Oscuro destino (Pactos oscuros 1) Capítulo 21 Vida o MuerteElena
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Capítulo 21 Vida o MuerteElena

Elen a

E l hospital está en estado de alerta. Los hombres del convoy se mueven como sombras alrededor de sus vehículos, sus miradas ocultas tras gafas de sol oscuras y sus armas colgando pesadamente de sus hombros.

Desde mi posición en la sala de urgencias, puedo sentir el peso de la incertidumbre y el miedo que impregna el aire.

Intento concentrarme en los pacientes, en la urgencia de su situación, pero una parte de mí no puede dejar de pensar en Javier.

Estoy terminando de estabilizar al niño herido cuando un murmullo corre por el hospital.

Levanto la vista justo a tiempo para ver cómo el grupo de hombres armados entra en la sala de urgencias, cargando algo grande y pesado sobre sus hombros.

Mi corazón se detiene un momento cuando me doy cuenta de que lo que llevan es un hombre herido de gravedad.

Lo reconozco, es el segundo al mando de la guerrilla. El mismo hombre que me amenazó, que amenazó a Javier.

—¡Doctora! —uno de los hombres grita con urgencia, y mi cuerpo se mueve antes de que mi mente lo registre—. ¡Ayúdelo! ¡Está muriendo!

Miro el cuerpo del hombre que yace en la camilla, está cubierto de sangre y apenas consciente.

Un disparo en el abdomen, una herida que podría ser fatal si no se trata de inmediato.

Sin dudarlo, me acerco para examinar la herida, pero antes de que pueda empezar siento una presencia detrás de mí.

Javier. Su rostro, tan cercano hace apenas unas horas, está ahora endurecido por una furia que apenas puede contener.

—Elena, no lo hagas —su voz es baja, cargada de una amenaza apenas velada—. No puedes salvar a este hombre. No deberías.

Mis manos se detienen sobre la herida del guerrillero, pero no me aparto. El juramento que hice, la promesa de salvar vidas, cualquier vida, se enfrenta a la realidad de quién es este hombre y lo que ha hecho. Pero no puedo dejar que eso me detenga.

—Es un ser humano, Javier —respondo, manteniendo la voz firme, aunque mi corazón late con fuerza—. Está herido y necesita ayuda. No puedo dejarlo morir. Mi deber es salvar vidas, no elegir quién vive o quién muere.

—¿Un ser humano? —replica Javier con tono sarcástico, dando un paso hacia mí, sus ojos arden de furia—. Ese hombre no es más que un asesino. ¿Cuántos inocentes crees que han muerto por sus órdenes? Yo te lo diré, Elena: incontables. ¿Y tú quieres salvarlo?

Sus palabras me golpean como un puñetazo en el estómago. Sin embargo, no puedo permitirme vacilar. No cuando tengo la capacidad de salvarle la vida, aunque sea la vida de alguien que ha hecho cosas terribles.

—No puedo jugar a ser Dios, Javier —respondo, mi voz tiembla más de lo que me gustaría admitir—. No puedo decidir quien vive o quién muere —repito.

—¿No puedes? —su tono se vuelve más frío, más cortante—. ¿Y qué pasa si salvar a este hombre significa que morirá alguien más? ¿Qué pasa si, por tu decisión, mueren más personas inocentes? ¿Podrás vivir con eso, Elena? Porque es justo lo que va a pasar.

Siento que las lágrimas se acumulan en mis ojos, pero las retengo. No puedo mostrar debilidad, no ahora. Me obligo a mantener la mirada en Javier, a pesar del dolor que siento en su voz, a pesar de la ira que resuena en cada palabra.

—Es un riesgo que tendré que correr —respondo, mi voz es apenas un susurro.

— ¿No lo ves, Elena? Nos pones a todos en riesgo. ¿Y por qué? ¿Porque crees en tu juramento? Esto no es un hospital normal. Aquí las reglas son diferentes. No puedes salvar a todos. A veces, tienes que dejar que los peores se vayan.

—No soy tú, Javier —replico, mi voz quebrándose mientras las lágrimas finalmente se deslizan por mis mejillas—. No puedo dejar que alguien muera cuando puedo hacer algo al respecto. No importa quién sea.

Javier da un paso más cerca, su mirada ser clava en la mía. Su proximidad, su intensidad, me hacen sentir como si estuviera al borde de un abismo.

—Pensé que habías visto, por fin, quién soy, lo que soy capaz de hacer. Pero veo que me equivoqué.

Javier cierra los ojos, exhalando con fuerza, como si intentara contener la tormenta que se desata en su interior. Cuando vuelve a mirarme, sus ojos son un torbellino de emociones: rabia, frustración, dolor, pero también algo que se parece demasiado al amor.

Sus palabras me desgarran por dentro, porque sé que tiene razón, pero no puedo detenerme. No puedo traicionar mi esencia, no puedo traicionar el juramento que hice. Miro hacia el hombre herido y luego, de nuevo, a Javier sabiendo que estoy a punto de cruzar una línea que no podré deshacer.

—Haz lo que tengas que hacer, Javier —digo finalmente, con la voz cargada de tristeza—. Yo también haré lo que tengo que hacer.

—Lo haré, no te quepa la menor duda. Puede que tú le vayas a dar una segunda oportunidad, yo no lo haré.

Miro a Javier, sintiendo el peso de la verdad en sus palabras. Sé que tiene razón en muchos aspectos. Este hombre es peligroso y salvarlo podría significar más muerte, más destrucción. Pero al mismo tiempo, no puedo traicionar la promesa que hice cuando me convertí en médico.

—Necesito llevarlo a la sala de operaciones —informo, ignorando su mirada penetrante—. Si no lo hago morirá —afirmo rotunda.

Quiero dejarle claro que no voy a recular. Noto las miradas puestas en nosotros, la tensión. Esperan a ver quién gana esta batalla, dos bandos divididos.

—Haz tu trabajo, doctora Vals, yo me encargaré de hacer el mío —afirma implacable.

No hay nada más que decir. Llevo al paciente a la sala de operaciones con la ayuda del equipo, todos conscientes de la gravedad de lo que estamos haciendo.

Nadie discute mi decisión, pero puedo sentir sus miradas llenas de duda y preocupación.

Y, para ser sinceros, yo también me planteo si debería, o no, hacer todo lo posible para mantener a ese hombre con vida.

La cirugía es complicada, aunque logramos estabilizar al hombre.

Mi cuerpo está agotado, mis manos tiemblan mientras me quito los guantes ensangrentados.

Sé que he hecho lo correcto, lo que se espera de mí como médico…

Sin embargo eso no alivia el peso que siento en mi pecho: una lucha continua que me tiene agotada.

Es fácil ser bueno en otros lugares; no en este. El bien y el mal se sienten difusos, como si fueran, en realidad, uno solo.

Salgo de la sala de operaciones y me dirijo al vestuario, dónde me lavo las manos y trato de despejar mi mente.

No puedo evitar pensar en Javier, en la expresión en sus ojos cuando he decidido salvar a ese hombre.

Tampoco puedo evitar recordar lo que pasó entre nosotros la noche anterior, ni el dolor en su mirada cuando le dije que fue un error.

Escucho la puerta del vestuario abrirse detrás de mí, y sé que es él antes de girarme. Entra en la habitación, su presencia llena el espacio de inmediato. Me giro para enfrentarlo, aunque no tengo claro que resista otro duelo, el cansancio y mis dudas me superan.

—¿Has terminado? —pregunta.

Asiento, incapaz de decir más. No puedo leer su expresión, su rostro es una máscara de control, pero sus ojos… sus ojos me dicen que está furioso y, lo que es peor, decepcionado.

—¿Ha sobrevivido? —indaga tras un rato en silencio. Un silencio ensordecedor. Asiento de nuevo, él imita el gesto—. Lo has salvado, Elena, y puede que te hayas condenado a cambio —murmura. No hace falta que eleve la voz, lo escucho con una claridad que parece irreal. Su voz vibra bajo mi pecho.

—Javier, yo… —empiezo, pero las palabras se me atoran en la garganta.

—Lo sé —me interrumpe, sacudiendo la cabeza—. Lo hiciste porque crees en lo que haces. Al igual que yo —revela.

Me mira de soslayo. Algo se ha roto de nuevo entre nosotros y el dolor es intenso en mi estómago, se extiende por todo mi cuerpo hasta que llega a mi garganta. La aprieta y me deja sin aire.

—Javier…

—No importa, Elena. Las cosas son como son. Nada puede cambiar lo que sucedió anoche. Nada cambia lo que eres, ni lo que soy. Anoche fue un error —suelta serio y no sé por qué escucharle decir a él las mismas palabras que pasan por mi cabeza me destroza.

No lo entiendo, ¿acaso no es lo que quería?

—Javier…—digo, mi voz se pierde.

—Me..., nos dejamos llevar por… por todo lo que estaba pasando, Elena. Pero no podemos ignorar lo que somos. Tú salvas vidas, todas. Yo las quito. No podemos fingir que eso no importa.

—Lo sé —respondo, mi voz suena ronca—. Lo supe desde el principio. Pero eso no lo hace más fácil.

Nos quedamos en silencio, ambos lidiando con las consecuencias de lo que hemos hecho, de lo que hemos dicho. Y en ese momento sé que aunque ambos quisiéramos que las cosas fueran diferentes porque el abismo entre nosotros es demasiado grande.

Javier asiente, aceptando lo inevitable.

—Cuídate, Elena —me desea antes de girarse y salir del vestuario, dejándome sola con mis pensamientos y mi arrepentimiento.

Me quedo allí, mirando la puerta cerrarse detrás de él, sintiendo que algo dentro de mí se rompe un poco más. No sé cómo seguir adelante después de esto, pero sé que tengo que hacerlo. No puedo permitirme vacilar, no cuando tantas vidas dependen de lo que hago.

Y mientras me preparo para volver al trabajo me obligo a no mentirme por una vez en la vida. Sé que la chispa que ha prendido no se apagará… nunca.