Capítulo 16 Una promesa que cumplirJavier
Javie r
E l sol apenas ha salido cuando recibo la llamada de Malowe.
Su voz, como siempre, suena tranquila y controlada, pero hay algo en el tono que me hace sospechar.
A pesar de que las primeras horas de la mañana traen una paz momentánea al hospital, sé que, para Malowe, la calma es solo la antesala del siguiente movimiento.
—Javier, necesito que hagas algo por mí —comienza, directo al grano—. Quiero que saques a Elena del hospital hoy. Llévala a algún lugar donde pueda relajarse, donde esté fuera de peligro. He notado que está al borde del colapso después de lo que ocurrió.
—¿Por qué ahora? —pregunto, sintiendo que hay algo más detrás de su solicitud—. Justo después de lo que pasó, ¿quieres que la saque del hospital?
—Sí —responde, su tono es firme—. Necesito tratar ciertos asuntos con la milicia local, y prefiero que no esté aquí para presenciar nada de lo que pueda suceder.
Sabes cómo es ella, Javier. Cuestiona todo.
No necesito esa clase de distracciones hoy.
Y si confío en alguien para mantenerla a salvo es en ti.
Aunque su lógica tiene sentido en la superficie, no puedo deshacerme de la sensación de que algo no encaja. Pero Malowe ha demostrado ser hábil para manipular las situaciones a su favor, y ahora que conozco la conexión entre Elena y su madre, sé que no puedo negarme sin más.
—¿Adónde quieres que la lleve? —pregunto, sabiendo que no tengo muchas opciones.
—El cráter de Ngorongoro —dice, como si ya lo hubiera decidido hace tiempo—. Es un lugar seguro, lejos de aquí. Deja que vea algo diferente, algo hermoso. Será un buen descanso para ambos.
Un descanso. La palabra suena extraña en mis oídos, considerando todo lo que ha pasado. Pero, al mismo tiempo, sé que un día fuera del hospital podría ser justo lo que Elena necesita, y tal vez lo que yo también necesito, para aclarar mi mente antes de lo que venga después.
—Está bien —respondo, con un tono de aceptación—. La sacaré de aquí.
Malowe parece satisfecho.
—Perfecto. No te preocupes por el hospital, yo me encargaré de todo aquí. Solo asegúrate de mantenerla a salvo y de que no regreséis hasta que todo esté resuelto.
Cuelgo el teléfono y me quedo mirando el dispositivo por un momento, procesando lo que acaba de pasar. La sensación de que algo anda mal sigue persistiendo, pero no tengo tiempo para analizarlo en este momento. Si Malowe quiere tratar con la milicia a solas, es mejor que Elena esté lejos.
Me dirijo hacia su oficina a buscarla, pero me la encuentro en la sala de descanso.
¿Sigue ahí desde que la dejé? Está sentada en uno de los bancos, con los ojos cerrados, como si intentara bloquear el mundo exterior.
Su rostro está marcado por el agotamiento, pero cuando me acerco alza la vista y me dedica una sonrisa cansada.
—¿Javier? —pregunta, sorprendida al verme—. ¿Qué haces aquí tan temprano?
—Malowe me pidió que te llevara a algún lugar fuera del hospital hoy —respondo, sin rodeos—. Dice que necesitas un descanso, y creo que tiene razón. Después de todo lo que ha pasado un cambio de escenario podría ser justo lo que necesitas.
Elena frunce el ceño, dudando.
—No sé... —murmura—. Siento que debería estar aquí, ayudando. No puedo...
—Sí, puedes —la interrumpo, suavizando mi tono—. Todos necesitamos un respiro de vez en cuando, incluso tú. Y créeme, este lugar seguirá en pie cuando regreses.
Ella me mira por un momento, como si estuviera evaluando mis palabras, y al final asiente con resignación.
—Está bien —dice, poniéndose de pie—. ¿Adónde vamos?
—Ngorongoro —respondo—. Es un lugar que te va a gustar. Confía en mí.
El viaje al cráter es largo, pero el paisaje que nos rodea es impresionante, una mezcla de verdes intensos y cielos amplios que parecen no tener fin.
Durante un buen rato, el silencio se instala entre nosotros, pero no es incómodo.
Es como si ambos estuviéramos procesando todo lo que ha ocurrido en los últimos días.
Sin embargo, mientras dejamos atrás el bullicio de la ciudad y nos adentramos en la vasta extensión de la sabana, siento la necesidad de romper el silencio.
—Pensé que ibas a esquivarme después de lo que pasó —digo, sin apartar la vista del camino—. Después de lo que viste que hice.
Elena, que está mirando por la ventanilla, se gira hacia mí. Hay una sombra de duda en sus ojos, pero también una determinación que admiro.
—No te temo, Javier —responde, con firmeza—. No me gusta lo que tuviste que hacer, pero sé que no eres una amenaza para los inocentes. Sé que no eres alguien que disfrute del sufrimiento de los demás.
—Eso es lo que quieres creer —replico, aunque sin la dureza que esperaba en mi propia voz—. Pero la verdad es que hay una parte de mí que ha sido moldeada por la violencia, que ha aprendido a vivir con ella. No soy una persona buena, Elena.
Ella guarda silencio por un momento, como si estuviera eligiendo sus palabras con cuidado.
—Creo que las cosas no son tan simples. Y tú... tú haces lo que crees que es necesario para protegernos. No puedo juzgarte por eso —confiesa.
Su respuesta me sorprende. Y aunque me alivia escuchar que no me teme, también me inquieta.
—Aun así, no es algo que quiero que veas —admito, con un tono que se vuelve más suave—. No quiero que pienses que disfruto haciendo lo que hago. Solo lo hago porque es lo que sé hacer, y porque, en este lugar, no hay espacio para la duda.
Elena me observa, sus ojos parecen buscar algo en los míos.
—Lo entiendo, Javier —dice, con una voz que suena más segura—. Y aunque no me gusta lo que haces, sé que no es porque quieras hacerlo. Sé que lo haces para protegernos. Eso es lo que importa.
La sinceridad en sus palabras me toca de una manera que no esperaba. No estoy acostumbrado a que alguien vea más allá de mis acciones, que intente entender lo que hay detrás. Es reconfortante, pero también me hace sentir más vulnerable.
—Gracias —murmuro, con un tono más bajo—. Eso significa más de lo que crees.
Elena asiente, y volvemos a caer en el silencio, pero esta vez, es un silencio más cómodo, más lleno de comprensión mutua.
Cuando llegamos al cráter, la vista nos deja sin palabras.
La caldera volcánica se extiende ante nosotros, un vasto abismo lleno de vida y misterio.
Desde nuestra posición elevada, podemos ver la vasta extensión de tierra y agua, salpicada por manchas de verde donde la vegetación prospera, y pequeños puntos que se mueven a lo lejos, indicando la presencia de animales.
—Vaya… es... increíble —susurra Elena, con los ojos brillantes de asombro.
—Lo es —respondo, sintiendo una extraña paz al estar aquí, lejos de todo.
Nos quedamos allí por un rato, absorbiendo la majestuosidad del lugar. Es fácil olvidar, al menos por un momento, el caos y el peligro que acechan en el hospital, las intrigas y las amenazas que hemos dejado atrás.
—Gracias por traerme aquí —dice Elena, rompiendo el silencio—. Necesitaba esto más de lo que pensaba.
—Me alegra que lo estés disfrutando —respondo, pero en el fondo, una parte de mí sigue alerta, consciente de que todo esto es solo una tregua temporal.
Decidimos descender al cráter, explorando más de cerca la naturaleza que lo rodea. Caminamos por senderos que serpentean entre la vegetación, y por un momento, me permito disfrutar de la paz que ofrece este lugar. La brisa lleva consigo el olor a tierra y a vida salvaje.
Sin embargo, no puedo evitar pensar en lo que Malowe está haciendo en estos momentos.
Su reunión con la milicia y, apostaría lo que fuera, con la guerrilla.
Las piezas comienzan a encajar en mi mente, pero sé que aún me falta información.
Malowe esconde algo grande, algo que podría ponernos en peligro a todos, pero por ahora, mi prioridad es mantener a Elena a salvo, lejos de ese mundo oscuro.
Elena y yo llegamos a un claro donde el paisaje se abre, revelando una laguna en el centro del cráter. El agua brilla bajo el sol, reflejando los colores del cielo. Es un lugar que parece sacado de otro mundo, un mundo donde el tiempo se detiene y los problemas desaparecen.
—Nunca había visto algo tan hermoso —dice Elena, su voz está llena de asombro.
—Es un buen lugar para pensar —respondo, perdido en el horizonte—. O para dejar de pensar, si eso es lo que necesitas.
Ella sonríe, pero la sonrisa se desvanece enseguida, como si algo oscuro cruzara por su mente.
—Javier... —comienza con la voz suave—. Hay algo que quiero preguntarte, pero no sé si es el momento adecuado.
—Pregunta lo que quieras —le digo, aunque no estoy seguro de querer escuchar lo que tiene en mente.
Ella se queda en silencio por un momento, mirando el agua, y luego vuelve sus ojos hacia mí.
—¿Por qué haces esto? —indaga—. ¿Por qué te quedas aquí, en un lugar tan peligroso? ¿Por qué arriesgas tu vida para protegernos, cuando tienes la capacidad de estar en cualquier otro lugar, haciendo cualquier otra cosa?
Su pregunta me toma por sorpresa. Podría haber dicho cualquier cosa, pero decide preguntar eso, lo que revela lo mucho que ha estado pensando en mí, en lo que hago, en por qué lo hago.
Me quedo en silencio, sopesando mis palabras. La verdad es complicada, y no estoy seguro de querer compartirla toda con ella.
—Hago lo que tengo que hacer, Elena —respondo, tratando de mantener mi tono neutral—. Este lugar... tiene algo que me obliga a quedarme, a seguir luchando, aunque a veces no parezca tener sentido.
Ella frunce el ceño dejando claro que no está satisfecha con mi respuesta.
—Eso no es una respuesta —dice en voz baja—. Hay algo más, algo que no me estás diciendo.
Miro hacia la laguna, tratando de evitar su mirada, pero sé que no puedo huir de esto para siempre. Hay demasiadas cosas que Elena no sabe, cosas que podrían cambiarlo todo si llegara a descubrirlas.
—Es complicado —digo, sin apartar la vista del horizonte—. Pero si hay algo que he aprendido en este lugar, es que no siempre podemos elegir lo que hacemos. A veces, hacemos lo que creemos que es lo correcto, incluso cuando eso nos lleva a lugares que nunca imaginamos.
Elena asiente, como si entendiera, pero sé que mis palabras solo han despertado más preguntas en su mente. Y eso es lo que me preocupa.
—Quiero creer que tienes una buena razón —dice al cabo de un rato—. Quiero creer que todo esto tiene un propósito. Pero es difícil, Javier. Es difícil entenderlo cuando todo lo que veo a mi alrededor es muerte y sufrimiento.
—Lo sé —respondo, girándome hacia ella—. Y eso es lo que trato de cambiar. Pero para cambiarlo, a veces tenemos que hacer cosas que no queremos, cosas que otros no entenderían. Y eso es lo que estoy haciendo aquí.
Elena me mira a los ojos, buscando una verdad que no puedo darle. Pero entonces asiente, como si aceptara lo que le he dicho. Aunque una parte de ella aún se resista a entenderlo por completo.
—Está bien —dice finalmente—. Solo espero que, al final, todo esto valga la pena.
Has perdido mucho por el camino —añade y de nuevo sé que se refiere a lo nuestro.
Aprieto fuerte las manos, me muero por darle un abrazo, por contarle todo, por perderme en su cuerpo cálido de nuevo…
, pero soy consciente de que todo aquello quedó atrás.
De que ella no siente nada y que yo lo siento todo. Así son las cosas ahora.
Nos quedamos en silencio, observando el agua brillar bajo el sol. Es un momento de calma, un respiro en medio de la tormenta. Sé que no durará, que el caos que hemos dejado atrás no se ha ido, solo está esperando su momento adecuado para regresar.
Y, cuando lo haga, estaré listo. Porque tengo una promesa que cumplir, una promesa que va más allá de mí, de Elena, y de todo lo que hemos vivido hasta ahora.