Oscuro linaje. Libro 2: La esfera de Emet Capítulo 2
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Capítulo 2

Sylara

—Buenos días —canturrea Sabina mientras entra en el salón con una sonrisa que refleja lo bien que se lo ha pasado esta noche.

Nell aparece tras de ella, su cabello rubio todavía revuelto y una expresión de satisfacción en su rostro que me revuelve el estómago. Lleva puesta una de las camisetas de Sabina, demasiado grande para ella, demasiado fina como para ocultar sus pezones.

—Parece que alguien ha dormido muy bien —gruño al tiempo que coloco los platos en la mesa, aunque soy consciente de que mi tono de voz ha sido más cortante de lo que pretendía.

Nell se detiene junto a la mesa y me pregunta si puede ayudar, pero justo cuando estoy a punto de responder, Sabina se acerca a ella por detrás, rodeando su cintura y besando su cuello de un modo tan íntimo que debo apartar la mirada.

—Dormimos... un poco —responde la medio Fae con una sonrisa, inclinándose hacia atrás contra el cuerpo de la sirena.

Dejo mi taza de té sobre la mesa con más fuerza de la necesaria. Althea alza una ceja y me dedica una mirada que dice claramente “cálmate” sin necesidad de palabras.

—¿Café? —ofrece la Kobold, levantándose de la mesa—. Parece que alguien lo necesita esta mañana.

—Los elfos no necesitamos cafeína para funcionar —replico, acariciando de manera instintiva la pequeña bolsa de tierra que cuelga de mi cinturón.

—No, pero tú parece que sí necesitas lecciones sobre cómo disimular los celos —murmura al pasar junto a mí, lo suficientemente bajo como para que solo yo pueda oírla.

Le lanzo una mirada asesina, pero ella simplemente sonríe y entra en la cocina. La sigo y observo que unas pequeñas chispas saltan de sus dedos mientras hace girar su piedra de obsidiana, señal de que a ella también le está afectando.

—Se supone que los elfos sois capaces de controlar muy bien vuestras emociones —comenta cuando me coloco a su lado—. Se te nota demasiado.

—Intento luchar contra lo que siento —admito en voz baja, observando cómo Nell y Sabina continúan besándose—. Pero en estos momentos solo me apetece matar a esa sirena.

—Ya, bienvenida al club —suspira Althea, sirviendo el café en cuatro tazas—. Creo que todas estamos muy jodidas. Pero sabíamos que esto es algo que podría ocurrir durante la primera fase del vínculo.

—Pues como esto siga así, no llegaremos a la segunda fase, porque tarde o temprano alguien va a abandonar el mundo de los vivos —protesto.

Justo en ese instante, Nell se gira hacia nosotras, con una tostada a medio camino de su boca.

—¿De qué estáis hablando con esa cara tan seria?

—De nada importante —me apresuro a responder, forzando una sonrisa—. ¿Estáis listas para hablar de trabajo?

Sabina frunce el ceño, supongo que captando la tensión en el ambiente, pero no dice nada. En su lugar, se sienta junto a Nell en el sofá, lo suficientemente cerca para que sus piernas se toquen. Como si quisiera restregarnos que es con ella con quien se está acostando y no con nosotras.

Respiro hondo y dejo escapar un largo soplido que me permita concentrarme en la misión. Es más fácil que lidiar con el nudo que se me forma en el estómago cada vez que las veo juntas.

—Kaelisar se puso en contacto conmigo anoche —anuncio, sacando mi tablet y colocándola sobre la mesa—. Tenemos información sobre el segundo artefacto.

La pantalla muestra la página web de Venloran Auctions, una casa de subastas tan exclusiva que la mayoría de la gente ni siquiera sabe que existe.

—La Esfera de Emet —explico, señalando la imagen de una esfera dorada cubierta de símbolos hebreos—. Se subastará pasado mañana en la galería privada de Cyrus Venloran.

—Joder —sisea Nell, dejando su tostada—. ¿El multimillonario ese que vive como un ermitaño en su mansión llena de obras de arte, muchas de ellas robadas?

—El mismo —confirmo—. Es conocido por su colección de antigüedades místicas. La mayoría no tiene ningún tipo de poder, y las pocas que de verdad lo tienen, como la Esfera de Emet, ese hombre probablemente ni siquiera sabe que lo tienen, porque si no, no las estaría subastando.

Althea se inclina sobre la mesa para examinar la pantalla más de cerca.

—La seguridad será un infierno, mucho peor aún que con la flecha —gruñe—. Ese tipo tiene más sistemas de protección que Fort Knox.

—Por eso necesitamos un reconocimiento previo —explico, deslizando el dedo por la pantalla para mostrar más información—. He conseguido una cita esta tarde para tasar algunas de sus obras de arte menores. Me haré pasar por una especialista en antigüedades.

—¿Vas sola? —pregunta Sabina, y hay algo en su tono que me hace mirarla con más atención.

—Es la forma más segura. Al menos, la que levanta menos sospechas.

Al escucharme, Nell se endereza en el sofá, apartándose ligeramente de Sabina.

—No me gusta que vayas sola. ¿Qué pasa si ese hombre tiene algún tipo de trampa mágica como la piedra aquella que anuló nuestros poderes? ¿Y por qué Kaelisar no puja directamente y la compra en la subasta? Seguro que puede fabricar dinero o robar un montón de bancos o algo así.

—Kaelisar prefiere no exponerse a eventos tan públicos, para él es más fácil usarnos a nosotras como peones, por si algo sale mal.

Además, puedo cuidarme sola —respondo, quizá con más frialdad de la necesaria—.

Los elfos hemos estado infiltrándonos en territorio enemigo durante miles de años. Es parte de nuestra naturaleza.

—No lo dudamos —interviene Althea—. Pero este tipo es diferente. He oído rumores sobre él. Dicen que parte de sus artefactos místicos funcionan de verdad y tiene detectores de magia tan avanzados que pueden distinguir entre diferentes tipos de seres sobrenaturales.

—Entonces será mejor que sea muy buena fingiendo ser humana, ¿verdad? —replico, levantándome del sofá—. La cita es a las dos. Debería prepararme.

***

Tres horas más tarde, estoy de pie frente a las puertas de hierro forjado de la mansión Venloran, vestida con un traje pantalón negro sin ninguna personalidad.

El edificio parece sacado de una pesadilla gótica. Torres puntiagudas se elevan hacia el cielo, y unas enormes gárgolas de piedra me observan desde cada esquina.

—Señorita Harrison —me saluda un mayordomo vestido de negro en la entrada—. El señor Venloran la está esperando en la biblioteca.

Me guía por unos pasillos que parecen no tener fin, repletos de tapices antiguos y objetos de todo tipo, algunos de ellos, claramente no pertenecen a este mundo.

Una máscara de jade que parece seguirme con la mirada, una daga que zumba con energía mágica, un espejo que refleja mis orejas puntiagudas a pesar de tenerlas escondidas. Este lugar es peligroso.

—Impresionante colección —comento, tratando de distraer al mayordomo.

—El señor Venloran ha dedicado su vida a preservar estos tesoros —responde con orgullo—. Muchos consideran que es el coleccionista privado más importante del mundo occidental.

Llegamos a una biblioteca que debe tener al menos tres pisos de altura, con estanterías repletas de libros que se extienden hasta el techo.

Cyrus Venloran está de pie junto a una mesa en la que varios artefactos están colocados para mi tasación.

Es más joven de lo que esperaba, quizás cuarenta años, con cabello prematuramente canoso y ojos que parecen demasiado viejos para su rostro.

Es extraño que su fotografía nunca aparezca en ninguna publicación.

Puedo sentir la Esfera de Emet en algún lugar del piso superior, su energía es enorme, como un latido constante contra mi conciencia. Pero hay algo más, algo que me pone nerviosa.

—Esta tablilla cuneiforme es fascinante —disimulo, fingiendo estar muy interesada en la superficie grabada—. ¿Puedo preguntarle dónde la adquirió?

—Me la regaló un... un comerciante privado —responde vagamente—. Aunque me temo que los detalles de la transacción deben permanecer confidenciales.

Traducción: la robé o se la compré a alguien que la robó. Lo típico.

De pronto, alguien alza la voz, abriendo de golpe la puerta de la biblioteca.

—¡No puedes seguir haciendo esto, tío Cyrus! —grita una chica joven—. ¡Estos objetos pertenecen a museos, no puedes venderlos en una subasta!

Cyrus suspira y sacude la cabeza.

—Mi sobrina —explica—. Una joven muy apasionada, pero lamentablemente, demasiado idealista.

La chica se detiene de golpe al verme, quizá avergonzada de haber alzado la voz frente a una completa extraña.

—Señorita Harrison —interrumpe Cyrus con voz tensa—, le presento a mi sobrina, Amara Venloran.

Hay algo en ella, algo que hace que mi magia se agite de manera inusual. No es completamente humana, eso está claro, pero no puedo identificar exactamente qué es.

Ella me observa de un modo extraño, como si se estuviese haciendo exactamente la misma pregunta.

—Disculpa —dice de pronto—. ¿Eres una tasadora independiente o trabajas para mi tío?

La pregunta me pilla por sorpresa.

—Soy completamente independiente —respondo, tratando de mantener un tono profesional.

Su gesto cambia de inmediato, como si acabase de decidir algo importante.

—Entonces, tal vez te interese saber que al menos tres de los objetos en esa mesa son robados.

—¡Amara! —gruñe Cyrus—. Ya es suficiente.

Puedo sentir algún tipo de poder emanando de ella, algo que hace que las plantas de la biblioteca se agiten ligeramente. Pero no es magia de tierra como la mía. Es algo diferente, algo más... primordial.

—Señorita Harrison —interviene el millonario, claramente incómodo—. Quizás deberíamos continuar con la tasación en otro momento.

Asiento lentamente con la cabeza y sonrío, tratando de restar importancia a la irrupción de la joven, que sigue cada uno de mis movimientos.

—Espero que nuestros caminos se crucen de nuevo, señorita Harrison —se despide cuando paso a su lado.