Oscuro linaje. Libro 2: La esfera de Emet Capítulo 12
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Capítulo 12

Sabina

El fuego sagrado de los Kobold crepita y escupe chispas doradas que ascienden hasta el techo de la caverna.

Para un ser acuático como yo, esto empieza a convertirse en una auténtica tortura.

Tyronicus traza símbolos antiguos en el aire, calentándolo aún más, y hasta Sylara parece sentirse incómoda a pesar de su habitual estoicismo.

—Formad el círculo —ordena el anciano—. Y bebed al mismo tiempo de la copa que os he entregado. Ni un segundo antes ni un segundo después.

Las copas pesan más de lo que deberían. La mía, hecha de cristal puro, contiene un líquido que se mueve solo, cambiando de azul profundo a verde esmeralda como si fuese un océano en miniatura.

Me resulta familiar de algún modo, y supongo que eso lo hace más fácil.

Huele a sal marina y a tormentas lejanas, a profundidades abisales donde nunca llega la luz del sol.

—¿Estáis seguras de esto? —interrumpe Nell, mirando su copa con recelo—. Porque el líquido que me ha tocado huele literalmente a mierda de vaca y echa un humo que parece tóxico.

—Joder, si vamos a hacerlo, hagámoslo ya. El olor no va a mejorar con la espera —gruñe Althea, haciendo girar una copa de obsidiana con un líquido entre rojo y naranja que tampoco me daría mucha confianza si tuviese que beberlo, aunque el brebaje verdoso de Sylara no mejora las cosas.

Me coloco en mi posición, formando el cuarto punto del círculo.

Norte, sur, este, oeste. Agua, fuego, tierra, aire.

El fuego de la hoguera proyecta nuestras sombras contra las paredes de la caverna, convirtiéndolas en gigantes que parecen danzar en los muros.

Puedo escuchar el murmullo del agua subterránea corriendo por debajo de la piedra, llamándome y recordándome quién soy.

—Cuando bebáis —advierte Tyronicus, retrocediendo varios pasos—, no luchéis contra vuestros sentimientos. El vínculo buscará su camino natural. Resistirse solo causará dolor.

—Genial, justo lo que necesitaba escuchar para convencerme del todo. Los Kobold sois únicos dando ánimos —protesta Nell, mascullando entre dientes algún insulto que espero que el anciano no haya escuchado.

A pesar de la tensión, no puedo evitar sonreír.

—A la de tres —propongo, levantando mi copa.

—Una —cuenta Sylara.

—Dos —continúa Althea.

—Tres —termina Nell.

El líquido baja por mi garganta como una extraña mezcla entre agua helada y fuego líquido. Sabe a océanos primordiales, a la primera lluvia que cayó sobre la tierra hace milenios, a lágrimas de dioses olvidados. Durante un buen rato, no ocurre nada.

A continuación, el mundo explota.

No es exactamente dolor, aunque duele. Es más bien como si cada célula de mi cuerpo se disolviese para luego reconstruirse. Siento el agua en mi sangre hervir y congelarse. Mis rodillas ceden y caigo, pero antes de tocar el suelo, algo me sostiene.

No algo, alguien.

Tres personas.

Puedo sentirlas. No solo su presencia física, sino sus esencias más profundas. El fuego salvaje de Althea. La tierra antigua de Sylara. Y Nell...

Nell es el viento que me permite respirar.

Pero hay más. Memorias que no son mías inundan mi mente. Veo a Althea de niña, llorando mientras su madre tose sangre negra. Siento su desesperación y su impotencia, el momento exacto en que decidió que haría cualquier cosa para salvarla, incluso vender su alma a Kaelisar.

Veo a Sylara sosteniendo entre sus brazos el cuerpo de su hermano, herido de muerte mientras se desangra. Escucho el juramento de venganza que pronunció en el idioma antiguo de su pueblo, un grito que cortó el aire como un cuchillo.

Y veo a Nell. Dios… veo a Nell como si estuviese allí mismo con ella.

Una niña escondida en un armario mientras su madre adoptiva grita y rompe cosas, completamente borracha o drogada.

Más tarde veo a una Nell adolescente de catorce años robando comida porque Colt y ella llevan tres días sin comer.

Una joven de dieciocho usando el viento sin saberlo para saltar entre los tejados, huyendo de una vida que nunca eligió.

—Joder, me cago en la puta —escucho como un susurro y cuando abro los ojos, la encuentro arrodillada, con los ojos humedecidos—. ¿Eso es...? ¿Todas habéis sentido...?

—Tu hermana —susurra Althea, mirándome con una comprensión que duele—. Desi. La he visto. Lo que Kaelisar le está haciendo...

No puedo responder. Las imágenes siguen llegando, pero ahora son diferentes. No son recuerdos, son... sensaciones. Son deseos y necesidades.

Siento el anhelo de Sylara cuando mira a Nell, ese deseo cuidadosamente controlado bajo siglos de disciplina élfica. Siento la pasión volcánica de Althea, su necesidad de proteger, de reclamar, de consumir. Y siento...

Percibo lo que Nell siente por mí.

No es solo atracción física, aunque eso también está ahí. Es algo más profundo, como si alguien hubiese cosido nuestras almas.

—El vínculo se ha completado —anuncia Tyronicus, y hay algo parecido al asombro en su voz—. Más fuerte de lo que esperaba. Mucho más fuerte.

—¿Qué nos has hecho? —pregunta Nell.

—Yo no os he hecho nada, princesa Fae —responde Tyronicus—.

El vínculo siempre estuvo ahí, esperando.

Ahora —añade—, quizá estéis listas para las pruebas.

Pero os advierto: lo que acabáis de experimentar es solo el principio.

El vínculo seguirá creciendo y haciéndose más potente.

Y con él, vuestros poderes. Con el tiempo, si lográis sobrevivir, llegaréis a compartir no solo sensaciones, sino habilidades.

Un Quad vinculado puede canalizar los poderes de todos sus miembros a la vez.

—Demasiado peligroso —protesta Sylara—. El poder sin entrenamiento adecuado es una receta para el desastre.

—Por eso necesitáis las pruebas —explica Tyronicus—. No solo para conseguir el Espejo, sino para aprender a funcionar como una unidad. Las pruebas os enseñarán o...

—O nos matarán, eso ya lo sabemos —termina Nell—. Qué mierda, últimamente todo puede matarnos. Siento que mi esperanza de vida se ha reducido mucho desde que conocí a Kaelisar. Además, esto va a ser muy raro, lo digo por lo de compartir pensamientos y todo eso —añade.