Oscuro linaje. Libro 2: La esfera de Emet Capítulo 8
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Capítulo 8

Sylara

Revuelvo con calma el café, sintiendo cómo el aire parece cambiar en el momento en el que Amara Venloran cruza la puerta.

—Sabía que volvería a verte —declara sin ni siquiera dar los buenos días, sentándose frente a mí—. La pregunta es si vienes como amiga o como enemiga.

Sus ojos verdes me estudian con una intensidad que me recuerda a un depredador evaluando a su presa. Hay algo primario en ella, algo que hace que mi magia élfica vibre. No es ninguno de los elementos, pero está ahí. Sin duda.

—Depende de si podemos confiar la una en la otra —respondo, dejando la taza sobre la mesa con cuidado.

—Confianza. Es un concepto interesante para alguien que ha estado mintiendo sobre su identidad desde el momento en que nos conocimos —comenta, inclinándose hacia delante y apoyando los codos sobre la mesa—. Dime, señorita Harrison... ¿o vas a decirme tu verdadero nombre?

Respiro hondo, consciente de que lo que voy a revelar podría cambiar muchas cosas.

—Hay algo sobre mí que debes saber antes de continuar o quizá ya lo sabes, pero quiero ser totalmente franca contigo —comienzo, apartando discretamente mi melena para revelar la punta de una de mis orejas—. No soy completamente humana.

—Elfa —murmura, más para sí misma que para mí—. Debería haberlo notado antes, aunque lo disimulas extremadamente bien. La forma en que te mueves, la cadencia de tu voz... He leído sobre tu pueblo en los textos antiguos, pero nunca pensé que conocería a una en persona.

—Los elfos preferimos mantenernos ocultos en este mundo —explico, trazando con la punta de los dedos pequeños patrones en la superficie de la mesa—. Pero estos son tiempos desesperados.

—¿Y tu nombre?

—Sylara —admito—. Y tienes razón, he estado mintiendo, no solo con el nombre, aunque no por las razones que tú crees.

—¿Ah, no? Entonces ilumíname, elfa.

—Primero tú. ¿Qué eres? Porque humana del todo tengo claro que no —exijo.

—Soy una dríade —confiesa con un suspiro.

Dríade. Eso explica la conexión primaria que siento con ella.

—Muy bien —prosigo, decidiendo que la verdad será mi mejor estrategia—. Soy parte de un grupo que busca artefactos mágicos peligrosos. Los protegemos de quienes podrían usarlos para dañar tanto al mundo humano como al sobrenatural.

—¿Y por eso robasteis la Esfera de Emet? La verdadera, quiero decir, porque la falsa que colocasteis en su lugar, también la robaron.

—¿Por qué supones que fuimos nosotras?

—Porque os vi escapar de la subasta —continúa, girando su taza entre las manos—. Y porque he estado intentando proteger esa Esfera durante meses. Sabía que tarde o temprano, alguien intentaría robarla —confiesa.

—¿Por qué la proteges?

Amara permanece en silencio durante varios segundos, como si estuviese ponderando cuánta de verdad me puede contar.

—Tuve una visión —confiesa al fin, dejando escapar un largo soplido—.

Un sueño, más bien. O una pesadilla, depende de cómo lo mires.

El caso es que se ha repetido varias veces.

Veo a un hombre utilizando la Esfera de Emet en algún tipo de ritual de invocación.

Hay figuras encapuchadas, círculos de poder, y un cielo que se abre para dejar paso a.

.. criaturas que no deberían existir en nuestro plano.

—¿Podrías describir a ese hombre? —inquiero, aunque no estoy muy segura de que quiero conocer la respuesta.

—Siempre es la misma figura. Alto, con barba, cabello negro con canas prematuras, ojos oscuros que brillan con un poder que no es de este mundo —describe, y mi estómago se contrae al reconocer la descripción de Kaelisar—.

Habla en una lengua antigua mientras la Esfera flota sobre un altar de piedra negra.

—¿Y qué ocurre después en tu visión? —insisto con cautela.

—De pronto, el cielo se rasga —reconoce, bajando la voz hasta convertirla nada más que en un susurro que apenas puede escucharse—. Las barreras entre los reinos se desmoronan. Criaturas de pesadilla inundan nuestro mundo. Muerte, destrucción. Y todo comienza con la Esfera.

Ahora empiezo a entender el plan. Al menos, una parte. Si las visiones de Amara son correctas, las intenciones de Kaelisar van mucho más allá de simplemente regresar a Aishfara. Está planeando destruir ambos mundos para más tarde reinar sobre el caos.

—Tenemos que hablar con total honestidad —explico, tomando sobre la marcha una decisión que podría condenarnos a todas—. Lo que te voy a contar puede ponerte en un grave peligro, pero creo que necesitas saberlo. A partir de ahí, tú decides qué hacer.

Durante los siguientes veinte minutos, le cuento la verdad.

Sobre Kaelisar, sobre las amenazas que mantiene sobre cada una de nosotras, sobre la búsqueda de los tres artefactos.

Omito únicamente los detalles sobre el Quad vinculado y la atracción que sentimos por Nell, algunos secretos son demasiado íntimos para compartir con una extraña.

Amara escucha en silencio y la expresión de su rostro se vuelve cada vez más sombría.

—Así que sois prisioneras —resume cuando termino de hablar—. Estáis obligadas a robar para un rey Fae exiliado que planea usar esos artefactos mágicos para regresar a su reino y vengarse. O quizá para destruir ambos mundos.

—Sí. En esencia, sí.

Se queda en silencio, tamborileando los dedos sobre la mesa.

—Necesitáis ayuda —dice de pronto, clavándome la mirada—. Y yo necesito asegurarme de que esos artefactos no caigan en las manos de ese psicópata.

—¿Qué propones?

—Una alianza —responde sin dudar—. Yo os ayudo a conseguir el tercer artefacto, y después encontramos un modo de mantenerlos alejados de Kaelisar de forma permanente.

—Es imposible. Tiene demasiado poder sobre nosotras —admito—. Y, no pretendo ofender, pero ni un ejército de dríades podría hacerle frente.

—No si los artefactos están en un lugar donde ni siquiera él pueda alcanzarlos —añade con una sonrisa misteriosa—. ¿Has oído hablar de la Sociedad Arcana?

Frunzo el ceño y niego lentamente con la cabeza.

—Es un departamento totalmente secreto dentro de un museo en Europa. Protegen artefactos sobrenaturales, los mantienen alejados de gente como Kaelisar. Tienen hechiceros de primer nivel, barreras mágicas que ni siquiera los Fae pueden atravesar.

—¿Estarías dispuesta a hacer un juramento mágico? —pregunto, aunque las palabras me duelen en cuanto salen de mi boca—. Un vínculo que nos obligue a ambas a cumplir nuestra palabra.

Amara entrecierra los ojos.

—¿Y tú? ¿Estarías dispuesta a hacerlo? ¿Conoces las consecuencias de romper un juramento élfico?

—Las conozco bien —confirmo, aunque el miedo que siento es mayor de lo que he experimentado en muchos años—. Pero también sé que es la única manera de asegurar una confianza mutua.

—¿Y si no puedes cumplir tu promesa por circunstancias que están fuera de tu control?

—Entonces sufriré las consecuencias —admito, extendiendo mi mano derecha sobre la mesa—. Pero creo que es lo correcto, si nos ayudas, vas a poner tu vida en un grave peligro. Tú necesitas saber que puedes fiarte de mí y yo de ti.

Amara me observa durante largos segundos, menea la cabeza mientras pone los ojos en blanco y coloca su mano sobre la mía.

—Muy bien, elfa. Sellemos nuestro pacto —expone.

La magia que fluye entre nosotras es distinta a cualquier cosa que haya experimentado. Mi poder élfico se entrelaza con su energía dríade, creando un vínculo que puedo sentir cómo se asienta lentamente en lo más profundo de mi ser.

—Juro por mi linaje élfico y por la tierra que me dio la vida —declaro entre susurros—, que haré todo lo posible para mantener esos artefactos alejados de quienes buscan usarlos para hacer daño, y que cuando todo termine, serán donados a quienes puedan protegerlos.

—Y yo juro por mi sangre dríade y por el bosque que corre por mis venas —responde Amara—, que te ayudaré a conseguir el tercer artefacto y a encontrar un lugar seguro para los tres, y que mantendré tus secretos y los de tus compañeras incluso si me cuesta la vida.

—Ya está sellado —suspiro, apretando ligeramente su mano.

—¿Y ahora qué?

—Ahora vuelvo con mi equipo y les explico que tenemos una nueva aliada —respondo, levantándome de la mesa—. Te avisaré en cuanto tengamos más información sobre el Espejo de Alétheia.

—Sylara —me detiene cuando estoy a punto de marcharme—. Ten cuidado, ¿vale? Lo que has hecho es muy noble, pero los juramentos élficos han destruido a muchos de tu especie a lo largo de los siglos.

—Lo sé —admito—. Algunas cosas merecen el riesgo.

—¿Incluso de morir por ellas?

—Incluso de morir por ellas —repito en voz baja.