Capítulo 19 A punto de desmoronarseElena
Elen a
E l hospital está en silencio. Solo el eco distante de algún monitor y el murmullo ocasional de las enfermeras rompen la quietud de la noche.
Estoy sentada en una pequeña oficina, prestada para estos momentos de guardia en los que me encuentro tan lejos de todo lo que conocía.
La luz de la lámpara de escritorio proyecta una sombra larga sobre los papeles que intento revisar, pero mi mente está demasiado agitada para concentrarse en nada
La tensión del día, la amenaza que enfrentamos y la forma en que Javier me protegió siguen revoloteando en mi mente, como si todo estuviera a punto de desmoronarse en cualquier momento.
El hospital, este país, la vida que me obligaron a llevar aquí…
todo parece derrumbarse en torno a mí y no sé cómo mantenerlo unido.
Mis dedos encuentran el teléfono que tengo en el escritorio y antes de que pueda cambiar de opinión marco el número que he intentado evitar desde que llegué aquí.
Es tarde, sé que probablemente lo estoy despertando, pero no me importa.
El tono de llamada suena una, dos, tres veces y casi cuelgo cuando una voz somnolienta responde al otro lado de la línea.
—¿Diga? —la voz de Andrés es baja, cargada de sueño y al mismo tiempo reconocible al instante. Mi corazón da un vuelco al escucharlo, trayendo consigo una mezcla de alivio y dolor.
—Andrés. Soy yo. Elena —digo, mi voz más temblorosa de lo que me gustaría. Cierro los ojos, tratando de mantener la compostura, pero es difícil.
Hay un breve silencio al otro lado, como si estuviera tratando de despertar del todo y procesar quién lo está llamando.
—Elena… —su voz se endurece, perdiendo el tono somnoliento—. ¿Qué hora es allí? ¿Por qué me llamas tan tarde?
—Es tarde aquí también —respondo, intentando mantener la voz firme—. Pero necesitaba hablar contigo. Ha sido… un día difícil.
—¿Difícil? —su tono cambia, se vuelve más frío, más distante—. Elena, tú decidiste irte. Tú tomaste esa decisión. No entiendo por qué me estás llamando ahora.
Su frialdad me golpea con fuerza, recordándome que nuestra relación no terminó en buenos términos. Mi rechazo hirió su ego y, aunque tenía claro que llamarlo no sería fácil, no esperaba que el resentimiento estuviera tan presente.
—¿Tengo que recordarte que no fui yo la que decidió venir aquí? —respondo, sintiendo una oleada de frustración—. Me obligaron a venir. Me obligaste a venir —recalco—. Y ahora… las cosas están empeorando. Necesitaba hablar con alguien que… que me entienda.
Andrés guarda silencio por un momento. Puedo imaginarlo procesando lo que acabo de decir. Sé que una parte de él todavía se preocupa por mí, a pesar de que la herida por mi rechazo es profunda.
—¿Qué es lo que está pasando, Elena? —pregunta por fin—. ¿Qué ha pasado?
Tomo aire, sabiendo que tengo que decirle la verdad, aunque no sé cómo lo tomará.
—Hoy… hoy nos atacaron —digo, dejando que las palabras fluyan—.
Unos hombres armados. De la guerrilla. Estábamos volviendo al hospital cuando…
cuando nos detuvieron. Querían… Dios, Andrés, casi me matan —confieso y rompo a llorar.
Necesito echar fuera todo esto que me carcome por dentro.
Me hace dudar, ¿debí haber aceptado su propuesta?
De haberlo hecho nada de esto habría pasado, ni Javier, ni África, ni guerrillas, ni muertos, ni disparos, ni leones… Nada.
Puedo escuchar su respiración a través de la línea. Acelerada. Irregular. Imagino cómo se tensa, cómo las imágenes de lo que podría haber sucedido comienzan a formarse en su mente.
—¿Estás herida? —pregunta con tono indiferente. Y eso me duele, éramos amigos, ¡joder!
—No estoy herida, pero tampoco estoy bien —confieso, noto su tensión a través del teléfono.
Su incomodidad me deja claro que no le gusta que lo haya llamado—.
Esto es peor de lo que pensé. No es solo un hospital en medio de la nada.
Aquí hay cosas que no entiendo, cosas peligrosas.
Y siento que estoy… atrapada. Si no fuera por Javier…
, no estaría hablando contigo ahora mismo.
El silencio que sigue es largo y pesado. Sé que Andrés está tratando de asimilar lo que le acabo de decir, pero también sé que la distancia entre nosotros, tanto física como emocional, es casi insalvable.
—¿Javier? —pregunta al otro lado. Su voz no es más que un susurro, pero es tan afilada como una navaja. Me corta la piel, reabre las heridas—. ¿El capitán Lara está ahí?
—Para mí también fue una sorpresa —revelo, y no es más que la verdad, pero su risotada al otro lado del teléfono me deja claro que él no cree lo mismo.
—Si él está ahí, ¿qué esperas que haga yo, Elena? —inquiere, su tono es seco y áspero—. No voy a ayudarte. Tú me dejaste claro que no necesitabas nada, aunque creo que sí hay algo que necesitas: él. Siempre ha sido él —escupe con furia contenida en su voz.
Sus palabras me golpean con intensidad, más de lo que imaginaba. No sé qué esperaba al llamarlo, tal vez un poco de apoyo, un poco de consuelo… Y en lugar de eso me encuentro con una pared de resentimiento que no había anticipado.
—Andrés, no te estoy pidiendo nada, solo… —respondo, intentando mantener la calma—. Solo necesitaba hablar con un amigo. Sentirme conectada con algo que conozco. Algo que me recuerde que no estoy sola.
—Pero estás sola, Elena —afirma, su tono es tan amargo como la hiel—. Estás allí por una razón: porque nadie habló en tu favor. Deberías de aceptar tu castigo en lugar de buscar consuelo en los lugares equivocados.
La dureza de sus palabras me deja sin aliento y, por un momento, no sé cómo responder. Andrés siempre fue directo, pero esto… esto es diferente. Es como si estuviera castigándome por lo que pasó entre nosotros, por lo que decidí.
—Lo siento. No debí llamarte. Ha sido un error.
—Sí, lo ha sido —afirma con ese tono distante que es tan desconocido para mí—. Cuídate, Elena. Haz lo que tengas que hacer y vuelve. O no.
La conversación termina ahí, en un punto muerto lleno de emociones no resueltas y palabras no dichas. Cuelgo el teléfono sintiendo una mezcla de rabia, tristeza y soledad que amenaza con abrumarme.
Me quedo sentada en la oficina, mirando la oscuridad afuera, intentando recomponerme.
No sé qué esperaba de esa llamada, pero, desde luego, no era esto.
La oficina se siente más pequeña, más asfixiante después de la conversación.
Intento asimilar lo que acaba de suceder.
La frialdad en su voz, la indiferencia… Es como si el Andrés que conocí hubiera desaparecido por completo, reemplazado por alguien que apenas reconoce mi existencia.
Al final, me doy cuenta de que estoy más sola de lo que pensaba. Y mientras me preparo para dejar la oficina, me hago una promesa silenciosa: sobreviviré a esto. No por Andrés, ni por lo que dejé atrás, sino por mí misma.
Porque al final, eso es lo único que de verdad tengo.