Capítulo 4
Althea
Cuando regresamos al apartamento, encontramos a Sylara y Sabina revisando los planos de la mansión de Venloran.
—¿Habéis encontrado algo bonito? —pregunta Sabina, levantando la vista de los documentos.
—El vestido perfecto —se apresura a responder Nell, quizá demasiado rápido, y no me ha gustado nada cómo ha evitado mi mirada.
—¿Y zapatos? —inquiere Sylara—. Necesitará poder moverse rápido si algo sale mal.
—Tacones de cinco centímetros con correas al tobillo —explico—. Elegantes pero funcionales.
—Bien. Ahora necesitamos trabajar en su historia personal y en algunas pinceladas de protocolo social —añade la elfa, señalando con el dedo hacia una silla frente a ella—. Siéntate, Nell. Vamos a repasar cómo comportarse en una subasta de alto nivel.
Durante la siguiente hora, perfeccionamos la identidad de Nell como la rica heredera de un magnate del petróleo de Texas, recién divorciada y con demasiado dinero y poco que hacer con su vida.
Tiene que parecer que gasta dinero en antigüedades casi por aburrimiento.
El problema es que ha crecido en las calles y le queda mucho trabajo que hacer, tanto en los gestos, como en la forma de hablar.
Incluso cómo debe sostener una copa de champán para que parezca creíble.
—Recuerda —instruye Sabina—, eres nueva en esto. Te gusta el arte, pero no eres ninguna experta. Deben pensar que lo haces más por dejar claro a los demás que tienes mucho dinero. Haz preguntas, muestra interés, pero no reveles conocimientos demasiado específicos.
—¿Y si alguien me pregunta algo sobre la industria del petróleo? —continúa Nell, algo preocupada.
—Di que prefieres no hablar de negocios en eventos sociales —respondo—. Es perfectamente aceptable para alguien de tu supuesta posición. Además, de eso se encargaba tu padre, tú nunca te interesaste por las empresas, solo por gastar el dinero.
—¿Qué pasa si me separan de Sabina por algún motivo? —pregunta Nell, mirando a la sirena.
—Improvisa, pero no veo ninguna razón por la que eso podría ocurrir.
—Hablando de esas cosas —interrumpe Sylara—, ya sabemos que vuestra química como pareja no hace falta desarrollarla más, pero ¿habéis ensayado lo de bailar? Porque en esta subasta habrá una orquesta y es posible que en algún momento tengáis que hacerlo. Debe salir de modo natural.
Otra vez con la mierda esa. La idea de ver a Nell y Sabina como pareja, fingiendo estar muy enamoradas, o ni siquiera fingiendo, consigue que se me revuelva el estómago.
Durante los siguientes treinta minutos, debo observar cómo bailan frente a nosotras demasiado acarameladas. Con la cabeza de Nell colocada en el hombro de Sabina, y cada vez que la sirena le besa el cuello, me dan ganas de levantarme y tirarla por el balcón.
—Los celos no te favorecen, Kobold —agrega Sylara con un guiño de ojo.
—Ya, mira quién fue a hablar. Esto no va a funcionar. Te juro que terminaré matando a la sirena antes de que acabe la misión —gruño, obligándome a apartar la mirada.
—Está siendo duro también para mí —reconoce la elfa en un susurro.
En el centro del salón, Sabina hace girar a Nell y la atrae de vuelta hacia su cuerpo. Están tan cerca que apenas hay espacio entre ellas, y puedo ver cómo los ojos de Nell se enfocan en los labios de Sabina. Y, cuando se besan, ya es demasiado para mí.
—Necesito aire fresco —anuncio con un gruñido, levantándome del sillón con brusquedad.
—Althea —llama Nell, deteniéndose en medio del vals.
—Tú sigue practicando, que se os da muy bien fingir lo de estar muy enamoradas —respondo sin mirar atrás.
Nada más salir al balcón, me apoyo en la barandilla y tomo una gran cantidad de aire en un intento por calmarme. De mis dedos saltan pequeñas chispas, señal de que empiezo a perder el control y es mejor estar sola.
Apenas dos minutos más tarde, escucho unos pasos casi tímidos detrás de mí.
—¿Estás bien? —pregunta Nell.
—Perfectamente.
—Pues no lo parece. ¿Quieres hablar de lo que está ocurriendo? —inquiere, colocándose junto a mí y apoyando ella también las manos en la barandilla.
—¿Qué quieres que diga? —me quejo, girándome hacia ella para clavarle la mirada—. ¿Que no puedo dejar de pensar en besarte? ¿Que verte con Sabina me está volviendo loca de celos?
—Quizá sería un buen comienzo —admite con una sonrisa.
—Escucha, Nell, esto empieza a ser muy complicado —confieso, acercándome ligeramente.
—Lo sé —dice, colocando una mano en mi mejilla y acariciando mi pómulo con su dedo pulgar—. Para mí tampoco está siendo nada fácil.
Sin poder evitarlo, me inclino hacia la palma de su mano de manera instintiva.
—¿Y Sabina? —suspiro.
—¿Qué pasa con ella?
—Bueno, está claro que entre vosotras dos… y además, anoche…
—Anoche estuvo muy bien —me interrumpe—. Pero estar contigo también lo está. Diferente, pero muy bueno.
—No sientes que estás… no sé, ¿engañando a alguien?
Pequeñas chispas saltan de mis dedos cada vez que recuerdo los gemidos de Nell en el dormitorio de la sirena. Eran tan suaves, tan íntimos, tan jodidamente perfectos, que me entraron ganas de prenderle fuego a todo el edificio.
Para mi sorpresa, Nell niega con la cabeza.
—Mira, no puedo seguir fingiendo que no me importa, porque no es así —añado, haciendo girar la obsidiana entre mis dedos con más velocidad—. Cada vez que te veo con ella, tengo que contenerme para no tirarla por la ventana.
En sus labios se dibuja una sonrisa triste.
—Estoy muy confusa —confiesa, apoyando la cabeza en mi hombro—. Toda mi vida he sido muy fiel en mis relaciones. Una chica cada vez, sin complicaciones. Pero esto... esto no es una relación, ¿verdad? Es que no sé ni lo que es.
—Yo tampoco lo sé —admito, besando su pelo.
—Lo que pasó con Sabina fue... intenso —continúa—. Pero contigo siento algo. Y con Sylara también. Es como si mi cuerpo respondiese a vosotras de maneras que no puedo controlar. Y te juro que me está matando, Althea.
—Te hace sentir culpable —murmuro.
—Sí —suspira—. Hace un momento me preguntaste si no pensaba que estaba engañando a alguien.
Y a veces pienso que no, que es inevitable por toda esa mierda que me habéis contado del Quad vinculado.
Otras veces, es como si os estuviese traicionando a todas a la vez.
Como si no pudiese ser fiel a ninguna de vosotras porque os quiero a las tres y me siento una jodida egoísta. Esto es… es horrible, de verdad.
—Nell, mírame —siseo, colocando los dedos en su barbilla para que gire la cabeza—. No es traición. Es el vínculo del Quad.
—Es que no puedo estar segura de eso —reconoce.
—Los Quads vinculados son extremadamente raros, pero han existido antes —explico, deslizando mi pulgar por su mejilla—.
Cuando cuatro elementales de diferentes tipos forman una conexión, la atracción es inevitable.
No es algo que puedas controlar o elegir.
Simplemente... sucede. No nos estás engañando ni traicionando. Es que no puedes evitarlo.
—Eso sería la explicación fácil, ¿no? Muy conveniente para mí. Me quieres decir que no necesito elegir, ¿que os puedo tener a las tres?
—Estoy diciendo que tienes toda la elección del mundo —corrijo—.
Pero la atracción, esa conexión que sientes.
.. eso es real. Tan real como mi fuego o tu control del aire.
Y al mismo tiempo inevitable. Lo que hagas con ella, hasta qué punto te dejes llevar…
Eso no lo podemos saber todavía, pero es tu decisión.
Nell cierra los ojos, como si intentase procesar la información.
—¿Y vosotras? También lo sentís, supongo.
—¿Tú qué crees? ¿Piensas que estaría aquí fuera muriéndome de celos si no sintiese nada?
—¿También Sylara?
—También, pero se controla mejor que yo —reconozco.
—Pero, si es inevitable, ¿por qué duele tanto? —susurra—. ¿Por qué me siento como si estuviese destrozando algo cada vez que toco a una de vosotras?
—Porque las primeras fases de un Quad vinculado son muy complicadas —respondo con una sonrisa amarga—. En la antigüedad, hubo casos de Quads que terminaron en peleas a muerte por los celos.
—Genial —bufa—. ¿Estás diciendo que vais a acabar matándoos por mi culpa?
—Espero que no. Pero no te voy a mentir, Nell. Esto va a ser difícil para todas. Escucharte gemir en el dormitorio de Sabina, saber que Sylara también te desea... es una tortura.
—¿Y qué hacemos? —insiste, alzando las cejas—. ¿Cómo se supone que solucionamos todo esto sin hacernos daño?
—Ojalá lo supiese —admito, acariciando la parte baja de su espalda—. Solo sé que cuando estoy a solas contigo, todo lo demás desaparece. Los celos, la confusión, el miedo... solo existes tú.
—Althea…
—Y sé que cuando pases la noche con Sylara —continúo, bajando la voz hasta convertirla en un susurro—, cualquier comparación será inútil. No habrás probado nunca nada igual. Y lo digo por experiencia.
Nell abre los ojos de golpe y se pone roja.
—¿Ella y tú...?
—Durante un tiempo —confirmo—. Los elfos... disponen de siglos para perfeccionar técnicas que nosotras ni siquiera podemos imaginar.
Nell traga saliva sorprendida.
—Ahora mismo no me estás ayudando nada de nada a que aclare las ideas, lo sabes, ¿verdad?
—No intento ayudarte —admito, acercándome hasta que nuestros labios están a centímetros de distancia—.
Intento ser honesta. Contigo y conmigo misma, porque sé lo que va a ocurrir.
Nell, si te beso ahora —susurro, y nuestros labios están tan cerca que siento su aliento en mi boca—, ¿te sentirás culpable mañana?
—Probablemente —responde encogiéndose de hombros—. Pero estoy segura de que también me sentiré culpable si no lo haces.
—Entonces estamos jodidas de todas formas —murmuro, cerrando la distancia entre nosotras.
Y, mierda, ese beso es diferente a cualquier cosa que haya experimentado antes.
Es tan perfecto que no encuentro palabras para describirlo.
Es solo un beso, pero mi excitación está por las nubes, y cada vez que su lengua encuentra la mía, cada vez que recorre el interior de mis labios, siento que estoy flotando.
—Joder —jadea contra mi boca—. ¿Cómo es posible que sea tan increíble con vosotras?
—Porque somos diferentes elementos —explico, mordiendo ligeramente su barbilla—. El fuego y el aire se complementan de maneras que el agua y el aire no pueden. Y la tierra... mierda, no quiero ni pensar en lo que Sylara puede hacerte sentir.
Nell se aparta ligeramente y sus ojos brillan con una mezcla entre deseo y confusión.
—Esto es una jodida locura —susurra—. Todo esto. El vínculo, los sentimientos, la magia... es demasiado para mí.
—Lo sé. Pero lo único que podemos hacer es decidir cómo manejarlo.
—¿Y cómo crees que deberíamos hacerlo?
—Ojalá lo supiese —respondo, dejando escapar un soplido—. Pero creo que lo mejor es ser totalmente abiertas. Sin secretos, sin mentiras. Nada de esconderse. Los celos van a estar ahí de todos modos, pero al menos no añadiremos traición a la mezcla.
Nell asiente lentamente con la cabeza.
—¿Y si decido acostarme con las tres?
—Entonces tendremos que encontrar la manera de lidiar con eso también —respondo, aunque cada palabra que sale de mi boca me duele—. Porque perderte por celos sería mucho peor que compartirte.
—Es que no quiero haceros daño a ninguna —susurra—. Pero tampoco puedo fingir que no siento nada. Es una atracción mucho más intensa de lo que jamás he sentido y me está destrozando. Sentir que os hago daño, me consume.
—Solo... dale tiempo. Al vínculo, a nosotras, a ti misma. A veces las cosas se resuelven solas. O eso espero.
—Esta noche —anuncia antes de besarme de nuevo—, voy a dormir sola.
—¿Estás segura?
—No —admite—. Quiero que me hagas el amor hasta el amanecer, quiero sentir el calor de tu piel sobre mi cuerpo desnudo. Pero creo que es lo correcto. Al menos por esta noche.
Asiento, respetando su decisión, aunque cada parte de mí grite que quiero llevarla a la cama y hacer que se olvide de que existen Sabina y Sylara.
—Buenas noches, entonces —suspiro, cerrando los ojos al besarla por última vez, como si quisiera grabar a fuego en mi memoria la suavidad de sus labios.