Oscuro linaje. Libro 2: La esfera de Emet Capítulo 5
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Capítulo 5

Sabina

—Estás preciosa esta noche —susurro al oído de Nell mientras caminamos de la mano por la mansión.

La Kobold tenía razón, el vestido que eligió para ella le queda tan bien como una segunda piel y el maquillaje que Sylara aplicó, puso el toque de perfección.

Y, aun así, son esos ojos heterocromáticos los que me vuelven absolutamente loca.

Uno azul, como el océano del que provengo.

El otro gris como la tormenta que se avecina.

—Tú tampoco estás nada mal, Natasha —responde con un guiño de ojo, usando mi identidad falsa—. Aunque lo cierto es que te prefiero sin ropa —añade, mordiéndose el labio inferior.

Mierda.

—Concéntrate, Sabina —me recuerdo a mí misma, pero es imposible ignorar cada roce de su cadera, o su risa… o el tacto de su piel.

Y ahí está el problema. No soy solo yo. Todos la miran. Hombres y mujeres por igual la desnudan con la mirada y debo reprimir el impulso de usar mis poderes para hacérselo pagar a alguno de ellos. Y si yo estoy muerta de celos… Althea está a punto de arrancar la cabeza de alguien.

Un hombre mayor con traje de Armani se acerca a nosotras con una copa de champán en cada mano, que nos ofrece con una amplia sonrisa.

—Señoritas, permítanme presentarme. Marco Antonelli, coleccionista privado —saluda con un acento italiano muy marcado—. Hay piezas magníficas en la subasta de esta noche, ¿no creen?

Me parece un intento patético de iniciar una conversación cuando se ve a kilómetros que lo único que pretende es ligar con Nell.

—Absolutamente magníficas —confirmo, deslizando mi brazo alrededor de la cintura de Nell y atrayéndola hacia mí de un modo quizá demasiado posesivo—. Mi esposa tiene un gusto excelente para las antigüedades.

—¿Esposa? —repite Antonelli, alzando una ceja—. Qué afortunada. Es una mujer extraordinariamente bella.

Ver cómo sus ojos recorren el cuerpo de Nell consigue que empiece a perder el control y pequeñas gotas de condensación se forman en mi copa de champán.

—Disculpe —interrumpo, cogiendo la mano de Nell y apretándola con fuerza—. Necesito hablar con mi esposa en privado.

Tiro de ella y prácticamente la arrastro por el pasillo, buscando de manera desesperada algún lugar en el que podamos estar a solas.

—¿Se puede saber dónde coño vamos? —protesta confusa.

—Necesito estar a solas contigo —admito, empujándola dentro del baño.

Las dos mujeres que están retocando su maquillaje frente al espejo sonríen y se hacen una seña antes de salir entre risas, pero no me importa lo más mínimo. Simplemente, abro la puerta del último cubículo y la empujo contra la pared.

—Sabina, ¿qué demonios haces...?

—Shhh —digo en voz baja, haciéndola callar con un beso.

No es un beso romántico, ni siquiera lo consideraría bueno. Es… desesperado, supongo. Vierto en él toda mi frustración, todo mi deseo, todos los celos que me crea saber que tendré que compartirla con Althea y la elfa. Saco mi lado más posesivo, pero no puedo evitarlo.

Levanto su vestido y cuelo una mano por debajo de sus bragas, deslizo los dedos entre sus piernas, mientras Nell me mira con una expresión que está a medio camino entre el enfado y el deseo.

—Chupa —ordeno, llevando mis dedos mojados a su boca.

Duda por un brevísimo instante, tan solo una fracción de segundo en la que estoy completamente segura de que me va a cruzar la cara de un tortazo, pero finalmente envuelve mis dedos con sus labios, los rodea con la lengua y los suaves gemidos que se le escapan me parecen lo más sensual que recuerdo.

—Tócate para mí —suspira cuando termina de chupar mis dedos.

Es consciente de que es ella quien realmente tiene el control, no yo. Sabe que haré cualquier cosa que me pida, que no podré resistirme. Y estoy casi segura de que empieza a comprender que también puede tener el mismo efecto en Althea y Sylara si se lo propone.

Me levanto el vestido por encima de la cintura y bajo las bragas hasta las rodillas. Dibujo pequeños círculos sobre mi clítoris, sin poder apartar la mirada de los ojos de Nell, que se muerde el labio inferior con deseo mientras me observa.

Gimo al deslizar dos dedos en mi interior. Su respiración se vuelve errática, y el chapoteo de mis dedos al entrar y salir es lo único que rompe el silencio.

—No pares —susurra a mi oído, antes de morder el lóbulo de mi oreja.

Mis gemidos se vuelven más urgentes, más desesperados a medida que me acerco al orgasmo. El simple hecho de que sea ella quien me lo ha pedido, que me esté mirando mientras lo hago, me excita mucho más de lo que estoy dispuesta a admitir.

—Estoy a punto de … —reconozco, cerrando los ojos para concentrarme en las sensaciones.

—¿Dónde coño os habéis metido? —escucho de pronto por los auriculares—. La subasta va a empezar y no os veo por ningún lado.

Me quedo helada, mis dedos todavía dentro de mí mientras Nell deja escapar un largo soplido de frustración y pone los ojos en blanco.

—Mierda —mascullo entre dientes.

—Esa elfa tiene un don para aparecer siempre en el peor momento, pero esto no se va a quedar así, pienso terminarlo en cuanto podamos estar a solas —me asegura, cogiéndome la mano para chupar mis dedos de nuevo.

—Ya vamos —gruño en el micrófono—. Dame treinta segundos, Nell necesitaba ir al baño.

—No tenemos treinta segundos —se queja Sylara—. La Esfera sale en el primer lote. Y no te voy a preguntar por qué tienes la respiración entrecortada —agrega con un gruñido.

Con prisas, revisamos torpemente los vestidos y el maquillaje y regresamos al salón principal justo cuando el subastador empieza a hablar por el micrófono.

—Damas y caballeros, bienvenidos a esta extraordinaria subasta nocturna. Comenzaremos con una pieza verdaderamente excepcional.

Los asistentes toman asiento en las sillas dispuestas frente al estrado. Nell y yo nos colocamos en tercera fila, lo suficientemente adelantadas como para observar perfectamente los objetos, pero también lo suficientemente atrás como para no llamar la atención.

—Lote número uno —anuncia el subastador—.

La Esfera de Emet, una pieza extraordinaria del período helenístico, con inscripciones en hebreo antiguo.

La leyenda cuenta que tiene propiedades mágicas, aunque, como es lógico, nunca ha llegado a probarse —bromea, consiguiendo una educada carcajada en varios de los invitados.

Ahí está. Dorada, perfecta, pulsando con una energía mágica que solo nosotras podemos percibir. Los símbolos hebreos grabados en la superficie parecen moverse bajo las luces de un modo casi hipnótico.

—Es hermosa —suspira Nell, apretando mi brazo.

—La puja comienza en doscientos mil dólares —anuncia el subastador.

Varias manos se alzan de inmediato.

—Doscientos cincuenta mil.

—Trescientos mil.

—Trescientos cincuenta mil.

Espero, observando el ritmo de las pujas. Se supone que debemos mantener un perfil bajo, esperar hasta el final y hacer una oferta razonable.

Pero entonces veo a Antonelli demasiado interesado.

—Cuatrocientos mil —ofrece con una sonrisa confiada.

Algo se retuerce en mi interior. Hace poco más de quince minutos evaluaba a Nell como si fuese mercancía y ahora quiere llevarse también la Esfera.

—Quinientos mil —gruño, alzando la mano con más fuerza de la necesaria.

Nell me mira con los ojos muy abiertos.

—¿Qué coño haces? —susurra, tratando de disimular como si tan solo quisiera darme un beso en la mejilla—. Se supone que debemos mantener un perfil bajo.

—Seiscientos mil —grita Antonelli desde el otro lado del salón.

—Un millón —chillo, y el salón entero se queda completamente en silencio.

—¡Sabina! —sisea Nell—. ¿Qué estás haciendo? Kaelisar nos va a matar.

—Un millón doscientos mil —contraataca Antonelli, claramente molesto.

—Dos millones —respondo sin dudar.

Los murmullos llenan la sala mientras Nell se lleva una mano a la frente.

—Sabina, eres gilipollas —me advierte Sylara por el auricular—. Estás llamando demasiado la atención.

Justo en ese instante, todas las luces se apagan.

En el interior del salón, se hace una oscuridad absoluta, repentina, desconcertante. Los gritos de pánico no tardan en aparecer al tiempo que los invitados se levantan y chocan entre ellos al intentar salir de la sala.

—No te separes de mí —grito, sujetando con fuerza la mano de Nell.

—Luces de emergencia activándose —anuncia una voz mecánica.

Unas luces rojas y tenues bañan el lugar en un resplandor siniestro. No sirven para mucho, quizá para no chocar, pero es casi imposible saber quién es quién hasta que los tienes justo delante de ti.

—¡Mantengan la calma! —grita alguien desde el estrado.

—¡Quieren robarnos! —chilla una mujer, causando aún más pánico entre los presentes.

—Sylara, ¿qué está pasando? —pregunto a través de nuestro sistema de comunicación interna.

—No lo sé —responde algo tensa, y eso ya es raro en ella—. Algo va mal. Esto no estaba en los planes. Dudo mucho que haya sido un accidente, creo que alguien más pretende llevarse la Esfera.

De repente, las alarmas del edificio comienzan a sonar. Luces rojas parpadean por todo el salón y una voz mecánica anuncia:

—Atención. Todos los invitados deben permanecer en sus ubicaciones actuales hasta que llegue la seguridad —ordena alguien por megafonía.

—Joder —mascullo entre dientes—. Sylara tiene razón. Alguien intenta robar la Esfera.

De pronto, todo se llena de guardias de seguridad con linternas que bloquean las salidas y empiezan a moverse entre los invitados.

—Tengo la suficiente experiencia en robos como para saber que hay que largarse de aquí ahora mismo —propone Nell, tirando de mi mano.

—Primero la Esfera de Emet —le recuerdo.

Aprovechamos la confusión para deslizarnos entre la multitud. Unos gritan, otros sujetan sus carteras o discuten con algún miembro de seguridad, intentando salir de aquí. En la penumbra roja, nadie puede vernos con claridad.

—¡Me cago en la puta, joder! —gruñe Nell al llegar al lugar en el que estaba la Esfera—. No está.

—Kaelisar nos matará a las cuatro —murmuro, negando lentamente con la cabeza.

—Ya, bueno, quedarse aquí no es una opción mucho mejor. Hay que largarse —me recuerda Nell, tirando de mí hacia la salida mientras empuja con un golpe de aire a uno de los guardias que la cubre.

Corremos sin rumbo, hasta que de pronto vemos un coche que se acerca a nosotras. Estamos jodidas.

—¡Subid! —ordena Althea.

Nos lanzamos al asiento trasero justo cuando las sirenas de policía comienzan a sonar en la distancia.

—¡Arranca! —grito.

La Kobold pisa el acelerador y salimos disparadas hacia una entrada secundaria, alejándonos del caos que hemos dejado atrás.

—¡Joder! —exploto, golpeando el asiento con la palma de la mano—. ¡Alguien nos ha jodido bien! ¡La Esfera no estaba!

—¡Y todo por culpa de tu espectáculo de pujas! —me grita Nell—. ¿En qué coño estabas pensando? Has llamado la atención de todo el mundo.

—¡Ya vale las dos! —interrumpe Sylara desde el asiento del copiloto—. Si en vez de estar follando en los baños hubieseis estado trabajando, habría sido todo más fácil.

—¿De qué coño hablas, imbécil…? —protesto enfadada, aunque de inmediato me quedo de piedra. La Esfera de Emet descansa en el regazo de la elfa.

—Cambié la real por una falsificación antes de que empezase la subasta, cuando vosotras dos os lo estabais pasando bien en el baño —explica con calma—.

La que estaba expuesta era una réplica perfecta, incluso le añadí un poco de magia para que pareciese real por si había más seres sobrenaturales que pudiesen sentirlo.

—Así que quien haya robado la falsa —añade Althea con una enorme sonrisa—, se va a llevar una desagradable sorpresa cuando descubra que es una imitación.

Nell y yo nos miramos atónitas.

—¡Puf, sois brillantes! —grita Nell—. Os necesito en mi banda cuando toda esta mierda con Kaelisar se termine.