Oscuro destino (Pactos oscuros 1) Capítulo 27 La Vida en Mis ManosElena
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Capítulo 27 La Vida en Mis ManosElena

Elen a

E l sonido de la cremallera de la tienda abriéndose me saca de mis pensamientos.

Me enderezo, por instinto, aunque mis muñecas aún están doloridas por las ataduras.

Dos guerrilleros entran con sus expresiones endurecidas y sé que cualquier resistencia sería inútil.

Me agarran de los brazos con la misma rudeza de siempre y me arrastran fuera de la tienda sin decir ni una palabra.

El aire fresco de la selva golpea mi rostro, en contraste con la sofocante atmósfera de la tienda.

La oscuridad todavía envuelve el campamento.

El primer rayo de luz del amanecer empieza a romper el horizonte bañando la escena con una luz tenue y grisácea.

Me llevan hacia otra tienda, más grande y custodiada, y mi corazón late más rápido con cada paso que doy hacia lo desconocido.

Me empujan dentro y, al principio, la penumbra de la tienda me impide ver con claridad, pero a medida que mis ojos se acostumbran, vislumbro a un hombre corpulento de pie junto a una camilla improvisada.

Su presencia es imponente, sus ojos son fríos y calculadores, marcados por las cicatrices de un hombre que ha visto y causado demasiada muerte.

En la camilla, veo la figura frágil de un niño, su piel brilla con el sudor de la fiebre, su respiración es irregular y su cuello está rígido en una postura antinatural.

—Doctora —dice el hombre con voz ronca y autoritaria—, este es mi hijo. Si él muere, tú mueres —afirma.

—Está claro que me quieren muerta—murmuro en español, sé que no me entienden porque todos me miran serios—. Si muere alguno, estoy muerta… En mi tierra dirían ‹‹Eres el toro que mató a Monolete›› —aclaro, y esbozo una leve sonrisa porque sé que no me entienden y eso les pone nerviosos.

Mientras me acerco a la camilla me queda claro que el niño, que no debe de tener más de siete u ocho años, está muy enfermo. Su respiración superficial, su frente empapada en una espesa capa de sudor y su cuello…

Hago un gesto para que me desaten las manos, le líder entiende al momento y hace un gesto para que uno de sus hombres corten la cuerda de mis muñecas.

Sacudo las manos una vez libres, para liberarme de la sensación de impotencia y coloco una en la frente del niño. El calor abrasador caliente mi mano hasta la muñeca. No necesito un termómetro para tener claro que tiene que rozar los cuarenta grados.

—¿Cuánto tiempo ha estado así? —pregunto en inglés, el humor se ha disipado.

—Empezó hace tres días —responde el jefe de la guerrilla, su tono es cortante—. Al principio, solo tenía fiebre y dolor de cabeza, pero ayer empeoró. Ahora no puede moverse bien, y apenas habla. Nadie ha podido hacer nada por él.

Examino al niño con cuidado, buscando cualquier otro síntoma que pueda ayudarme a entender lo que está sucediendo.

Cuando noto la rigidez de su cuello y su reacción desmedida al intento de moverlo, mi estómago se hunde.

Los síntomas apuntan sin duda alguna a una meningitis bacteriana, una enfermedad que, sin tratamiento adecuado, es mortal.

—Tiene meningitis bacteriana —informo, levantando la vista para encontrarme con la mirada dura del padre—. Necesita tratamiento inmediato con antibióticos, y tengo que bajarle la fiebre ahora mismo. De lo contrario, podría morir en cuestión de horas.

El jefe de la guerrilla me observa con una intensidad que me hace sentir como si estuviera bajo un microscopio. No sé si entiende la gravedad de la situación, pero sé que no tengo tiempo para convencerlo.

—¿Tienes lo que necesitas para tratarlo? —pregunta, su voz es apenas un susurro cargado de peligro.

Trago saliva y sacudo la cabeza, sabiendo que lo que voy a decir podría sellar mi destino.

—No puedo prometer nada —respondo con la voz tan firme como puedo—. Necesito antibióticos fuertes, como ceftriaxona o penicilina, y equipo para monitorear su estado. También necesito bajarle la fiebre de inmediato. Lo que tenga aquí puede no ser suficiente, pero haré lo que pueda con lo que me den.

El hombre me mira con intensidad durante un largo segundo, antes de girarse hacia uno de los hombres que lo acompaña.

Les da instrucciones rápidas en suajili, y los hombres salen de la tienda a toda prisa.

Siento que el tiempo se acorta, que cada segundo que pasa disminuye las posibilidades del niño.

Los hombres regresan con un pequeño botiquín, y al abrirlo mi corazón se hunde. El botiquín es una mezcolanza de medicamentos y suministros, pero no hay antibióticos potentes, solo algunos de uso común que podrían ser ineficaces contra una infección tan agresiva. Sin embargo, no tengo otra opción.

—Necesito agua limpia y paños fríos —digo, tomando lo que puedo del botiquín—. También necesito que lo sujeten. La fiebre puede hacer que tenga convulsiones, y no podemos permitir que se lastime más.

Los hombres hacen lo que les pido, aunque sus movimientos son torpes, como si no entendieran por qué estoy dando esas instrucciones.

No tengo tiempo para explicaciones, solo para actuar.

Mientras coloco un paño frío en la frente del niño, intento recordar todo lo que sé sobre el tratamiento de la meningitis en condiciones extremas.

Pero en el fondo, sé que lo que más necesita es un tratamiento que aquí no puedo proporcionar.

El jefe de la guerrilla se inclina sobre mí, sus ojos arden con una mezcla de miedo y furia.

—Si algo le pasa a mi hijo... —escupe, dejando la amenaza en el aire.

—Será culpa suya, de nadie más —le dejo claro—.

No tenía que haber esperado tanto —continúo diciendo, no me importan sus miradas terroríficas ni la cantidad de armas que llevan encima—.

Haré todo lo que pueda, pero necesita antibióticos más potentes, no esta mierda que tenemos aquí.

Si no se estabiliza, tendremos que trasladarlo a un lugar con mejor equipamiento.

La expresión del jefe de la guerrilla se endurece aún más.

—No hay otro lugar —responde con frialdad—. Si no puedes salvarlo aquí, no hay salvación para ti tampoco.

—Supongo que será un riesgo, ¿no?

—¿Qué quiere decir, doctora? —pregunta con esa voz que me provoca escalofríos. No, no es solo su voz, es todo. Esa mirada, sus cicatrices, su presencia… Es la imagen del mismo diablo.

—Entiendo que llevarlo a un hospital le hace correr riesgos.

Como que lo capturen y lo usen contra usted, ¿verdad?

Por eso prefiere que su hijo muera antes de que lo apresen.

—El hombre no dice nada, pero su mirada ha cambiado un poco, se ha suavizado—.

Puedo ayudarlo, pero no con esto. Tiene que buscar, sea como sea, otro tipo de antibióticos.

Penicilina me servirá y supongo que será la más fácil de encontrar.

No pronuncia palabra alguna, pero hace un gesto con la mano y uno de sus hombres aparece de inmediato a su lado, me recuerda a un perro meneando la cola a la espera de que su amo le lance un palo.

Cuando el hombre asiente y se larga de la tienda, me concentro en el niño.

Mis manos van a toda velocidad, tratando de bajarle la fiebre.

Le administro los medicamentos de los que dispongo de momento, pero sé que estoy luchando en contra del tiempo, y que mis esfuerzos no van a valer de nada si la penicilina no llega a tiempo.

Siento el peso de la amenaza sobre mí, pero también el de la responsabilidad. No importa quién sea este hombre, o lo que haya hecho. Este niño es un paciente que necesita ayuda urgente y yo soy la única que puede intentar salvarlo.

Las horas pasan tan despacio que cada minuto parece una eternidad. El niño se estremece en la camilla, su pequeño cuerpo se sacude con convulsiones mientras lucho por mantenerlo estable. Los hombres me observan en silencio con expresiones serias. Sus ojos reflejan miedo.

Después de lo que parecen siglos, la fiebre del niño comienza a bajar un poco.

Es un pequeño alivio, pero sé que no es suficiente.

Necesita más tratamiento, mejores medicamentos y un entorno más adecuado.

Pero estoy atrapada aquí, con recursos limitados y con la vida de un niño, y la mía propia, pendiendo de un hilo.

Mis pensamientos se van por otros derroteros, y se preguntan por qué Javier tarda tanto.

Empujo la idea de que me haya dejado sola en esto lejos, aunque su envite va cobrando fuerza.

Cuando termino de hacer todo lo que puedo, me siento en el suelo junto a la camilla, exhausta.

El jefe de la guerrilla sigue observando, su mirada es imposible de leer.

Sé que está evaluando si mis esfuerzos son suficientes, si he hecho lo que podía.

Pero también sé que no es mi trabajo juzgar lo que merece o no.

—He hecho todo lo que podía con lo que tenía —digo, mi voz es apenas un susurro—. Ahora solo queda esperar. Pero si no recibe tratamiento adecuado pronto... podría no sobrevivir.

El jefe se queda en silencio, observando a su hijo con una expresión que, por un breve momento, se transforma en algo que se parece al dolor. Pero desaparece tan rápido como ha llegado y su mirada se endurece de nuevo.

—Eres valiente, doctora —afirma rompiendo el silencio, su voz es fría, pero hay un rastro de respeto—. Aun así no lo olvides; su vida está en tus manos. Y la tuya también.

Me quedo en silencio sin saber qué más decir.

Ganas me dan de decirle que para milagros a Lourdes, pero no valdría de nada.

Además, me conozco y sé que no me rendiré mientras haya una chispa de vida en ese niño.

Sé que seguiré luchando por él. Porque, al final del día, eso es lo que soy: una doctora.

Y aunque mi vida esté en peligro, no puedo dejar de hacer lo que juré hacer; salvar vidas. Incluso en las peores circunstancias.