Oscuro destino (Pactos oscuros 1) Capítulo 25 En Manos del EnemigoElena
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Capítulo 25 En Manos del EnemigoElena

Elen a

E l rugido del motor de la camioneta es ensordecedor, llenando el silencio con una monotonía que solo acentúa mi terror.

Me han atado las manos con una cuerda áspera que se clava en mi piel, y cada bache en el camino hace que mis muñecas ardan más.

Estoy sentada en el suelo metálico del vehículo, mi espalda apoyada contra la pared lateral, con las rodillas pegadas al pecho, intentando hacerme pequeña, invisible.

Pero no hay forma de escapar de lo que está sucediendo.

La oscuridad de la noche se cuela por las rendijas de la camioneta y, aunque no puedo ver hacia dónde nos dirigimos, siento cada kilómetro como un paso hacia lo desconocido, hacia un abismo que temo no poder cruzar.

El aire dentro del vehículo es denso, cargado con el olor agrio del sudor y la sangre.

El segundo al mando de la guerrilla, el hombre cuya vida salvé, yace a unos metros de mí respirando con dificultad.

Su herida está mal vendada y tengo claro que, si no recibe atención pronto, podría morir.

Parte de mí se aferra a esa idea, como si su muerte pudiera significar mi liberación.

Pero la otra parte, la que sigue siendo doctora, sabe que no puede dejar de lado su deber, por mucho que este hombre lo merezca.

Los guerrilleros que me escoltan hablan en voz baja, en suajili, un idioma del que he aprendido algo, pero no lo suficiente como para captar todos los matices de su conversación.

Aun así, puedo sentir la tensión en sus palabras, la urgencia en sus voces.

Sé que no soy su objetivo principal. Soy un recurso, un medio para un fin.

Y eso me aterra aún más, porque cuando obtengan lo que necesitan… no valdré nada.

Intento mantener la calma, controlar mi respiración aunque el miedo se arremolina dentro de mí como una tormenta.

Me obligo a recordar los rostros de los pacientes que he tratado, los momentos en que he logrado mantener la compostura en medio del caos.

Pero esta vez es diferente. Esta vez, no soy la que tiene el control.

Uno de los guerrilleros, un hombre con una cicatriz que le cruza la ceja, se gira hacia mí y me lanza una mirada que hace que el frío de la noche se cuaje en mis venas.

Sus ojos son vacíos, sin rastro de empatía o humanidad.

Solo veo crueldad en ellos, una frialdad que me recuerda cuán frágil es mi situación.

—No te muevas, doctora —dice en un inglés áspero, con un acento marcado—. No queremos matarte… todavía.

Trago saliva, mi garganta está seca, no respondo. No quiero darle la satisfacción de saber cuánto me ha asustado. Me limito a mantener la mirada fija en el suelo, intentando no mostrar el temblor que recorre mi cuerpo. Pero sé que él lo ve, lo siente, y eso solo aumenta su satisfacción.

Cada vez que la camioneta se desvía de la carretera principal, el terreno se vuelve más accidentado, más inhóspito.

Puedo sentir cómo nos adentramos en la selva, en un lugar que, con toda probabilidad, está muy lejos de cualquier tipo de ayuda.

La desesperanza comienza a arraigar en mi pecho y me obligo a no dejar que crezca.

Javier vendrá. Sé que lo hará. Solo tengo que resistir, solo tengo que sobrevivir.

Mis pensamientos vuelven a Javier, a la última mirada que compartimos antes de que me arrastraran fuera del hospital.

Había algo en sus ojos, una mezcla de furia y dolor que me ha perseguido desde el momento en que lo vi.

Sé que él hará todo lo posible por rescatarme, pero también sé que las probabilidades estaban en nuestra contra.

Estos hombres no son simples criminales; son guerrilleros entrenados, acostumbrados a la violencia, y no dudarán en usarme como moneda de cambio o como herramienta para sus fines.

Cada vez que pienso en lo que podrían hacerme, siento que el terror me ahoga. Pero no puedo dejarme llevar por él. Tengo que mantenerme fuerte, no solo por mí, sino por Javier, por las personas que dependen de mí. Si me derrumbo ahora, si dejo que el miedo me paralice… habré perdido.

El hombre herido gime de dolor y su respiración se vuelve cada vez más entrecortada.

Su condición está empeorando y parte de mí sabe que no puedo hacer nada por él aquí, en estas condiciones.

Pero otra parte, la parte más racional, entiende que si muere esos hombres podrían decidir que ya no me necesitan.

El pensamiento es tan cruel como realista y no puedo evitar sentir una punzada de culpa por pensarlo.

Me fuerzo a mirar al herido, a evaluar su estado.

Es lo único que puedo hacer para mantener mi mente ocupada, para no pensar en lo que podría sucederme si llegamos al campamento.

La herida en su abdomen está sangrando de nuevo, la venda improvisada ya no es suficiente.

Necesita cirugía, pero no hay forma de hacer nada sin los equipos adecuados.

Uno de los guerrilleros me lanza una mirada de advertencia cuando me inclino hacia el herido.

—¿Qué haces? —gruñe, su mano se tensa sobre el rifle que lleva en el regazo.

—Está empeorando —respondo, intentando mantener la voz firme—. Si no lo trato pronto, morirá antes de que lleguemos a donde quiera que vayamos.

El hombre me observa con desconfianza, pero no se mueve.

Sabe que tengo razón como también sabe que no puede permitirse mostrar debilidad ante los otros.

Al final, se vuelve hacia el hombre de la cicatriz y le dice algo en suajili, algo que no logro entender del todo, que parece ser una consulta sobre si deben detenerse o no.

El hombre de la cicatriz niega con la cabeza, su expresión es impasible.

—Sigue adelante —ordena—. Si muere, la doctora lo hará también. No hay diferencia.

El terror me golpea de nuevo como una ola imparable. Mi vida ahora depende de un hombre que podría no sobrevivir al viaje. Estoy atrapada en una situación en la que no tengo control, donde mi destino está en manos de hombres que no tienen ningún interés en mantenerme a salvo.

‹‹¿Y qué pasa si salvar a este hombre significa que morirá alguien más?

¿Qué pasa si, por tu decisión, mueren más personas inocentes?

¿Podrás vivir con eso, Elena? Porque es justo lo que va a pasar››, las palabras de Javier resuenan en mi cabeza como una condena, como si hubiera podido vislumbrar lo que vendría si lo salvaba y me doy cuenta de lo oscuro que es mi destino.

Creo que es la primera vez que me arrepiento de haberle salvado, de no haber escuchado a todos los demás.

Después de lo que parece una eternidad la camioneta se detiene.

Fuera, el sonido de la selva es sofocante, una mezcla de ruidos desconocidos que me hacen sentir aún más perdida.

Los guerrilleros abren la puerta trasera del vehículo y me arrastran fuera sin miramientos, tirando de mí como si fuera un saco de patatas.

Mis piernas tiemblan cuando tocan el suelo y apenas logro mantenerme en pie mientras me llevan a través de la espesura hasta lo que parece ser un campamento improvisado.

A mi alrededor, puedo ver otras tiendas de campaña, hombres armados patrullando y el resplandor de hogueras que iluminan el área con una luz fantasmal.

Me llevan a la fuerza hacia una tienda de campaña grande en el centro del campamento, a la que me obligan a entrar.

El interior es oscuro y sofocante, pero mis ojos se adaptan con rapidez.

Dentro, veo a varios hombres reunidos alrededor de una mesa improvisada, hasta arriba de armas y mapas.

El aire está cargado de humo de cigarro y sudor.

El líder de los guerrilleros, el que me secuestró en el hospital, se acerca a uno de los hombres que, deduzco, es su superior. Susurran algo entre ellos antes de que el líder se vuelva hacia mí con una sonrisa que me hiela la sangre.

—Bienvenida, doctora —dice con una amabilidad falsa que solo aumenta mi terror—. Parece que su trabajo aún no ha terminado. Nos aseguraremos de que su paciente reciba toda la atención que necesita… y de que usted no vaya a ninguna parte.

El suelo se tambalea bajo mis pies, aunque me esfuerzo por mantener la compostura. Cada palabra suya es como un cuchillo que se hunde más en mi miedo. Me obligo a no colapsar, a mantener la esperanza de que Javier vendrá a por mí. Sé que lo hará. Solo necesito resistir hasta entonces.

Los hombres me arrastran a una esquina de la tienda y me obligan a sentarme en el suelo. Mi corazón late con fuerza, trato de mantener la cabeza alta a pesar del pánico que se arremolina dentro de mí. No puedo dejar que me vean derrumbarme. No puedo darles esa satisfacción.

—Quédate aquí, doctora —dice el hombre de la cicatriz, su tono está lleno de burla—.

No te preocupes, no planeamos matarte… aún —repite.

Y de nuevo sus palabras me hielan la sangre.

Me quedo en silencio, mi mente trabaja a mil por hora buscando una forma de escapar, una forma de sobrevivir.

Sé que no hay salida fácil. Estoy en sus manos y la única esperanza que tengo es que Javier encuentre una manera de sacarme de aquí.

Los hombres continúan hablando entre ellos, ignorándome por el momento. No tengo idea de cuánto tiempo estaré aquí, ni de lo que planean hacer conmigo. Pero sé que necesito mantenerme fuerte, por mí misma y por Javier. Estoy segura de que ya viene a por mí.

Los guerrilleros me dejan sola en la tienda con las manos aún atadas.

El sonido de la selva a mi alrededor se convierte en un recordatorio constante de lo lejos que estoy de cualquier tipo de ayuda.

Me recuesto contra la pared de la tienda y cierro los ojos por un momento intentando mantener a raya al pánico que amenaza con consumir mi razón.

Respiro hondo, obligándome a pensar en Javier, en su promesa de que siempre me protegería. Sé que vendrá. Lo siento en lo más profundo de mi ser. Pero también sé que tengo que mantenerme fuerte, con vida, hasta que él llegue.

Los minutos pasan como horas en la oscuridad de la tienda, mientras me esfuerzo por escuchar cualquier indicio de lo que está sucediendo afuera.

Cada crujido, cada paso, cada murmullo es una amenaza potencial, pero también podría ser una señal de esperanza.

Cada sonido me mantiene alerta, cada momento me acerca un poco más a la decisión de actuar, si se presenta la oportunidad.

No sé cuánto tiempo estaré aquí, pero sé que la paciencia será mi aliada. Si espero el momento adecuado, si mantengo mi mente clara y mi voluntad firme, podré sobrevivir a esto. Y cuando la oportunidad llegue, no dudaré en aferrarme a ella.

Mientras espero en la penumbra, en silencio, solo puedo rezar para que Javier llegue antes de que sea demasiado tarde.