Oscuro linaje. Libro 2: La esfera de Emet Capítulo 6
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Capítulo 6

Nell

—¿Puedo tocar ese trasto? —inquiero en cuanto llegamos al apartamento y Sylara coloca la Esfera de Emet sobre la mesa.

De cerca, bajo la luz cálida del salón, el artefacto parece aún más impresionante.

No es grande, quizá del tamaño de una pelota de béisbol, pero siento desde aquí la energía que desprende.

La superficie dorada está cubierta de intrincados grabados que parecen contar algún tipo de historia en un idioma que no conozco.

O quizá es una maldición.

—Ten cuidado —advierte la elfa—. Nunca se sabe cómo van a reaccionar este tipo de artefactos cuando entran en contacto con la magia elemental.

Pero ya es tarde. La curiosidad me puede y, antes de que termine la frase, estoy recorriendo la Esfera con la punta de los dedos.

La energía se apodera de mí de una forma inmediata.

No es dolorosa, es más bien… reveladora…

a su manera, al menos. Las imágenes aparecen en mi mente con una claridad sorprendente, aunque no tengo ni idea de lo que significan.

Un templo antiguo, figuras encapuchadas realizando algún tipo de ritual mágico, el cielo abriéndose para acomodar dimensiones imposibles.

—Joder —suspiro, apartando la mano de golpe.

—¿Qué has visto? —pregunta la elfa, yo diría que preocupada.

—No lo sé —admito, encogiéndome de hombros—. Cosas que no entiendo ni he visto antes, pero algo me dice que este objeto es mucho más poderoso de lo que pensábamos.

Una a una, las demás también tocan la Esfera. Althea gruñe algo sobre “visiones confusas de fuego y metal”. Sabina describe “océanos que no deberían existir”. Sylara, por su parte, permanece en silencio tras el contacto, pero la preocupación en su mirada es más que evidente.

—Necesitamos entender qué hemos robado exactamente —murmura la elfa—. Y, sobre todo, conocer quién más lo busca.

—De eso quería hablaros —intervengo, dirigiéndome hacia la ventana que da al balcón—. Creo que deberíamos… ¡Joder!

Me detengo.

En la azotea del edificio frente a nosotras, hay una figura inmóvil. Simplemente observando nuestro apartamento. Su silueta se recorta contra el cielo nocturno, demasiado quieta para ser casual, demasiado enfocada para ser una coincidencia.

—Chicas —murmuro, sin apartar la vista de la figura—. Creo que tenemos compañía.

Las tres se acercan con rapidez a la ventana. Pero justo en el instante en que señalo hacia la azotea, la figura ha desaparecido.

—No hay nadie —protesta Sabina, frunciendo el ceño.

—Estaba ahí —insisto—. Alguien nos estaba vigilando desde esa azotea.

—¿Estás completamente segura? —gruñe Althea.

—Llevo escapando de la gente desde que puedo caminar —me quejo, sintiendo una inquietud que me pone la piel de gallina—.

Si te digo que había alguien, es porque había alguien.

Sea quien sea, sabe dónde vivimos. Y creo que también sabe lo que tenemos —añado, haciendo un gesto con la barbilla hacia la Esfera.

Sylara se aleja de la ventana y camina por el salón con esa gracia que me hipnotiza cada vez que la veo moverse. Son pasos silenciosos, fluidos, como si fuese una bailarina interpretando una antigua danza.

—Había una mujer la primera vez que visité esa mansión —suspira—. Amara, la sobrina de Cyrus Venloran. Tiene magia. No sé de qué tipo, pero la tiene.

—¿Estás segura de eso? —dice Sabina, alzando las cejas.

—Por completo.

—¿Ella detectó tu magia? —insiste la sirena.

—Probablemente.

—¿Crees que quiere robar la Esfera de Emet?

—Supongo que si hubiese querido robarla, ya lo habría hecho cuando estaba en casa de su tío —explica la elfa con calma—.

De todos modos, me pareció que no está nada de acuerdo con los métodos de Cyrus Venloran.

Parecía muy enfadada. Quizá sería conveniente hablar con ella, sobre todo si es la misma persona que ha visto Nell encaramada en el tejado.

—¿Te has vuelto loca, joder? —explota Althea, levantándose del sofá de un salto—. ¡No sabemos nada de ella! ¡Podría trabajar para Kaelisar, o para los Brightcrown, o para alguien incluso peor!

—Precisamente por eso debemos acercarnos a ella —insiste Sylara—.

Si tiene poderes mágicos y busca los mismos artefactos que nosotras, tarde o temprano nuestros caminos se van a cruzar.

Prefiero que sea según nuestros términos y que no nos pille de sorpresa.

De todos modos, ya os digo que convivió con esa Esfera seguramente años.

Si hubiese querido robarla para Kaelisar o para los Brightcrown, ya lo habría hecho.

—Es demasiado arriesgado —protesta la sirena.

—Bueno, ya. Todo lo que hacemos es arriesgado, ¿no? —replico—. Opino como la elfa. Tenemos que hablar con ella y ver qué habilidades tiene y, sobre todo, qué es lo que busca. Si es que busca algo, claro.

—¿Y si decide que somos una amenaza? —pregunta Althea, cruzando los brazos sobre el pecho de un modo que resalta sus músculos.

—Somos cuatro —les recuerdo, sin poder apartar los ojos de esos brazos.

Creo que Sylara lo nota, porque se detiene frente a mí, tapando mi visión y tan cerca que puedo oler su perfume, esa mezcla entre flores silvestres y tierra húmeda que me vuelve loca.

—Estoy de acuerdo con Nell —dice en voz baja, y simplemente cómo pronuncia mi nombre consigue que mi corazón se acelere.

—¿Y cómo propones que nos acerquemos a ella? —cuestiona Sabina pegándose a mí de manera casi posesiva.

—Yo me encargo —responde la elfa, acariciando la parte baja de mi espalda con una suavidad que convierte mis piernas en gelatina—. Puedo rastrearla.

Ha sido tan solo una caricia inocente. Bueno, no sé si inocente del todo, pero el roce de la punta de sus dedos en la piel que deja al descubierto mi vestido ha conseguido excitarme de una manera que no comprendo.

Y creo que las tres se han dado cuenta.

—¿Estás segura de que puedes encontrarla? —replico, tratando de que mi mente piense en otra cosa.

—Los elfos tenemos nuestros métodos —responde con una enigmática sonrisa antes de guiñar un ojo.

—Ya veo —suspiro.

—Esto se veía venir —gruñe Althea, pegando una patada al sillón y desplazándolo varios metros.

—Althea...

—Estoy bien —corta, girándose hacia mí con los ojos brillando como brasas—. Solo... necesito aire fresco, ¿vale? Preferiría que no me hables ahora —añade antes de salir al balcón y cerrar la puerta tras ella.

—Lleva muy mal los celos —explica Sylara.

—Creo que todas lo estamos llevando bastante mal ahora mismo. No sé cómo va a acabar esto —se queja Sabina, apartando la mirada antes de encerrarse en su dormitorio.

Tomo una gran cantidad de aire y lo dejo escapar lentamente. Todo este tema del Quad vinculado me está volviendo loca.

—Debe ser bastante confuso para ti, ¿verdad? —inquiere la elfa, cogiéndome la mano y rozando mis nudillos con el pulgar.

—No tienes ni idea cuánto —me quejo mientras dejo escapar un largo bufido de frustración.

—Tampoco es nada fácil para nosotras, ¿sabes? —susurra, deslizando el reverso de su mano por mi mejilla—. El vínculo crece con más fuerza día a día. Todas lo sentimos cada vez que estamos cerca de ti.

—Yo no soy así, Sylara. Todo lo contrario. Ahora, siento algo por las tres y no puede ser. Os estaría traicionando. Lo malo es que ni siquiera podría elegir solamente a una, aunque quisiera.

—No tienes por qué hacerlo —propone, pasando el dedo pulgar por mis labios y haciéndome suspirar—.

Es más, lo ideal es que no lo hagas. De eso se trata precisamente.

Por eso funcionan los Quads vinculados. Son excepcionalmente raros porque es una atracción real hacia varias personas al mismo tiempo.

Es inevitable, Nell. Luchar contra ello tan solo nos causará dolor a todas.

—¿Y qué sugieres que haga? ¿Que folle con las tres y ya está?

Sylara deja escapar una pequeña carcajada y menea la cabeza divertida, poniendo los ojos en blanco.

—No se trata solo de eso, es mucho más profundo. De todos modos, si te apetece, pienso que no deberías resistirte —propone, y el modo en que me estremezco al escuchar sus palabras no es normal.

—No me ayudas nada, ¿eh? —replico.

—Intento ser honesta contigo. Y conmigo misma.

Se inclina ligeramente hacia mí y coloca su frente sobre la mía, acariciando mi pómulo con la punta de los dedos y rozándome lentamente con la punta de la nariz.

—¿Qué sientes cuando te toco? —susurra.

—Me siento… me siento completa —admito con un suspiro—. Como si hubiese estado buscando algo toda mi vida sin saber qué era y lo acabase de encontrar.

—Exacto —murmura, rozando sus labios con los míos sin llegar a besarme del todo—. Eso es el vínculo. Eso es lo que hace que un Quad auténtico sea tan poderoso... y tan peligroso. Si todo funciona bien, todos nuestros poderes podrían complementarse y aumentar de manera exponencial.

—¿Lo de estar a punto de tener un orgasmo sin que me hayas hecho nada también forma parte del proceso?

—Cada persona reacciona de una forma distinta —susurra a mi oído antes de besarme tras el lóbulo de la oreja.

—Pues te funciona muy bien —confieso, cerrando los ojos y sintiendo cómo mi respiración se vuelve errática—. Althea mencionó algo sobre tus habilidades en… en la cama —agrego, cerrando las piernas con fuerza.

—¿Althea dijo eso? —inquiere con sorpresa.

—Algo así.

—¿Ya lo has hecho con ella?

—Bueno, llegó a colar una mano por debajo de mis bragas en la tienda donde compramos el vestido, pero se detuvo cuando entraron en el probador de al lado —reconozco.

—Así que soy la última —bromea, aunque no es un reproche.

—¿Qué te hace pensar que lo haré contigo? —protesto, aunque mi voz no es más que un suspiro.

—Ven a mi dormitorio —sisea antes de besarme en la frente.