Oscuro destino (Pactos oscuros 1) Capítulo 30 Del chico maloElena
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Capítulo 30 Del chico maloElena

Elen a

L a espera es insoportable. Cada minuto que pasa en esta celda parece un siglo.

El aire pesado y viciado es casi irrespirable, y aunque Javier y yo hemos compartido mucho en las últimas horas, la incertidumbre sobre lo que viene a continuación sigue siendo una carga demasiado grande para ambos.

El niño sigue luchando por su vida, y aunque he hecho lo que he podido, sé que sin los medicamentos sus posibilidades de sobrevivir son mínimas.

El miedo y la incertidumbre pesan sobre mi pecho. La falta de agua y alimento, las horas sin dormir, el agotamiento extremo y todo lo que hemos vivido, pasan factura. Me siento débil y la certeza de que vamos a morir es más fuerte que nunca.

—Recuerdo cuando me dijiste que me amarías hasta el final, parece que en esta ocasión va a ser cierto…

No he podido callarlo, después de todo es nuestro fin, si no lo digo ahora, ¿cuándo lo haré?

El tiempo se agota, se escapa como la arena de un reloj: constante.

Alza su mirada afilada y por primera vez me doy cuenta de algo que no ha podido ver antes, quizás porque en la oscuridad quién está destinado a brillar lo hace con más fuerza.

—Te dije que no mentía —susurra—, la que no está cumpliendo con su promesa eres tú.

Sus palabras me obligan a volver a mirarlo, pestañeo un par de veces para disipar esa bruma que me envuelve cada vez que estamos cerca.

Sonrío. Tiene razón, al parecer la ha tenido desde el principio.

Cuando me prometió estar a mi lado por siempre, yo le dije que solo si llegaba el fin del mundo estaría con él. Sonrío.

—¿Por qué sonríes?

—Me acabo de dar cuenta de algo, Javier.

—¿De que vamos a morir? —pregunta—. Ya te he dicho que no va a suceder.

—De que esa oscuridad que veo en ti, esa parte que tanto me asustaba, es la que te permite hacer cosas que lo héroes no harían.

—Nunca dije que fuera un héroe. Tampoco mentí en eso.

—Lo sé. La única que se ha mentido a sí misma todo este tiempo he sido yo… —confieso.

—¿Te has mentido? —asiento con la cabeza. —¿Y cuál ha sido la mentira que te has contado, Elena?

—Que no sentía nada por ti —susurro.

Mi corazón late a mil, en el silencio del habitáculo que nos retiene se oye con estrépito.

Sus ojos se clavan en los míos, la intensidad de su mirada reluce en la penumbra.

Es extraño, siempre vi la vida en blanco y negro, sin embargo, me he enamorado de una persona que abarca todas las tonalidades de gris.

No es bueno, no es malo, tan solo es él.

—¿Sientes… sientes algo por mí? —pregunta con un tono de voz ronco. Sus ojos me dejan claro que no cree lo que está oyendo.

—Lo siento todo…

Quiero seguir hablando, pero su boca acalla la mía. Sus labios sobre los míos despiertan sensaciones que creí olvidadas, entre ellas mis ganas de vivir.

Y calor llega, y me consume. Ese calor que se inicia con una chispa que lo prende todo, que llega sin darte cuenta y te consume a toda velocidad, como una bengala en la noche.

Esa chispa que puede prenderse con un roce de manos, con una caricia inesperada, con una mirada, con un beso…

Y es en ese instante en el que se desencadena todo que sabes, con certeza, que no hay marcha atrás.

Que estás condenada porque no hay mayor condena que el amor, sobre todo si te enamoras del chico malo.

De pronto, se oye el ruido de pasos acercándose.

Javier y yo nos levantamos al mismo tiempo, nuestras miradas se encuentran en un instante de comprensión mutua.

La puerta de la celda se abre de golpe, y los guerrilleros nos miran con ojos fríos, aunque ahora con una sombra de respeto.

El jefe de la guerrilla entra detrás de ellos, su rostro marcado por la fatiga y la preocupación.

—Los medicamentos han llegado —informa, su voz es tensa, cargada con la urgencia de la situación—. Haz tu trabajo, doctora. Y reza para que sea suficiente.

—¿Mis hombres? —pregunta Javier, serio.

—Están bien, fuera, armados hasta los dientes. Más vale que salvéis a mi chico o esto se va a convertir en un puto infierno.

Mi corazón late con fuerza mientras salgo de la celda, escoltada por los guerrilleros.

Javier se mantiene cerca, sus ojos nunca dejan de vigilar cada movimiento, cada detalle.

El campamento sigue envuelto en la penumbra del amanecer, y el ambiente está cargado de una mezcla de miedo y esperanza, una combinación letal en una situación tan precaria.

Cuando entramos en la tienda, veo al niño aún tendido en la camilla improvisada.

Su estado ha empeorado desde la última vez que lo vi, sus pequeños gemidos de dolor son apenas audibles, y la fiebre parece consumirlo.

Mi corazón se aprieta al ver su fragilidad, sabiendo que esta puede ser su última oportunidad.

Uno de los guerrilleros me entrega un paquete de medicamentos y abro a toda prisa la bolsa revisando lo que me han traído.

Antibióticos: penicilina y cefotaximina.

Dejo escapar un suspiro de alivio, puede que le salve la vida a ese niño y de paso a nosotros.

Algo de suero fisiológico, corticoides, antipiréticos y un par de herramientas básicas. Suficiente para darle una oportunidad.

—Voy a necesitar espacio y silencio para trabajar —aclaro, mi voz es firme, aunque dentro de mí la presión es casi insoportable—. Y alguien que me ayude a sostenerlo si tiene convulsiones.

Javier se adelanta sin decir una palabra, colocándose junto al niño con una expresión de concentración total. Su presencia me tranquiliza, me recuerda que no estoy sola en esto. Los guerrilleros retroceden, manteniendo una distancia prudente mientras preparo la dosis adecuada de antibióticos.

—Lo haré lo mejor que pueda, pero no hay garantías —digo, dirigiéndome tanto al jefe de la guerrilla como a Javier—. Necesitaré que lo mantengan hidratado, que bajen su fiebre y que estén atentos a cualquier cambio.

Javier asiente, su mirada es de acero, como si su voluntad pudiera asegurar que todo saldrá bien.

Inyecto la bomba que he preparado de antibióticos, combinado con los corticoides y el antipirético con manos firmes, concentrada en cada movimiento.

El silencio en la tienda es absoluto, interrumpido solo por la respiración agitada del niño y el leve zumbido de los insectos afuera.

Cada segundo es crucial, cada error podría ser fatal.

Pero no permito que el miedo me domine. He estado en situaciones difíciles antes, aunque nunca tan cargadas de tensión como esta.

Mientras administro el tratamiento, Javier se asegura de que el niño no se mueva demasiado, su mano es firme pero gentil.

Veo la preocupación en su rostro, pero también la confianza que deposita en mí.

Esa confianza me da la fuerza para seguir adelante, para hacer todo lo posible por salvar esta vida inocente.

El tratamiento lleva tiempo, tiempo que parece estirarse hasta el infinito.

La fiebre del niño sigue siendo alta, pero comienza a bajar, poco a poco su respiración se vuelve un poco más estable.

No es un milagro, pero es un pequeño signo de esperanza.

El jefe de la guerrilla observa todo desde un rincón, sus ojos fijos en cada uno de mis movimientos.

Su rostro es una máscara de dureza, pero puedo ver el miedo detrás de esa fachada.

Cuando termino, me siento en el suelo junto a la camilla, agotada pero aliviada de haber dado el primer paso. El niño está en una situación crítica, pero si su cuerpo responde al tratamiento, tiene una oportunidad.

—Ahora debemos esperar —digo, sin dejar de vigilar al pequeño paciente—. Su cuerpo tiene que luchar, y debemos estar listos para cualquier complicación.

El jefe asiente, pero no dice nada. Su atención está en su hijo, su expresión refleja la desesperación de un hombre que ha hecho demasiados enemigos para perder lo más importante en su vida.

Javier se sienta a mi lado, me recuesto sobre su pecho, agotada. Su presencia me reconforta mientras el tiempo sigue su curso. Sé que cualquier cosa puede pasar en las próximas horas, pero también sé que hemos hecho todo lo posible. Lo único que queda es esperar.

El jefe de la guerrilla se acerca a nosotros, después de asegurarse de que su hijo está estable, su rostro se suaviza, aunque la dureza sigue presente en su mirada.

—Debes estar preguntándote por qué hago lo que hago —dice, su tono es más bajo, casi introspectivo—.

Todos piensan que soy un monstruo. Y tal vez lo sea.

Pero lo que no entienden es que todo lo que he hecho ha sido para proteger a mi gente, a mi familia.

Hemos sido perseguidos, traicionados, usados como peones en juegos de poder de los que nunca formamos parte.

Miro a Javier, que escucha con atención, su expresión es inescrutable.

—No justifico la violencia —continúa el jefe, su voz se vuelve más dura—. Pero sé que no hay otra manera de sobrevivir en un mundo donde aquellos que deberían protegernos son los primeros en traicionarnos. Como lo hicieron contigo, capitán.

Javier se tensa a mi lado, sus ojos se estrechan mientras fija su mirada en el jefe de la guerrilla.

—¿Qué sabes de eso? —pregunta, su tono es afilado, como una hoja.

El jefe de la guerrilla suspira, su mirada se oscurece.

—Sé más de lo que crees —responde—. Conozco a los hombres que te traicionaron, los mismos que te enviaron a una misión suicida para deshacerse de ti.

Fueron los mismos que vendieron a mi gente por dinero y poder, los mismos que hicieron de nosotros lo que somos hoy.

Tú y yo no somos tan diferentes, Javier.

Ambos hemos sido víctimas de un sistema corrupto que solo se preocupa por sus propios intereses.

Siento cómo la tensión entre ellos se intensifica, una mezcla de odio compartido y entendimiento tácito. Javier se inclina hacia adelante, sus ojos arden con una mezcla de rabia y necesidad de venganza.

—Dime quiénes son —pide, su voz es baja pero cargada de peligro—. Dime quién está detrás de todo esto.

El jefe de la guerrilla lo mira durante un largo momento, evaluando su sinceridad.

—Hay un hombre —responde tras un tenso silencio—.

Un hombre en quien confiabas, alguien que está en lo más alto de la cadena de mando.

Fue él quien orquestó todo, quien se aseguró de que estuvieras fuera del camino.

No puedo darte su nombre aquí, no ahora.

Pero si sobrevives a esto, te daré la información que necesitas para encontrarlo.

Javier asiente, su expresión es de acero. No hay necesidad de más palabras. Ambos saben lo que está en juego, y que esta es solo una tregua temporal, un momento de entendimiento en medio de un conflicto mucho mayor.

El jefe de la guerrilla se gira para volver al lado de su hijo, pero antes de hacerlo, se detiene y mira a Javier una última vez.

—Salva a mi hijo, y yo te daré lo que buscas —promete, su tono es final, como una promesa sellada por la sangre—. Pero recuerda, si fallas, nada de lo que hagas tendrá importancia.