Capítulo 32 CaosJavier
Javie r
L a paz que se ha instalado en el campamento es engañosa. Todo parece tranquilo en la superficie, pero la tensión es palpable. Después de la confrontación con el segundo al mando, la fragilidad de nuestra situación es más evidente que nunca. Cualquier cosa podría desencadenar el caos de nuevo.
Estoy en la entrada de la tienda donde Elena sigue vigilando al niño.
El silencio de la selva es casi absoluto, roto solo por los murmullos ocasionales de los guerrilleros de guardia.
Mis pensamientos están en constante movimiento, evaluando cada detalle, cada posible amenaza.
Pero hay algo más que me inquieta, una sensación en el aire que no puedo sacudir.
De repente, un ruido a la distancia capta mi atención. Es sutil al principio, un zumbido bajo que apenas se percibe, pero a medida que se intensifica, reconozco el sonido inconfundible de vehículos pesados acercándose. Mi cuerpo se tensa de inmediato, todos mis sentidos se agudizan.
—Elena —la llamo, entrando a toda prisa hacia la tienda—, algo se aproxima. Prepárate para lo peor.
Ella asiente, sus ojos se encuentran con los míos, y en ellos veo la misma mezcla de miedo y determinación que siento. Ambos sabemos que esto no es una coincidencia. Algo grande está a punto de suceder.
El ruido de los vehículos se vuelve más fuerte y los gritos empiezan a resonar en el campamento. Los guerrilleros se ponen en movimiento, preparándose para lo que, sin duda, es un ataque inminente. Saco mi arma y me preparo, aunque la incertidumbre sobre quién está atacando y por qué me inquieta.
El jefe de la guerrilla aparece, su rostro está endurecido por la preocupación, pero sus ojos son fríos y calculadores. Sin perder tiempo, comienza a dar órdenes a sus hombres, organizándolos para defender el campamento.
—Es otra facción —dice, sus palabras están dirigidas tanto a mí como a sus hombres—. Están aquí para acabar con nosotros y tomar lo que es nuestro. No podemos permitirlo.
Elena se acerca, el miedo es evidente en su rostro, aunque también lo es su resolución.
—Javier, no podemos quedarnos aquí. El niño… si nos quedamos atrapados en medio de esto…, no sobrevivirá.
Asiento, sabiendo que tiene razón. Pero la situación es delicada. Si intentamos huir ahora corremos el riesgo de ser atrapados en el fuego cruzado.
—Voy a protegeros a ambos —digo, mi voz es firme aunque mi mente está trabajando a toda velocidad para idear un plan—. Pero necesito que sigas mis instrucciones al pie de la letra. Vamos a salir de aquí, pero primero debemos asegurarnos de que el campamento no caiga.
Elena asiente, confiando en mí a pesar del caos que se desata a nuestro alrededor. El sonido de disparos rompe el silencio de la noche, y el campamento entra en un estado de alerta máxima.
El ataque es brutal. La facción rival ha llegado con todo lo que tiene, y el campamento se convierte en un campo de batalla.
Disparos, explosiones y gritos se mezclan en un caos absoluto.
Me muevo por el campamento con Elena detrás de mí, protegiendo al niño lo mejor que podemos mientras los guerrilleros luchan para mantener su posición.
El jefe de la guerrilla nos alcanza, cubriéndonos mientras nos dirigimos a una zona más segura.
—No podemos quedarnos aquí —grita por encima del estruendo—. Si los dejamos avanzar más, estaremos acabados. Necesitamos una estrategia.
Me detengo un momento, evaluando la situación. Las fuerzas rivales son numerosas y bien armadas. Defendernos parece una tarea imposible, pero no podemos rendirnos sin más.
—Necesitamos una distracción. Algo que los desvíe de su objetivo principal. Si logramos dividir sus fuerzas, podremos tener una oportunidad de escapar y de mantener al niño seguro.
El jefe asiente, su mente también trabaja a toda velocidad.
—Mis hombres y yo podemos mantenerlos ocupados lo suficiente para que escapéis —dice—. Pero no por mucho tiempo. Tendrás que moverte rápido, capitán.
Elena se gira hacia mí y veo que sus ojos reflejan la misma preocupación que siento.
—¿Y qué haremos cuando salgamos? —pregunta, su voz es apenas audible sobre el ruido—. No podemos huir sin un plan. No podemos dejar que todo lo que hemos hecho sea en vano.
Me acerco a ella, tratando de transmitirle una seguridad que no estoy seguro de sentir.
—Confía en mí —le digo, mi tono es firme—. Vamos a encontrar una manera. Pero primero, debemos sobrevivir a esto.
El jefe de la guerrilla llama a algunos de sus hombres, ordenándoles que preparen una salida. Mientras lo hacen, se gira hacia mí, su expresión es grave.
—Capitán, lo que estás buscando… el hombre que te traicionó, está más cerca de lo que crees —dice, sus palabras son rápidas, como si supiera que este podría ser su último momento de hablar—. Hay un contacto en Arusha. Él tiene información que te llevará a la persona que buscas.
Mis ojos se estrechan al escuchar esto. Arusha… es una pista más sólida de lo que esperaba.
—¿Quién es este contacto? —pregunto, la urgencia se filtra en mi voz.
—Un hombre llamado Makena —responde el jefe—. Trabaja en la sombra, pero sabe más de lo que dice. Si quieres respuestas, él es el hombre que debes encontrar. Pero ten cuidado. Este camino te llevará a lugares de los que no hay vuelta atrás.
Asiento, grabando el nombre en mi mente. Makena. Esto es lo que he estado esperando, lo que he estado necesitando. Una pista, un camino hacia la verdad.
Antes de que pueda procesar la información, el jefe de la guerrilla nos empuja hacia la salida que sus hombres han preparado.
—Fuera, ahora, antes de que sea demasiado tarde —ordena—. Nosotros os cubriremos.
No hay tiempo para dudar. Con Elena y el niño a mi lado, comenzamos a movernos hacia el borde del campamento, utilizando la confusión del ataque como cobertura.
El camino hacia la salida es un infierno. Los disparos y las explosiones se intensifican a nuestro alrededor, y cada paso que damos está cargado de peligro. Siento el peso del niño en mis brazos, su pequeño cuerpo es una responsabilidad que no puedo permitir que caiga en medio de este caos.
Elena sigue a mi lado, su rostro es una mezcla de miedo y determinación. Nos movemos con rapidez, pero el sonido de los pasos y las voces acercándose nos recuerda que no estamos fuera de peligro.
—¡Por aquí! —grito, señalando un camino lateral que parece menos vigilado.
Nos dirigimos hacia una pequeña abertura en la vegetación que rodea el campamento, y justo cuando creemos que estamos a punto de salir, un grupo de guerrilleros de la facción rival aparece en nuestro camino. La sorpresa es evidente en sus rostros, pero no tardan en levantar sus armas.
No hay tiempo para pensar. Actúo por instinto, arrojándome al suelo con el niño mientras cubro a Elena con mi cuerpo.
Los disparos resuenan a nuestro alrededor, y el suelo vibra con la fuerza de las explosiones cercanas.
El peligro es real, tangible, y la adrenalina me impulsa a moverme antes de que sea demasiado tarde.
Disparo mi arma, derribando a dos de los atacantes antes de que puedan reaccionar. El caos es absoluto, pero no puedo permitirme un solo error.
Elena a mi lado tiene el rostro tan blanco como el papel, aunque sus manos no tiemblan mientras ayuda a sostener al niño. Nos movemos con rapidez, utilizando cada fragmento de cobertura que podemos encontrar.
Logramos salir del área de combate, dejando atrás el campamento que se convierte en un infierno de fuego y gritos. Nos adentramos en la selva, la oscuridad nos envuelve, y aunque aún podemos escuchar los ecos de la batalla, sabemos que estamos fuera de peligro inmediato.
Nos detenemos en un claro oculto entre los árboles. Es un lugar seguro, al menos por ahora. El niño está exhausto y parece que su condición está mejorando con cada minuto que pasa.
Elena se deja caer al suelo, sus manos están temblorosas mientras intenta calmarse. Me siento a su lado, mi corazón sigue latiendo con fuerza, pero siento un alivio momentáneo al saber que hemos salido del infierno.
—Lo logramos —susurra Elena, sus ojos están llenos de lágrimas de alivio—. Lo logramos.
Asiento, aunque sé que esto es solo el comienzo. Nos hemos alejado del peligro inmediato, pero la misión está lejos de haber terminado. Ahora, más que nunca, necesitamos un plan. Y esa pista que el jefe de la guerrilla me dio podría ser nuestra única esperanza.
—Tenemos que ir a Arusha —le digo, mi voz es firme, estoy luchando por mantener la calma—. Allí encontraremos a alguien que puede darnos respuestas. Pero tenemos que ser cuidadosos. No sabemos quién está detrás de todo y no podemos confiar en nadie.
Elena me mira, su expresión es seria, aun así veo la determinación en sus ojos. Esbozo una media sonrisa, ha pasado por mucho y no está dispuesta a rendirse ahora.
—Lo haremos juntos. Vamos a encontrar la verdad y a salir de esto vivos.
Nos miramos en silencio por un momento, compartiendo un entendimiento profundo. No importa lo que venga, estamos en esto juntos. Y no nos detendremos hasta que la verdad salga a la luz, cueste lo que cueste.