Oscuro destino (Pactos oscuros 1) Capítulo 18 Un silencio cargado de dolorElena
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Capítulo 18 Un silencio cargado de dolorElena

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E l viaje de regreso transcurre en un silencio cargado de dolor, de reproches, de la culpabilidad que me corroe y que solo se interrumpe por el ruido sordo del motor y el crujido ocasional de la grava bajo las ruedas.

Siento cada latido de mi corazón resonando en mis oídos, y aunque trato de concentrarme en cualquier cosa que no sea lo que acaba de suceder, las imágenes siguen asaltando mi mente: los rostros de aquellos hombres armados, las balas volando, la forma en que Javier se lanzó hacia mí para protegerme. Igual que cuando nos atacó el león…

Miro a Javier, su rostro endurecido mientras mantiene los ojos fijos en la carretera.

Está más serio de lo habitual, casi inaccesible, como si el hombre que me había llevado a explorar la belleza del cráter se hubiera desvanecido, reemplazado por alguien mucho más oscuro.

No puedo sacarme de la cabeza lo que ese hombre, el segundo al mando de la guerrilla, había insinuado.

‹‹El capitán español sí que tiene un punto débil››.

La frase reverbera en mi cabeza, cargada de una amenaza que no sé cómo procesar.

Pero una parte de mí ya entiende lo que quiso decir.

Estoy empezando a darme cuenta de que, al quedarme aquí, no solo estoy en peligro por el entorno en sí, sino porque ahora soy un objetivo más directo. Y todo por no estarme quieta.

¿Por qué coño me bajé de la camioneta? ¿Acaso no me lo había advertido?

La camioneta sigue avanzando por el camino de tierra, los kilómetros desaparecen lentamente.

Quiero decir algo, romper el silencio, pero las palabras se me quedan atrapadas en la garganta.

No sé qué decirle a Javier. No sé si hay algo que pueda decir para aligerar la carga que lleva sobre los hombros.

Una carga más pesada por mi puta culpa. Pero, no puedo soportar más el silencio.

—Lo siento —murmuro, sin estar segura de cómo empezar la conversación.

Javier no me mira, pero sé que me ha escuchado.

Mantiene la vista en la carretera, sus manos apretadas en el volante—.

No debí bajarme del coche así… Grac… gracias por salvarme la vida —las palabras se atascan en mi garganta y tengo que tragar con fuerza para que bajen.

—No tienes que darme las gracias —responde, su voz no es más que un susurro tenso—. Solo hice lo que tenía que hacer.

—Aun así... me salvaste la vida —insisto, buscando algo en su tono que me permita acercarme más a él.

Él sigue sin mirarme, pero su respiración se vuelve más profunda, más pesada.

—Esto es exactamente lo que quería evitar, Elena —afirma, su voz llena de una mezcla de frustración y preocupación—.

Esto... todo esto... no deberías haber estado allí.

¿Por qué demonios te bajaste del coche? —interroga molesto, golpea el volante con su mano, con fuerza. Todo tiembla a mi alrededor, ¿o soy yo?

Me quedo en silencio, procesando sus palabras. Sé que tiene razón, que no debería haber salido del coche, pero no podía quedarme quieta mientras veía cómo transportaban suministros médicos que deberían estar en el hospital ayudando a salvar vidas.

—Sé que no debería de haber bajado, pero… tan solo no podía quedarme quieta —digo, casi en un susurro—. No podía ignorar lo que vi. Ellos... estaban robando recursos que podrían salvar vidas, Javier. No puedo mirar hacia otro lado.

Javier gira la cabeza hacia mí, sus ojos oscuros se encuentran con los míos. Hay algo en su mirada que no había visto antes: una mezcla de miedo y algo que parece desesperación.

—No puedes enfrentarte a gente como ellos, Elena —dice con firmeza—. No son tú. No tienen reglas, no tienen compasión. Para ellos, la vida de una persona no vale nada si se interpone en su camino.

El tono de su voz y la intensidad en sus palabras me golpean con fuerza. Sé que está hablando en serio, que lo que dice viene de la experiencia, de haber visto cosas que yo ni siquiera puedo imaginar. Aunque ahora puedo hacerme una idea.

—Lo sé —admito, mi voz es apenas un susurro—. Es que... no puedo fingir que no pasa nada. No soy así, Javier. Si veo algo que está mal, tengo que hacer algo al respecto.

Javier desvía la mirada hacia la carretera de nuevo, y sus manos en el volante se tensan aún más.

—Eso es lo que me preocupa —murmura—. En este lugar eso puede costarte la vida.

La gravedad de sus palabras se asienta entre nosotros, creando un abismo que parece insalvable.

Me siento impotente, sabiendo que está en lo cierto, pero al mismo tiempo no puedo evitar ser quien soy.

No puedo dejar de luchar por lo que creo que es correcto, incluso si eso significa enfrentarme a situaciones peligrosas.

La carretera se convierte en un hilo de polvo a medida que nos acercamos al hospital. Siento el cansancio acumulado en mi cuerpo, aunque mi mente sigue activa, revoloteando entre pensamientos y emociones contradictorias.

El edificio aparece en la distancia, todo me parece muy pequeño en comparación con la inmensidad de la sabana que nos rodea.

Javier reduce la velocidad a medida que nos acercamos, sus ojos recorren el área con la precisión de un depredador, buscando cualquier signo de peligro. Por suerte todo parece tranquilo.

Aparca la camioneta cerca de la entrada principal y apaga el motor. El silencio que sigue es ensordecedor.

—Escucha, Elena —dice Javier, su tono es más suave ahora—. No puedo protegerte si no sigues mis indicaciones. Y si algo te pasa...

Deja la frase colgando, pero no necesito que la termine para saber lo que quiere decir. Las palabras no dichas son más poderosas que cualquier discurso. Ambos sabemos lo que está en juego.

—Entiendo —respondo. Y aunque sé que no puedo prometerle que no volveré a actuar de la misma manera si veo algo que está mal, si puedo prometerle que seré más cautelosa. —Solo... no quiero sentirme inútil. No quiero ser alguien que necesita ser rescatada.

Javier se queda en silencio por un momento, y puedo ver la lucha interna reflejada en su rostro.

—No eres inútil, Elena —dice, su tono es cálido—. Pero quiero que entiendas que esto no es un juego. No es solo tu vida la que está en juego. Hay cosas que no sabes, cosas que si las descubrieras... podrían cambiarlo todo.

Las últimas palabras de Javier quedan resonando en el aire, llenas de misterio y una gravedad que no puedo ignorar. Antes de que pueda preguntarle a qué se refiere, la puerta del hospital se abre y Malowe sale. Su rostro es impenetrable como siempre.

—Veo que han vuelto sanos y salvos —dice Malowe, su tono parece despreocupado, pero hay una chispa en sus ojos que sugiere que está evaluando la situación con cuidado.

—Sí, ha sido un viaje interesante —responde Javier, con una nota de sarcasmo en su voz que no pasa desapercibida para mí.

Malowe nos observa por un momento, como si estuviera buscando algún signo de debilidad o descontento, pero antes de que pueda decir algo más, su mirada se fija en mí.

—Doctora Vals, espero que el día fuera del hospital haya sido productivo para usted —afirma con una sonrisa que no alcanza sus ojos—. A veces, una perspectiva diferente puede ayudar a ver las cosas con más claridad.

No sé cómo interpretar sus palabras. Algo en su tono me hace sentir incómoda, como si hubiera algo oculto detrás de esa fachada amable.

—Fue... esclarecedor —respondo, sin darle más detalles de lo que ocurrió.

Javier intercambia una mirada con Malowe, un intercambio silencioso que parece lleno de significados que escapan a mi entendimiento. Sé que hay cosas que no me están diciendo, pero no sé cómo empezar a desentrañarlas.

—Bien —dice Malowe—. Entonces, volvamos al trabajo. Hay mucho que hacer.

Tras esas palabras, se gira y entra de nuevo en el hospital, dejándonos a Javier y a mí en la entrada.

Javier suelta un suspiro y se pasa una mano por el cabello, como si estuviera tratando de deshacerse de un peso invisible.

—Será mejor que entres. Descansa un poco. Mañana será otro día.

Asiento y empiezo a caminar hacia la entrada. Justo antes de entrar, me giro hacia él.

—Javier... —lo llamó, dudando un momento—. Gracias. De verdad.

Él me mira por un instante, sus ojos oscuros parecen evaluarme, sin embargo hay una suavidad en ellos que no había visto antes.

—No necesitas darme las gracias, Elena —responde—. Solo... cuídate.

Entro en el hospital sintiendo que algo ha cambiado.

No solo en la situación en la que nos encontramos, sino también en mi relación con Javier.

Ahora hay cosas que entiendo mejor, cosas que antes no comprendía y que me llevaron a tomar aquella decisión de dejarle, de decirle que no sentía nada por él.

En aquel momento era real, ¿pero ahora? Ahora no tengo claro nada, es como… como si hubiera vivido en un espacio de color blanco con el negro como telón de fondo y ahora, de pronto, muchas tonalidades de grises se mostraran frente a mí.

Mientras camino por los pasillos, rodeada por el zumbido de la actividad hospitalaria, no puedo evitar preguntarme cuánto más podremos mantenernos a salvo en este lugar, y cuánto tiempo más podremos ignorar las verdades que ambos sabemos que están ahí, esperando ser reveladas.