Oscuro destino (Pactos oscuros 1) Capítulo 35 Bajo mentiras y traiciónJavier
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Capítulo 35 Bajo mentiras y traiciónJavier

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E l tiempo parece detenerse mientras mi mirada se cruza con la del hombre que me traicionó.

Durante años, su rostro ha estado grabado en mi memoria, el símbolo de todo lo que perdí, de la vida que se desmoronó en un solo instante.

Y ahora, aquí está, sonriéndome con esa malicia calculada que siempre ocultó detrás de una fachada de amistad y lealtad.

El aire en la habitación está cargado de tensión.

Elena se mantiene a mi lado, su presencia es un ancla en medio de la tormenta de emociones que se desata dentro de mí.

Los hombres alrededor de la mesa, todos cómplices en algún grado, parecen sorprendidos, pero no lo suficiente como para quedarse paralizados.

Saben que este es un momento crítico, y sus manos empiezan a moverse hacia las armas ocultas bajo sus chaquetas.

—Javier, no es momento para tonterías —advierte con voz tranquila, como si estuviera hablando con un viejo amigo—. Lo que sucedió, lo que tú llamas traición, no fue más que una decisión difícil en un momento crítico. ¿Acaso no habrías hecho lo mismo en mi lugar?

La frialdad en su tono, y la justificación descarada de sus acciones, hace que la rabia hierva en mis venas. Mantengo la calma exterior, pero mis manos están listas, mis sentidos agudizados.

—¿Matar a mis hombres? ¿Eliminar a todo un equipo para proteger tus sucios secretos? —respondo, mi voz es baja, pero cada palabra está cargada de veneno—. No, nunca habría hecho lo mismo.

El hombre sonríe, aunque sus ojos reflejan una cautela creciente. Sabe que está caminando sobre una fina capa de hielo.

—Eras un peón, Javier —dice, con un tono que casi parece condescendiente—. Un buen soldado, sí, pero un peón al fin y al cabo. Tenía que proteger algo más grande que tú, que ellos. Y lo hice. Sobreviví. Como tú. Entonces, ¿por qué no dejamos que el pasado muera y seguimos adelante?

—Porque algunos pasados no pueden morir —respondo, apretando los dientes—. No mientras la verdad siga enterrada bajo mentiras y traición.

Elena me mira de reojo, su expresión es tensa, pero está preparada para lo que venga, y eso me da la fuerza que necesito.

Los hombres a su alrededor comienzan a levantarse, sus manos alcanzan sus armas, pero no soy el único que está listo para la confrontación.

El primer disparo rompe la tensión como un trueno, seguido de inmediato por el caos.

Me muevo rápido, esquivando la bala que pasa silbando junto a mi oreja.

Elena se lanza hacia el lado contrario, buscando cobertura detrás de una pila de cajas.

Los hombres del traidor se dispersan, disparando a ciegas, intentando acabar con nosotros antes de que podamos hacer lo mismo con ellos.

El sonido de los disparos llena la habitación, rebotando en las paredes de metal del almacén. Todo mi entrenamiento, todo lo que he aprendido a lo largo de los años, entra en juego. Mi mente está enfocada, mis movimientos son rápidos y precisos.

Derribo al primer hombre con un disparo limpio en el pecho, su cuerpo cae sin vida al suelo. No tengo tiempo para detenerme, el siguiente está a pocos metros de distancia, y sus ojos reflejan la misma determinación asesina.

—¡Javier! —grita Elena desde su posición—. ¡Cuidado!

Me giro justo a tiempo para ver a uno de los hombres apuntando en mi dirección. El disparo retumba en mis oídos, pero mi cuerpo reacciona por instinto. Me lanzo al suelo, rodando hacia un lado, y devuelvo el fuego. La bala encuentra su objetivo y el hombre cae. Su arma se desliza de su mano inerte.

El traidor, el hombre que una vez fue mi amigo y camarada, se mantiene en pie en el centro del caos, sus ojos están llenos de una fría furia mientras dispara con precisión mortal. Pero ahora, estoy cerca, demasiado cerca para que escape.

Nos enfrentamos cara a cara, las armas apuntando al corazón del otro. Por un momento, el tiempo parece detenerse de nuevo, y todo lo que puedo ver es su rostro, el rostro del hombre que destruyó mi vida, el hombre que ahora intenta justificar lo injustificable.

—¡Baja el arma, Javier! —ordena, su voz es firme, pero puedo ver el sudor en su frente, el miedo que intenta ocultar—. ¡Esto no tiene por qué terminar así!

—No, tienes razón —respondo, con una calma que me sorprende incluso a mí—. No tiene por qué terminar así. Pero lo hará.

Sus ojos se agrandan un poco y veo el pánico en ellos. Sabe que no tengo intención de retroceder, que la verdad y la justicia son lo único que me importan ahora.

—Te daré una última oportunidad —digo, mi voz es firme—. Ríndete. Confiesa. O muere aquí, como los hombres que traicionaste.

El hombre aprieta los dientes, su arma no tiembla. Sin embargo, su resolución parece debilitarse.

—No me das otra opción, ¿verdad? —responde, con una amargura en su voz que no había escuchado antes—. Siempre fuiste terco, Javier. Nunca supiste cuándo dejarlo ir.

Antes de que pueda responder, hace su movimiento. Dispara, pero no es lo bastante rápido. Mi bala sale antes, impactando justo en su hombro. Su arma se dispara al techo mientras su cuerpo se tambalea hacia atrás, cayendo al suelo.

Me acerco manteniendo mi arma apuntada hacia él mientras se agarra el hombro ensangrentado, sus ojos están llenos de odio y desesperación.

—¡No tienes idea de lo que estás haciendo! —gruñe, escupiendo sangre mientras intenta levantarse—. ¡No entiendes el poder al que te enfrentas!

—Lo entiendo mejor que tú —respondo, sin bajar la guardia—. Y es hora de que pagues por lo que hiciste.

Elena se acerca y me doy cuenta de que sus ojos están llenos de preocupación mientras observa la escena. La habitación ha quedado en silencio, solo el sonido de la respiración agitada del traidor y el goteo de la sangre que sale de su herida.

—Javier, ya está —dice en voz baja—. Se acabó. No necesitas hacer esto.

Pero no es tan simple. La justicia que he estado buscando durante tanto tiempo está al alcance de mi mano, y la tentación de apretar el gatillo, de terminar con todo, es abrumadora.

El hombre me mira desde el suelo, su expresión cambia de odio a súplica, y sé que está viendo su vida pasar ante sus ojos. Sabe que está derrotado, que no hay salida.

—Javier, por favor —suplica con voz quebrada—. No lo hagas. Podemos… podemos resolver esto. Te lo juro, haré lo que sea necesario. Solo no me mates.

Mis dedos se aprietan alrededor del gatillo, mi mente se llena de las imágenes de los hombres que perdí, de la vida que nunca recuperaré. Pero entonces, miro a Elena. Sus ojos me recuerdan algo más, algo que he estado olvidando en medio de mi rabia: la vida, la posibilidad de un futuro diferente.

Respiro hondo, soltando un poco la presión sobre el gatillo.

—No, no te mataré —anuncio con una calma que me sorprende—. No mereces la paz de la muerte. Vas a vivir, pero lo harás en prisión, enfrentando las consecuencias de tus actos.

El hombre deja escapar un gemido, mezcla de alivio y derrota. Sabe que su vida como la conocía ha terminado. Y mientras Elena se acerca para ayudarme a inmovilizarlo, siento que, por fin, una parte de la carga que he llevado durante años comienza a aligerarse.

Elena y yo entregamos al hombre a las autoridades locales, asegurándonos de que no pueda escapar de la justicia que tanto tiempo le ha eludido. La verdad sobre sus crímenes saldrá a la luz, y aunque mi sed de venganza no ha sido saciada por completo, siento que he hecho lo correcto.

Después de todo lo que ha pasado, nos permitimos un momento para descansar. Estamos en un pequeño café en las afueras de la ciudad, el niño está dormido a nuestro lado, su respiración tranquila es un recordatorio de lo que hemos salvado, no solo su vida, sino la nuestra también.

Elena me mira, sus ojos están llenos de una mezcla de agotamiento, alivio y algo más profundo que no habíamos permitido que aflorara hasta ahora.

El silencio entre nosotros no es incómodo, sino lleno de significado, como si las palabras no fueran innecesarias después de todo lo que hemos compartido.

—Lo logramos —afirmo rompiendo el silencio—. No fue fácil, pero lo hicimos.

Elena asiente, una leve sonrisa se dibuja en sus labios.

—Sí, lo hicimos. Pero no fue solo por nosotros, Javier. Ese niño... es un símbolo de todo lo que aún vale la pena proteger, incluso en medio de tanta oscuridad.

Asiento, entendiendo lo que quiere decir.

Durante mucho tiempo, mi vida había sido una búsqueda de venganza, una lucha por ajustar cuentas con mi pasado.

Pero ahora, después de todo lo que hemos pasado, empiezo a ver las cosas de manera diferente.

Tal vez, solo tal vez, hay algo más por lo que luchar.

Algo que no está relacionado con la muerte y la destrucción, sino con la vida y la esperanza.

—¿Y ahora? —pregunta Elena, su voz es suave, casi tímida, como si dudara de lo que podría venir después de todo esto.

Miro hacia el horizonte, donde el sol comienza a descender, tiñendo el cielo con tonos de naranja y rojo. La pregunta que hace es válida, pero la respuesta no es simple.

—Ahora, seguimos adelante —respondo, sintiendo que esas palabras son las más verdaderas que he dicho en mucho tiempo—. No sé qué viene después, pero sé que no tengo que hacerlo solo. No si tú estás a mi lado.

Elena me mira sin pestañear y en sus ojos veo un reflejo de mis propios pensamientos, mis propios deseos. La conexión que hemos formado en medio del caos es algo que ninguno de los dos puede ignorar.

—No tienes que hacerlo solo —responde ella, su mano se posa sobre la mía, un gesto sencillo, pero lleno de promesas—. Estamos en esto juntos, Javier. No importa lo que venga.

Sus palabras me llenan de una calidez que no sentía desde hacía años, una sensación de que tal vez, después de todo, hay un camino hacia la redención. No será fácil, y el futuro está lleno de incertidumbre, pero por primera vez en mucho tiempo, no me siento solo.

Nos quedamos en silencio, disfrutando de la tranquilidad del momento, mientras el sol se pone en el horizonte. Es un nuevo comienzo, no solo para mí, sino para ambos.

La justicia ha sido servida, las cuentas han sido ajustadas y el futuro, aunque incierto, parece menos oscuro cuando lo comparto con Elena.