Oscuro destino (Pactos oscuros 1) Capítulo 34 ArushaJavier
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Capítulo 34 ArushaJavier

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L as calles de Arusha están llenas de vida, una cacofonía de sonidos, colores y movimientos que, en cualquier otra situación, podrían ser reconfortantes.

No ahora. No con tanto en juego. Miro a mi alrededor, atento a cualquier señal de peligro mientras nos adentramos en la ciudad.

Cada sombra, cada mirada, podría esconder una amenaza.

Elena camina a mi lado, sosteniendo al niño que ahora parece más alerta, aunque aún débil.

Su pequeña figura está envuelta en una manta que conseguimos en el camino, intentando protegerlo del ajetreo que lo rodea.

El contraste entre la calma de la ciudad y el caos de nuestra huida es abrumador, pero no podemos permitirnos un momento de descanso. No hasta que encontremos a Makena.

—¿Cómo lo encontraremos? —pregunta Elena, su voz es baja y suena cargada de preocupación—. No conocemos a nadie aquí y no sabemos en quién confiar.

—Tenemos una pista —respondo—. Un nombre y un lugar donde empezar. Eso es más de lo que teníamos antes.

Makena. Ese nombre ha sido mi faro desde que dejamos el campamento.

Según el jefe de la guerrilla, él es quien tiene las respuestas que necesito.

Pero también sé que encontrarlo no será fácil.

Arusha es una ciudad llena de rincones oscuros, y aquellos que trabajan en las sombras no suelen ser fáciles de localizar.

Nos dirigimos hacia un mercado bullicioso, lleno de puestos que venden de todo, desde frutas frescas hasta objetos artesanales. Es un lugar donde la gente se mezcla, donde es fácil perderse entre la multitud. Y donde también es fácil ocultarse.

Nos movemos a través del mercado, manteniendo un perfil bajo mientras busco cualquier señal que nos lleve a Makena.

La descripción que nos dieron es vaga: un hombre en sus cincuenta, de complexión media, con una cicatriz en la mejilla izquierda.

Pero en una ciudad como Arusha, esas características podrían describir a muchos.

Después de lo que parecen horas de búsqueda infructuosa, mis ojos captan a un hombre que coincide con la descripción, sentado en un puesto de té al final del mercado.

Lleva un sombrero que cubre parte de su rostro, pero la cicatriz en su mejilla es inconfundible.

Sin decir una palabra, hago una señal a Elena para que me siga mientras nos acercamos al hombre.

—¿Makena? —pregunto cuando estamos lo bastante cerca.

El hombre levanta la vista hasta que sus ojos se encuentran con los míos, y durante un momento tenso, evalúa quiénes somos.

—¿Quién lo pregunta? —interroga, su tono es cauteloso sin llegar a ser hostil.

—Un amigo de tu antiguo socio —respondo, utilizando el término que el jefe de la guerrilla me sugirió—. Nos envía a por información. Y la necesitamos ahora.

Makena inclina la cabeza, pensativo, como si estuviera sopesando el riesgo. Asiente y nos hace un gesto para que lo sigamos hacia una parte más apartada del mercado.

Nos lleva a un callejón estrecho, lejos de las miradas curiosas de los transeúntes. Es un lugar sombrío, pero también parece un refugio temporal en medio del bullicio de la ciudad. Makena se apoya contra la pared, su expresión es difícil de leer.

—Supongo que han venido a buscar respuestas sobre un viejo asunto —dice, sus palabras son cuidadosas—. Un asunto que algunos preferirían que quedara en el olvido.

—Queremos la verdad —respondo, mi tono es firme—. Sabemos que estás involucrado, así que no juegues con nosotros. Sabes lo que está en juego.

Makena deja escapar el aire, como si el peso de lo que está a punto de decir lo aplastara. Sus ojos se fijan en los míos y, por un momento, veo un destello de algo más: cansancio, quizás, o resignación.

—Hace años, hubo una operación —comienza, su voz es baja, casi un susurro—.Una misión que nunca debió haber ocurrido. La mayoría de los involucrados fueron eliminados, pero algunos sobrevivieron, entre ellos tú.

Mis manos se aprietan en puños mientras escucho, la ira y la frustración burbujean bajo la superficie.

—Fui traicionado —digo, manteniendo mi voz bajo control—. Mis hombres fueron sacrificados. Y quiero saber quién estaba detrás.

Makena asiente, como si estuviera confirmando lo que ya sabe.

—Fue un alto mando del ejército, alguien con mucho que perder si ciertas verdades salian a la luz.

No voy a decir su nombre aquí, porque las paredes tienen oídos, pero te diré esto: todo se remonta a un acuerdo sucio entre el gobierno y ciertos…

elementos externos. Elementos que no querían que su negocio se viera afectado por gente como tú, que sabía demasiado.

Elena, que ha estado escuchando en silencio, se adelanta, su rostro está pálido.

—¿Y cómo sabemos que podemos confiar en ti? —pregunta, su tono es desafiante—. Podrías estar jugando con nosotros.

Makena se inclina hacia adelante, su mirada se endurece.

—No tenéis otra opción —responde con frialdad—. Si queréis respuestas, tendréis que confiar en lo que les digo. Pero ten en cuenta esto, capitán: buscar la verdad tiene un costo. Y no todos están dispuestos a pagarlo.

El peso de sus palabras cuelga en el aire, sé que está diciendo la verdad. La verdad que hemos estado buscando podría llevarnos a un lugar del que no hay vuelta atrás. Pero no podemos detenernos ahora.

—¿Dónde lo encontramos? —demando, sintiendo que el tiempo se está agotando.

Makena se inclina hacia adelante, susurrando la información que hemos estado buscando.

—Hay un almacén en las afueras de la ciudad —dice—. Un lugar donde suelen reunirse para sus… transacciones. Si quieres respuestas, ve allí. Pero ten cuidado. Es un nido de víboras, y si te descubren estarás acabado.

Asiento, sabiendo que es nuestra única opción.

—Gracias —digo, aunque la palabra se siente vacía en mis labios.

Makena nos mira por última vez, antes de alejarse y desaparecer en la multitud del mercado, dejándonos con la incertidumbre y la promesa de la verdad.

Nos dirigimos hacia las afueras, siguiendo la dirección que Makena nos ha dado. El almacén es un edificio antiguo, mal mantenido, que se alza solitario en un área industrial en desuso. El lugar perfecto para ocultar actividades que prefieren mantenerse en las sombras.

Elena y yo nos detenemos a cierta distancia, evaluando la situación. El niño, aunque recuperado, aún está débil y no podemos arriesgarnos a llevarlo con nosotros.

—No podemos llevarlo adentro —dice Elena, su voz es firme—. Es demasiado peligroso. Y no podemos dejarlo solo.

Miro a mi alrededor, buscando una solución. Veo una pequeña caseta de vigilancia abandonada cerca del almacén.

—Déjalo allí —digo, señalando la caseta—. Estará a salvo y si algo sale mal podremos sacarlo en un momento.

Elena asiente, aunque sé que la decisión le pesa. Nos dirigimos a la caseta y dejamos al niño dentro, asegurándonos de que esté lo más cómodo posible antes de cerrar la puerta.

—Volveremos pronto —le digo al niño, aunque mis palabras son más una promesa a mí mismo que a él.

Elena me mira y en sus ojos veo la misma mezcla de determinación y miedo que siento en mi interior.

—¿Estás listo? —pregunta.

Cabeceo, aunque sé que nada nos puede preparar para lo que está a punto de suceder.

—Lo estoy —respondo—. Vamos a terminar con esto.

Nos acercamos al almacén con cautela, utilizando la oscuridad como cobertura. Las puertas están mal cerradas, lo que sugiere que el lugar está en uso, pero también que confían demasiado en su seguridad. Un error que planeo aprovechar.

Entramos sin hacer ruido. El interior del almacén está tan desordenado como esperaba: cajas apiladas al azar, barriles de contenido desconocido y un fuerte olor a combustible y aceite en el aire. No hay signos de vida, pero sé que estamos cerca.

Avanzamos sin prisa, cada paso es calculado. Hasta que llegamos a una puerta en el fondo del almacén de donde proviene un leve murmullo de voces. Mi corazón late con fuerza sabiendo que estamos a punto de enfrentarnos a la verdad que tanto hemos buscado.

Empujo la puerta con cuidado y lo que veo dentro me deja sin aliento.

Una mesa larga en el centro de la habitación rodeada por hombres que no esperan ser interrumpidos. Sus miradas se alzan hacia nosotros y, por un momento, todo parece detenerse.

Pero entonces, una de las figuras se levanta. Y en ese instante, reconozco al hombre que me traicionó. Un hombre en el que confiaba, un hombre que ahora sé que estaba detrás de todo.

Elena se queda sin aliento a mi lado, y puedo sentir la tensión en el aire mientras el hombre se nos queda mirando, su rostro es una mezcla de sorpresa y algo más oscuro.

—Tú —digo, mi voz es baja, cargada de la furia contenida durante todos estos años—. Sabía que eras tú.

El hombre sonríe, pero es una sonrisa sin calidez.

—Javier —dice, su tono es tan frío como el hielo—. Me sorprende que hayas llegado tan lejos. Pero, al final, todo esto no cambiará nada. Deberías haberte quedado en el olvido.

No hay más palabras. La verdad está ante nosotros, y el enfrentamiento que he esperado durante tanto tiempo está a punto de comenzar.