Oscuro destino (Pactos oscuros 1) Capítulo 15 Decisiones en la OscuridadJavier
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Capítulo 15 Decisiones en la OscuridadJavier

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E l humo del cigarrillo asciende en espirales, perdiéndose en la oscuridad de la noche.

Estoy apoyado contra la pared del hospital, donde la luz de las farolas apenas alcanza a iluminar los rincones más oscuros del patio.

La luna se ha escondido tras una espesa capa de nubes, y el aire húmedo de la sabana se siente pesado, cargado de tensión.

El ataque de la guerrilla ha dejado más cicatrices de las que se ven a simple vista.

La gente sigue con sus tareas, los médicos tratan a los heridos, y los enfermeros limpian la sangre de los pasillos, pero el miedo permanece en el aire, palpable.

Todos saben que esto podría volver a ocurrir y que la próxima vez podría ser peor.

Aspiro profundamente, dejando que el humo llene mis pulmones antes de exhalar despacio.

Mis pensamientos se desvían, una y otra vez, hacia Elena.

La manera en que me miró después de que maté a esos hombres.

.. Lo entiendo. No espero que lo acepte, ni que lo comprenda, pero eso no cambia lo que soy ni lo que hago.

La puerta del hospital se abre con un chirrido y veo a Malowe salir, su silueta se recorta contra la luz del interior. Camina hacia mí, con esa compostura tranquila que siempre lleva consigo, incluso cuando el mundo a su alrededor parece estar desmoronándose.

—Javier —saluda, con un tono neutral mientras se acerca—. Necesito hablar contigo.

Apago el cigarrillo contra la pared y lo dejo caer al suelo, aplastándolo bajo mi bota.

—¿De qué se trata? —pregunto, cruzando los brazos sobre el pecho.

Malowe se detiene a mi lado, su expresión es imposible de leer, como siempre. Durante un momento permanece en silencio, observando el hospital, como si estuviera evaluando el lugar.

—La situación es peor de lo que pensaba —murmura—. El ataque de hoy fue solo una advertencia. La guerrilla está cada vez más cerca, y no podemos permitir que esto se repita. Necesitamos tomar medidas.

—¿Qué tipo de medidas? —pregunto, sabiendo que con Malowe las soluciones nunca son sencillas.

—He estado en contacto con ciertos... elementos de la milicia local —comienza, su tono es cuidadoso—. Ellos podrían ofrecernos protección, pero no lo harán gratis. Habrá un precio a pagar, y no hablo solo de dinero.

Lo miro, midiendo sus palabras. Sé a qué se refiere.

La protección no viene sin condiciones, y esos ‹‹elementos›› de la milicia son conocidos por ser tan peligrosos como la guerrilla misma.

Se trata de escoger entre el mal menor, pero es una elección que podría costarnos más de lo que estamos dispuestos a pagar.

—¿Y qué quieres que haga yo? —pregunto, aunque ya tengo una idea de lo que va a decir.

—Necesito que manejes esto con discreción —responde Malowe, sus ojos se fijan en los míos—.

Tú conoces este mundo mejor que nadie aquí.

No puedo confiar en los médicos para esto, y el personal de seguridad que tenemos no está capacitado para lidiar con algo así.

Quiero que te encargues de coordinar con ellos, asegurarte de que todo se mantenga bajo control.

—¿Y si no quiero involucrarme en esto? —pregunto, mi tono desafiante.

Malowe sonríe, pero esta vez hay algo más en su expresión, una sombra de conocimiento que no me gusta.

—No creo que quieras decir eso, Javier —responde, su voz suave, pero cargada de una amenaza implícita—. Después de todo, sé que has estado buscando respuestas, formas de limpiar tu nombre. De hecho, podría tener algo que te interese... relacionado con tu pasado.

Me quedo inmóvil, mi mirada fija en la suya, tratando de leer entre líneas. No es la primera vez que Malowe juega con la información, pero si tiene algo sobre lo que me ocurrió, algo que pueda ayudarme a limpiar mi nombre, entonces no puedo ignorarlo.

—¿De qué estás hablando? —pregunto, mi tono endurecido por la desconfianza.

Malowe saca un pequeño sobre de su bolsillo y me lo entrega.

Es delgado, pero sé que lo que contiene podría ser vital.

Lo abro con cautela, sacando un par de documentos y fotos en blanco y negro.

Las imágenes muestran a un grupo de hombres en uniforme, y reconozco algunos rostros: viejos compañeros, oficiales de alto rango. ..

—¿No te resulta familiar ninguna de esas caras? —me dice con un brillo en su mirada que no me gusta nada.

—¿A quién tendría que recordarme?

—A tu ‹‹doctorcita›› —afirma usando el apelativo que le di, y no me gusta, aprieto la mano en un fuerte puño.

—No vuelvas a llamarla así —escupo furioso, y veo en la cara de Malowe que se ha dado cuenta de que hablo en serio. Muy en serio—. ¿Qué tiene que ver ella con esta foto? —pregunto.

—La madre de Elena, la doctora Da Silva —dice señalando a una mujer que conozco muy bien—, era parte del comando de investigación que trató de limpiar la operación en la que te involucraron —aclara Malowe, con un tono neutral—.

Fue una de las pocas personas que defendió tu inocencia cuando todo se vino abajo.

Marta intentó ayudar, pero su voz fue silenciada por otros con más poder e influencia.

—¿Marta Da Silva es la madre de Elena? —interrogo sorprendido. Nunca habló de su madre mientras duró lo nuestro, nunca vi una foto de ella… Observo la imagen y no veo un parecido notable, aunque ahora que lo ha mencionado Malowe tal vez sí que tenga los ojos de su madre…

—La doctora Da Silva dejó a su marido porque no comprendía su profesión, también abandonó a su hija siendo muy pequeña —aclaró.

El peso de las palabras de Malowe cae sobre mí con una fuerza aplastante. Marta Da Silva. La mujer que, según supe, intentó sacarme del infierno en el que me habían metido. La única persona que habló en mi defensa cuando todos los demás me dieron la espalda.

—¿Y Elena…? —pregunto, temiendo la respuesta tanto que no me atrevo a terminar la frase.

—Ella no sabe nada —responde Malowe, confirmando mis sospechas—. Pero ahora lo sabes tú. Y ahora entiendes por qué es tan importante que te quedes, que la protejas. No solo por ella, sino también por su madre. Una mujer que te ayudó en tu peor momento.

Me quedo en silencio, procesando la revelación.

Todo lo que he hecho desde que llegué aquí ha sido para tratar de sobrevivir, para intentar redimirme de un pasado que nunca fue mi culpa.

Pero ahora, sabiendo quién es Elena, sabiendo lo que su madre intentó hacer por mí, siento que mi misión se ha vuelto aún más complicada.

Sé que Malowe lo usa por su propio bien, no lo critico, me parece lícito.

Hace lo posible por mantenerse a flote, como todos.

—Entonces, ¿qué quieres de mí? —pregunto, sabiendo que no tengo otra opción.

—Quiero que mantengas todo esto bajo control —repite Malowe—. Haz lo que sea necesario para proteger el hospital y, por ende, a Elena. Yo te proporcionaré más información cuando sea el momento adecuado. Pero recuerda, no puedes decirle nada de esto a ella. No todavía.

Asiento, sintiendo una mezcla de ira, gratitud y resignación. Malowe ha sabido jugar sus cartas, pero eso no significa que me guste.

—Bien —acepto con voz fría—. Haré lo que me pides. Pero no creas que vaya a ser agradable.

Malowe asiente, satisfecho con mi respuesta.

—No espero que lo disfrutes, Javier —dice, su tono es casi conciliador—. Solo espero que lo hagas. Y confío en que lo harás bien.

Con esas palabras resonando todavía en mi cabeza, Malowe se da la vuelta y regresa al hospital, dejándome solo en la oscuridad.

Me quedo allí, mirando el edificio iluminado, sabiendo que las decisiones que tomemos en las próximas semanas determinarán no solo el futuro del hospital, sino también el de Elena y el mío también.

Cuando vuelvo a entrar al hospital, me dirijo hacia la sala de descanso, donde sé que Elena estará. Necesito verla, aunque no estoy seguro de qué le voy a decir. Tal vez solo necesito recordarme a mí mismo por qué estoy haciendo esto.

La encuentro allí, sentada en uno de los bancos, con la cabeza apoyada en sus manos. Está agotada, puedo verlo en sus ojos, en la manera en que sus hombros se hunden bajo el peso de todo lo que ha pasado.

Me acerco y levanta la vista, encontrando mi mirada. Por un momento, ninguno de los dos dice nada. Pero sé que las palabras vendrán y, cuando lo hagan, no serán fáciles.

—Javier... —comienza, su voz suave, casi temblorosa—. No sé si puedo seguir haciendo esto.

Me siento a su lado, dejando que el silencio llene el espacio entre nosotros antes de responder.

—Nadie dijo que sería fácil —afirmo, sin apartar la vista del suelo—. Pero no tienes que hacerlo sola.

Ella suspira, su respiración es pesada, como si las palabras que necesita decir fueran demasiado grandes para su cuerpo.

—Después de lo que pasó hoy... —continúa, con la voz quebrada—. No sé cómo seguir adelante. Vi cosas, hice cosas que nunca pensé que tendría que hacer. Y luego, ver cómo manejaste a esos hombres... No puedo dejar de pensar en eso.

Sé que este es el momento de decirle la verdad, de confesarle lo que Malowe me ha pedido, pero no puedo. No ahora. No cuando está tan vulnerable, tan perdida en sus propios pensamientos.

—Elena —la llamo, girándome hacia ella—. Lo que pasó hoy fue horrible, lo sé. Pero no podemos permitir que eso nos detenga. No podemos dejar que el miedo nos consuma. Si lo hacemos, ellos ganan. Y no podemos permitir que eso suceda.

Ella me mira y por un momento, veo una chispa de comprensión en sus ojos. Pero también veo algo más, algo que no había visto antes: duda.

—¿Y si ya han ganado? —pregunta, su voz apenas un susurro—. ¿Y si todo esto es solo una batalla perdida en una guerra que nunca podremos ganar?

Me quedo en silencio porque en el fondo sé que tiene razón. Pero no puedo permitirme pensar así. No ahora. No cuando estamos tan cerca del final.

—No hemos perdido, Elena —respondo, con una convicción que no estoy seguro de sentir—. Y no lo haremos mientras sigamos luchando.

Ella asiente a cámara lenta, como si quisiera creerme, pero no estuviera segura de poder hacerlo. Y mientras la observo, sé que mi promesa de mantenerla a salvo se ha vuelto más difícil de cumplir.

Porque, al final del día, la única manera de protegerla podría ser la misma que la destruya.