Capítulo 22 Oscuro destinoElena
Elen a
L a mañana llega con una carga que pesa sobre mis hombros como una losa.
El sol apenas atraviesa las persianas de mi habitación, como si incluso el día fuera consciente de la tensión que llena el aire.
Me levanto con dificultad, sintiendo que cada paso hacia la rutina diaria del hospital es más pesado que el anterior.
El hospital está inquieto. Hay algo en el ambiente, una energía nerviosa que recorre los pasillos y se cuela en las miradas de los médicos y enfermeras.
Al caminar hacia la sala de urgencias, siento sus ojos sobre mí, llenos de algo que no consigo identificar del todo.
Pero lo entiendo en cuanto llego a la sala.
Las conversaciones se cortan de cuajo cuando entro.
Los murmullos se convierten en susurros apagados, y las miradas furtivas se dirigen hacia mí con una mezcla de incredulidad y desaprobación.
Trato de ignorarlos, de centrarme en mi trabajo, pero es imposible no sentir la desconfianza que emana de mis compañeros.
Sobre todo, de aquellos que han vivido toda su vida en esta tierra enfrentándose a los horrores que trae la guerra.
Uno de los enfermeros africanos, Kofi, está organizando medicamentos en una estantería cuando advierte mi presencia. Su postura se tensa al verme, y aunque su mirada apenas se cruza con la mía, la hostilidad es palpable.
—Buenos días, Kofi —digo con la voz más neutral que puedo, intentando romper la tensión.
Él se limita a asentir con movimientos lentos. Sus ojos, oscuros y llenos de resentimiento, se clavan en los míos. No debería lastimarme, solo hice mi trabajo, pero lo hace.
—Doctora Vals —saluda de vuelta. En su voz hay algo que me hace estremecer—. No todos estamos de acuerdo con lo que hiciste ayer.
La declaración, aunque pausada, es como una bofetada. Siento el impacto de sus palabras y, durante un segundo, me quedo sin saber cómo responder. Las miradas de otros miembros del personal, que hasta ahora se mantenían en la periferia, se hacen más intensas.
—Sé que fue una decisión difícil —respondo, tratando de mantener la compostura—. Pero hice lo que creí que era correcto.
Kofi deja de organizar los medicamentos y se vuelve hacia mí por completo. Sus ojos arden con una furia contenida.
—Ese hombre, el que salvaste —dice con voz baja, casi temblorosa de rabia—. Es responsable de la muerte de muchos de los de aquí. No todos lo dicen en voz alta, pero todos lo sabemos. Y tú… lo salvaste. Le diste otra oportunidad para matar.
Las palabras de Kofi se hunden en mí como un cuchillo. Sé que tiene razón, y es algo con lo que he estado luchando desde que tomé esa decisión. Pero escuchar esa acusación en voz alta, de alguien que ha visto de cerca los horrores de esta guerra, me deja sin aliento.
—No podemos juzgar quién merece vivir o morir, Kofi —respondo, mi voz suena insegura—. Mi deber es salvar vidas, independientemente de quiénes sean.
—Tal vez en otro lugar, doctora —replica, su voz cada vez más intensa—. Pero aquí, en esta tierra, las cosas son diferentes. Aquí, nuestras decisiones tienen consecuencias. Y las tuyas van a costar muchas vidas —me acusa.
Sus palabras resuenan en la sala, y aunque algunos médicos y enfermeros evitan mi mirada, sé que están de acuerdo con él.
Sus palabras son tan parecidas a las de Javier que empiezo a dudar de si de verdad tenía que haberlo dejado morir.
El silencio es espeso, cargado de juicio, y me siento más sola que nunca en medio de un lugar que debería ser un refugio.
Antes de que pueda responder, uno de los médicos, un hombre mayor llamado Mwangi, interviene, un tono más conciliador pero igualmente firme.
—Doctora Vals, sabemos que usted vino aquí con las mejores intenciones —dice, tratando de suavizar el golpe—. Pero debe entender que nuestra realidad es diferente. Aquí, a veces es necesario tomar decisiones difíciles para proteger a los nuestros.
Siento la incomprensión, la barrera invisible que me separa de mis compañeros. No son solo médicos, son supervivientes. Personas que han vivido esta guerra durante años. Y yo, con mi juramento, me siento cada vez más una forastera en un mundo que sigue reglas diferentes.
Después de la conversación en la sala de urgencias, siento la necesidad de tomar aire. Salgo al pequeño patio del hospital, un lugar donde suelo ir para despejar mi mente. Pero hoy, incluso el aire libre parece oprimido por el peso de lo que está ocurriendo.
Javier está allí, como una sombra que no puedo evitar. Está apoyado en una pared, su postura parece relajada, sin embargo, su expresión es dura, casi impenetrable. Sabe que estoy allí, pero no hace ningún esfuerzo por acercarse, ni siquiera para mirarme.
La distancia entre nosotros se siente insalvable. Sus palabras de anoche resuenan en mi mente llenas de verdad, pero también de dolor. Nos hemos convertido en extraños en cuestión de horas y la frialdad en su mirada solo refuerza esa sensación.
—Javier… —empiezo, mi voz es apenas un susurro, pero no sé cómo continuar. Las palabras que quiero decir se pierden en el nudo de emociones que tengo en la garganta.
Se gira para mirarme, sus ojos lucen oscuros y vacíos de la calidez que alguna vez compartimos. La distancia entre nosotros es palpable, como un abismo que se ensancha con cada segundo de silencio.
—No tienes que decir nada, Elena —su tono es frío, indiferente—. Ya lo hemos dicho todo. No necesitamos discutir más sobre esto.
Su apatía me duele más de lo que me gustaría admitir. Quiero gritarle, decirle que no es justo, que no podemos ignorar sin más lo que pasó entre nosotros, pero las palabras se quedan atrapadas en mi garganta. Estoy paralizada por la culpa, por el miedo de que tenga razón.
—Javier… —intento de nuevo, pero él me interrumpe, su tono es cortante.
—No es necesario, Elena —insiste, y aunque su voz es tranquila, hay una dureza en ella que me hiere—.
Lo entiendo. No somos iguales. Y eso está bien.
Solo asegúrate de que puedes vivir con las decisiones que tomas.
Porque yo… —hace una pausa, como si estuviera eligiendo con cuidado sus palabras—. Yo ya hice las mías.
El silencio se extiende entre nosotros, cargado de todo lo que no se dice.
No puedo soportar verlo así, tan distante, tan frío.
Me doy cuenta de que, en su mente, lo que pasó la otra noche no fue solo un error.
Fue una línea que cruzamos y que nos ha dejado a ambos en lados opuestos de un conflicto que no podemos resolver.
Javier sacude la cabeza, como si estuviera liberándose de algo, y se aleja sin mirar atrás. Me quedo allí, sintiendo que el mundo se desmorona a mi alrededor. No sé cómo reparar lo que he roto, o si es posible hacerlo.
Estoy en la sala de suministros repasando los inventarios de medicamentos. Es una tarea monótona, pero hoy es justo lo que necesito para mantener mi mente ocupada y alejada de las miradas acusadoras de mis compañeros. Estoy revisando una lista cuando escucho voces en el pasillo cercano.
Al principio, ignoro la conversación, asumiendo que es solo parte de la actividad diaria del hospital. Pero cuando una de las voces se vuelve más urgente, más baja, algo en mí se detiene. Reconozco la voz del director Malowe y aunque no puedo distinguir las palabras exactas el tono es sospechoso.
Dejo el inventario y me acerco a la puerta entreabierta, intentando escuchar mejor sin ser vista. Malowe está hablando con alguien, pero no puedo ver quién es. Lo que sí puedo escuchar, sin lugar a dudas, es la tensión en su voz.
—Esto no puede salir mal —dice Malowe, su tono es imperativo—. Si ellos descubren lo que estamos haciendo, todo se desmoronará. Necesito que lo manejes con cuidado.
Mi corazón late con fuerza en mi pecho. No sé de qué está hablando, pero el miedo y la urgencia en su voz me ponen en alerta. Algo está mal, muy mal, y si Malowe está involucrado podría poner a todo el hospital en peligro.
—¿Y la doctora? —escucho que alguien pregunta, su voz es apenas audible.
—La doctora no puede enterarse de nada —responde Malowe, y mi piel se eriza—.
Ella es un riesgo, mas después de lo que pasó ayer.
Mantenla ocupada y si es necesario aléjala de cualquier decisión importante.
No podemos permitir que interfiera. Está claro que tantas semanas aquí no le han enseñado nada…
Me aparto de la puerta, el pánico sube por mi garganta dejando un regusto ácido a su paso.
Malowe está tramando algo, algo que podría ser peligroso para todos.
Pero lo peor es que parece estar dispuesto a usarme como peón en su juego.
Necesito averiguar qué está pasando antes de que sea demasiado tarde.
Pero ¿a quién puedo acudir? Mis compañeros ya no confían en mí, y Javier… Javier está demasiado distante, demasiado herido para querer ayudarme. Aun así, sé que no puedo manejar esto sola.
Regreso a la sala de suministros, mi mente va a mil por hora intentando decidir qué hacer. Siento que el tiempo se agota y que cualquier paso en falso podría costar más vidas de las que ya están en peligro
Tras mucho pensarlo, tomo una decisión. Necesito hablar con Javier, a pesar de la distancia que nos separa. Necesito contarle lo que he escuchado y averiguar cómo podemos detener lo que sea que Malowe está planeando. Pero sé que no será fácil, no después de lo que pasó entre nosotros.
Respiro hondo, armándome de valor, y salgo de la sala de suministros. Mientras camino por los pasillos hacia donde creo que Javier podría estar, no puedo evitar sentir que el destino de todos en este hospital, un oscuro destino, dependerá de lo que haga a continuación.
Mientras camino por los pasillos hacia donde creo que Javier podría estar, mi mente no deja de dar vueltas a lo que acabo de escuchar.
Las palabras de Malowe resuenan en mi cabeza, cada una de ellas es una advertencia silenciosa del peligro que acecha en las sombras de este hospital.
Mi corazón late con fuerza, y aunque cada paso que doy parece más pesado que el anterior, sé que no puedo detenerme ahora.
No después de lo que he descubierto. Javier es la única persona en quien confío, a pesar de la distancia que se ha abierto entre nosotros.
Necesito su ayuda y, aunque no sé si estará dispuesto a dármela, debo intentarlo.
Doblo una esquina y lo veo al final del pasillo, de espaldas a mí. Está revisando unos papeles, pero incluso desde aquí puedo ver la tensión en sus hombros, la misma que siento en los míos.
—Javier —lo llamo, intentando mantener la voz firme, aun así tiembla un poco.
Se da la vuelta hasta que sus ojos se encuentran con los míos. Por un momento, no hay nada más que silencio entre nosotros, pero no tengo tiempo para dudar.
—Necesito hablar contigo —digo, acercándome un poco más—. Es importante. Algo que escuché... Malowe está planeando algo, y creo que podría ponernos a todos en peligro.
Sus ojos se estrechan y, aunque su postura sigue siendo tensa, puedo ver el interés despertarse en su expresión.
—¿Qué escuchaste? —pregunta, su tono es cauteloso, también hay un poco de preocupación que me da esperanzas.
Respiro hondo, sabiendo que este es el momento decisivo.
—No estoy segura de todos los detalles, pero Malowe mencionó que no podía dejar que yo me enterara de lo que estaba haciendo. Dijo que si lo descubrimos, todo podría desmoronarse. Necesito tu ayuda para averiguar de qué se trata antes de que sea demasiado tarde.
Javier se queda en silencio por un momento, evaluando mis palabras. Por fin asiente y aunque su expresión es dura hay una determinación en sus ojos que no puedo ignorar.
—De acuerdo —dice, su voz es firme—. Pero si hacemos esto, necesitamos hacerlo con cuidado. No podemos permitir que nadie sepa que estamos investigando. No podemos confiar en nadie más. Solo en nosotros.
Siento un alivio indescriptible al escuchar sus palabras, pero también un peso enorme. Sé que hemos dado un paso hacia la reconciliación, pero lo que nos espera es peligroso y no hay garantías de que salgamos de esto sin más cicatrices.
—Confío en ti, Javier —respondo—. Vamos a descubrir lo que está pasando. Y vamos a detenerlo.
Javier asiente y, sin decir nada más, comenzamos a caminar juntos por el pasillo. La tensión que nos rodea es palpable, aunque ahora sé que no estoy sola en esta lucha.