Capítulo 24 Lobo SolitarioJavier
Javie r
S ubo a mi camioneta, el rapto de Elena ha dejado un silencio opresivo en mi pecho.
—¡Joder! —grito aporreando el volante con la misma fuerza que la impotencia me golpea a mí.
Es un sentimiento que no puedo permitirme, tengo que mantener la calma, la cabeza fría para traerla de vuelta, pero no puedo evitar que el miedo me atraviese el pecho como un afilado cuchillo.
El hospital, por lo genera un refugio, ahora se siente como una trampa. Un lugar de pesadilla donde todo está fuera de control. No puedo quedarme aquí. No puedo esperar.
Acelero y me encamino con rapidez hacia mi campamento, donde sé que estarán mis hombres. Son los únicos en este maldito lugar que entienden lo que está en juego, que comprenden lo que se necesita hacer en situaciones como esta.
Al llegar, me dirijo a la sala donde mi equipo se ha reunido a petición mía.
Nada más entrar me doy cuenta de que la tensión es palpable.
Todos se vuelven hacia mí en cuanto me ven, sus rostros reflejan la misma mezcla de rabia y desesperación que arde dentro de mí.
Benítez, mi segundo al mando, se adelanta.
Veo que tiene la mandíbula apretada y sus ojos están llenos de preguntas que no necesitan ser pronunciadas.
—¿Qué vamos a hacer? —pregunta, su voz resuena grave y cargada de determinación—. No podemos dejarla allí, capitán.
Miro a mis hombres, cada uno de ellos esperando mis órdenes, listos para lanzarse al peligro sin dudar. Pero sé que esto no es una misión para un equipo completo. Esto es personal, y la forma en que se llevará a cabo no admite margen de error.
—Sé dónde podrían estar —digo, cortando cualquier intento de protesta antes de que empiece—. Hay un campamento que montaron cerca del río, al suroeste de aquí. Es probable que la hayan llevado allí. Pero no necesito a todo el equipo en esta misión.
Benítez frunce el ceño, su rostro endurecido por la frustración. Me conoce, sabe lo que estoy insinuando.
—¿Quieres ir solo? ¿Estás loco? —suelta Morales, su tono una mezcla de incredulidad y enfado—. Sabes que es una trampa. Nos necesitas a todos para sacarla de ahí.
—Porque sé que es una trampa, voy solo —respondo con firmeza, mi voz se convierte en acero—. No voy a arriesgar a todo el equipo. No por esto.
—¿No por esto? —Benítez se acerca un paso más, su postura es desafiante—. No puedes ir solo, Javier. Es suicida, y lo sabes. Déjanos ir contigo, cubrimos más terreno juntos. Lo hemos hecho antes.
—Ella es importante para ti, por lo que es importante para todos nosotros —añade Sight sin darme tiempo a decir nada—. No puedes llevar esta carga solo. Sabes que no tienes que hacerlo.
Siento la lucha interna en mi pecho, una parte de mí quiere aceptar su oferta, dejar que compartan el riesgo. Pero no puedo permitirlo. No puedo poner en peligro a más personas. Esta misión es demasiado personal, demasiado peligrosa.
—Si venís conmigo, podríais morir —declaro, mi tono es firme, pero hay una sombra de emoción en él que no puedo ocultar—. Y si alguno muere, Elena nunca se lo perdonará. No puedo permitir que más personas sufran por esto. Voy solo. Punto.
Miro a Benítez y luego a los demás. Cada uno de ellos ha estado conmigo en situaciones que harían palidecer a cualquier otro hombre. Sin embargo, esta vez es diferente. Esta vez, el riesgo de llevarlos conmigo es demasiado alto.
—Si algo sale mal, si no puedo controlarlo —digo, bajando el tono para que solo ellos lo escuchen—, Elena morirá. Y si todos estamos allí, si todos morimos, nadie podrá proteger a los que quedan aquí. No puedo permitirme ese lujo. Este es un trabajo para un lobo solitario. Y ese lobo soy yo.
El silencio que sigue a mis palabras es denso, cargado de tensiones no resueltas. Sé que mis hombres están divididos entre su lealtad hacia mí y su deseo de salvar a Elena. Puedo ver la lucha en sus rostros, la batalla entre el instinto y la razón.
Tras unos segundos interminables, Benítez asiente, aunque la resignación en su mirada es inconfundible.
—No tiene que ser así, Javier —dice, con voz baja y llena de amargura—. Pero si esta es tu decisión, al menos déjanos darte algo de apoyo desde la distancia. Algo que te ayude si las cosas se ponen feas.
—No haré esto sin un plan —respondo, sabiendo que no puedo dejarlos completamente fuera—. Os quiero cerca, pero no demasiado. Solo tenéis permiso para actuar si todo se convierte en un puto infierno. Pero solo entonces.
Morales asiente aceptando las condiciones, aunque no le gusten.
Sé que no los he convencido del todo, pero al menos los tengo de mi lado.
El resto de mis hombres también asienten, aunque la frustración sigue presente.
No los culpo. Ellos saben lo que está en juego, y lo que me estoy jugando al ir solo.
Dejo a mis hombres en el hospital con las instrucciones claras de mantenerse listos, y me dirijo a mi cabaña.
Dentro el aire es fresco, aunque lleno de la familiaridad del equipo que he usado en innumerables ocasiones. Esta vez, cada pieza de equipo parece pesar más, cada arma tiene un significado más profundo.
Abro el armario donde guardo mi arsenal.
Cada elección que hago no es solo por eficiencia, sino por la necesidad de asegurarme de que tengo lo que necesito para enfrentar cualquier cosa que pueda encontrar en ese campamento.
El rifle que selecciono es uno en el que confío, uno que ha sido mi salvavidas en más de una ocasión.
Lo armo con la precisión de un cirujano, mis movimientos son automáticos, casi mecánicos.
El chaleco antibalas, las granadas, el cuchillo en su funda.
.. coloco todo en su lugar con una meticulosidad nacida de la necesidad de supervivencia.
No hay margen para el error. No puedo permitirme dudar.
La vida de Elena depende de mi capacidad para estar en mi mejor forma, para tomar las decisiones correctas en fracciones de segundo.
Mientras ajusto la pistola en su funda, me detengo un momento.
Miro el arma, y por primera vez, siento el peso de lo que estoy a punto de hacer no solo en mis manos, sino en mi alma.
Esto no es solo una misión. Es un rescate que podría definir el resto de mi vida.
Si fallo, no solo perderé a Elena; me perderé a mí mismo.
Respiro hondo, dejando que el aire fresco llene mis pulmones y despeje mi mente.
No hay espacio para dudas. Elena está en manos de hombres que no dudarán en hacerle daño, y soy el único que puede sacarla de allí.
No importa lo alto que sea el riesgo, no importa lo que me cueste.
Tengo claro que ella es lo único que me importa perder.
Con el equipo completo y listo, salgo del refugio. La noche es oscura, pero la claridad que siento en mi mente es casi cegadora. Me muevo con la precisión de alguien que sabe que cada paso podría ser el último, pero que también sabe que no hay otra opción.
Me adentro en la selva, el camino hacia el campamento está claro en mi mente. Los pasos se vuelven más ligeros a medida que me sumerjo en la misión. No hay vuelta atrás. Lo único que importa ahora es traerla de vuelta.