Capítulo 28 BarakaElena
Elen a
E l agotamiento me invade mientras trato de mantenerme alerta.
He hecho todo lo que he podido por el hijo del jefe de la guerrilla, pero la incertidumbre sobre su recuperación, y el peligro que aún se cierra sobre mí, son una carga demasiado pesada.
Los minutos pasan, cada uno arrastrando consigo la amenaza de lo que vendrá.
Cuando entran de nuevo en la tienda ya no hay palabras.
Me levantan con brusquedad, y sé que me llevarán de vuelta a la tienda de campaña que se ha convertido en mi celda.
La sensación de desesperanza es tan densa como el aire que se respira, pero aún no estoy dispuesta a rendirme.
No mientras haya una posibilidad, por mínima que sea, de sobrevivir.
La tienda de campaña está iluminada por una hoguera en el centro del campamento y el cielo oscuro es el único testigo de lo que pasa aquí.
He perdido la noción del tiempo, ahora mismo no tengo claro cuántos días han pasado desde que me sacaron a rastras del hospital, ¿tres?
Cierro los ojos para sostener las lágrimas que amenazan con escapar, estoy perdiendo la esperanza de que Javier me salve, tal vez, no pueda dar conmigo a tiempo.
África es inmensa… ¿cómo no había pensado en eso?
Y, de pronto, en el borde del campamento algo cambia. Un movimiento que nos hace a todos enfocar la mirada hacia ese punto y Javier surge de la oscuridad como un ángel de la muerte.
Su rostro endurecido y mortalmente serio busca sin descanso, espero que a mí, mientras su pistola apunta a la cabeza del segundo al mando, ese hombre al que salvé y que aún está demasiado débil para resistirse. Es un blanco fácil.
— ¡Que nadie se mueva! —la voz de Javier es un gruñido bajo, lleno de amenaza contenida—. ¡O le lleno el puto cuerpo de metralla!
El campamento entero parece detenerse, como si el tiempo se hubiera congelado.
Puedo ver la confusión en los ojos de los guerrilleros, la lucha interna entre la lealtad al jefe y el miedo a lo que Javier podría hacer.
El segundo al mando, tambaleante y sudoroso, está indefenso, pero su valor para la guerrilla es innegable.
Lo que hace que la situación sea aún más peligrosa.
El jefe de la guerrilla sale de la tienda donde había dejado a su hijo, con el rostro contraído por la furia, pero también por algo más.
Cuando sus ojos se encuentran con los de Javier, hay un destello de reconocimiento, un entendimiento silencioso de que este hombre no es alguien con quien pueda jugar.
También hay algo más en su mirada, un rastro de miedo, porque el hombre al que Javier tiene parece ser importante para él.
—Déjalo —dice el jefe con voz controlada, aunque sus ojos arden con una mezcla de furia y preocupación—. Suéltalo ahora mismo.
Javier no se mueve, su pistola sigue apuntando a la cabeza del hombre.
—Lo soltaré, Baraka, si llegamos a un acuerdo —afirma y, aunque su voz es apenas un murmullo, el campamento entero parece escuchar cada palabra—.
Nos vas a dejar salir de aquí vivos, a ambos, y nosotros te ayudaremos a salvar a tu hijo.
Pero si haces un movimiento en falso, si intentas cualquier cosa, tu hermano no verá otro amanecer.
El jefe de la guerrilla entrecierra los ojos, evaluando la situación. Sé que está sopesando sus opciones, considerando si la vida de su hermano merece el sacrificio.
—Hablas de salvarlo, capitán, pero ni siquiera tienes los medicamentos adecuados para tratarlo —dice el jefe, su voz es un susurro peligroso—. ¿Qué te hace pensar que puedes cumplir tu parte del trato?
—Traeré los medicamentos —responde Javier sin vacilar—. No es una petición. Es tu única opción.
El jefe mira a su hermano que jadea débilmente bajo el cañón de la pistola de Javier, y luego sus ojos se encuentran con los míos.
—Yeye ni nani kwako? [6] —pregunta Baraka a Javier.
—-Yeye ni mke wangu, ukimgusa nitakuua [7] —responde Javier y me gustaría saber qué coño dicen.
Parece algo importante por la expresión de todos. De repente, me he convertido en el centro de atención. Al cabo de un rato, dejo de serlo, justo cuando Baraka habla.
—Está bien —responde el jefe, aunque la ira tiñe cada palabra—. Haz que traigan los medicamentos. Pero hasta que lleguen, ambos estaréis bajo custodia. Y si algo le pasa a mi hijo mientras tanto, ninguno de los dos saldrá vivo de aquí.
Javier sopesa la situación, no tiembla, ya lo hago yo por los dos.
—¿Tengo tu palabra, Baraka? —pregunta y me pilla por sorpresa, ¿de verdad va a confiar en la palabra de un hombre así?
—La tienes —afirma y Javier baja el arma, suelta al segundo al mando y lo apresan. Los guerrilleros lo rodean con sus armas y mi pulso se acelera.
—¿Estás bien? —me pregunta cuando lo acercan a dónde estoy.
—De puta madre —suelto.
—De nada —dice molesto.
—¿Estás loco? ¿Cómo confías en ellos? Vamos a morir, Javier, ¿para eso has venido? ¿Para darles un dos por uno? —. Hablo tan furiosa que mis palabras salen atropelladas, sé que nadie más nos entiende y supongo que eso les resulta divertido porque lo ven a él reír y a mí furiosa.
—No podía dejarte aquí —responde con voz baja, firme, como si esa fuera la única respuesta posible. Como si el riesgo que ha tomado fuera inevitable.
Antes de que pueda replicar de nuevo, los guerrilleros nos empujan hacia la celda improvisada que han dispuesto para nosotros.
Es un pequeño espacio, apenas una jaula hecha de barrotes oxidados y metal soldado de manera rudimentaria, ubicada en la periferia del campamento.
El suelo está cubierto de tierra y el aire huele a humedad y miedo.
Nos arrojan dentro sin ceremonias. La puerta chirría al cerrarse con un golpe seco sellando nuestra precaria prisión.
El jefe de la guerrilla se queda fuera, observándonos con una mirada que promete venganza si algo sale mal. Se gira hacia uno de sus hombres y le da una orden en suajili. Puedo distinguir palabras sueltas, algo sobre enviar a alguien a buscar los medicamentos.
—Dame una radio —pide al jefe con un tono que parece que le haya invitado a una cerveza.
Baraka le da la radio, él mueve la rueda para sintonizar la frecuencia, me mira y pone la radio junto a mi boca.
—¿Me oís? Corto —dice.
—Capitán, aquí Benítez. Te oímos alto y claro. Corto.
—Necesito que consigáis lo que Elena os va a pedir. Tomad nota, es urgente. Habla —me ordena.
—Necesito antibióticos, penicilina sería estupendo y también antipiréticos para bajar la fiebre. Cualquiera en el hospital sabrá…
Javier corta la transmisión, vuelve a tocar la rueda de la radio y se la devuelve a Baraka.
—Si esos medicamentos no llegan a tiempo —dice el jefe, mirando a Javier y luego a mí—, su destino estará sellado. Y el tuyo también, capitán.
Javier asiente con la cabeza, pero no dice nada, sus ojos siguiendo cada movimiento de Baraka hasta que desaparece de nuestro campo de visión, dejando un par de guardias como vigilancia.
Me dejo caer sobre el suelo de la celda, agotada por la tensión y el miedo. Javier se sienta a mi lado, la cercanía de su cuerpo me ofrece un calor reconfortante, aunque las circunstancias nos rodean como una tormenta.
—No debiste venir —murmuro finalmente, mis emociones mezcladas de forma caótica—. Podrías haberte salvado a ti mismo.
Javier me mira, su expresión es suave pero determinada.
—No podía hacer eso —responde, su voz es baja, casi un susurro—. Eres tú.
Sus palabras me golpean con una fuerza que no esperaba.
Parte de mí quiere gritarle por ser tan imprudente, por arriesgar su vida y la mía en un plan tan peligroso.
Pero otra parte de mí está desesperadamente agradecida de no estar sola en este infierno.
Las lágrimas amenazan con brotar, pero me obligo a mantenerme fuerte.
No puedo permitirme derrumbarme, no ahora.
—Si esos medicamentos no llegan… —comienzo, pero Javier me interrumpe.
—Llegarán —dice con una certeza que no sé si es realista o una simple muestra de su terquedad—. Y cuando lo hagan, tú salvarás al niño. Y saldremos de aquí.
Quiero creerle, pero el peso de la realidad me aplasta. Estoy agotada, emocional y físicamente. La responsabilidad de salvar una vida, la vida del hijo de un hombre que no dudará en matarnos si algo sale mal, es casi insoportable.
—Javier, esto es… —comienzo, pero no sé cómo terminar la frase. Es una locura, es injusto, es algo más grande de lo que puedo manejar sola.
Javier toma mi mano, su contacto es firme y cálido, anclándome a la realidad.
—Vamos a salir de esta, Elena —asegura, su tono es firme, lleno de esa convicción que parece inquebrantable.
Cierro los ojos por un momento, dejando que sus palabras se filtren en mi mente.
No sé si puedo hacer lo que él me pide, pero siento que mientras esté a mi lado, quizás, solo quizás, podamos encontrar una manera de salir de esta.
El tiempo pasa con una lentitud exasperante, cada minuto arrastrándose mientras esperamos en la penumbra de la celda.
Me recuesto contra los fríos barrotes, sin soltar la mano de Javier, aferrándome a él como a un salvavidas en medio de un océano de incertidumbre.
Nos quedamos en silencio, compartiendo una paz frágil en medio de la tormenta, mientras el campamento sigue su curso más allá de nuestras rejas.
Todo depende de la llegada de esos medicamentos.
De un milagro en medio del caos.