Oscuro destino (Pactos oscuros 1) Capítulo 20 Llamas en la OscuridadElena
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Capítulo 20 Llamas en la OscuridadElena

Elen a

E l peso de la soledad me golpea con fuerza.

Quiero gritar. Correr. Pero, en lugar de eso, me levanto y salgo de la oficina necesitando aire con desesperación.

Espacio. Cualquier cosa que me aleje de esta sensación de estar atrapada.

Camino por los pasillos vacíos del hospital, mis pasos resuenan en el silencio, mientras intento liberar la presión que se acumula en mi pecho.

No sé cuánto tiempo he caminado sin rumbo fijo hasta que, de repente, me doy cuenta de que he llegado al final de uno de los corredores.

Miro a mi alrededor, reconociendo vagamente la zona de descanso del personal.

Es entonces cuando lo veo, apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y la mirada fija en el suelo. Javier.

El solo verlo hace que algo dentro de mí se quiebre. La tensión, la frustración, el miedo, todo se mezcla en un torbellino que no puedo contener. Siento las lágrimas acumulándose en mis ojos y, antes de poder detenerme, me acerco a él.

—Javier… —mi voz tiembla, es casi un susurro.

Él levanta la cabeza al oírme, y al ver mi expresión sus ojos oscuros se enfocan en mí, llenos de preocupación, y da un paso hacia adelante eliminando la distancia entre nosotros.

—¿Elena? —pregunta, su voz es suave pero está cargada de alerta—. ¿Qué ha pasado?

No puedo contenerlo más. Las palabras empiezan a salir de mi boca, atropelladas y llenas de desesperación.

—He llamado a Andrés… quería hablar con alguien, sentirme…

conectada a algo que no fuera este lugar, este caos —confieso y me doy cuenta de que mi voz se quiebra con cada palabra—.

Y él… fue tan frío. Tan distante. Como si todo lo que vivimos juntos no significara nada.

Como si nunca hubiéramos sido amigos. Y yo…

no sé cómo manejar todo esto. Casi me matan, y a él… , a él no podría importarle menos.

Javier me observa en silencio, aunque puedo ver el cambio en su postura, la tensión que se acumula en sus hombros, el endurecimiento en su mirada. Está escuchando cada palabra, absorbiendo mi dolor, mi frustración, y siento que se conecta con algo profundo dentro de él.

—No deberías haber tenido que pasar por eso —dice, su voz suena firme, pero tiene un matiz de vulnerabilidad que no había escuchado antes—. No deberías estar lidiando con esto sola, Elena. No me alejé de ti para que terminaras así.

Y esas palabras son la chispa que enciende algo dentro de mí. Todo lo que he estado conteniendo: la rabia, la tristeza, la soledad. Todo se desborda. Y antes de poder detenerme, hago algo que ni siquiera había considerado.

Lo beso.

Es un movimiento impulsivo, desesperado, como si necesitara confirmar que aún estoy viva, que aún siento algo más allá de la oscuridad que me rodea, mis labios encuentran los suyos con urgencia, con una necesidad que no había sentido en mucho tiempo.

Por un momento, Javier parece sorprendido.

Sus músculos se tensan un instante tras el que responde.

Puedo sentir cómo su resistencia se desmorona mientras su boca se mueve contra la mía con una intensidad que me roba el aliento.

Es como si todo el control que siempre mantiene se rompiera en ese instante, liberando una pasión que no esperaba.

Sus manos, fuertes y seguras, encuentran mi cintura, atrayéndome hacia él con una urgencia que iguala la mía. El beso se vuelve más profundo. Más feroz. Desesperado. Como si ambos tratásemos con desesperación ahogar el dolor y el miedo en este único momento de conexión.

Me pierdo en él, en la sensación de su cuerpo contra el mío, en la forma en que su fuerza me sostiene mientras el mundo parece desvanecerse a nuestro alrededor.

No hay más hospital, no hay más guerra, no hay más miedos.

Solo estamos nosotros, enredados en una tormenta de emociones que ambos hemos estado intentando ignorar.

Siento sus manos recorrer mi espalda, subiendo hacia mi cuello, sus dedos enredándose en mi cabello mientras inclina mi cabeza para profundizar el beso aún más. El calor de su cuerpo se mezcla con el mío y, por un segundo, todo se reduce a este contacto, a este intercambio de emociones crudas.

Noto sus manos recorrer mi espalda, trazando un camino de fuego que me deja temblando.

No hay palabras, no hay dudas, solo este momento en el que dejamos que nuestras emociones reprimidas tomen el control.

Antes de que pueda procesar lo que está sucediendo, Javier me levanta con sus fuertes brazos, mis piernas se enroscan de manera instintiva en su fuerte cintura y sin dejar de besarme me lleva hacia una pequeña sala vacía junto al pasillo.

El ambiente se torna cargado de tensión y deseo, una mezcla de alivio y necesidad. Nos despojamos de cualquier duda o reticencia, dejándonos llevar por lo que sentimos en este instante, sin pensar en lo que vendrá después.

El contacto de su piel contra la mía es una mezcla de calor y vulnerabilidad, un recordatorio de que ambos estamos vivos en medio de un mundo que nos quiere destruir.

Me pierdo en él, en la intensidad de su mirada, en la manera en que sus manos me recorren como si quisiera grabar cada parte de mí en su memoria.

La ropa salta por el espacio, despojándonos de lo que sobra.

Es curioso, porque ahora mismo me sobra hasta la piel. El calor que arde en mi interior no es comparable a nada más en el mundo. Esto… esto es estar con él: fuego.

—Si no me detienes, no pararé… —susurra cerca de mi boca.

Sus ojos están nublados. Tan llenos de deseo que se desborda.

—No pares —susurro a su vez, rozando sus labios con los míos.

Y su boca se pierde en la mía y luego en mi cuello.

Cuando me penetra dejo escapar un gemido de placer que me obliga a cerrar los ojos.

Miro al techo mientras su boca me lame y muerde el cuello y su cuerpo embiste al mío.

La pared a mi espalda se siente dura, pero no tanto como su polla penetrándome con fuerza.

Mis piernas se aferran con más fuerza a su cintura, mis uñas se clavan en su cuello.

Jadeos, gemidos, gritos. Solo somos pasión ahora mismo.

Y me siento completa. De una manera que nunca he sabido explicar.

Siempre traté de convencerme de que él no significaba para mí tanto como para arriesgarlo todo, pero, cuando estoy con él, siento que lo significa todo.

Sus movimientos se aceleran, tiro de su pelo para verle la cara. Y me gusta lo que veo, su expresión deformada, casi animal, por todo lo que siente. Por todo lo que le hago sentir.

—Córrete —ruge, desesperado.

Y esa desesperación me lleva al límite y siento como el orgasmo me parte en dos, estalla en mi garganta, brilla tras mis parpados, deforma mi expresión, hace que me rinda a él.

Y llega al clímax con mi nombre en sus labios.

Cuando nos hemos calmado, me lleva hasta una parte de la habitación en la que hay una pequeña cama supletoria. Me tiende en ella y me hace el amor. Esta vez es más pausado, más dulce, más suave.

Y entre besos y caricias, exhausta, caigo rendida en un sueño profundo. A su lado.

La luz del amanecer se filtra por las persianas de la pequeña habitación, iluminando el espacio con una calidez engañosa.

Me despierto, aún envuelta en los restos de la noche anterior, en el calor del cuerpo de Javier junto al mío.

Pero a medida que la realidad se asienta, también lo hace el peso de lo que acaba de ocurrir.

Me levanto y lo miro, aún duerme. Su respiración es profunda y tranquila. Y, de pronto, la culpa y el arrepentimiento me golpean con fuerza.

¿Qué he hecho? ¿Qué demonios he hecho?

Mi mente comienza a repasar lo que sucedió, y aunque la pasión y la cercanía de la noche anterior aún están frescas en mi memoria, ahora solo puedo pensar en una cosa: Javier es parte de mi pasado. Un pasado que me juré no repetir.

Es un soldado que se mueve en un mundo de violencia que nunca será parte del mío. ¿Cómo pude dejarme llevar así?

Las imágenes de lo que pasó ayer, los hombres armados, el peligro, todo vuelve a mí con una claridad brutal. Este no es el mundo que quería, esta no es la vida que planeé. Y ahora estoy atrapada en ella más profundo de lo que había imaginado.

Siento una mezcla de vergüenza y confusión, deseando poder volver atrás y deshacer lo que acabo de hacer. No porque no lo deseara en ese momento, sino porque ahora, a la luz del día, todo parece demasiado complicado. Demasiado peligroso.

Busco mi ropa esparcida por la habitación. Me visto en silencio, intentando ignorar el nudo que se forma en mi garganta. Cada movimiento me recuerda lo que pasó, lo que compartimos, y me doy cuenta de que no puedo fingir que nada ha ocurrido.

—¿Vas a irte sin decir nada?

Su voz me sobresalta y me avergüenza porque era justo lo que iba a hacer.

—Lo siento… —murmuro, dando un paso hacia atrás, mi cuerpo temblando todavía por la intensidad de lo que hemos vivido—. Yo… no sé qué me pasó. Fue… un error —miento.

Lo observo sintiendo el peso de lo que acaba de suceder. La realidad empieza a filtrarse de nuevo y con ella la conciencia de lo que significa lo que ha sucedido entre nosotros. De lo que podría desatar.

Veo cómo algo se quiebra dentro de él, puedo ver que lo he herido. Siempre lo hago. Al final siempre soy yo la que lo hiere tratando de mantener la distancia para no resultar herida… Soy egoísta. Mucho. Acabo de darme cuenta.

—No te disculpes —pide, sacudiendo la cabeza, como si intentara aclarar sus pensamientos—. Esto… esto es tanto mi culpa como la tuya.

—Supongo que hay muchas cosas en juego —susurro, buscando una justificación que no merezco.

—Demasiadas.

Sus palabras son un recordatorio brutal de la realidad en la que vivimos, de los peligros que nos rodean.

Pero también veo algo más en sus ojos, algo que no había notado antes.

Algo que me dice que este encuentro, este momento, no ha sido solo un error impulsivo.

Ha sido algo que esperaba, algo que temía pero que también deseaba.

Nos quedamos en silencio por un largo momento, ambos tratando de recuperar la compostura. Javier da un paso hacia atrás, aumentando la distancia entre nosotros, aunque sin apartar la mirada de la mía.

—Será mejor que descanses. El día podría ser más complicado que ayer.

Asiento lentamente, entendiendo lo que quiere decir.

No podemos permitirnos perder el control ni aquí, ni ahora.

Pero, al mismo tiempo, no puedo ignorar la chispa que acaba de encenderse entre nosotros, la chispa que podría convertirse en algo mucho más grande.

Esa chispa que me empeño en apagar, esa chispa que se empeña en prender…

y convertirse en llamas en la oscuridad.

Se levanta y se viste a toda prisa. Me recreo en ese cuerpo marcado de historias.

Estoy segura de que todas son doloras y lo veo salir de la habitación, alejarse, desaparecer en la penumbra del hospital.

Me quedo allí, respirando grandes bocanadas de aire, tratando de calmar el torbellino de emociones que aún laten dentro de mí.

Mi vida está repleta de sombras, pero ahora hay una chispa en la oscuridad. Una chispa que sé que no puedo ignorar. Y mientras me dirijo a mi habitación, no puedo evitar preguntarme cómo este momento cambiará todo lo que venga después.