Capítulo 33 Sobre una cuerda flojaElena
Elen a
E l amanecer apenas empieza a romper la oscuridad cuando nos ponemos en marcha.
La luz del sol comienza a filtrarse a través de la densa vegetación, creando patrones de sombra y luz que parecen bailar a nuestro alrededor.
Pero no hay tiempo para detenerse a admirar el paisaje.
Cada minuto que pasa es un minuto más cerca de ser atrapados.
El niño duerme en mis brazos, su pequeño cuerpo está débil pero estable. A pesar de todo lo que ha pasado, ha demostrado una fortaleza que me sorprende. Sé que necesitamos llegar a un lugar seguro y rápido, si queremos mantener esa chispa de vida encendida.
Javier camina a mi lado, su mirada concentrada en el camino que tenemos por delante. Desde que dejamos atrás el caos del campamento no ha dicho mucho, tampoco hace falta la tensión en su cuerpo habla por sí sola. Está alerta a cada sonido, cada movimiento en la selva que nos rodea.
—¿Cuánto falta para Arusha? —pregunto en voz baja, intentando no despertar al niño.
—Depende de si logramos encontrar un vehículo o si tenemos que seguir a pie —responde, su tono es sereno aunque hay una sombra de preocupación en sus palabras—. A pie, podríamos tardar días y no podemos arriesgarnos a que nos encuentren en medio del camino.
Cabeceo, sé que tiene razón. Cada segundo cuenta y estamos caminando sobre la cuerda floja.
—¿Y qué haremos cuando lleguemos? —insisto, necesitando un plan más claro—. ¿Cómo encontraremos a ese contacto?
Javier me mira por un momento como si estuviera evaluando cuánto contarme.
—Makena es alguien que trabaja en las sombras —explica—. Tiene contactos en todo tipo de lugares, algunos buenos, otros no tanto. Pero si alguien sabe quién está detrás de todo esto, es él. Necesitamos encontrarlo antes de que quienes nos persiguen lo hagan primero.
El peso de la situación se cierne sobre mí, pero no tengo tiempo para dejar que me abrume. Debemos seguir adelante, un paso tras otro, y confiar en que llegaremos a tiempo.
El sol ha subido un poco más cuando por fin alcanzamos una pequeña carretera de tierra.
Es un cambio bienvenido después de horas de caminar a través de la selva, pero también significa que somos más visibles.
Javier se detiene y me hace un gesto para que me agache con él entre la vegetación que bordea la carretera.
—Debemos esperar aquí y ver si pasa algún vehículo que podamos usar. Si alguien viene, actúa con normalidad. No queremos levantar sospechas.
Nos escondemos entre los arbustos, con la esperanza de que algún vehículo pase pronto. El niño sigue durmiendo en mis brazos, ajeno al peligro que nos rodea. Me tomo un momento para admirar su resiliencia, y me prometo a mí misma que no permitiré que todo lo que hemos hecho hasta ahora sea en vano.
El silencio en la carretera es perturbador, y los minutos pasan con una lentitud exasperante. Justo cuando empiezo a perder la esperanza, el sonido lejano de un motor rompe la quietud. Javier y yo intercambiamos una mirada de entendimiento y nos preparamos para actuar.
Un camión destartalado aparece en la curva de la carretera. Está cargado con sacos y cajas, probablemente de algún comerciante local. Javier hace una señal para que me mantenga oculta mientras él sale a la carretera, levantando una mano para detener el vehículo.
El conductor, un hombre mayor con una gorra sucia y una camisa descolorida, frena con cierta reticencia. Su mirada recorre a Javier, evaluándolo con desconfianza, pero Javier mantiene una postura relajada, casi amigable.
—¿Problemas en el camino, amigo? —pregunta el conductor, con un tono que mezcla curiosidad y cautela.
—Solo estamos tratando de llegar a Arusha —responde Javier, con un tono igual de casual—. Tuvimos que dejar nuestro vehículo atrás, y necesitamos que nos lleven. No pedimos más que un espacio para descansar los pies y un poco de sombra.
El conductor mira a Javier, luego hacia donde estoy oculta con el niño. Sé que me ha visto, y por un momento temo que se niegue. Pero asiente con un suspiro.
—Suban —dice, con un gesto hacia la parte trasera del camión—. Pero no esperen que sea un viaje cómodo.
Javier me hace una señal, y salgo de nuestro escondite con el niño entre mis brazos para subir al camión. El espacio en la parte trasera es estrecho y lleno de mercancía, pero es mucho mejor que caminar a pie bajo el sol implacable.
El camión avanza sin prisa por la carretera y, por un segundo, parece que las cosas están bajo control. El niño sigue durmiendo y el viaje es incómodo, aun así siento un gran alivio.
Javier está sentado a mi lado, su cuerpo está tenso como una cuerda de arco, y sus ojos escanean sin parar el horizonte. Es como si estuviera esperando que algo salga mal.
Y, entonces, pasa.
En la distancia, el ruido de motores se hace cada vez más fuerte. Al principio, es solo un murmullo que se convierte en un rugido que hace vibrar el suelo bajo nosotros. Javier se pone de pie, su mirada fija en la carretera detrás de nosotros.
—Nos están siguiendo —dice en voz baja—. Deben ser los guerrilleros de la facción rival. Han dado con nosotros.
Mi corazón se acelera mientras me preparo para lo peor. Javier se gira hacia el conductor, que ahora también ha notado el ruido y parece nervioso.
—Necesitamos salir de la carretera —ordena Javier, su voz es firme—. Si seguimos por aquí, nos alcanzarán en minutos.
El conductor, aunque asustado, asiente y gira el volante hacia un camino de tierra estrecho que se desvía de la carretera principal. El camión se sacude con violencia mientras nos adentramos en un terreno más accidentado, pero al menos nos alejamos de la vista.
Los ruidos de los motores continúan detrás de nosotros, más cerca ahora. Los guerrilleros deben haber visto el camión desviarse y están siguiéndonos. No tenemos mucho tiempo.
—Elena, sostén al niño con fuerza —me pide mientras se prepara para lo que viene—. Si algo sucede, cúbrelo. Yo me encargaré del resto.
El camión sigue avanzando aun así está claro que los guerrilleros nos darán alcance en breve. Puedo sentir la tensión en el aire, la inminencia del peligro. La adrenalina corre por mis venas mientras mis pensamientos se arremolinan buscando una salida, una solución que nos mantenga a salvo.
El camión se detiene cuando llegamos a un claro en medio de la selva. El conductor mira a Javier con una mezcla de miedo y desesperación.
—No puedo ir más lejos —dice, con la voz temblorosa—. Si siguen, será sin mí.
Javier asiente, comprendiendo la situación. Baja del camión sin rechistar y me ayuda a bajar con el niño en brazos.
—Gracias por todo —le dice al conductor, que cabecea antes de girar el camión y alejarse de nosotros.
Nos quedamos en el claro, solos. El sonido de los motores se acerca cada vez más, y sé que en cuestión de minutos estaremos cara a cara con nuestros perseguidores.
—Elena, escóndete detrás de esos arbustos con el niño —ordena Javier, su tono no admite discusión—. Mantente pegada al suelo y no salgas hasta que te lo diga. Oigas lo que oigas.
Sin perder tiempo me escondo con el niño en brazos. Mi corazón late tan fuerte que siento que podría salirse de mi pecho. Todo en mí quiere gritar, correr, hacer algo para salir de esta situación. Pero sé que no puedo hacer nada más que confiar en Javier.
Javier se posiciona detrás de una roca con el arma lista y el cuerpo rígido. El tiempo parece ralentizarse mientras esperamos. Los sonidos de los motores se detienen, y todo lo que puedo escuchar ahora son las pisadas de los guerrilleros acercándose.
Los veo desde mi escondite, cinco, tal vez seis hombres, armados hasta los dientes, moviéndose con la precisión de cazadores experimentados. La determinación en sus rostros me deja claro que no van a permitir que nos libremos de esta.
Javier toma aire y ajusta su agarre en el arma. Entonces, en un movimiento rápido y fluido, se levanta de su posición y dispara.
El primer guerrillero cae al suelo antes de que pueda reaccionar, seguido de otro que no tiene tiempo de levantar su arma. Los otros responden y el claro se convierte en un campo de batalla.
El sonido de los disparos es ensordecedor, y hago lo posible por mantener al niño cubierto. No puedo ver lo que está sucediendo, pero el ruido es suficiente para saber que la situación es crítica. En cierto modo me alegra que el niño no sea consciente de lo que sucede.
Javier se mueve con la habilidad de un hombre que ha pasado toda su vida en combate, disparando, esquivando, utilizando el entorno a su favor. Pero los guerrilleros son numerosos, y aunque ya ha derribado a varios, las balas zumban peligrosamente cerca.
Uno de los atacantes logra acercarse lo bastante para disparar en dirección a mi escondite.
El miedo se apodera de mí, pero antes de que pueda hacer algo, Javier aparece de la nada y derriba al hombre con un golpe preciso.
Me lanza una rápida mirada, asegurándose de que estoy bien, antes de volver al combate.
Los minutos se convierten en horas hasta que el ruido de los disparos cesa. El claro queda en un silencio sepulcral, roto solo por el sonido de las hojas que crujen bajo los cuerpos que yacen en el suelo.
Javier se acerca a mí, sus ojos oscuros, llenos de la gravedad de lo que acaba de suceder o del miedo a que rechace lo que es de nuevo. Qué equivocado está. No volveré a cometer ese error.
—Es seguro salir —afirma en voz baja.
Salgo con el niño todavía entre mis brazos y miro a mi alrededor.
Un campo sembrado de cadáveres. Todos están inmóviles, una cámara mortuoria única, dada la belleza del lugar que contrasta con el horror de la realidad de lo que hemos hecho.
De lo que hemos tenido que hacer para sobrevivir.
El peso de la realidad se asienta sobre mí como una sombra.
—¿Estás bien? —pregunta Javier, sus ojos se suavizan cuando me mira, buscando algún signo de herida.
Asiento, aunque siento que mis piernas están a punto de fallarme.
—Sí, estoy bien —respondo, aunque la verdad es que estoy en estado de shock—. Gracias a ti.
Javier asiente, pero su expresión es grave.
—No podemos quedarnos aquí. Debemos seguir moviéndonos. Esto no ha terminado.
Nos movemos sin descanso por la selva. El peligro sigue siendo inminente y la necesidad de llegar a Arusha es más fuerte que nunca. Javier toma la delantera, su enfoque es implacable, mientras yo lo sigo con el niño en brazos, luchando contra el agotamiento que amenaza con derrumbarme.
Tras horas, salimos de la densa vegetación a un pequeño camino que parece llevarnos en la dirección correcta. Javier hace un gesto para que me detenga un momento, evaluando el entorno antes de seguir adelante.
—Estamos cerca. Solo un poco más, y llegaremos a las afueras de Arusha. Desde allí, podemos encontrar a Makena.
El alivio que siento al escuchar esas palabras es indescriptible. Aunque el peligro aún es real, al menos estamos más cerca de nuestro objetivo.
Nos ponemos en marcha de nuevo, esta vez con una renovada sensación de propósito. El camino a Arusha está lleno de incertidumbre, pero también de esperanza. Sé que lo que nos espera allí podría cambiar todo, podría darnos las respuestas que necesitamos para poner fin a este infierno.
Y así, seguimos adelante, dejando atrás las sombras de la selva mientras nos dirigimos hacia un nuevo amanecer, con el arrojo de no detenernos hasta descubrir la verdad.