Capítulo 11
Althea
El camino que lleva a la cueva en la que supuestamente protegen el Espejo de Alétheia resulta ser un acantilado demasiado estrecho que parece no tener fin.
—¿No podíamos haber elegido un camino normal? —protesta Nell, agarrándose a Sylara para no caer—. Ya sabes, uno de esos con suelo de asfalto o al menos de madera. Quizá con algún puesto de refrescos y hamburguesas aquí y allá para hacer una pausa.
Por suerte, el acantilado se convierte pronto en un bosque, aunque no es como ninguno que haya visto antes.
Los árboles crecen torcidos, con ramas que forman patrones antinaturales, y sus hojas parecen susurrar en un idioma que no conozco.
Huele a una extraña mezcla de tierra húmeda, descomposición y azufre.
—Hay algo muy extraño en este lugar —murmura Sabina, meneando la cabeza—. El agua aquí es rara. No sé cómo explicarlo mejor.
Sylara camina en silencio, pero roza con la punta de los dedos cada árbol que pasamos, leyendo su historia a través del tacto.
Las plantas se inclinan hacia ella, algunas florecen a su paso a pesar de que estamos en plena noche.
Amara va unos pasos por detrás de nosotras, aunque por el modo en que lo mira todo, no se puede decir que esté muy tranquila.
Es como si esperase que fuésemos atacadas en cualquier instante.
—Según los planos, estamos cerca —anuncio, sintiendo algo extraño en lo más profundo de mi pecho—. Hay... hay algo ahí delante.
La entrada de la cueva se abre ante nosotras como la boca de una bestia antigua.
No es simplemente una abertura en la roca más o menos oculta; es una obra de arte tallada con una precisión imposible.
Una vez que nos adentramos, dos columnas de basalto negro flanquean la entrada, cada una grabada con runas que brillan con algún tipo de fuego interno al detectar nuestra presencia.
Poco más adelante, al iniciar un camino que desciende dentro de la roca, hay un arco que tiene grabada la silueta de un dragón con las alas extendidas, y juraría que sus ojos de piedra nos siguen mientras nos acercamos.
El aire que sale de la cueva es cálido.
—Esperad —susurro, levantando una mano para detener al grupo—. Hay Kobolds aquí. Puedo sentirlos.
—¿Kobolds? —repite Sabina, frunciendo el ceño—. ¿Cómo es posible? Pensaba que tu gente vivía en las profundidades, cerca del núcleo de Aishfara, no en el mundo humano
—En teoría sí —respondo, acercándome a la entrada con cautela—. Pero esto... esto es diferente. Es como si hubiesen estado aquí durante mucho tiempo. Siglos, quizá. Os juro que puedo sentirlo.
El calor me recuerda a los túneles de mi infancia, antes de que mi madre enfermase, antes de que Kaelisar irrumpiese en nuestras vidas como una auténtica maldición.
—Joder, qué mierda de calor, parece que estamos caminando por el interior de un volcán —protesta Nell, tratando de crear pequeñas corrientes de aire fresco que giran a nuestro alrededor.
—Técnicamente, eso es justo lo que hacemos —explica Sylara, acariciando las paredes—. Estos son tubos de lava antiguos, se formaron hace miles de años.
El túnel se bifurca, a continuación, se divide en tres, después en cinco. Es un laberinto de piedra negra y fuego que late en algún sitio. En condiciones normales, estaríamos perdidas, pero algo en mi esencia Kobold me guía, tira de mí hacia las profundidades como un imán hacia el norte.
—Por aquí —indico, eligiendo el túnel de la derecha sin dudar.
—¿Estás segura? —pregunta Amara, que ha permanecido extrañamente callada desde que entramos—. Porque puede que tú soportes muy bien el calor, pero las demás estamos a punto de morir deshidratadas.
—Estoy completamente segura. Puedo oler el humo, incluso escuchar el latido del fuego en sus forjas.
Descendemos durante lo que parecen horas, aunque probablemente son solo unos cuantos minutos.
El tiempo funciona de manera extraña aquí abajo.
Los túneles se vuelven más elaborados a medida que bajamos más.
Ya no son simples tubos de lava; alguien los ha trabajado, ampliado, decorado.
Hay nichos tallados en las paredes que contienen cristales que brillan con luz propia.
Pequeñas fuentes de lava controlada proporcionan iluminación y calor.
Y entonces, lo veo.
El túnel se abre de pronto a una caverna tan vasta que no consigo vislumbrar el otro extremo. Pero no es el tamaño lo que me quita el aliento. Es la ciudad.
Casas talladas directamente en la roca se elevan en terrazas imposibles. Puentes que cruzan ríos de lava que fluyen proporcionando luz y calor a toda la comunidad. Jardines de cristales rojos y naranjas. Y por todas partes, Kobolds. Cientos, viviendo sus vidas en este reino subterráneo oculto.
—No me jodas —susurra Nell a mi lado—. ¿Esto ha estado aquí todo el tiempo? ¿Tan cerca de la ciudad?
No puedo responder. Mi garganta se ha cerrado por el asombro. Es mi gente. Viviendo libres, ocultos, a salvo. Las lágrimas amenazan con escapar de mis ojos, pero las contengo. Los Kobolds no lloran. O al menos, no en público.
Un grupo de guardias grita y se acerca a nosotras, alzan unas enormes hachas de manera amenazante. Son altos, musculosos, con la piel en los diferentes tonos de marrón y negro que caracterizan a mi raza.
—¿Cómo habéis entrado aquí? —pregunta el que parece ser el líder, un Kobold con cicatrices de batalla que cruzan su rostro como un mapa de guerras pasadas—. ¿Cómo habéis encontrado este lugar?
Detrás de mí, Nell literalmente tiembla.
—Soy Althea, hija de Vesmara de las Profundidades del Sur —explico en nuestro idioma, dando un paso hacia ellos—. Estas son mis compañeras: Nell, elemental del Aire, Sabina del Agua, Sylara de la Tierra, y nuestra aliada Amara.
Los guardias intercambian una mirada de sorpresa, pero veo respeto en sus ojos cuando menciono a mi madre.
—¿Sois un Quad? —murmura uno de ellos—. Hace siglos que no se veía uno.
—Debemos llamar al Anciano Tyronicus —dice el líder tras reflexionar durante unos instantes, podría ser una trampa—. Él decidirá qué hacer con vosotras. Seguidme.
Nos guían a través de la ciudad, y no puedo evitar maravillarme con cada detalle.
Niños Kobold juegan en las calles, lanzándose pequeñas bolas de fuego como si fuesen pelotas.
Artesanos trabajan el metal en forjas al aire libre.
Mercaderes venden cristales que nunca he visto, alimentos que crecen sin luz solar, agua que de algún modo se mantiene fresca a pesar del calor en el ambiente.
—Es increíble —susurra Sabina, aunque noto que está sudando a pesar de sus intentos por mantenerse hidratada—. ¿Cómo es posible que nadie sepa que esto existe?
—Magia antigua —responde uno de los guardias, el más confiado—. Y necesidad. Cuando huyes del Rey loco, aprendes a esconderte muy bien.
—¿El Rey loco? —repite Nell, chasqueando la lengua—. Solo puede referirse a una persona. El puto psicópata de Kaelisar.
—El Anciano os espera —dice uno de los guardias, haciéndose a un lado.
Entramos en un pequeño templo y el interior me deja sin palabras. Las paredes están cubiertas de murales que representan la historia de mi pueblo: nuestra creación en el corazón del mundo, nuestra alianza con los primeros dragones, nuestra huida cuando Kaelisar tomó el poder en Aishfara.
Y al fondo, sentado en un trono de obsidiana pulida, está Tyronicus.
Es muy viejo, incluso para un Kobold. Su piel es negra como el carbón, surcada por venas que brillan como ríos de lava. Viste una túnica simple, pero cada uno de sus movimientos revela poder.
—Althea de las Profundidades del Sur —masculla—. He conocido a tu abuela, y a la abuela de tu abuela. Mujeres fuertes y leales. Veo que llevas su fuego.
Hago una reverencia de manera instintiva, un gesto de respeto que no hacía desde que era una niña.
—Anciano Tyronicus. Es un honor.
—Sois… sois un Quad vinculado —murmura con asombro, observándonos como si nos estuviese leyendo—. Puedo sentir los hilos de poder que os conectan, aunque el vínculo es aún muy joven, demasiado frágil.
Se acerca a nosotras y nos estudia con cautela.
—Elemental de Aire —dice, deteniéndose frente a Nell—. Salvaje, libre, imposible de contener. Sangre de reyes. Pero también perdida, buscando un hogar que nunca has tenido.
Nell traga saliva, pero no aparta la mirada.
—Me las apaño como puedo —responde, y hay un destello de aprobación en los ojos del anciano.
—Elemental de Agua —continúa, girándose hacia Sabina—. Adaptable y poderosa. Cargas con el dolor de tu hermana como si fuese tuyo.
Sabina aprieta los puños, aunque asiente.
—Elemental de Tierra —Sylara inclina ligeramente la cabeza cuando él la mira—. Antigua, paciente, muy sabia, pero con unas raíces que buscan venganza. La sangre de tu hermano clama justicia desde el suelo que la absorbió.
—Cada día —confirma Sylara con la voz serena.
—Y tú —se gira hacia Amara—. No eres parte del Quad, pero te has vinculado a ellas por elección. Dríade del bosque antiguo, he visto las visiones que te atormentan y el futuro que temes se acerca.
—Por eso estamos aquí —intervengo—. Buscamos el Espejo de Alétheia. Sabemos que está en estas cuevas.
Tyronicus ríe, pero niega con la cabeza.
—Por supuesto que lo buscáis. El Rey loco os ha enviado, ¿verdad? Kaelisar siempre fue demasiado predecible en su ambición, por eso un día le derrotaron.
—No nos ha enviado —aclara Nell—. Más bien se podría decir que nos está chantajeando. Tiene a la hermana de Sabina, envenenó a la madre de Althea, conoce a los asesinos del hermano de Sylara, y dice que mi padre está atrapado por su culpa. Es un cabrón integral, vamos.
—Ah, esa explicación suena más creíble —asiente el anciano—. Kaelisar Trothfinn, el gran traidor. ¿Sabéis por qué estamos aquí, viviendo en estas cuevas como topos sin poder regresar a nuestro hogar?
—Porque huisteis de él —respondo—. Lo he visto en los murales.
—Huimos, sí. Pero no solo de él. Huimos de lo que hizo. De lo que provocó —señala hacia los murales—. Hace quinientos años, Kaelisar no era un rey exiliado. Era el consejero del Rey Vaelron, el legítimo gobernante de Aishfara. Carismático, inteligente, poderoso. Todos confiaban en él.
Señala una sección del mural que muestra a un Fae con barba oscura susurrando al oído de otro con corona.
—Convenció a Vaelron de que el resto de razas éramos una amenaza.
Que nuestro poder crecía demasiado, que un día nos rebelaríamos.
Mentiras, por supuesto, pero Kaelisar siempre fue muy convincente.
El rey ordenó nuestra... reducción. Los Kobolds fuimos los primeros.
Una noche, sus soldados atacaron nuestras ciudades en las profundidades. Miles murieron.
Siento la rabia arder en mi pecho. Mi fuego responde, elevando la temperatura a nuestro alrededor.
—Los supervivientes huyeron —continúa—. Algunos a otros reinos, otros a lugares como este, ocultos entre mundos.
Cuando las otras razas se enteraron de la masacre, se unieron contra Vaelron.
La guerra duró décadas, el rey murió y el trono de Aishfara fue reclamado por un Quad como vosotras, aunque sin vínculo.
Al final, Kaelisar les traicionó también a ellos, intentó hacerse con el trono.
Fue derrotado y exiliado, pero el daño ya estaba hecho.
Los Kobold nunca más volvimos a confiar en los Fae.
Los reinos se fragmentaron. Y aquí estamos, siglos después, todavía escondiéndonos.
—Joder —murmura Nell—. O sea, que Kaelisar es incluso más hijo de puta de lo que pensábamos. ¿Hay algún nivel de cabrón que no haya alcanzado?
—Si existe ese nivel, estoy totalmente seguro de que está intentando llegar a él —responde Tyronicus con una sonrisa amarga—. Por eso el Espejo está aquí. Los antiguos sabían que algún día vendría a buscarlo. Lo protegieron con pruebas que solo un verdadero Quad vinculado puede superar.
—¿Por qué un Quad? —insiste Nell.
—Porque un Quad vinculado representa el equilibrio perfecto.
Los cuatro elementos en armonía. Es lo opuesto a la división y el caos que Kaelisar sembró.
Y lo único que podría derrotarle. Si él pudiese llegar aquí solo, si pudiese superar las pruebas sin ayuda, ya tendría el Espejo.
Pero no puede. Necesita un Quad, y ahora os tiene a vosotras. Engañadas, coaccionadas, pero os tiene.
—Pues se va a llevar una sorpresa —gruñe Nell—. No pienso entregarle una mierda a ese psicópata.
—Eres valiente, pero todavía ingenua, princesa Fae —suspira el anciano—. Kaelisar siempre tiene un plan dentro de otro plan. Es como un gran maestro de ajedrez. Si os ha enviado a buscar el Espejo es porque cree que al final cederéis.
—¿Hay algún modo de detenerle? —pregunto, aunque estoy casi segura de que me dirá que no existe.
—Como dije, solo un verdadero Quad vinculado puede detenerle, pero no uno débil e incipiente como el que tenéis ahora.
Se acerca a un altar que no había notado antes. Sobre él hay cuatro copas, cada una hecha de un material diferente: obsidiana para el fuego, cristal para el agua, madera petrificada para la tierra, y algo que parece ser nube solidificada para el aire.
—Existe un ritual —explica—. Es muy antiguo, anterior incluso a la fundación de Aishfara. Fortalecerá vuestro vínculo, aumentará vuestros poderes, os preparará para las pruebas que os esperan. Pero tiene un precio. Como todo en esta vida.
—¿Qué precio?
—Una vez realizado, el vínculo será irrompible.
Estaréis unidas hasta la muerte. Si una cae, todas lo sentiréis.
Será demasiado para vosotras, seguramente perderéis la cabeza de dolor hasta volveros locas.
Si una de vosotras traiciona al Quad, todas sufriréis.
Mucho. Es una unión profunda, más permanente que la sangre.
Miro a mis compañeras. Nell parece nerviosa pero decidida. Sabina juguetea con un mechón de su pelo, perdida en sus pensamientos. Sylara mantiene su típica calma élfica, pero veo en sus ojos que la decisión está ya tomada.
—¿Qué opináis? —pregunto.
—Ya estamos jodidas de todos modos —dice Nell con una media sonrisa—. Al menos así estaremos jodidas juntas. Por mí, adelante. Cualquier cosa que sirva para acabar con ese psicópata, estoy dentro.
—Poético —murmura Sabina, aunque sonríe—. Yo también me apunto.
—El vínculo ya existe —añade Sylara—. Esto solo lo hará más fuerte. Acepto.
Me giro hacia Tyronicus y asiento yo también.
—Muy bien —murmura el anciano, bajando la voz hasta convertirla prácticamente en un susurro—.
Pero primero, debéis entender algo. Las pruebas que protegen el Espejo no son simples obstáculos.
Son tests de verdad. Os mostrarán quiénes sois realmente, qué teméis y qué deseáis.
Muchos grandes guerreros han entrado en esos túneles.
Ninguno ha salido con el Espejo. La mayoría no ha salido en absoluto.