Capítulo 10
Nell
Cuando estamos todavía asimilando lo que acaba de ocurrir, un viento helado atraviesa de pronto el apartamento, y esta vez estoy segura de que no lo he creado yo.
Kaelisar se materializa ante nosotras con esa teatralidad que tanto le gusta y su silueta se recorta contra la luz del salón, proyectando una sombra antinatural.
—Vaya, vaya —murmura con esa voz que empieza a recordarme al susurro de las serpientes mientras clava la mirada en la Esfera de Emet—. Veo que mis pequeñas ladronas han tenido éxito una vez más. ¿Por qué no he sido notificado?
Sin pensarlo, las cuatro nos movemos al mismo tiempo. Es extraño, como si el vínculo del Quad que acabamos de activar nos guiase, creando un círculo protector alrededor del artefacto mágico.
Althea se coloca a mi izquierda y pequeñas chispas naranjas saltan entre los dedos de la Kobold. Sabina a la derecha y la humedad del aire se condensa a su alrededor. Sylara justo detrás, y juraría que las plantas de nuestro apartamento se inclinan hacia ella como soldados esperando órdenes.
—No te la vamos a dar —gruño, sintiendo cómo el aire responde a mi estado de ánimo, formando pequeños remolinos a mis pies.
Kaelisar arquea una ceja. Su primera reacción es de sorpresa absoluta, aunque a continuación, se forma en sus labios una sonrisa que me gustaría borrar de un puñetazo.
—¿No? Qué... inesperado —responde, dando un paso hacia nosotras.
El calor que emana Althea sube varios grados. Las gotas de agua que Sabina ha condensado comienzan a flotar como pequeñas esferas cristalinas. Las enredaderas de Sylara serpentean por el suelo, y yo... yo siento cada molécula de aire en la habitación, lista para convertirse en un arma.
—Fascinante —susurra el rey exiliado, aunque no parece asustado. Algo en su tono de voz me pone la piel de gallina—. El vínculo ya está formándose. Puedo olerlo en el aire, esa mezcla perfecta de los cuatro elementos. Exactamente como esperaba.
—¿Qué coño quieres? —espeta Althea, haciendo girar la piedra de obsidiana entre los dedos a tanta velocidad que apenas se puede ver.
—Althea, Althea, eres una de las Kobold más inteligentes que conozco, pero sigues siendo una Kobold, al fin y al cabo.
Piensa un poquito. ¿Qué crees que quiero?
Lo que siempre he querido. La Esfera, por supuesto.
Y más tarde, el Espejo de Alétheia —explica con calma, casi como si estuviese pidiendo un café con leche—.
Los tres artefactos reunidos bajo mi poder, tal como debe ser.
—Púdrete —ladro, dando un paso adelante—. Ya hemos hecho bastante por ti.
—¿De verdad? —Su voz se vuelve peligrosamente suave—. Sabina, ¿cómo está tu hermana Desi? Sigue creyendo que está locamente enamorada de mí, ¿sabes? Es adorable cómo susurra mi nombre cuando me la follo. La magia es algo maravilloso.
Sabina palidece, y siento a través del vínculo su dolor, atravesándola como una daga. El agua a su alrededor se agita con violencia.
—No te atrevas a hacerlo —sisea.
—¿O qué? —amenaza el rey exiliado.
Kaelisar se gira entonces hacia Althea.
—Tu madre sigue bien, ¿verdad? Sería una pena que la poción que le di tuviese... efectos secundarios inesperados. Los venenos de curación lenta son mi especialidad —añade con un guiño de ojo.
La Kobold se apoya sobre la mesa y su temperatura sube tanto que el cristal cruje. Tiembla de rabia, pero se contiene. Por poco.
—Sylara —continúa el muy cabrón, saboreando cada palabra—. Los asesinos de tu hermano Yelin. Tres elfos oscuros del clan Nightwhisper. Viven en una zona boscosa cerca de aquí, por si te interesa saberlo. Claro que sin los detalles específicos que solo yo conozco, nunca los encontrarás.
La elfa no dice nada, pero las plantas del apartamento se marchitan ligeramente, como si compartiesen su dolor.
—Y tú, mi querida Niletta —se gira hacia mí, y algo en su expresión me hiela la sangre—. ¿Te gustaría saber la verdad sobre tu padre? ¿Sobre por qué tu madre selló tus poderes? ¿Sobre qué eres en realidad?
—Me importa una mierda qué soy —miento, tratando de que mi voz no se quiebre—. No necesito nada de ti.
—¿No? ¿Ni siquiera quieres saber que tu padre sigue vivo?
¿No te interesa conocer que está atrapado en un reino del que no puede escapar porque yo mismo me encargué de ello?
Uy, sí, se me ha escapado. Yo no soy tu padre.
Te engañé. Verás, tengo cierta tendencia a mentir, no puedo evitarlo, aunque supongo que ya te lo han dicho tus amiguitas.
—No hace falta ser muy listo para saber que eres un mentiroso y un psicópata. No necesito que me lo diga nadie —protesto.
—En este caso, la verdad es mucho más útil como arma —responde, encogiéndose de hombros—. Waylon Goldhorn está muy vivo. Bueno, tan vivo como se puede estar después de tantos años de exilio en las Tierras Sombrías.
Siento las manos de Sylara en mis hombros, anclándome a la realidad. Sabina rodea mi muñeca con la mano, trata de tranquilizarme para que no le ataque y el calor de Althea a mi lado me reconforta. El vínculo del Quad pulsa con fuerza, y por un momento, me siento invencible.
—Una semana —anuncia de pronto Kaelisar—. Tenéis una semana para encontrar el Espejo de Alétheia y robarlo para mí. Si no lo hacéis...
No termina la frase. No hace falta. Conocemos perfectamente las consecuencias.
—¿Ya quieres llevarte la Esfera de Emet? —pregunta Sylara con esa calma élfica que a veces me saca de quicio.
Kaelisar sonríe. Una sonrisa que me revuelve el estómago. La he visto muchas veces en las calles más peligrosas de la ciudad. Es la sonrisa de un depredador jugando con su presa.
—¿Dónde estaría la diversión en eso? Además, quiero ver hasta dónde puede llegar vuestro pequeño Quad —añade, clavándome la mirada como si fuese algo personal—. Considéralo un experimento. Una semana, señoritas. Ni un día más.
Y entonces, tan rápido como apareció, se desvanece. Solo queda su olor, ese maldito aroma a sándalo que ahora asocio con el peligro, y el eco de sus amenazas.
—Hijo de la gran puta —gruño, dejándome caer en el sofá.
—Tenemos que encontrar ese espejo —murmura Sabina, frotándose las sienes—. No podemos dejar que haga daño a Desi.
—Ni a mi madre —añade Althea.
—Ni que los asesinos de Yelin queden impunes —susurra Sylara.
—Llama a Amara —propongo, señalando con la barbilla hacia la elfa—. Si de verdad quiere ayudar, es el momento adecuado para que lo demuestre.
***
Amara Venloran no es lo que esperaba. Cuando Sylara mencionó que era una dríade, me imaginé algo más... no sé, ¿grande? ¿arbóreo? Pero la mujer que entra en nuestro apartamento parece más una profesora universitaria o una investigadora que una guerrera.
—La Esfera de Emet —susurra nada más verla sobre la mesa—. La auténtica. Puedo sentir su poder desde aquí.
—¿Puedes...? —empiezo a preguntar, pero las palabras mueren en mi garganta.
Los ojos de Amara se vuelven de pronto completamente blancos. Su cuerpo se tensa. Durante varios segundos que parecen horas, permanece inmóvil. Luego, con un jadeo ahogado, vuelve en sí.
—Joder —masculla, tambaleándose y sujetándose a la mesa para no caer.
—¿Qué has visto? —pregunta Sylara, llevándola hacia el sofá.
—Cuevas —responde Amara, su voz todavía temblando—. Un sistema de cuevas en las afueras de la ciudad. Hacia el norte, donde el bosque se encuentra con las montañas. El Espejo está allí, pero...
—Mierda, siempre hay un pero —suspiro.
—Está protegido. Magia antigua, anterior incluso a los reinos Fae. Vi... guardianes. No sé exactamente qué son, pero no son amistosos, de eso estoy segura.
—¿Guardianes? —repite Sabina—. ¿Qué tipo de guardianes?
—Sombras con forma —explica la dríade, frotándose los ojos—. Criaturas hechas de oscuridad pura que se alimentan de la energía vital. Y hay algo más. Un acertijo, creo. Algo sobre “la verdad reflejada en tres”.
—Los tres artefactos —murmura Sylara—. Todos tienen que ver con la verdad. La Flecha de Veritas, la Esfera de Emet, el Espejo de Alétheia.
—¿Cuándo vamos? —pregunto, aunque por la cara que han puesto mis compañeras ya sé la respuesta.
—Esta misma noche —se apresura a responder la Kobold, recuperando una enorme hacha que cuelga de la pared—. Cuanto antes mejor.
—No tan rápido —advierte Sylara—. Si hay magia antigua protegiendo el Espejo, no podemos ir sin un plan.
Durante las siguientes dos horas, estudio algunos mapas y hechizos antiguos con Sylara y Amara, mientras Althea y Sabina preparan suficientes armas como para asaltar un castillo.
Sabina incluye varios recipientes llenos de agua, murmurando algo sobre “nunca te adentres en una cueva sin tu propio suministro”.
—Adelante —murmura Sylara, haciendo una seña hacia la puerta.