobold de mi edad.

Se burló de mi madre enferma y yo... yo perdí el control.

La quemé tan gravemente, la golpeé con tanta fuerza que todavía conserva las cicatrices.

Lo peor de todo es que mientras lo hacía, mientras escuchaba sus gritos.

.. me gustó. Sentí poder y satisfacción.

Y cada vez que me enfado, esa parte de mí quiere volver a salir.

A veces tengo miedo de perder el control de verdad.

Fui expulsada de mi comunidad por eso y poco más tarde fue cuando Kaelisar me encontró.

Althea respira hondo, como si se hubiese quitado un peso de encima, y las runas brillan un poco más fuerte.

Sabina se adelanta antes de que el silencio se vuelva insoportable.

—Mi hermana —susurra, y puedo sentir su dolor como agujas clavándose en mi pecho—.

A veces... a veces la odio. Por ser tan estúpida, por creer en Kaelisar, por elegirle.

Y me odio a mí misma por sentir eso. Es mi hermana pequeña, se supone que debo protegerla.

Pero hay noches en las que desearía que simplemente.

.. que simplemente desapareciese para poder ser libre.

Las runas pulsan con más intensidad.

Sylara da un paso adelante y casi puedo ver su compostura élfica resquebrajándose.

—Llevo siglos perfeccionando mi máscara de calma —admite, su voz convertida en un susurro apenas audible—.

Pero por dentro... por dentro soy un desastre.

La muerte de Yelin me rompió de formas que nunca he admitido.

No solo perdí a mi hermano; perdí mi fe en la justicia.

Hay días en los que fantaseo con torturar a sus asesinos durante décadas, mantenerles vivos tan solo para hacerles sufrir más.

No es propio de una elfa sentir esa sed de venganza, pero está ahí, corrompiéndome desde dentro.

Tu turno, Nell —agrega, señalándome con la barbilla.

—Yo... —empiezo, pero las palabras se atascan.

—Adelante, Nell —susurra Sabina, cogiéndome de la mano.

La cojo, y luego la de Althea, y Sylara le da la mano a ambas, formando un círculo frente a la puerta.

—Tengo miedo de no ser suficiente —confieso—.

Toda mi vida he sido la huérfana, la ladrona, la chica rara con los ojos aún más raros, la que no encaja en ningún sitio.

Y ahora me decís que soy medio Fae, que tengo poderes, que soy parte de un Quad.

.. ¿Y si la cago? ¿Y si no soy lo bastante fuerte, o valiente, o lo que sea que se supone que debo ser? ¿Y si todas morís por mi culpa?

Respiro hondo, siento las lágrimas rodar por mis mejillas, pero las runas no se iluminan.

—No es suficiente —se queja Sylara—. Debe ser algo que guardes en lo más profundo de tu interior.

—Ya bueno, es que lo mío no es como simplemente decir que me gustaría torturar a los asesinos de mi hermano. Eso no parece tan raro, lo mío es…

—Debes dejarlo salir, Nell —me recuerda Sabina.

—No puedo.

—Sabes que es necesario.

—Mierda, joder. Vais a pensar cosas horribles de mí —protesto.

—Es el único modo. Solo quedas tú.

—Vale, puf, está bien. Quiero hacer el amor con las tres a la vez —suelto de pronto, dejando escapar un largo suspiro y apretando los ojos con fuerza, sin soltar sus manos.

Nadie dice nada. Todas se quedan en silencio y prefiero no saber lo que pueden estar pensando de mí en estos momentos.

De repente, las runas estallan en una luz cegadora. El suelo tiembla, el aire vibra y la puerta comienza a abrirse con un gruñido de piedra contra piedra.