Oscuro linaje. Libro 2: La esfera de Emet Capítulo 7
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Capítulo 7

Nell

Ha empezado a llover. No sé por qué me fijo en ese detalle, pero es que estoy literalmente temblando. Trato de recordarme a mí misma que no me falta experiencia, pero si lo que he escuchado de Sylara es cierto, esto puede ser muy diferente.

Se detiene al pie de la cama, me clava la mirada y rodea mi cuello con su mano derecha, apretando con el pulgar sobre mi yugular hasta que se me escapa un suspiro.

—¿Estás bien? —inquiere, esbozando una preciosa sonrisa.

—Perfectamente —miento.

—Tu pulso se ha disparado —dice inclinándose para susurrar a mi oído.

Prefiero no responder. En realidad, ni siquiera me da tiempo, porque cuela las manos por debajo de mi jersey y me lo quita junto a la camiseta. Sonríe, y pronto mi sujetador sigue el mismo camino.

—Eres preciosa —sisea, separándose ligeramente de mí para observarme.

Quiero decir algo, quizá hacer algún comentario simpático y ocurrente, pero no consigo formar una frase.

Se inclina de nuevo para besar mi clavícula, a continuación, el hueco de mi garganta.

Desliza la punta de la lengua por mi cuello y mi piel se carga de electricidad.

Mis rodillas amenazan con ceder en cualquier instante, y me pregunto a mí misma por qué me he quedado quieta cuando suelo ser muy activa en el sexo.

Me sujeto a su cintura temiendo perder el equilibrio, pero ella tan solo deja escapar una pequeña sonrisa antes de pedirme que coloque las manos detrás de mi espalda.

Acaricia con delicadeza la parte inferior de mis pechos, tan solo rozándolos con la punta de los dedos. A continuación, rodea mis pezones con los pulgares, sin llegar a tocarlos nunca del todo, y esa anticipación me vuelve loca.

Dejo escapar un sonido, mitad gemido y mitad súplica, hasta que al fin coloca un pezón entre sus labios. Lo chupa suavemente al principio, luego más fuerte, moviendo la lengua de un modo que me obliga a cerrar los muslos.

Cuando cambia al otro pezón, estoy ya a punto de tener un orgasmo.

Se arrodilla, trazando con los pulgares la línea de mi cintura antes de desabrochar el botón de mis pantalones vaqueros.

Me mira a los ojos, sonríe y baja la cremallera lentamente.

A continuación, tira hacia abajo de ellos junto con mis bragas y los deja a la altura de las rodillas.

Me los quito prácticamente temblando, en silencio, suspirando mientras Sylara desliza las manos por mis piernas, deteniéndose en la parte posterior de mis rodillas.

Acaricio su pelo mientras lame el interior de mi muslo, cerca de mi sexo, muy lento, para luego soplar sobre ese punto. El contraste consigue que se me escape un ligero gemido.

Besa el pliegue entre muslo y pelvis, cambia de lado, desliza la punta de la lengua arriba y abajo hasta que quiero gritar. Solo entonces separa mis piernas, aplana la lengua y lame mi sexo lentamente hasta llegar al clítoris.

Tengo que taparme la boca con una mano. El placer es tan intenso que es casi doloroso.

Me mira desde entre mis piernas.

—¿Seguro que estás bien? —ronronea, guiñando un ojo.

Solamente asiento con la cabeza.

Sylara sonríe y vuelve al trabajo. Roza mi clítoris con la punta de la lengua, a continuación, lame todo mi sexo desde abajo. Alterna entre lento y rápido, entre suavidad y presión, hasta que mis muslos comienzan a temblar y clavo las uñas en sus hombros para no caer.

Cuando intuye que estoy a punto de tener un orgasmo, se detiene, levantándose para besar mis senos antes de sujetarme la barbilla entre los dedos para que la mire.

—Todavía no —ordena, tumbándome sobre la cama.

Se quita la ropa, dejando al descubierto un cuerpo tan increíble que quiero besar cada centímetro de su piel, pero se coloca a horcajadas sobre mis caderas, inmovilizándome. No es solo belleza. Es perfección trabajada y refinada, peligrosa.

Se estira sobre mí, cubriéndome como una manta cálida, acariciando mis pechos con sus pezones, colocando la boca a milímetros de mi oído.

—Dime qué quieres —suspira, consiguiendo que se me ericen los pelos de la nuca.

—Cualquier cosa. Todo. Lo que tú quieras hacerme —jadeo.

Menea la cabeza, sonríe y pone los ojos en blanco. Se desliza sobre mi cuerpo, frotándose contra mi muslo, dejando un reguero de humedad mientras cuela una mano entre mis piernas para acariciarme.

Introduce un dedo en mi interior, luego otro, curvándolos hasta hacerme gritar, presionando en los lugares perfectos, con la presión justa, como si me hubiese hecho el amor en un millón de ocasiones.

Muerde mi barbilla, mi cuello, mi clavícula, y cuando siento sus dientes en mi hombro, tengo un orgasmo tan intenso que me deja temblando.

No se detiene del todo. Mantiene los dedos dentro de mí, y cuando ve que me calmo, los retira, besa mi frente y los mete en la boca para chuparlos.

—¿Cómo lo haces? —pregunto, tratando de recuperar la respiración—. Lo de la lengua de antes, necesito aprender a hacer eso —suspiro.

Me besa la frente, luego la sien, más tarde la punta de la nariz al tiempo que acaricia mi pómulo con el pulgar con un toque tan ligero que parece estar hecho con una pluma.

Cierro los ojos y me dejo mimar, espero que se tumbe a mi lado y me abrace, pero en vez de eso, se incorpora y coloca las piernas a ambos lados de mi cabeza, bajando lentamente como si quisiera darme tiempo a observar su sexo con detenimiento.

Aunque admirar sería una palabra más adecuada, porque es lo más perfecto que he visto jamás. Brilla de deseo y sigo tan excitada que estiro el cuello para besarlo.

—Ya sabes qué hacer —sisea.

Suspiro antes de lamerlo. Es suave, caliente, resbaladizo, delicioso.

Sylara se frota contra mi lengua, gime ahora con fuerza, sin importarle si Althea o Sabina nos escuchan.

Quizá queriendo que nos escuchen. Mueve las caderas al tiempo que se acaricia los pechos.

Me centro en su clítoris, rodeándolo con la lengua, chupándolo, lamiéndolo hasta que comienza a temblar.

Su orgasmo llega con un grito ahogado y todo su cuerpo se estremece. Su excitación gotea por mi barbilla mientras sigo lamiendo su entrepierna, clavando las uñas en su culo perfecto hasta que se desploma hacia delante, apoyando los brazos en el cabecero de la cama. Sonriendo satisfecha.

Cuando se tumba a mi lado, me acurruco contra su cuerpo, colocando la cabeza en su pecho mientras Sylara acaricia mi pelo. Durante unos minutos permanecemos en silencio, simplemente escuchando la respiración de la otra, disfrutando del momento.

—Eso fue... ni siquiera tengo palabras para describirlo —admito, besando su mejilla.

—Considéralo solo como los preliminares. El sexo de verdad viene ahora —ronronea, haciéndome temblar.