Capítulo 23 Demasiado tardeElenaJavier
Elen a
E l hospital ha estado en una paz tensa los últimos días, una tranquilidad que se siente frágil, como si pudiera romperse en cualquier momento.
Incluso mientras intento concentrarme en mis tareas, no puedo sacudirme la sensación de que algo está a punto de estallar.
Algo en el ambiente, en la manera en que el personal se mueve con una cautela casi reverente, me dice que el peligro aún no ha pasado.
Estoy revisando los signos vitales del segundo al mando de la guerrilla, el hombre cuya vida salvé a pesar de todo, cuando un ruido sordo y grave sacude el hospital. Un eco distante, como el retumbar de un trueno, pero demasiado cercano para ser solo una tormenta.
Miro a mi alrededor, puedo ver el miedo en los ojos de los enfermeros y médicos. Ellos también lo sienten. Algo está a punto de suceder.
De repente, el ruido se convierte en caos.
Voces elevadas, el sonido de botas pesadas en los pasillos y gritos.
Mi corazón se acelera mientras trato de entender lo que está pasando.
Antes de que pueda reaccionar, la puerta de la sala se abre de golpe y un grupo de hombres armados irrumpe en la habitación.
Mis manos se congelan en el aire y el hombre parpadea sin fuerzas tratando de enfocar la escena a su alrededor. Los hombres armados, se despliegan en la sala con una eficacia aterradora
— ¡Quietos! —grita uno de ellos, apuntando su rifle hacia mí. Mi corazón late con fuerza y me quedo inmóvil sin saber qué hacer.
El líder del grupo, un hombre alto y delgado con una cicatriz que le cruza el rostro, se acerca a la camilla donde yace el segundo al mando. Sus ojos, fríos y despiadados, se clavan en el herido con una mezcla de preocupación y furia.
—Nos lo llevamos —declara, su voz es áspera, y no da lugar a discusión.
—¡No! —digo, sin poder evitar que la palabra salga de mi boca. Mi instinto de proteger a mis pacientes se impone al miedo y doy un paso hacia ellos—. No pueden llevárselo. Aún necesita atención médica. Si lo mueven ahora, podría morir.
El líder se gira hacia mí y, durante un momento, el silencio en la sala es ensordecedor. Su mirada es glacial, llena de una crueldad que me deja sin aliento. Da un paso hacia mí, su rifle todavía apunta al suelo, aunque la amenaza en su postura es clara.
—Eso no es asunto tuyo, doctora. Le estamos agradecidos por la ayuda —aclara—, pero él es uno de los nuestros y nos lo llevamos. Siento decirle que no puede detenernos.
Siento cómo el pánico crece en mi interior, pero trato de mantenerme firme. Mi voz tiembla mientras hablo, pero no puedo dejar que se lo lleven sin al menos una advertencia.
—Si lo mueven ahora, su herida se abrirá de nuevo. Podría sangrar hasta morir antes de que lleguen a donde quiera que vayan —intento razonar con ellos, sabiendo que es casi imposible—. Déjenme terminar de tratarlo aquí. Después podrán llevárselo.
El líder me mira, su expresión pasando de la burla al desprecio absoluto. Sin previo aviso, me agarra por el brazo y me empuja contra la pared. El impacto me deja sin aliento y siento un dolor agudo en el costado, justo en la zona que ha chocado contra la pared.
—¡Tú no decides nada aquí, doctora! —escupe, su rostro está a solo centímetros del mío—. Nos lo llevamos ahora. Y, ¿sabes qué? Te vienes con nosotros. Solo por si acaso —añade.
Y tengo que joderme porque me lo he buscado por bocazas. Parece que no me quiero enterar de cómo funcionan las cosas aquí.
—¿Nos la llevamos? —pregunta con incredulidad uno de los hombres.
—Puede sernos útil —ladra.
El terror se apodera de mí de inmediato. Miro a mi alrededor, buscando con desesperación una salida, pero los hombres armados bloquean cualquier escape. El líder hace un gesto a dos de sus hombres y, antes de que pueda reaccionar, me agarran por ambos brazos inmovilizándome con una fuerza brutal.
En ese momento se escucha la puerta golpear contra la pared.
Javier entra en la sala. Su rostro, que hasta hace unos segundos lucía frío y controlado, se transforma en una máscara de puro pánico y furia cuando ve lo que está sucediendo.
Su mirada se encuentra con la mía y todo lo demás desaparece.
Siento que el mundo se detiene mientras la impotencia me invade.
—¡Suéltala! —grita Javier, su voz retumba en la sala como una orden que no admite réplica.
El líder de los guerrilleros se gira hacia él y en su rostro aparece una sonrisa torcida, llena de una malicia que me hiela la sangre.
—¿Quién demonios eres tú para dar órdenes aquí? —responde, su tono es burlón mientras aprieta su agarre sobre mi brazo.
Javier da un paso adelante, su mirada fija en mí, pero los guerrilleros levantan sus armas en un gesto amenazante. La tensión en la sala es tan espesa que apenas puedo respirar. Siento cómo el miedo se transforma en algo más oscuro, una resignación que me agobia.
—No hagas nada, Javier —susurro, mi voz es casi inaudible, pero sé que él me escucha.
Sus ojos se oscurecen aún más, y puedo ver la lucha interna que está librando. Podría acabar con ellos, lo sé, pero hay demasiadas vidas en juego. Si hace algo imprudente, si intenta salvarme a la fuerza, podría desencadenar una masacre en el hospital.
—No vale la pena —digo, con un nudo en la garganta—. No vale la pena arriesgar más vidas.
Javier se detiene, sus manos se cierran en puños a sus costados, su mirada arde con una rabia contenida que apenas puede controlar. La impotencia en sus ojos me destroza más que cualquier golpe, más que cualquier amenaza de los hombres que me rodean.
—Por favor, suéltala —pide en voz baja, cargada de desesperación—. Haré lo que quieras, pero suéltala.
El líder de los guerrilleros lo mira, su sonrisa burlona se ensancha.
—Ella viene con nosotros —declara, y su tono no admite discusión—. Y tú, soldado, quédate quieto si no quieres que todos aquí paguen el precio.
La resignación se apodera de mí, una resignación que duele más que el miedo. Sé que no puedo hacer nada, que cualquier resistencia solo empeorará las cosas. Miro a Javier una última vez, tratando de transmitirle lo que siento, pero no hay palabras que puedan expresar el horror de este momento.
Los hombres me arrastran hacia la salida y todo lo que puedo escuchar es el latido acelerado de mi corazón.
Cada paso hacia el exterior es un paso hacia lo desconocido, hacia un destino que temo conocer.
Siento que mis piernas se debilitan, pero me obligo a seguir adelante, a no colapsar bajo el peso del pánico.
Javier se queda allí, inmóvil, su rostro una máscara de impotencia y furia contenida. No puedo mirarlo más. No puedo soportar ver en sus ojos la rabia que se ve obligado a reprimir al dejarme desamparada para proteger a todos los demás.
Cuando me sacan del hospital y me suben a una camioneta junto al hombre herido, es cuando soy consciente de que mi vida acaba de cambiar para siempre.
La camioneta arranca con un ruido ensordecedor, para alejarse a toda velocidad del lugar que hasta hace unos segundos consideraba un refugio. Mi mente está nublada por el miedo, y todo lo que puedo pensar es en lo que sucederá ahora, en lo que será de mí y de todos los que quedan atrás.
La última imagen que veo es la de Javier, en la puerta del hospital, observando cómo me llevan lejos, impotente.
La camioneta avanza por el terreno accidentado, cada sacudida hace que el miedo en mi interior crezca, expandiéndose como una mancha oscura que se extiende por todo mi cuerpo.
Las manos ásperas de los guerrilleros siguen sujetándome, como si temieran que pudiera escapar en cualquier momento.
Pero no puedo moverme. Estoy paralizada por la resignación y el terror.
El hombre herido a mi lado gime de dolor, su respiración es irregular, cada aliento parece costarle un esfuerzo enorme.
No puedo evitar mirarlo, ver el resultado de mi esfuerzo por salvar una vida que tal vez no merezca ser salvada.
Ahora me pregunto si fue una locura intentar salvarlo, si esta situación es mi castigo por no escuchar a Javier, por no entender que hay vidas que no deberían ser rescatadas.
El viento que entra por las ventanas abiertas del vehículo me azota el rostro, pero no puedo sentir su frescura.
Mis pensamientos están fijos en Javier, en la desesperación que vi en sus ojos, en la impotencia de no poder hacer nada para evitar que me llevaran.
Tengo un nudo en la garganta que soy incapaz de tragar, así que me esfuerzo por mantenerme fuerte para no dejar que el miedo me consuma hasta el alma.
Los hombres en la camioneta hablan entre ellos en un tono bajo, sus palabras son incomprensibles para mí, pero la crueldad en sus voces es inconfundible.
Intento bloquear sus murmullos, pero una parte de mí no puede dejar de preguntarse qué me espera al final de este viaje.
Qué harán conmigo y qué precio pagaré por haberme enfrentado a ellos.
Javie r
L a imagen de Elena siendo arrastrada fuera del hospital sigue grabada en mi mente, una cicatriz que no sé si alguna vez se desvanecerá.
Mis manos, aún apretadas en puños, están temblando.
El control que siempre he mantenido, la calma de la que siempre he hecho gala en situaciones de crisis, está a punto de romperse.
Siento como si me estuvieran arrancado algo por dentro, como si algo vital me hubiera sido arrebatado y ahora quedara solo un vacío amargo.
Quiero gritar, quiero correr tras esa camioneta y arrancarla de las manos de esos hombres, pero sé que no puedo.
No ahora. No sin arriesgar la vida de todos los que dependen de mí aquí.
La rabia que siento no es solo por lo que le han hecho a Elena, sino también por la cruda realidad de lo que soy, de lo que no pude hacer.
A pesar de todas mis habilidades, de todo lo que he aprendido a lo largo de los años, en este momento no he sido capaz de protegerla.
La he dejado caer en manos de hombres que no conocen la piedad, y eso me está devorando por dentro.
El personal, que hasta hace un momento se movía con cautela, ahora me mira con una mezcla de temor y respeto. Saben lo que soy capaz de hacer, pero también vieron cómo no hice nada para detener lo que pasó. Me pregunto si, en el fondo, piensan que fallé, que dejé que esto ocurriera.
—Capitán… —la voz de Kofi rompe el silencio, acercándose con un respeto que no había mostrado antes. Lo miro, esperando las palabras que no quiero escuchar—. No podías hacer nada —afirma, pero su tono no es de consuelo, es tan solo la realidad. Una afirmación que no necesita confirmación.
—Pero debería haberlo hecho —respondo, mi voz es un gruñido bajo.
Él sacude la cabeza, su mirada es dura pero comprensiva.
—Si hubieras intentado detenerlos, habríamos muerto todos. No solo tú, no solo la doctora. Todos los que estamos aquí. Esos hombres no habrían dudado en matarnos para conseguir lo que querían. Lo sabes tan bien como yo.
Sé que tiene razón, pero eso no aplaca, para nada, la furia que siento. La impotencia que me ha dejado varado aquí mientras Elena se enfrenta a un destino incierto. No es algo que pueda aceptar tan fácilmente.
—Voy a recuperarla —afirmo con rotundidad, más para mí mismo que para él—. No importa cuánto tarde. No importa quién se interponga. No la dejaré allí.
Kofi asiente, pero su expresión es sombría.
—Será peligroso —advierte, aunque sé que esa es una palabra que ha perdido todo su significado para mí en este momento.
—Haré lo que sea necesario. Ella nos ha protegido, ahora es mi turno de protegerla.
La determinación en mis palabras me da fuerzas, algo a lo que aferrarme. El juego no ha terminado, no mientras ella siga con vida, aunque soy consciente de que el tiempo es limitado y de que cada segundo que pasa es un segundo más que les doy de ventaja para que le hagan daño.