Oscuro linaje. Libro 2: La esfera de Emet Capítulo 1
4%
Oscuro linaje. Libro 2: La esfera de Emet

Oscuro linaje. Libro 2: La esfera de Emet

Por Clara Ann Simons

© inepub.com

Capítulo 1

Nell

Tres semanas sin dormir bien, entrenando sin parar por si el rey loco decide hacernos otra visita.

El viento crepita entre mis dedos, se enrosca en mis muñecas, trepa por mis antebrazos como si tuviese voluntad propia. Concentro toda la energía en un solo punto, aprieto los dientes y lanzo la esfera de aire comprimido contra el tronco del árbol que Sylara ha marcado como objetivo.

El impacto arranca la corteza. Hojas secas vuelan en todas las direcciones. Bien. Eso ha estado bien. Hace tres semanas no habría acertado ni al suelo.

—Mejor, mucho mejor —admite la elfa, aunque su tono de voz sugiere que aún me queda mucho por aprender—. Pero sigues conteniendo el poder en vez de canalizarlo. El aire quiere fluir, se niega a ser atrapado —añade.

Con ella siempre hay una segunda parte. Te alaba primero para, a continuación, señalar los errores. Supongo que funciona mejor que con Althea, que simplemente me escupe los fallos o bien me ataca para hacer una demostración práctica de ellos.

Me limpio el sudor de la frente con el dorso de la mano y dejo escapar un soplido de resignación.

Llevamos tres horas entrenando en este bosque y me duelen músculos que ni siquiera sabía que existían.

Tres semanas haciendo esto. Tres semanas desde que Kaelisar nos ordenó que buscásemos la Esfera y el Espejo.

Desde la llamada de Desi. Desde el mensaje.

Desde aquella noche en la que ninguna durmió y yo me quedé mirando por la ventana, preguntándome quién coño era mi madre en realidad.

Todavía no tengo una respuesta. Pero al menos ahora puedo lanzar bolas de aire sin desmayarme.

Un progreso increíble, como puede verse.

—Es como tratar de detener un huracán con un paraguas —protesto, dejándome caer sobre la hierba húmeda—. Cada vez que intento controlarlo, se vuelve más salvaje.

Sylara se tumba a mi lado. Su hombro roza el mío y todo mi cuerpo reacciona sin que pueda evitarlo.

No es magia, o quizá sí lo es. Desde que el vínculo empezó a formarse, cada roce con cualquiera de ellas me enciende la piel.

Sabina me lo explicó una noche: la atracción del Quad es inevitable, va creciendo hasta que deja de ser solo atracción.

Lo que no me explicó es cómo se supone que debo gestionar querer besar a tres mujeres a la vez sin sentirme como una egoísta de mierda.

—Ningún elemento quiere ser controlado —explica, haciendo brotar unas pequeñas flores junto a mí—. Por eso debes fluir con él. Es como bailar con una pareja que conoce los pasos mejor que tú.

Sabina permanece sentada junto a un pequeño estanque, con los pies descalzos sumergidos en el agua.

Por suerte, lo de hacer crecer la cola al tocar el agua es algo voluntario.

Lo que no me gusta nada es la rivalidad que ahora tienen ella y Sylara.

Cada vez que la elfa me toca, Sabina chapotea.

Cada vez que Sabina me busca con la mirada, Sylara se vuelve más rígida.

Althea me advirtió que pasaría en las primeras fases del vínculo, lo que no me dijo es que iba a ser tan jodidamente incómodo.

—Creo que lo intentas demasiado —advierte Sabina desde el estanque, trazando en el agua círculos con los dedos de los pies—. Piensa en un río. El agua que llega de los manantiales no lucha contra la corriente. Se convierte en la corriente.

—Ya, todas habláis muy bonito, como si esto fuese fácil. A vosotras os han enseñado desde niñas. Con maestros que dominaban vuestro propio elemento. A mí me va a explotar la cabeza en cualquier momento.

—Tu magia ha estado sellada durante años. Supongo que ahora que está libre, quiere compensar todo ese tiempo perdido —me tranquiliza Sylara, colocando su cabeza junto a la mía en el suelo.

Sabina chapotea varias veces en el estanque. Qué sorpresa.

No puedo evitar sonreír. A mi alrededor percibo cada corriente de aire, incluso cada pequeña variación en la presión atmosférica. Es un sentido completamente nuevo, uno que debería haber tenido toda mi vida si mi madre no lo hubiese sellado.

A veces, por las noches, me tumbo en la cama y simplemente siento el aire del apartamento.

La respiración de Sabina en su habitación, el calor que irradia Althea incluso dormida, la quietud de Sylara, que puede llegar a ser tan silenciosa que, si no fuese por la diminuta corriente de aire que desplaza al respirar, pensaría que no existe.

Y entonces pienso en Kaelisar. En lo que nos espera. En la Esfera y el Espejo. En que mi madre quizá no era humana. En que todo lo que creía saber sobre mi vida podría ser una enorme mentira.

Y se me pasa la sonrisa.

—¿Creéis que algún día seré capaz de hacer las cosas que describe el libro?

—Hay muy pocos elementales de cualquier disciplina que puedan dominar todo su potencial —explica Sabina, salpicando agua en nuestra dirección—.

Yo no me preocuparía por eso, sino por aprender a controlar el aire en situaciones de mucho estrés.

Y para eso debes aprender a fluir, no a luchar contra tu elemento.

Pasamos el resto de la tarde practicando.

Sylara me enseña a sentir las diferencias sutiles en las corrientes de aire.

Cuando llega, Althea me muestra cómo liberar energía de manera controlada, mientras Sabina se entretiene creando formas complejas con el agua del estanque que me dejan con la boca abierta y me distraen demasiado.

Al atardecer, regresamos al apartamento.

Me he acostumbrado tanto a estar con ellas que casi se siente como mi hogar.

Paso más tiempo aquí que en el mío propio.

Mi cepillo de dientes está junto a los suyos en el baño, Althea compra el café que me gusta sin que yo se lo pida, y Sylara siempre deja un libro cerca “por si quiero leer antes de dormir”.

Son detalles pequeños. Estúpidos. Y cada uno me derrite un poco.

Porque si esto sale mal, no solo pierdo a tres compañeras de misión. Pierdo a tres mujeres de las que me estoy enamorando y también pierdo un hogar. Y, de esos, ya he perdido demasiados.

—¿Tienes hambre? —susurra Sabina a mi lado cuando las demás desaparecen por el pasillo para ducharse—. Conozco un restaurante italiano cerca del puerto donde preparan las mejores pizzas de la ciudad. Podríamos... podríamos ir solas, si quieres.

—¿Me estás pidiendo una cita? —bromeo, alzando las cejas, aunque espero que la respuesta sea afirmativa.

—Tal vez. ¿Dirías que sí si fuese una cita?

—Tal vez —respondo, imitando su tono.

***

El restaurante es perfecto. Pequeño, íntimo, con velas colocadas sobre manteles a cuadros rojos y blancos. El aroma a albahaca fresca y ajo es lo primero que notas al abrir la puerta. Hasta tiene un violinista que toca en directo.

—¿Cómo conocías este lugar?

—Solía venir aquí con Desi cuando... —su voz se apaga al recordar a su hermana y una sombra de tristeza cruza su rostro—. Bueno, antes de que Kaelisar se la llevase.

Extiendo la mano por encima de la mesa para acariciar la suya, apretándola ligeramente.

—La recuperaremos —le aseguro, rozando sus nudillos con el pulgar—. Encontraremos la manera de sacarla de ahí, sea como sea.

—¿Y si ella no quiere? —susurra con los ojos ligeramente humedecidos—. ¿Y si realmente cree que está enamorada de ese monstruo?

—Entonces le demostraremos que no lo está.

Sabina sonríe y gira la mano para entrelazar nuestros dedos.

—¿Sabes una cosa? —suspira, inclinándose ligeramente hacia mí—. Desde que te conocí, mi control sobre el agua ha mejorado un montón.

—¿Lo dices en serio? —inquiero sorprendida—. Porque yo os iba a preguntar precisamente sobre eso. Cuando estáis cerca las tres, es mucho más fácil acceder a mi magia que si estoy sola. Se siente más natural —confieso.

—Es el vínculo del Quad —murmura, trazando pequeños círculos sobre el dorso de mi mano con su dedo índice—. Está creciendo, nos guste o no.

—¿Quieres decir que, me guste o no, acabaré en la cama contigo? —bromeo con un guiño de ojo.

—El vínculo no se trata de eso, pero…

Por desgracia, el camarero elige ese preciso instante para llegar con nuestros platos e interrumpe la conversación. Aun así, apenas me fijo en lo que coloca sobre la mesa, estoy demasiado distraída por la mirada de Sabina, como si yo fuese algo que debe proteger.

—Nell —dice de pronto, bajando la voz hasta convertirla nada más que en un susurro—. ¿Te asusta esto? Lo que podría ocurrir entre nosotras cuatro, quiero decir.

—Un poco —admito, tomando un largo sorbo de vino como si eso pudiese aportarme la suficiente valentía como para seguir con la conversación—.

Y creo que más que “lo que podría ocurrir”, ya está ocurriendo.

Me siento atraída por las tres. Puede que contigo esté un poco más avanzado, pero empiezo a sentir algo intenso por ellas y es una sensación demasiado extraña.

No porque no me guste, a ver, en el fondo podría estar muy bien, pero nunca había sentido nada así antes, no con esta intensidad. Y no por tres personas a la vez.

—Creo que a todas nos asusta un poco —confiesa, llevando mi mano a sus labios para besarme los nudillos con una suavidad que me hace temblar.

Es un gesto tan tierno, tan íntimo, que siento como si el aire a mi alrededor se llenase de electricidad, incluso ligeras corrientes comienzan a formarse cerca de nuestra mesa, haciendo que las velas parpadeen.

—Creo que es mejor que paguemos la cuenta —sugiere Sabina con una sonrisa divertida—. Antes de que apagues todas las velas del restaurante.

El camino de vuelta al apartamento se convierte en una sucesión de paradas. En cada esquina, en cada portal, nos detenemos para besarnos. Sus labios aún mantienen el sabor del vino tinto que bebimos en la cena y cada beso es más apasionado que el anterior.

—Deberíamos... —comienzo, pero ella me silencia con sus labios, empujándome contra la pared de un callejón.

—¿Deberíamos qué? —murmura contra mi boca mientras cuela una mano por debajo de mi camiseta.

—Llegar al apartamento al menos —consigo decir, aunque en realidad no quiero que se detenga, incluso si estamos en medio de la calle.

Ya en la casa, me lleva de la mano hacia su habitación y cierra la puerta sin hacer ruido.

Su dormitorio es como un rincón del océano trasladado a tierra firme.

Conchas y corales adornan las estanterías, y un acuario enorme ocupa toda una pared mientras sus habitantes nadan tranquilamente bajo una tenue luz azul.

—Es precioso —suspiro.

—Tú eres preciosa —susurra a mi oído mientras tira hacia arriba de mi camiseta para quitármela.

—Joder, Sabina —gimo contra sus labios al sentir que cuela los dedos por debajo de mi sujetador.

Ni siquiera puedo seguir hablando, porque antes de que me dé cuenta, mis pantalones caen al suelo, seguidos de los suyos, y tira de mi mano para llevarme a la cama.

—Nell —suspira, quitándome la ropa interior para dejarme totalmente desnuda.