Capítulo 17 Sin piedadJavier
Javie r
E l sol comienza a descender en el horizonte cuando dejamos atrás el cráter de Ngorongoro, dirigiéndonos de regreso al hospital.
La tranquilidad que había envuelto nuestro día se siente cada vez más lejana mientras avanzamos por la carretera solitaria.
El cráter, con su imponente belleza, parece ahora un recuerdo distante, casi irreal, comparado con la realidad que nos espera.
El camino es largo y estrecho, rodeado de altos pastizales que se mecen al compás del viento.
Aunque la vista sigue siendo impresionante, hay una tensión en el aire, una sensación de que la calma podría romperse en cualquier momento.
Elena está sentada a mi lado, su mirada fija en el paisaje, pero puedo ver que está sumida en sus pensamientos.
El vehículo avanza con constancia y los neumáticos levantan pequeñas nubes de polvo por dónde pasa. Estoy concentrado en la carretera, pero también atento a cualquier signo de peligro. El instinto me dice que algo no está bien, que este silencio solo es un preludio de lo que está por venir.
Y, entonces, lo veo. A lo lejos, en la carretera que serpentea hacia el hospital, un grupo de vehículos está detenido.
Son camionetas desgastadas, con la pintura descascarillada y en el techo de una de ellas, una ametralladora se destaca contra el cielo, amenazante.
No es raro encontrar vehículos como estos en esta zona, pero algo en la forma en que están estacionados, en la actitud de los hombres que se mueven a su alrededor, me pone en alerta.
Reduzco la velocidad por instinto, mi mano se desliza hacia el arma que llevo al costado, escondida bajo la chaqueta. Elena se da cuenta de que algo ha cambiado en mi postura y gira la cabeza hacia mí.
—¿Qué ocurre? —pregunta, su voz tensa.
—No te muevas, y no hagas nada brusco —respondo, manteniendo mi tono bajo y calmado—. Tenemos compañía.
Nos acercamos a los vehículos, y puedo ver con más claridad a los hombres que los rodean.
Son seis, tal vez siete, todos armados hasta los dientes.
Rifles automáticos cuelgan de sus hombros, y sus rostros están cubiertos con pañuelos o máscaras, dejando solo sus ojos visibles.
Pero es su postura, la manera en que se mueven, lo que revela lo peligrosos que son.
Estos no son simples bandidos; son hombres entrenados: letales.
Elena sigue mi mirada y veo cómo sus ojos se ensanchan al darse cuenta de la situación y, antes de que pueda decir algo, uno de los hombres alza la mano para detenernos.
No tengo opción. Piso el freno y el vehículo se para a unos metros de ellos.
Nos observan con desconfianza, y puedo ver que uno de ellos, un hombre alto y corpulento, se adelanta hacia nosotros.
Lleva un rifle colgado del hombro, y un machete pende de su cinturón, balanceándose con cada paso.
Su mirada es fría, calculadora y hay una cicatriz profunda que le atraviesa la mejilla izquierda, un recordatorio de los peligros a los que ha sobrevivido.
—Baja la ventanilla —ordena con una voz grave, señalando con la cabeza.
Obedezco, bajo la ventanilla sin prisa, mientras mi mano permanece cerca del arma. El hombre se inclina hacia la ventana, sus ojos recorriendo el interior del vehículo antes de posarse en mí.
—¿Qué hacen por aquí? —pregunta, con un tono que sugiere que ya sabe la respuesta.
—De vuelta al hospital —respondo con tranquilidad—. Solo un viaje de rutina.
El hombre asiente, pero puedo ver que no está convencido. Sus ojos se mueven hacia Elena, y noto cómo se detienen un segundo más en ella. No me gusta la forma en que la mira, como si estuviera evaluando algo más que nuestra historia.
—¿Rutina? —dice, casi en un susurro, antes de enderezarse y mirar a uno de sus hombres—. Verifica el maletero —ordena.
Uno de los hombres, más joven y delgado, con una expresión de desprecio permanente en el rostro, se acerca al vehículo y abre el maletero. Lo escucho remover las cosas en su interior, pero mantengo la vista fija en el hombre frente a mí. No puedo permitir que vea ninguna señal de debilidad.
Elena se inclina hacia adelante, como si intentara ver qué están haciendo, pero entonces algo en la distancia llama su atención.
Su mirada se fija en uno de los vehículos estacionados a un lado, y puedo ver cómo se tensa.
Siguiendo su mirada, veo lo que ha captado su atención: cajas.
Cajas de suministros médicos, con las etiquetas del hospital claramente visibles, amontonadas en la parte trasera de una de las camionetas.
Mierda.
Elena se da cuenta de lo que esto significa, antes de que pueda detenerla su mano se mueve hacia la manija de la puerta y, antes de que pueda reaccionar, ya está fuera del vehículo caminando hacia las camionetas.
—¡Elena, espera! —grito, pero es demasiado tarde.
Los hombres armados la observan con una mezcla de sorpresa y diversión, como si no pudieran creer que alguien se atreviera a hacer algo así. Pero Elena no se detiene. Se planta frente a las cajas, su mirada furiosa mientras señala con el dedo hacia los suministros.
—¡Esos son suministros médicos! —exclama, con una voz que tiembla de ira—. ¡Son del hospital! ¿Qué hacen con ellos?
El silencio que sigue es tenso, como el momento justo antes de que rompa la tormenta. Los hombres se miran entre sí, y luego hacia su líder esperando órdenes. El hombre de la cicatriz sonríe, un gesto que no alcanza sus ojos, mientras se acerca a Elena.
—No creo que estés en posición de hacer preguntas, doctora —dice, su tono es burlón—. Quizás deberías volver a tu vehículo y dejar que los hombres nos encarguemos de esto.
Pero Elena no se mueve. Su determinación es admirable, pero también peligrosa. Puedo ver cómo el hombre empieza a perder la paciencia, y sé que esto puede acabar muy mal si no intervengo.
Salgo del vehículo levantando las manos en señal de paz, aunque mi mente está trabajando a toda velocidad, buscando la manera de sacarnos de esta situación sin que corra sangre.
—Déjala —digo, con un tono que no admite discusión—. No está interesada en lo que hacéis, solo está molesta por lo que ve —explico en suajili señalando las cajas con la barbilla.
El hombre se gira hacia mí, sus ojos se entrecierran mientras evalúa la situación.
Pero antes de que pueda decir nada, otro hombre aparece detrás de él al que reconozco de inmediato.
Es el segundo al mando de la guerrilla, un tipo astuto y cruel, conocido por ser el encargado de los ‹‹trabajos sucios››.
Lleva una gorra desgastada sobre la cabeza y un chaleco antibalas que ha visto mejores días.
Su mirada es fría y cuando me ve, una sonrisa torcida se extiende por su rostro.
—Vaya, vaya... —dice con una voz arrastrada—. Si es el capitán Lara en persona. ¿Qué haces aquí? —interroga con sorna—. Por ahí dicen que eres demasiado bueno para juntarte con tipos como nosotros —se burla.
Mi mano sigue cerca del arma, pero no la alcanzo. No aún. La situación está al borde de estallar, y necesito mantener la cabeza fría.
—Solo estoy de paso —respondo, manteniendo mi tono lo más neutral posible—. No busco problemas.
—¿Problemas? —repite el hombre, con una risa corta y seca—.
No, claro que no. Pero parece que has encontrado algo más interesante, ¿no?
—Su mirada se desplaza hacia Elena, y veo cómo sus ojos se iluminan con una mezcla de interés y malicia —.
Bonita acompañante. ¿Es por ella que has bajado la guardia, capitán?
El tono de su voz, la insinuación, hace que la sangre me hierva, pero me obligo a mantener la calma. No puedo permitir que me provoque, no con Elena tan cerca.
—Déjala en paz —digo, con la voz más controlada de lo que me siento—. No tiene nada que ver con esto.
El hombre se ríe y es un sonido áspero, desagradable.
—Eso es lo que pensaba —dice, dando un paso más cerca de Elena que sigue firme, aunque puedo ver que está empezando a darse cuenta del lío en el que se ha metido—. Y, ahora que la veo, creo que me equivoqué. Parece que el capitán español sí que tiene un punto débil.
Las palabras son una amenaza clara y sé que está midiendo mi reacción, esperando que haga algo que le dé una excusa para actuar. Pero no le doy el gusto. Mantengo mi postura, esperando, calculando.
El segundo al mando se gira hacia el hombre de la cicatriz y asiente. Es una señal, y en un instante, todo cambia.
El hombre de la cicatriz mueve la mano y de repente, uno de los guerrilleros apunta su rifle hacia Elena, encañonándola a pocos metros de distancia. El mundo se ralentiza mientras mi corazón late con fuerza en mis oídos. No hay tiempo para pensar, solo para actuar.
En un movimiento rápido, desenfundo mi arma y disparo al hombre que sostiene el rifle.
El sonido del disparo rompe el silencio y el hombre cae hacia atrás, su arma resbala de sus manos.
Los demás reaccionan al instante, apuntándome con sus rifles, pero yo ya estoy en movimiento, lanzándome hacia Elena.
La agarro por el brazo, tirándola hacia el suelo mientras los disparos comienzan a resonar a nuestro alrededor. El polvo se levanta en nubes mientras las balas impactan cerca de nosotros, y puedo sentir la adrenalina inundar mi sistema.
—¡Cúbrete! —grito, mientras ruedo hacia una de las camionetas, buscando un lugar donde poder devolver el fuego.
El enfrentamiento es rápido y brutal. Los hombres de la guerrilla son muchos, pero estoy acostumbrado a estas situaciones. Mi mente trabaja con precisión, apuntando, disparando, moviéndome. Cada disparo es calculado, cada movimiento tiene un propósito.
Elena se mantiene en el suelo, con las manos cubriéndose la cabeza mientras los disparos llenan el aire. Puedo ver que está asustada, aterrorizada por lo que está sucediendo.
Después de lo que parecen horas pero que son solo minutos, el tiroteo se detiene. Los cuerpos de los guerrilleros caídos yacen en el suelo, y los que quedan en pie están retrocediendo, sabiendo que no pueden ganar esta pelea.
El segundo al mando me mira, su expresión es de odio puro, pero también de respeto.
—Esto no ha terminado, capitán —escupe.
—Espero que te haya quedado claro que no me importa ensuciarme las manos —amenazo y tras esas palabras, se gira y corre hacia la maleza seguido por los pocos hombres que quedan en pie.
Me quedo plantado unos segundos hasta asegurarme de que no volverán y de ella está a salvo. Noto mi respiración pesada, la mano todavía sobre el arma, oteando la distancia. El silencio que sigue es ensordecedor, solo roto por el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas.
Me acerco a Elena, que sigue en el suelo, su rostro está pálido y sus ojos muy abiertos. La ayudo a levantarse, tratando de suavizar la intensidad de lo que acaba de ocurrir.
—¿Estás bien? —pregunto, mi voz más suave ahora.
Niega con la cabeza, puedo ver que está en shock, no tengo que ser médico para saberlo, sigue procesando lo que acabamos de vivir.
—Javier... —murmura, su voz resuena temblorosa—. Esos hombres... ellos...
—Ya se han ido —respondo, aunque sé que no es suficiente para tranquilizarla—. Estás a salvo.
Pero mientras la miro, mientras veo la sombra de miedo que todavía oscurece sus ojos, sé que esto ha cambiado todo. La protección que intenté ofrecerle ya no basta, porque ahora los enemigos conocen su cara, y eso los hace aún más peligrosos.
—He sido yo… —murmura—, han muerto por mi culpa… Yo, yo te he obligado a matarlos, Javier… No tenía que haber salido del coche… ¡No tenía que haber salido! —estalla en gritos y llanto.
Y la abrazo. La abrazo con fuerza. La abrazo con la intensidad de todo lo que siento por ella y que me estalla en el pecho con más fuerza que si me hubiera tragado una puta granada de mano.
Sé cómo se siente, sé que esto la va a marcar. Sé que mi imagen matando sin piedad la va a atormentar durante el resto de su vida y es la primera vez, desde que la conozco, que me alegra que ella ya no sienta nada por mí.