Capítulo 26 Jugando con fuegoJavier
Javie r
L a noche en Mwanza es sofocante, llena de una humedad que se aferra a la piel y un calor que no cede ni siquiera después de que el sol se haya ocultado.
Las luces parpadeantes de la ciudad se reflejan en las aguas oscuras del lago Victoria, creando un ambiente que oscila entre lo sombrío y lo siniestro.
Para la mayoría, es solo otra noche en una ciudad donde la vida sigue su curso.
Pero para mí, esta noche es diferente. Es una noche en la que la desesperación es mi única compañera.
Mis botas resuenan contra el asfalto agrietado mientras avanzo por los callejones estrechos y mal iluminados.
El olor a basura y sudor me llena las fosas nasales, una mixtura agria que se mezcla con el humo de los pequeños puestos de comida que permanecen abiertos, atendiendo a los pocos clientes que se atreven a salir a esta hora.
Las miradas furtivas que recibo de los transeúntes son frías y desconfiadas, pero no tengo tiempo para preocuparme por eso. Estoy en una carrera contrarreloj.
Mi primera parada es un mercado clandestino, un lugar donde se pueden comprar y vender cosas que nadie debería tener.
Las carpas de lona están apretujadas unas contra otras, creando un laberinto donde el aire es denso y casi asfixiante.
Aquí, los comerciantes están acostumbrados a no hacer preguntas, pero también saben quién tiene las respuestas.
Uno de mis contactos, un tipo escurridizo conocido como ‹‹Bwana››, se esconde entre las sombras de una carpa de artículos electrónicos de dudosa procedencia.
Es un hombre de pequeña estatura, con una piel curtida por el sol y una sonrisa que nunca llega a sus ojos.
Sus manos están ocupadas regateando con un cliente cuando me acerco, pero su mirada se fija en mí tan pronto como me reconoce.
—Capitán —dice, su voz un susurro tan bajo que apenas se escucha sobre el murmullo del mercado—. ¿Qué te trae por aquí? No es… usual verte por este lado de la ciudad.
Me inclino hacia él, sin perder tiempo en formalidades.
—Necesito información, Bwana —digo, manteniendo mi voz tan neutral como puedo—. Y la necesito ahora.
Bwana entrecierra los ojos y su expresión se vuelve cautelosa.
—Información… La información es un artículo de lujo —responde con tono calculador—. Y más si es sobre algo que no debería saberse.
Saco un pequeño fajo de billetes y se lo dejo en la mano. Él lo mira con avidez antes de guardarlo en el bolsillo de su chaqueta desgastada. Pero la codicia no oculta el miedo que veo reflejado en sus ojos.
—Estoy buscando a unos hombres —continúo, mi voz es baja pero firme—. Guerrilleros. Se llevaron a alguien que me importa. Necesito saber dónde están.
Bwana se tensa visiblemente, su rostro se vuelve aún más sombrío.
—Está jugando con fuego, capitán —murmura, sus ojos se mueven nerviosos por el mercado, como si temiera que alguien lo estuviera escuchando—. Esos hombres... no son del tipo con el que te quieres meter. Si están aquí, significa que tienen conexiones que van más allá de lo que podemos controlar.
—Eso ya lo sé —respondo, apretando los dientes—. Pero no me importa. Dime lo que sabes.
Bwana duda por un momento, su rostro se contrae en una mueca de preocupación. Pero al final, suspira y asiente.
—He escuchado rumores —admite, su voz apenas un susurro—.
Dicen que hay un campamento en las colinas, cerca de una antigua mina de oro.
La mina está abandonada, pero la guerrilla la ha estado usando como base.
Es un lugar bien defendido, y no muchos saben cómo llegar.
Si la persona que buscas está allí... bueno, vas a necesitar algo más que suerte para sacarla.
La información es como una chispa en la oscuridad, algo a lo que aferrarme. La mina abandonada podría ser el lugar donde tienen a Elena. Pero también sé que no será fácil llegar hasta allí.
—Gracias, Bwana —digo distraído, mi mente ya está trabajando en los próximos pasos—. Esto es lo que necesitaba.
—Ten cuidado, capitán —dice Bwana, su tono parece teñido de preocupación—. Esos hombres... no dudarán en matarte si te acercas demasiado.
No respondo. Ya lo sé. Pero no hay otra opción.
Mientras me alejo del mercado, las luces se vuelven más escasas y las sombras más largas.
El siguiente lugar que visito es una taberna mal iluminada en la periferia de la ciudad, un lugar conocido por ser un punto de encuentro para mercenarios y contrabandistas.
Aquí, la información es moneda de cambio y yo estoy dispuesto a pagar lo que sea necesario.
Al entrar, el olor a tabaco y alcohol rancio me golpea como una bofetada.
Las pocas personas que están dentro me miran de reojo, evaluándome, pero no les presto atención.
Me acerco a la barra, donde el camarero, un hombre de mediana edad con una cicatriz en la mejilla, me observa con una mezcla de curiosidad y desconfianza.
—Busco a alguien que conozca bien la selva —digo sin preámbulos—. Alguien que pueda guiarme a un lugar que no muchos conocen.
El hombre arquea una ceja, pero no dice nada. En lugar de eso, hace un gesto con la cabeza hacia una mesa en la esquina, donde un hombre solitario está sentado, bebiendo en silencio.
Me acerco a él, mis pasos resuenan en el suelo de madera desgastada.
El hombre levanta la vista cuando me detengo frente a él.
Es un tipo grande, con una barba desaliñada y ojos que han visto demasiado.
Pero lo más notable es la cicatriz que le cruza la garganta, un recordatorio de un pasado violento.
—¿Eres al que llaman Mzee? —pregunto.
El hombre asiente, sin prisa, mientras sus ojos me evalúan con frialdad.
—Depende de quién lo pregunte —responde, su voz es grave y rasposa, como si cada palabra le costara un esfuerzo sobrehumano.
—Necesito un guía —le digo—. Alguien que pueda llevarme a la mina abandonada en las colinas. Sé que es un lugar peligroso y que la guerrilla lo controla, pero no tengo otra opción.
Mzee me observa en silencio durante un largo momento, su expresión es ilegible.
—Esa mina... no es un lugar al que vayas por capricho —su tono es serio—. Si la guerrilla está allí, estarás entrando en la boca del lobo. ¿Estás seguro de que quieres hacer esto?
—No tengo opción —repito sin rastro de duda—. Se llevaron a alguien importante para mí, y no voy a dejarla allí.
Mzee asiente lentamente, como si estuviera sopesando mis palabras.
—Será caro —advierte, aunque su tono sugiere que el dinero no es su principal preocupación—. Muy caro —señala—. Y no hay garantías de que salgas vivo de allí.
—No estoy pidiendo garantías —respondo—. Solo necesito que me lleves hasta allí.
Mzee me observa un momento más antes de asentir.
—De acuerdo —acepta—. Pero salimos al amanecer. La selva no es lugar para deambular de noche. No si quieres llegar a tu destino.
Asiento y le paso un fajo de billetes, asegurándome de que comprende que no hay espacio para la traición. Mzee lo guarda sin decir una palabra, su mirada es oscura y calculadora.
Mientras me dirijo hacia la salida de la taberna, la realidad de lo que estoy a punto de hacer se asienta en mi mente.
La noche está en su punto más oscuro cuando salgo a las calles desiertas de Mwanza, pero mi determinación brilla más fuerte que nunca.
Mañana, al amanecer, entraré en la selva con un hombre que apenas conozco, hacia un destino del que quizás no regrese.
Esto no es solo una misión de rescate; es una misión suicida.
Y no me importa. Elena está en manos de esos hombres, y no me detendré hasta sacarla de allí.
Aunque eso signifique atravesar el infierno para llegar a ella.