Oscuro linaje. Libro 2: La esfera de Emet Capítulo 3
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Capítulo 3

Althea

—Joder, odio esto —gruñe Nell, sosteniendo un vestido de cóctel negro frente a su cuerpo—. ¿Por qué siempre tengo que ser yo la que se pone estos malditos vestidos? ¿No se pueden robar cosas mágicas sin estar en algún tipo de gala?

—Te vas a hacer pasar por una heredera multimillonaria, no puedes presentarte con pantalones vaqueros —le explico, prácticamente arrancando el vestido de sus manos y colgándolo de vuelta en el perchero—. Ese te hace parecer una viuda. Necesitamos algo más sugerente.

La temperatura de mi cuerpo ha subido ya un par de grados simplemente viendo cómo elige vestidos. Si entro con ella en el probador para ayudarla, creo que causaré un incendio.

—¿Por qué no puede ser Sylara la que haga de acompañante rica esta vez? —protesta Nell, apartando un mechón rubio que tapa uno de sus ojos—. Ella tiene esa elegancia natural de elfa. Le quedaría mucho mejor que a mí —añade.

—Sylara estará ocupada hackeando los sistemas de seguridad —le recuerdo, seleccionando un vestido azul medianoche y sacándolo de la percha—. Pruébate este.

La verdad es que ver a Nell del brazo de Sabina de nuevo es una idea que me revuelve el estómago de un modo que prefiero no analizar, porque sé que la sirena aprovechará cada ocasión para besarla.

—¿No es demasiado... revelador?

—Es perfecto —confirmo, empujándola suavemente hacia los probadores y colándome tras ella—. Confía en mí.

Lo bueno de las boutiques exclusivas es que los probadores son mucho más grandes que en las tiendas normales, aunque en el momento en que Nell empieza a quitarse la ropa y se queda en bragas y sujetador, preferiría no haber entrado, porque no puedo apartar los ojos de su cuerpo.

—¿Me ayudas con la cremallera? —pregunta, sosteniéndose el vestido contra el pecho.

Me coloco detrás de ella para hacerlo, pero lo que de verdad quiero es deslizar el vestido y quitárselo de nuevo. Sobre todo, al observar que cada vez que rozo los nudillos contra la piel de su espalda, se le erizan los pelos de la nuca.

—Ya está —susurro, pero no me aparto.

—¿Tu temperatura está hoy más alta?

—Es posible —admito, aunque prefiero no explicarle el motivo.

—¿Qué opinas? —pregunta, girándose hacia mí.

—Perfecto —suspiro.

Nell frunce el ceño, señalando al escote.

—Ese vestido se lleva sin sujetador. Lo digo para el día de la fiesta. Tiene copas incorporadas.

—¿Es una manera de decirme que tengo las tetas pequeñas? —bromea, bajando ligeramente el vestido para quitarse el sujetador y probárselo de nuevo sin él.

—Tus tetas son absolutamente perfectas —suelto sin pensar.

—Podrías disimular un poco, ¿sabes? —ironiza, alzando las cejas.

Empiezo a disculparme, pero Nell se mira en el espejo y sus siguientes palabras me matan por dentro.

—¿Crees que a Sabina le gustará? —pregunta de manera casual, pero su tono de voz me hace querer destrozar el espejo a puñetazos.

—¿Tanto te importa lo que piense Sabina? —gruño, quizá con más brusquedad de la que pretendía.

—Bueno, a mí no… en el fondo va a ser mi pareja para la noche —explica, evitando mi mirada—. Solo lo digo por eso.

—Créeme, estás preciosa —susurro, acercándome a ella y colocando una mano en su cintura.

Mierda, estoy perdida. Su respiración se hace más fuerte. Mi temperatura corporal vuelve a subir y ver cómo el cuerpo de Nell responde, inclinándose de manera instintiva hacia mí, no ayuda.

—Althea —suspira, entreabriendo los labios.

No respondo con palabras, solo deslizo el reverso de mi mano por su mejilla mientras ella se inclina hacia mi caricia.

—¿Puedo? —pregunto, inclinándome hacia ella antes de besarla.

—Si no lo haces, me sentiría muy decepcionada —bromea, poniéndose de puntillas y rodeando mi cuello con los brazos.

Y el momento es perfecto. Sus labios son suaves, cálidos, desliza la punta de la lengua por el contorno de los míos, apagando pequeños gemidos contra mi boca que consiguen que mis piernas tiemblen.

El beso se hace más profundo mientras permito que el vestido resbale por sus hombros hasta su cintura, dejando sus pechos al descubierto.

—Joder —susurra contra mis labios cuando acaricio con la punta de los dedos sus pezones.

—¿Está bien? —pregunto de nuevo antes de continuar.

—Sí —jadea, enredando una mano en mi melena—. Y deja de preguntar de una vez —añade, tirando de mi pelo mientras cuela la otra mano por debajo de mi camiseta.

Arquea ligeramente la espalda, empujando sus pechos contra mi mano al tiempo que siento cómo sus pezones se endurecen y un nuevo gemido se escapa de su garganta.

Mi autocontrol se desmorona. La beso con más urgencia, con mucha más necesidad, dejando salir al exterior toda la tensión sexual que he estado conteniendo durante estos últimos días. Los gemidos que se le escapan cuando mis dedos se deslizan por la humedad entre sus piernas me hacen temblar.

—Esto de que tu temperatura sea un poco más alta está muy bien —ronronea, empezando a desabrochar mis pantalones.

Cuela su mano por debajo de mis bragas y justo en ese instante, unas voces en el probador de al lado consiguen que nos detengamos de inmediato.

—Mierda, joder —suspira, intentando recuperar la respiración mientras su mano continúa sobre mi sexo.

—No me lo puedo creer —protesto, negando con la cabeza antes de colocar mi frente sobre la suya.

—Quizá deberíamos... —comienza Nell.

—Parar, sí —reconozco—. Pero siempre acabo lo que empiezo.

—Eso espero, Kobold, porque no me puedes dejar así —añade, señalando con el dedo índice hacia su sexo.