Capítulo 31 Sangre y TraiciónElena
Elen a
E l campamento se despereza, lo sé por los ruidos que llegan desde fuera.
Dentro de la tienda apenas entra un podo de la luz dorada que parece desentonar con la gravedad de lo que está en juego.
El niño, cuyo nombre no conozco, yace aún en la camilla, pero hay una diferencia: su respiración es más tranquila, su fiebre ha comenzado a descender y su piel, aunque aún pálida, ya no está cubierta de sudor.
Miro a Javier, que está a mi lado, despierto y tan tenso como una cuerda a punto de romperse. Sus ojos no dejan de moverse, atentos a cualquier señal de peligro.
—Está respondiendo al tratamiento —digo en voz baja, con una mezcla de alivio y cautela—. Si sigue así, podríamos estar fuera de peligro en un par de días. Pero es crucial que continúe recibiendo las dosis de antibióticos y fluidos.
El jefe de la guerrilla, que ha estado observando en silencio desde un rincón de la tienda, se acerca con pasos lentos. Su rostro, marcado por las cicatrices de un pasado violento, muestra una expresión que apenas puedo leer: una mezcla de esperanza contenida y desconfianza.
—Lo has hecho bien, doctora —afirma, su voz es grave, cargada con el peso de demasiadas batallas perdidas y pocas ganadas—. Mi hijo tiene una oportunidad gracias a ti.
—Solo estoy haciendo mi trabajo —respondo, intentando mantener la neutralidad en mi voz, aunque sé que cualquier movimiento en falso podría cambiar la situación en un segundo—. Pero aún no estamos fuera de peligro. Necesitamos seguir el tratamiento durante varios días más.
El jefe asiente, su mirada se fija en mí durante un largo momento, como si estuviera sopesando algo en su interior. Luego se gira hacia Javier, y noto cómo la tensión entre ellos es casi palpable.
—Como prometí, si mi hijo sobrevive, tendrás la información que buscas —afirma, dirigiéndose a Javier—. Pero te advierto, ese camino que estás a punto de tomar no te llevará a la redención. Solo a más sangre y traición.
Javier se mantiene firme, sus ojos son dos pozos oscuros llenos de determinación.
—Lo único que busco es la verdad —responde con frialdad—. Y si eso significa más sangre, entonces que así sea.
El jefe de la guerrilla suelta un suspiro pesado, como si estuviera resignado a un destino que ha visto repetirse demasiadas veces.
—Habrá tiempo para eso —dice, pero antes de que pueda continuar, un ruido fuera de la tienda lo interrumpe.
El ambiente en el campamento, que había estado tenso pero controlado, cambia de repente. Se oyen gritos, pasos apresurados, y el sonido inconfundible de armas siendo cargadas. Javier reacciona al instante, tomando posición entre el jefe, el niño y yo, mientras sus ojos buscan la fuente del peligro.
Uno de los guerrilleros entra corriendo en la tienda, su rostro está marcado por el pánico.
—¡Es el segundo al mando! —grita, su voz es temblorosa—. Ha reunido a unos hombres y está diciendo que deberíamos terminar con estos extranjeros antes de que sea demasiado tarde. Dice que no debemos confiar en ellos.
El jefe de la guerrilla se pone tenso, y en su expresión se refleja la gravedad de la situación. Su hermano, que aún no se ha recuperado por completo, está tratando de tomar el control. La traición que Javier y yo temíamos está a punto de materializarse.
—Ese maldito imbécil —murmura el jefe, con un tono de furia contenida—. No tiene idea de lo que está haciendo.
Javier no pierde tiempo. Se gira hacia mí, su mirada es intensa, llena de urgencia.
—Elena, quédate con el niño. No dejes que nadie lo toque —me dice, su voz es un mandato suave pero inquebrantable—. Yo me encargaré de esto.
Asiento, mi corazón late con fuerza, pero sé que no tengo otra opción. Debo quedarme y proteger al niño, y confiar en que Javier pueda manejar la situación fuera.
Javier sale de la tienda con pasos decididos, seguido de cerca por el jefe de la guerrilla y algunos de sus hombres leales.
Fuera, el campamento está en un estado de caos controlado.
Los guerrilleros se han dividido en dos grupos, uno leal al jefe y otro que sigue al segundo al mando, que está agitando a sus seguidores con palabras llenas de veneno.
—¡No podemos confiar en estos extranjeros! —grita el segundo al mando, su rostro está pálido, pero su voz es fuerte, llena de convicción—. ¡Nos matarán en cuanto tengan la oportunidad! ¡Debemos eliminarlos ahora antes de que sea demasiado tarde!
Los hombres a su alrededor murmuran, algunos asienten con la cabeza, otros parecen dudar. Pero el peligro es real. Si no se controla la situación, podría estallar una batalla interna que acabaría con todos nosotros.
Javier se adelanta, sus pasos son firmes, su mirada es la de un hombre que no tiene nada que perder.
—¡Cállate de una vez! —ruge, su voz retumba en el campamento, silenciando las discusiones—. No tienes idea de lo que estás diciendo. ¿De verdad piensas que vas a sobrevivir mucho tiempo si te enfrentas a nosotros?
El segundo al mando lo mira con furia, pero también con una chispa de miedo en sus ojos. Sabe que Javier es peligroso, que no es un hombre con el que se pueda jugar.
—Tú no entiendes nada, extranjero —responde, su tono es de desprecio—. Este no es tu mundo, no sabes cómo funcionan las cosas aquí.
—Tal vez no —dice Javier, con un tono gélido—. Pero sé cómo funcionan las cosas cuando alguien como tú intenta tomar el control. Terminan mal. Para todos.
El jefe de la guerrilla se adelanta, su rostro es una máscara de ira contenida.
—Hermano, escucha lo que dices —su voz es baja, aunque cargada de autoridad—. Estás poniendo en peligro todo por lo que hemos luchado. No puedes hacer esto. No ahora.
El segundo al mando se tambalea, su estado físico aún es frágil, pero su determinación parece inalterable.
—Es mi derecho liderar si tú no puedes ver lo que está sucediendo —gruñe—. Y lo que veo es que estos extranjeros nos llevarán a la muerte. No voy a permitirlo.
La tensión es tan alta que el aire parece vibrar con ella. Los guerrilleros esperan, algunos con las armas listas, otros con expresiones de incertidumbre. Todo depende de cómo se resuelva este enfrentamiento.
El jefe de la guerrilla se detiene un momento, y sus ojos se encuentran con los de Javier. Es un momento de entendimiento silencioso, donde ambos hombres comprenden que están al borde de algo irreversible.
—Esto es lo que vamos a hacer —dice el jefe, su voz es fría, calculada—. Vamos a darles una oportunidad. El niño está mejorando gracias a ellos. Si muere, los mataré yo mismo. Pero si sobrevive, quiero que todo el mundo entienda que lo que hice fue por el bien de todos nosotros. ¿Entendido?
El segundo al mando lo mira con una mezcla de odio y dolor, pero sabe que no tiene el poder suficiente para desafiar a su hermano abiertamente. Sin embargo, su resentimiento es claro y, aunque asiente, su expresión deja en claro que esta no es la última vez que habrá problemas.
—Entendido —responde, aunque su tono es de resentimiento—. Pero si fallan, será tu cabeza la que ruede, no la mía.
El jefe de la guerrilla asiente, sus ojos nunca dejan los de su hermano. Javier se mantiene en silencio, pero sus músculos están tensos, listos para actuar si la situación lo requiere.
El segundo al mando retrocede, llevándose a sus hombres con él, pero no sin antes lanzar una última mirada cargada de odio hacia Javier y a mí.
El peligro ha pasado, pero solo por ahora. Javier regresa a la tienda donde me encuentro con el niño, y puedo ver el agotamiento y la tensión en sus ojos. Nos miramos en silencio, sabiendo que hemos esquivado una bala, pero que aún estamos en medio del campo de batalla.
El niño sigue estable, pero no podemos bajar la guardia. Hay demasiadas cosas en juego, demasiadas vidas pendiendo de un hilo. Y ahora, más que nunca, debemos mantenernos unidos para sobrevivir a lo que venga.