Capítulo 14 Dos caras de la misma monedaElena #2
—No he tenido opción —respondió con tono tranquilo, como si fuera lo más norma del mundo y, tal vez, era lo normal en su mundo—. Si no lo hubiera hecho estarías muerta ahora. Todos los estaríamos —añadió.
Sacudí el polvo de mi ropa, un intento vano de sacudir también ese miedo que no me abandonaba. La imagen de los cuerpos sin vida, la facilidad con la que Javier había disparado, todo se mezclaba en mi mente, formando un nudo en mi estómago.
—Tú... —empecé, buscando las palabras adecuadas—. Tú los mataste, sin dudarlo —susurré de nuevo.
Javier me miró, y por un momento, sus ojos se suavizaron mostrando una sombra de algo que podría haber sido arrepentimiento o tal vez solo comprensión.
—Elena —dijo, con una firmeza que no admitía discusión—, en este lugar no hay espacio para la duda. Ellos no iban a dejarnos ir. No dan la oportunidad de salvar vidas. Solo las quitan.
Lo miré a los ojos, buscando alguna señal de compasión o humanidad, pero lo que encontré fue algo más frío, más oscuro.
—No soy un héroe —continuó, su voz era suave pero firme—. Nunca lo he sido. Hago lo que tengo que hacer para sobrevivir, y para proteger a los que están conmigo. Si eso significa arrebatar vidas, lo haré. No puedes permitirte pensar de otra manera en un lugar como este.
Sus palabras me golpearon como una bofetada. Me alejé de él, incapaz de procesar del todo lo que estaba diciendo.
—Yo... yo salvo vidas, Javier —dije, mi voz un hilo tembloroso—. Es lo que hago. Es lo que debo hacer. ¿Y tú... decides quién vive y quién muere?
Javier no apartó la mirada, su expresión era imperturbable.
—Sí —respondió sin titubear—. Y si no fuera así, ahora no estarías aquí para decirme que estoy equivocado.
El peso de sus palabras cayó sobre mí como una losa. Tenía razón, por supuesto. Sin él, yo no estaría aquí, viva, para sentir esta mezcla de repulsión y gratitud. Pero eso no hacía que todo fuera más fácil de aceptar.
El sonido de un motor nos interrumpió, sacándonos de ese momento tan tenso. Malowe apareció, sus ojos escaneando la escena con la misma frialdad calculadora que siempre había mostrado.
—Tenemos que movernos —dijo Malowe—. No hay tiempo para esto. Subid a los vehículos ahora.
Javier asintió y sin decir una palabra más, me dio un leve empujón hacia la camioneta. Subí, aún aturdida por lo que había pasado, mientras él se colocaba en el asiento del conductor.
El viaje de regreso al hospital fue silencioso, pero el aire estaba cargado de tensión. El sonido de los gemidos de los heridos y el zumbido del motor eran los únicos ruidos que rompían la quietud.
No podía dejar de pensar en lo que había ocurrido, en lo que había visto en los ojos de Javier.
Sabía que lo que había hecho era necesario para salvarnos, pero eso no cambiaba el hecho de que había visto a alguien matar frente a mí, con tanta determinación que me asustaba.
Y tenía claro que lo haría otra vez, si era necesario, sin pestañear.
Llegamos al hospital de madrugada. Las primeras luces del alba se dejaban ver tímidas en un horizonte que despertaba teñido de sangre. Las luces del edificio brillaban como un faro en la noche, pero para mí, esa luz se sentía distante, casi irreal.
Ayudé a descargar a los heridos, moviéndome de forma automática, mis manos ocupadas mientras mi mente seguía atrapada en lo que había pasado.
Cuando todos los pacientes fueron llevados al interior, me dirigí a la sala de operaciones, dejando que el trabajo me envolviera, esperando que así pudiera alejarme de las imágenes que me acosaban.
Al salir del quirófano horas después, exhausta y con el cuerpo cubierto de sudor, encontré a Javier esperándome en el pasillo. Estaba apoyado contra la pared, su rostro tan imperturbable como siempre, pero había algo en su postura que indicaba que estaba esperando, tal vez, mi rechazo.
—¿Estás bien? —preguntó. Estaba preocupado, algo que no esperaba.
Asentí, pero no dije nada. No sabía cómo expresar todo lo que sentía, toda la confusión y el miedo que se agolpaban en mi mente—.
Lo siento, Elena —susurró y su sinceridad me sorprendió—.
Esto no debería haber pasado. Te aseguro que no volverá a suceder —prometió.
—¿Y cómo vas a hacerlo? —solté, sin poder contenerme—. ¿Matando a más gente? ¿Es esa tu solución?
Javier no se inmutó. Su mirada era firme, sin rastro de arrepentimiento.
—Sí, si es necesario. Lo haré las veces que haga falta para mantenerte a salvo, para manteneros a todos a salvo.
Este es el mundo en el que vivimos, Elena.
No hay espacio para la debilidad, ni para las dudas.
Aquí, la vida y la muerte son dos caras de la misma moneda y, a veces, tienes que elegir cuál mostrar.
¿O preferirías que ese hombre que te apuntó con una puta pistola a la sien siguiera vivo y tú no?
—replicó furioso. Podía ver su pecho subiendo y bajando a toda prisa, se había acercado a mí tanto que su aliento golpeaba mi rostro.
Quise replicar, gritarle que no entendía nada, que no podía aceptar esa visión tan cruda de la realidad.
Pero no pude. Porque, en el fondo, sabía que tenía razón.
Aunque no pudiera aceptarlo, aunque no pudiera vivir de la misma manera, era consciente de que sin alguien como Javier mi trabajo de salvar vidas sería inútil.
—No eres un héroe —murmuré, sintiendo el peso de esas palabras—. Y, tienes razón, no quiero ser una víctima. Haré mi trabajo, tú haz el tuyo. Solo... solo no me pidas que lo entienda.
Javier asintió, con una expresión que sugería que no esperaba que lo entendiera, solo que aceptara la realidad.
—No te lo pediría, nunca —dijo, apenas un susurro—. Solo quiero que sigas viva. Y si para ello tengo que matar a diez, cien o mil guerrilleros más, lo haré, Elena. Sin dudar.
Nos quedamos allí, en silencio, en ese pasillo mal iluminado por la luz tenue de las bombillas.
Todavía me costaba respirar, sentía una opresión en el pecho que no era capaz de identificar, sus palabras se habían clavado en mi alma y pude ver en sus ojos un rastro del amor que tuvimos.
¿Seguía ahí? Sus palabras habían sido toda una declaración de intenciones, pero…
¿podía aceptarlo? Lo dudaba, sabía que estábamos en lados opuestos de una línea invisible y que ninguno estaba dispuesto a cruzar al otro lado.
Como también tenía claro que ambos éramos piezas necesarias para mantener el equilibrio en esta partida mortal que ya había comenzado. Ya solo quedaba terminar el juego.
Sin decir nada más, Javier se dio la vuelta y se alejó, sin mirar atrás. Yo me quedé allí, apoyada contra la pared, sintiendo que el mundo se había vuelto un poco más oscuro, pero también más claro. Sabía que este lugar me cambiaría. Lo había hecho de formas que aún no podía entender del todo.
Dejé escapar el aire por tanto tiempo prisionero y me dirigí a mi habitación, sabiendo que el descanso que tanto necesitaba me esquivaría. Porque las imágenes de lo que había pasado, y lo que había visto en los ojos de Javier, no desaparecerían así como así.