Capítulo 29 ConfesionesElena
Elen a
E l silencio dentro de la celda es opresivo, interrumpido solo por el crujido ocasional de las ramas de fuera y el murmullo lejano de los guerrilleros moviéndose en el campamento.
Sentados en el suelo de tierra, con nuestras espaldas apoyadas contra los fríos barrotes de metal, Javier y yo compartimos un espacio que, aunque pequeño, se siente inmenso por la carga de todo lo que no se ha dicho entre nosotros.
La tensión en mi pecho es tan apretada que apenas puedo respirar.
No es solo el miedo por lo que podría suceder si los medicamentos no llegan a tiempo, sino también por todo lo que he estado guardando dentro, acumulando desde que llegué aquí.
El peso de mis decisiones, el dolor de mis errores y el conflicto interno que no me ha dejado en paz desde que Javier apareció en mi vida.
Lo miro de nuevo, me parce increíble tenerlo a mi lado.
Su perfil es serio, marcado por la sombra de la desesperación y la rabia contenida.
Sé que está luchando contra sus propios demonios, que lleva un peso tan grande como el mío, si no más.
Y, de repente, la necesidad de romper el silencio se convierte en algo imposible de ignorar.
—No debiste venir —murmuro, mis palabras apenas rompen el silencio, pero son lo suficientemente fuertes como para sacudir algo dentro de mí—. No así.
Él no me mira, sus ojos están fijos en algún punto indeterminado frente a nosotros, pero puedo sentir que está escuchando.
—Sabía que era una locura, pero no podía dejarte aquí ni arrastrar a mis hombres a esto —responde en voz baja, casi un susurro—. He cometido muchos errores en mi vida, y no podía añadir a la lista dejarte morir aquí.
Sus palabras son como un cuchillo que atraviesa las defensas que he construido alrededor de mi corazón.
Quiero reprocharle, gritarle que fue imprudente, que ahora ambos estamos en peligro por su culpa.
Pero no puedo. No cuando sé que, en el fondo, siento lo mismo.
No cuando sé que, si hubiera sido al contrario, habría hecho lo mismo.
—Javier, yo… —las palabras se me atascan en la garganta, y siento cómo las lágrimas comienzan a amenazar con derramarse—. No puedes arriesgarlo todo por alguien como yo. No después de lo que pasó… No después de lo que hice.
Él se gira hacia mí, despacio, y su mirada se encuentra con la mía. Es como si en sus ojos viera reflejado todo el dolor y la lucha que llevo dentro.
—¿Qué hiciste? —susurra, como si supiera que esta es la raíz de todo, la verdad que he estado ocultando.
Trago saliva y bajo la mirada, mis dedos juegan nerviosamente con una hebra de mi ropa. No quiero revivirlo, pero al mismo tiempo, siento que no puedo seguir adelante sin decirlo, sin confesar lo que he estado cargando.
—Antes de que me enviaran aquí, en España…
hubo una operación. Un caso complicado, una cirugía que nunca debí hacer —comienzo, mi voz es apenas un hilo—.
Era un paciente joven, su condición era desesperada, pero yo…
Yo insistí en hacer la operación, en usar un procedimiento experimental que no estaba aprobado.
A pesar de que mis superiores no estaban de acuerdo lo hice de todos modos.
Creía que podría salvarlo, sabía que era la única oportunidad.
—¿Y qué pasó? —pregunta Javier, su tono es paciente, sin juicio.
Cierro los ojos, dejando que el recuerdo me atraviese como un golpe.
—Lo perdí —revelo, la palabra sale con una mezcla de dolor y culpa—.
Perdí al paciente. Y no solo eso… Perdí mi carrera, mi reputación.
La junta médica me castigó, dijeron que fui imprudente, que mi arrogancia costó una vida.
Y tenían razón. Fui castigada, enviada aquí para…
para reconsiderar mis acciones. Pero no sé si puedo perdonarme por lo que hice.
Tampoco si puedo cambiar, está claro que mi arrogancia nos ha puesto en esta situación.
El silencio que sigue es pesado, cargado de todas las emociones que no puedo expresar. Finalmente, Javier se inclina hacia mí. Su mano se posa sobre la mía transmitiendo un calor que me sorprende.
—Hiciste lo que creíste que era correcto —dice, su voz es suave, pero hay una convicción en ella que me sorprende—.
Todos cometemos errores, Elena. Algunos más graves que otros.
Pero tú estabas tratando de salvar una vida, de hacer lo que un médico debe hacer.
Puede que no haya salido como esperabas, pero no puedes dejar que eso te destruya.
Siento cómo las lágrimas comienzan a correr por mi rostro, y no intento detenerlas. La presión de todo lo que he estado guardando finalmente se libera, y me siento más vulnerable de lo que jamás me he sentido. Aunque, en este momento, no me importa.
—Yo… lo intenté, Javier. Intenté no dejar que me afectara, pero… cuando veo a alguien que necesita ayuda, cuando vi a ese niño luchando entre la vida y la muerte, me dije que no podía fallar de nuevo. No puedo dejar que otro inocente muriera por mi culpa.
Javier aprieta mi mano, su mirada es firme, segura, como si su propia determinación se estuviera transfiriendo a mí.
—No vas a fallar esta vez —dice, con una certeza que casi me rompe—. No lo permitiré. Y no permitiré que sigas castigándote por algo que ya pasó.
Sus palabras son como un bálsamo para mi alma herida. Miro a Javier a través de las lágrimas, viendo en él no solo al hombre duro y distante que he conocido, sino también a alguien que está dispuesto a cargar con mi dolor, a compartir el peso de mis culpas.
—¿Y tú, Javier? —pregunto, queriendo romper esa barrera que aún queda entre nosotros—. ¿Qué es lo que te trajo aquí? ¿Qué es lo que tanto te atormenta?
Veo cómo su expresión cambia, cómo una sombra oscura cruza su rostro. Sé que la pregunta es difícil, pero siento que es importante, que necesitamos derribar las últimas murallas que nos separan.
Javier cierra los ojos por un momento, como si estuviera buscando las palabras correctas o quizás el coraje para decirlas. Cuando habla, su voz está cargada de un dolor profundo, casi palpable.
—Ya sabes que soy militar, algo que nunca te gustó —comienza, su tono es neutral, pero sé que detrás de esa neutralidad hay un torrente de emociones reprimidas—.
Fue tras nuestra ruptura, me ofrecieron participar en un operativo aquí, en África.
Estaba tan jodido que acepté, pero la misión de rescate resultó ser una trampa.
Mis superiores lo sabían, pero me enviaron de todos modos.
Al parecer era un estorbo para alguien de arriba.
Perdí algunos hombres bajo mi mando y los que sobrevivimos nos vimos obligados a quedarnos aquí, a sobrevivir aquí.
Lo miro, viendo cómo su expresión se endurece, cómo los recuerdos parecen atormentarlo.
—Hubo muchos juicios paralelos y en ninguno salíamos bien parados. Así que decidimos renunciar al ejército y vivir como desertores, como mercenarios… Solo hubo una persona que luchó a nuestro lado, que sabía lo que había detrás de las acusaciones: tu madre.
—Mi madre —repito, sorprendida por la mención.
Javier asiente, su mirada se suaviza al mencionar a mi madre.
—Ella fue la única que creyó en mí después de todo lo que pasó. Me ayudó cuando nadie más lo hizo. Me dio una razón para seguir adelante, y me hizo prometerle que, si alguna vez te encontraba en peligro, te protegería, costase lo que costase.
Mi corazón se detiene por un momento al escuchar eso. Sabía que Javier tenía un pasado doloroso, pero nunca imaginé que estuviera tan ligado a mi familia. La gratitud que siento hacia él es abrumadora, pero también hay algo más, algo que me hace ver a Javier de una manera completamente diferente.
—¿Conocías a mi madre? —preguntó sorprendida.
—La verdad es que hace poco que supe que era tu madre, para mí la doctora Da Silva era un médico militar que creía en mí.
—No conocí a mi madre, apenas tengo recuerdos de ella. Nos dejó a mi padre cuando apenas tenía tres años…
—Yo no tenía ni idea, hasta que Malowe me lo dijo. Ahora empiezo a pensar que tal vez su muerte no fuera tan accidental.
—¿Cómo era?
—¿La verdad? Igualita que tú. Obstinada, trabajadora, inteligente, honrada y honesta hasta la saciedad…
—¿Por qué…? —Y mis palabras se detienen.
—Porque no quise involucrarte. Habíamos roto, me habías dejado claro que ya no tenías sentimientos por mí…
El silencio vuelve a caer sobre nosotros, pero esta vez es diferente.
No es un silencio lleno de incertidumbre o miedo, sino uno que está cargado de un entendimiento profundo, de una conexión que nunca antes habíamos sentido.
Nos miramos, y aunque no hay necesidad de más palabras, siento que algo ha cambiado entre nosotros.
Y, en este instante, me doy cuenta de que, pase lo que pase, no estoy sola. Y quizás, hay algo más esperando para nosotros al final de este infierno.